8 ago. 2015

Revoluciones urbanas en la década de 1960: 1. La reivindicación del humanismo.

Bryant Park en Nueva York es uno de los proyectos más celebrados en los que participó William Whyte aportando su metodología de análisis y proyecto.
Tras la Segunda Guerra mundial, la reconstrucción de las ciudades y sus crecimientos supusieron unos retos enormes ante los cuales los postulados del Movimiento Moderno se mostraron insatisfactorios. Así, a finales de la década de 1950 y, sobre todo, en los años sesenta, el urbanismo asistió a una revisión en profundidad. Tras una primera y trascendental reivindicación del protagonismo de las personas, vendrían otras oleadas “revolucionarias” tanto desde la arquitectura, con una óptica morfológica, (a través de las aportaciones de Aldo Rossi, Robert Venturi o las utopías de Archigram), como desde una nueva visión científica que apostaría por un planteamiento multidisciplinar de fuerte impronta metodológica (con contribuciones como la Ekística de Doxiadis o el enfoque sistémico de George Chadwick).
En este primer artículo abordaremos la primera oleada revolucionaria, que se manifestaría en tres focos principales, cuyo denominador común era restituir el humanismo como vector fundamental para la ciudad. El primer foco socavaría la ortodoxia moderna de los CIAM gracias a la sublevación de una nueva generación de arquitectos (agrupados bajo la etiqueta de TEAM X); el segundo, se aglutinaría alrededor de la Fundación Rockefeller, institución que financiaría una serie de estudios críticos a investigadores como Kevin Lynch, Jane Jacobs, Ian McHarg, Edmund Bacon o Christopher Alexander entre otros, que tendrían una enorme influencia sobre el urbanismo; y el tercer foco, avanzaría una innovadora metodología de análisis y diseño basada en el comportamiento de los ciudadanos, a partir de las experiencias de William Whyte o Jan Gehl.

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Problemáticas urbanas tras la Segunda Guerra Mundial.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la escasez de viviendas en las ciudades occidentales, que ya se arrastraba desde décadas anteriores, se vio agravada por las destrucciones bélicas, por la baja calidad de buena parte del parque residencial existente y por la dinámica de migración del campo a la ciudad. La imperiosa necesidad de ofrecer alojamiento a los ciudadanos siguió estrategias que llevaron a la marginación inicial de los cascos consolidados (o lo que quedaba de ellos, en el caso europeo) y a la apuesta por nuevos crecimientos que se vinculaban al uso prioritario del automóvil. Este panorama general de déficit residencial, tuvo matices diferenciales en las soluciones aportadas en una Europa devastada y en los triunfantes Estados Unidos.
La ciudad norteamericana se enfrentaba a unos crecimientos desorbitados, también impulsados, en parte, por la numerosa migración procedente del exilio de la vieja Europa. La necesidad de nuevas viviendas estimuló la creación de un “american way of life” que se concretaba en inmensas suburbanizaciones periféricas de viviendas unifamiliares (sprawl) fabricadas en serie y en las que el automóvil era el único medio de transporte posible. En paralelo, los centros urbanos se reconvertían en centros de negocios expulsando a la población residente. La conexión entre ambos mundos se realizaba con inmensas autopistas que  estructuraban el territorio y avanzaban hacia la ciudad destruyendo las tramas históricas sobre las que se imponían.
El escenario en el viejo continente era distinto. Durante la reconstrucción europea, el sector inmobiliario encontraría en las ideas del Movimiento Moderno la “solución” para abordar la ingente demanda de vivienda. El racionalismo justificaba la autonomía de la arquitectura, la disolución del espacio urbano, la seriación e industrialización, o la zonificación estricta, y estas ideas serían recogidas y pervertidas por un mercado ávido en crear oferta para recoger beneficios rápidos. Con esa justificación ya no era necesario “planificar” más allá de la propia actuación y fueron surgiendo conjuntos residenciales (ciudades dormitorio), con graves déficits dotacionales, mal conectados con el resto de la ciudad, y dependientes, en gran medida, del automóvil.
Esto derivó hacia un tercer escenario de preocupación, en este caso común para Europa y Estados Unidos: la regeneración de los “olvidados” tejidos urbanos centrales. Los destruidos cascos históricos de muchas ciudades europeas o la desconsideración norteamericana hacia sus núcleos originales (muchas veces ocupados por viviendas obsoletas e incluso de ínfima calidad) llevaron a la marginación inicial de los mismos. Pero su posición central acabó revalorizándolos, aunque a través de un proceso de sustitución del tejido tradicional que dio paso a una importante terciarización y a la aparición de nuevas promociones residenciales. La terciarización (especialmente en el caso norteamericano, que potenció su carácter de centros de negocios)  se caracterizó por la construcción de elevadas torres de oficinas. La construcción de vivienda nueva de diferentes escalas estuvo producida, en muchas ocasiones, por operaciones especulativas que se justificaban como “mejoras” del entorno. En ambos casos, se realizaron numerosos derribos y los residentes eran expulsados. La alarma social producida por esos desplazamientos obligados, por la pérdida de las referencias identitarias, o por la desaparición de un determinado estilo de vida, puso en pie de guerra a muchos colectivos que se enfrentaron al mercado inmobiliario, a los políticos, y a los tecnócratas que estaban planificando las “nuevas ciudades centrales”.
El desencuentro entre los ciudadanos y sus políticos y diseñadores, el desapego hacia los modelos de las vanguardias del siglo XX (siempre polémicos, pero entonces denostados por la perversión que habían padecido) o el desencanto hacia un espacio con el que los vecinos no se identificaban, generó una gran desorientación en el mundo urbanístico.

Las oleadas revolucionarias en el urbanismo de la década de 1960.
Como consecuencia de lo anterior, desde finales de la década de 1950 y, sobre todo, en los años sesenta, el urbanismo asistió a una revisión en profundidad. Si la Arquitectura había protagonizado la reflexión de la primera mitad del siglo XX; en su segunda parte, sería la Ciudad, el escenario de lo colectivo, la que acapararía los esfuerzos intelectuales para encontrar rumbos adecuados para ella. La nueva trayectoria surgiría a partir de lo que podrían considerarse verdaderas “revoluciones urbanas”. El contenido de las mismas se desarrollará en tres artículos complementarios.
En este primer artículo abordaremos la primera y trascendental “revolución” urbana, que supondría un primer golpe, muy duro, a la ortodoxia del Movimiento Moderno. Se manifestaría en tres focos principales, cuyo denominador común era reivindicar el humanismo como vector fundamental.
  • El primer foco socavaría la ortodoxia moderna de los CIAM gracias a la sublevación de una nueva generación de arquitectos (agrupados bajo la etiqueta de TEAM X) que reivindicaba el fin del maquinismo, de la abstracción y de la soberbia arquitectónica, reclamando el retorno del ser humano como centro referencial para la construcción de la ciudad.
  • El segundo, sentaría muchas de sus bases teóricas, gracias a la Fundación Rockefeller que aglutinaría a una serie de investigadores a quienes financió sus estudios críticos. Sus conclusiones originarían publicaciones que tendrían una enorme influencia sobre la ciudad y el urbanismo en general. Entre ellos destacaron Kevin Lynch, Jane Jacobs, E. A. Gutkind, Ian McHarg, Christopher Tunnard, Ian Nairn, Edmund Bacon o Christopher Alexander.
  • Y el tercer foco, avanzaría una innovadora metodología de análisis y diseño basada en el comportamiento de los ciudadanos, a partir de las experiencias de William Whyte y su “Street Life Project o de Jan Gehl y su “Life between Buildings
Después, vendrían otras oleadas revolucionarias. Una segunda sería protagonizada por la arquitectura, planteada desde una óptica morfológica y que, a pesar de que proclamaba su autonomía, veía en la ciudad una guía, un contexto para su desarrollo. Destacarían las aportaciones de Aldo Rossi, quien miró al pasado para profundizar en la memoria urbana, generando la noción de Ciudad Análoga; también las de Robert Venturi, centradas en un presente donde primaba la comunicación, aunque jugaba irónicamente con los simbolismos del pasado; o las utopías futuristas y tecnológicas del grupo británico Archigram. (Esta parte se desarrollará en un segundo artículo).
Una tercera oleada nacería desde la emergencia de una nueva visión científica que privilegiaría el método sobre la forma concreta, apoyándose en la corriente de pensamiento imperante en la época: el estructuralismo. Esta última marea revolucionaria, muy influenciada por las ciencias humanas, apostaría por un planteamiento multidisciplinar. Entre las contribuciones más relevantes se encontrarían la Ekística de Constantinos Doxiadis o el enfoque sistémico de George Chadwick. (Esta parte se desarrollará en un tercer artículo).
Durante esos años y los siguientes se fundamentaría una nueva cultura para las ciudades con la consolidación de términos como rehabilitación, capital social, mezcla de usos (Jacobs); percepción, legibilidad (Lynch); sostenibilidad, ecología (McHarg); participación, patrones (Alexander); identidad, clúster, flexibilidad (Smithson); diseño de abajo a arriba (Whyte); memoria (Rossi); complejidad, contradicción, simbolismo (Venturi); tecnología (Archigram); estructura, sistema (Chadwick), entre otras palabras que se convertirían en habituales y marcarían el rumbo del nuevo urbanismo de finales del siglo XX.
Hay que advertir que la agrupación en tres categorías, y su secuencialidad, es un artificio didáctico y puede ser discutible, dado que todos los autores fueron coetáneos, conocieron de primera mano las realizaciones de los otros y se influyeron entre sí. De hecho, algunas de las aportaciones individuales tienen “deudas” con las contribuciones del resto.
Comenzamos por la revolución “humanista”, profundizando en los tres focos en los que se originó.

Primer Foco: el derrumbe de la ortodoxia moderna y la Carta de Atenas.
Los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) reunieron a los arquitectos de vanguardia entre 1928 y 1959. En este año, la organización se disolvió, “dinamitada” desde dentro por una nueva generación de arquitectos que buscaba otros horizontes para la arquitectura y, especialmente, para las ciudades. La crisis arrancó en el CIAM IX (1953) celebrado en Aix-en-Provence (Francia). Allí se asistió a una sublevación en toda regla protagonizada por jóvenes arquitectos de la llamada tercera generación.
El grupo rebelde sería encargado de organizar el siguiente CIAM, el décimo, y por eso adoptaron el nombre de TEAM X (Equipo Diez), que conservarían tras la desaparición de los congresos originales. El décimo congreso se celebraría en Dubrovnik (entonces Yugoslavia, hoy Croacia) en 1956 y en él se expondrían con crudeza las diferencias irreconciliables que certificarían la muerte de los CIAM en 1959, con la undécima y última reunión que se celebró en Otterlo (Holanda).
Varios de los miembros más significativos del TEAM X. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Georges Candilis, Peter y Alison Smithson, Aldo Van Eyck y Jaap Bakema con Jo van den Broek.
La revolución, liderada por el holandés Aldo van Eyck y los ingleses Alison y Peter Smithson, proponía una revisión en profundidad de la ortodoxia racionalista, que consideraban insatisfactoria y desenfocada con la realidad. El punto de mira se fijó en la simbólica Carta de Atenas que, según ellos, era un documento “dogmático” que proponía un modelo simplista y requería una nueva formulación más compleja. Reivindicaban el protagonismo de las personas y la consideración de sus necesidades “psíquicas” y “socio-emotivas”, que debían incorporarse a la planificación de la ciudad como una directriz básica. Propugnaban también el fin de la era “maquinista” y abstracta, así como la soberbia arquitectónica que pretendía “educar” a los ciudadanos.
El grupo reunió a algunos de los arquitectos jóvenes más brillantes de la época, como fueron los holandeses Jaap Bakema (1914-1981) y Aldo van Eyck (1918-1999); los ingleses Alison Smithson (1928-1993) y Peter Smithson (1923-2003); el griego afincado en Francia, Georges Candilis (1913-1995); el italiano Giancarlo De Carlo (1919-2005); y el norteamericano residente en Francia, Shadrach Woods (1923-1973). A éstos se les sumarían otros componente entre los que cabe destacar al español José Antonio Coderch (1913-1984), el japonés Kenzo Tange (1913-2005), el británico afincado en Suecia, Ralph Erskine (1914-2005), el francés de origen serbio, Alexis Josic (1921-2011), el finlandés Reima Pietilä (1923-1993), el alemán Oswald Mathias Ungers (1926-2007) o el también holandés  Herman Hertzberger (1932).
El grupo fue muy activo tanto intelectualmente como intentando llevar a la realidad sus ideas (aunque al principio fueran presentadas en concursos, con escaso éxito). Las ideas defendidas por el TEAM X pueden sintetizarse en tres términos novedosos para la época: asociación, identidad y flexibilidad.
La Lijnbaan, de Bakema y Van Der Broek, es el principal eje comercial del centro de Rotterdam y fue una de las primeras realizaciones (1953) de reconstrucción en Europa siguiendo los nuevos criterios del Team X.
Frente a la estricta zonificación funcional defendida por la “vieja guardia”, el TEAM X planteaba que las ordenaciones urbanas debían tener en cuenta cómo se agrupaban realmente las personas. En consecuencia, el grupo crítico propuso una nueva forma de abordar el hecho urbano, partiendo de la investigación sobre los principios estructurales del crecimiento de la ciudad, que partían de la agregación de células familiares, es decir de la casa, para dar paso a la creación de la calle (como lugar de encuentro social), del distrito y finalmente de la ciudad.  El desarrollo de este proceso de asociación se oponía radialmente a la segregación funcional propugnada por la Carta de Atenas. Casa, Calle, Distrito y Ciudad serían los niveles de asociación y por lo tanto los nuevos paradigmas sobre los que estructurar las ciudades.
Esquema de la propuesta de Alison y Peter Smithson para el Golden Lane de Londres (barrio que había quedado devastado por la II Guerra Mundial). En su proyecto proponían un clúster como estructura organizativa. La propuesta no resultó ganadora. 
Para el TEAM X, la ciudad es una comunidad que necesita tomar conciencia de sí misma y para ello es fundamental la constitución de una identidad nítida que proporcione el sentimiento de pertenencia y cohesione el grupo. Por esto, rechazaban los entornos desfigurados, abstractos y anónimos propuestos por la ortodoxia racionalista (una “nada higiénica y organizada” según definía Aldo Van Eyck) y reivindicaban la construcción de espacios con potencial identitario sin recurrir a la memoria (como plantearía Aldo Rossi en esos mismos años).
Maqueta de la Universidad Libre de Berlín, proyecto de Candilis, Josic  y Woods en el que experimentaron la construcción mallada (MatBuilding).
La reflexión urbana realizada por el TEAM X concluiría que la esencia de las ciudades era su capacidad de cambio permanente. Crecer o renovarse interiormente son dos expresiones del cambio y la ciudad, como entidad que nunca está acabada ni completa, se encuentra en transformación continua. En consecuencia, la clave para el diseño urbano debe ser la flexibilidad. EL TEAM X rechazaba las planificaciones a futuro que abrían grandes  incertidumbres que no podían gestionarse por la imposibilidad de anticipar el porvenir. En contrapartida, propugnaban respuestas más concretas a los problemas que fueran surgiendo sobre la base de estructuras que admitieran variaciones. La flexibilidad se vinculaba así al concepto de estructura, de forma que sobre una base firme, existiera un contenido coyuntural, intercambiable, que pudiera dar respuesta a los cambios sociales. Para ello definieron dos tipos estructurales:
  • El primero es el cluster (racimo), que adoptaba la forma de un tronco sobre el que van incorporándose piezas complementarias y diferentes. A partir de esta noción surgirían otras que buscaban precisar más el concepto, como en el nuevo modelo de calle, el stem (tallo) que ideó Shadrach Woods y que materializó con Candilis y Josic en la dalle de Toulouse-Le Mirail.
  • El segundo es la web (malla, red o tela de araña), inicialmente indiferenciada, con una jerarquía desdibujada, en la que la importancia de los espacios y los flujos surgía del uso y valor que se les proporcionaba. Esta noción iría evolucionando hacia concepciones más matizadas en construcciones horizontales como el Groundscraper de Shadrach Woods o el Mat-Building (edificio-alfombra) de Alison Smithson.


Segundo Foco: la Fundación Rockefeller financia la revolución urbana norteamericana.
La dinámica urbana norteamericana comentada anteriormente encontraría en Nueva York un caso paradigmático. Las actuaciones lideradas por Robert Moses durante las décadas de 1930 y 1940, asistieron en los cincuenta a un nuevo esplendor y las autopistas aparecieron, no solo en los territorios del entorno potenciando la suburbanización (como en Long Island), sino en la propia ciudad (particularmente en Manhattan) para facilitar la comunicación centro-periferia. Pero estas inmensas infraestructuras (autopistas de varios carriles, escalextrics, aparcamientos, etc.) estaban produciendo heridas irreparables en la ciudad, justificadas en la teórica mejora de la baja calidad de las viviendas o en la incapacidad de las zonas tradicionales para adaptarse a las exigencias del momento. Así, para dar paso a las nuevas “arterias” se produjo el derribo de barrios enteros. Uno de estos proyectos fue la reforma del Lower Manhattan y, concretamente, la remodelación de Greenwich Village, con la desaparición de Washington Square incluida (la plaza iba a ser atravesada por una gran avenida). La contestación ciudadana fue enorme, dando origen a un movimiento vecinal que, abanderado por una hiperactiva Jane Jacobs, consiguió paralizar y abortar la transformación.
Proyecto para Greenwich Village en Nueva York, al sur de Washington Square, propuesto dentro de la estrategia de remodelación impulsada por Robert Moses y que fue abortado por la contestación ciudadana (liderada por Jane Jacobs).
En aquellos años cincuenta, la situación del urbanismo norteamericano (y de la costa este en particular) era muy confusa y expresaba la falta de criterios compartidos por toda la sociedad. Frente a este estado de la cuestión, la Fundación Rockefeller decidió poner en marcha un programa de becas para financiar estudios críticos sobre la planificación de ciudades, que debían prestar especial atención a los factores culturales, humanos y estéticos. Toda una declaración de intenciones que se enfrentaba al funcionalismo radical del Movimiento Moderno, que había descuidado (o incluso rechazado) la consideración de los aspectos humanos, y a los grandes tecnócratas que no tenían en cuenta los deseos de la ciudadanía.
El activismo de Jane Jacobs fue más allá de la teoría y encabezó manifestaciones contra los proyectos de su “gran enemigo” Robert Moses. El mantenimiento de Greenwich Village en Nueva York fue uno de sus logros más reconocidos.
La Fundación Rockefeller había nombrado Director Adjunto para las Humanidades a Chadbourne Gilpatric  en 1949, quien ascendería a Director Asociado en 1956. Gilpatric se reunión en muchas  ocasiones con Jane Jacobs (1916-2006), intelectual y activista, reconocida por su oposición al proyecto de Moses para Greenwich Village y que entonces era editora de la revista Architectural Forum. Las inquietudes de Jacobs eran compartidas por Gilpatric y ella contaba con el contacto de intelectuales y profesores universitarios inquietos, que estaban comenzando a alumbrar nuevos caminos para las ciudades. Así pues, la Fundación Rockefeller comenzaría a financiar proyectos de investigación urbana que resultarían trascendentales en la evolución del cuerpo teórico del urbanismo internacional. Jane Jacobs colaboraría en la selección de arquitectos, urbanistas y paisajistas como Kevin Lynch, E. A. Gutkind, Ian McHarg, Christopher Tunnard, Ian Nairn, Edmund Bacon o Christopher Alexander entre otros, que realizarían algunas de las aportaciones teóricas más importantes de la segunda mitad del siglo XX.
En 1958, la Fundación Rockefeller organizó en la University of Pennsylvania School of Fine Arts una conferencia sobre el Diseño de la Ciudad en la que participaron muchos de los investigadores de la Fundación. De izquierda a derecha: William L.C. Wheaton, Lewis Mumford, Ian McHarg, J.B. Jackson, David Crane, Louis Kahn, G. Holmes Perkins (decano y organizador), Arthur Holden, la secretaria de Perkins, Catherine Bauer Wurster, Leslie Cheek, Mrs. Eric Larrabee, Jane Jacobs, Kevin Lynch, Gordon Stephenson, Mrs. Grady Clay y I.M. Pei.
La propia Jane Jacobs también recibiría el estímulo para la publicación en 1961 de su libro The Death and Life of Great American Cities (La muerte y la vida de las grandes ciudades de América), que significó un hito para las ciudades y particularmente para la reconsideración de los centros históricos y las comunidades que habitan en ellos. Jacobs resaltaría el valor de la vida de barrio, de las personas y de su interacción, de las ventajas de la densidad, de la ciudad de los niños, de la movilidad cercana, del pequeño comercio, etc. y rechazaría las gigantescas y especulativas propuestas tecnocráticas que dominaban el urbanismo de la época. El influyente libro, que pondría en circulación innovadores conceptos como “capital social” o “mezcla de usos”,  supuso un antes y un después en el diseño de ciudades.
No obstante, la primera beca sería otorgada a Gyorgy Kepes y Kevin Lynch (1918-1984) del Massachusetts Institute of Technology (MIT) para estudiar los fundamentos de la percepción humana y su comprensión sobre el entorno urbano. La investigación, con un importante trabajo de campo en el que ciudadanos anónimos realizaron “mapas mentales” de su ciudad, establecería interesantes y prácticas conclusiones sobre la legibilidad urbana y la creación de entornos urbanos a partir de una serie de  cinco elementos (sendas, hitos, barrios, bordes y nodos). Todo ello quedaría brillantemente expuesto en el libro de Lynch The Image of the City (La Imagen de la Ciudad), publicado en 1960 y que se convertiría inmediatamente en una referencia para los urbanistas.
Plano de Boston elaborado por Kevin Lynch para su libro “La Imagen de la ciudad”.
Otros pensadores recibirían la ayuda para desarrollar sus inquietudes. Por ejemplo, Ian McHarg (1920-2001), quien revolucionaría el mundo urbanístico y del paisaje con Design with Nature (Proyectar con la naturaleza) aparecido en 1969. McHarg sería un pionero en la consideración de la ecología en la planificación de ciudades y territorios. Desde su publicación, palabras como diseño sostenible (sustainable design) o urbanismo paisajístico (landscape urbanism) comenzarían a ser habituales. Otra de las becas importantes recayó en la Universidad de Pensilvania desde la que Erwin Anton Gutkin (1886-1968) escribiría su ambiciosa y monumental historia de la planificación urbanística occidental (International History of City Development), cuyos ocho volúmenes se irían publicando entre 1964 y 1968.
Imágenes del libro de Ian McHarg, “Design with nature” (Proyectar con la naturaleza).
En 1967 apareció el libro Design of Cities (Diseño de ciudades), escrito por Edmund Bacon (1910-2005), arquitecto jefe de la  Philadelphia City Planning Commission entre 1949 y 1970. Su trabajo exploró el crecimiento de las ciudades desde la antigüedad clásica hasta la Filadelfia de 1960 para extraer una serie de recomendaciones de diseño que resultarían de gran utilidad para los urbanistas. Entre ellas, Bacon resaltaba la importancia de la forma, de la interacción entre los ciudadanos, la naturaleza y el entorno construido, o también el valor de la percepción, del color o de la perspectiva. El libro se convertiría en un texto mítico que influiría notablemente en la profesión.
En Design of Cities, Edmund Bacon sugiere ocho estrategias/elementos a considerar en el diseño del espacio. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: encuentro con el cielo, encuentro con el suelo, puntos singulares en el espacio, sucesión de planos, diseño de la profundidad, ascenso/descenso, concavidad/convexidad, relación/escala con las personas.
Otra figura relevante fue Christopher Alexander (1936), entonces un joven arquitecto que comenzaría sus investigaciones apoyado por la Fundación. La publicación en 1965 de su artículo “A City is not a Tree” (La ciudad no es un árbol) iniciaría un camino en el que exploraría la capacidad de los usuarios para diseñar su entorno a partir de una metodología de participación y utilizando modelos y patrones como herramientas. Las conclusiones se mostrarían en la década siguiente con publicaciones como The Oregon Experiment  en 1975 (traducido al español como “Urbanismo y Participación. El caso de la Universidad de Oregón”), A Pattern Language (Un lenguaje de Patrones) escrito junto a Sara Ishikawa y Murray Silverstein en 1977, o The Timeless Way of Building (El modo intemporal de construir) de1979.
Otros proyectos de investigación financiados por la Fundación Rockefeller serían, por ejemplo, los de Barclay Jones y Stephen W. Jacobs, quienes publicaron en 1960 el libro “City Design Through Conservation”; la obra conjunta de Christopher Tunnard y Boris Pushkarev “Man-Made America: Chaos or Control?” (1963); o la de Ian Nairn “The American Landscape: A Critical View” (1965).

Tercer Foco: William Whyte y Jan Gehl, tras la vida social en los pequeños espacios urbanos entre los edificios.
William Hollingsworth Whyte, “Holly” Whyte (1917-1999) fue un sociólogo y urbanista norteamericano precursor en la renovación metodológica del proceso de diseño urbano. Tras graduarse en Princeton y servir en la marina estadounidense se convirtió en redactor de la revista Fortune desde 1946. Sus artículos sobre la cultura corporativa empresarial y la vida de las clases medias suburbanas estadounidenses acabaron recopilados en un libro “The Organization Man” publicado en 1956 y que se convirtió en un sorprendente éxito de ventas.
Tras esta etapa, Whyte comenzó a trabajar con la New York City Planning Commission donde desarrollaría su novedosa metodología de análisis urbano, que denominó “Street Life Project”. Como los pintores impresionistas, que abrieron sus estudios para pintar directamente de la realidad, Whyte comenzó a observar el comportamiento de los ciudadanos en los propios entornos urbanos. Para ello utilizó todas las técnicas que estaban a su disposición: realizó fotografías, filmó películas, tomó datos de campo y mapificó los resultados para describir la vida pública a través de inputs objetivos y cuantificables. Hasta entonces nadie había estudiado de una forma sistemática (diferentes momentos del día, diferentes jornadas, etc.) la manera en que se ocupaban y utilizaban las calles o las plazas de las ciudades. Buscaba descubrir cómo y porqué las personas se sentían atraídas por determinados lugares, como llegaban a ellos y como se desplazaban, de qué forma interactuaban, en definitiva, como usaban realmente el espacio.
A la izquierda William Whyte preparando la filmación de espacios urbanos. A la derecha imagen de la película “The Social Life of Smal Urban Spaces”.
Su principal aportación fue colocar a los ciudadanos como los verdaderos protagonistas sobre los que basar el diseño posterior, para lo cual había que potenciar la observación directa, es decir conocer la “vida social de los espacios públicos”. Solamente a partir de ese conocimiento exhaustivo y razonado se podrían diseñar espacios de calidad, ajustados a las necesidades de la sociedad y los individuos, y que facilitaran el funcionamiento social y la integración de la comunidad.
Para Whyte, el sistema de espacios públicos de la ciudad eran las arterias por las que discurría el “líquido” vital, la sangre, que posibilitaba la vida de la comunidad. En este sentido apuntó que “The street is the river of life of the city, the place where we come together, the pathway to the center” (La calle es el río de la vida de la ciudad, el lugar donde nos reunimos, el camino hacia el centro). Para conseguir que los espacios públicos pudieran albergar la vida humana, Whyte abogó por un diseño “de abajo a arriba” (Bottom-Up Place Design) rechazando el habitual proceso de “arriba abajo” que se alejaba del sentir de los ciudadanos. En el diseño de abajo a arriba, los especialistas no crean ni condicionan como demiurgos todopoderosos la vida de los ciudadanos y, ni siquiera, en el mejor de los casos, interpretan sus deseos en un ejercicio voluntarista, sino que las intervenciones parten de la comprensión precisa (y directa) sobre cómo usan los ciudadanos el espacio o sobre sus deseos y preferencias.
Whyte iría publicando las conclusiones de sus trabajos. Así, en 1958, actuó como editor y coautor (junto a Jane Jacobs entre otros) de “The Exploding Metropolis”, un libro que focalizaba los problemas del sprawl suburbano de las ciudades norteamericanas y criticaba las políticas de movilidad, el declive de los espacios públicos o las políticas y métodos de planificación y diseño de las ciudades. El camino iniciado iría siendo presentado en nuevas publicaciones como “Cluster Development”, aparecido en 1964; “The Last Landscape”, en 1968; el influyente “The Social Life of Smal Urban Spaces”, en 1980, que fue presentado en un doble formato: un libro y una película (que puede verse en vimeo); o “City. Rediscovery of the Center”, en 1988.
William Whyte publicó sus experiencias metodológicas en “The Social Life of Smal Urban Spaces”. Lo hizo en un doble formato, libro y película.
Uno de los proyectos más celebrados en los que participaría Whyte sería el Bryant Park de Nueva York. Promovido desde 1980 por la Bryant Park Restoration Corporation y financiado por la Fundación Rockefeller, la participación de Whyte y su aportación al proceso fue trascendental para el gran éxito de la intervención. Whyte, tras sus análisis, sugirió, por ejemplo, la instalación de las sillas móviles o el descenso del nivel topográfico para integrarlo en el entorno, ideas que llevarían a delante Laurie Olin (Hanna/Olin Ltd) y Hardy Holzman Pfeiffer Associates. El Bryant Park sería inaugurado finalmente en 1992.
El trabajo de Whyte germinaría en organizaciones como Project for Public Spaces (PPS) una asociación sin ánimo de lucro fundada en 1975 por Fred Kent, colaborador y discípulo de Whyte. Desde PPS se destilaría un método de Placemaking para ayudar a los ciudadanos a transformar sus espacios públicos.
Detalle de uno de los planos de análisis realizados por Jan Gehl en Copenhague siguiendo la metodología de observación como William Whyte (Copenhague. Strøget, el 27 de febrero de 1968 a las 11.45)
En Europa, las ideas de Whyte se verían reflejadas en las propuestas de Jan Gehl para Copenhague, que fueron pioneras en las políticas de peatonalización y nueva movilidad que supusieron el deseado renacimiento del espacio urbano. Gehl (1936) comenzó a trabajar sobre el espacio público en los años sesenta y publicó en 1971 “Life Between Buildings: Using Public Space”, un libro cuya influencia en el ámbito escandinavo fue notable pero que, tras su traducción al inglés en 1987, revolucionó la actuación sobre los espacios urbanos (la traducción española es de 2006: “La humanización del espacio urbano: la vida social entre los edificios”). La principal novedad de su enfoque  fue observar los espacios públicos desde un punto de vista que fusionaba la arquitectura con la psicología, ofreciendo una comprensión diferente de los mismos. Su filosofía de la humanización del espacio urbano se plasmaría en numerosos proyectos internacionales (que desde el año 2000 realizaría desde la firma Gehl Architects, fundada junto a Helle Søholt). En 2103 publicó, junto a Birgitte Svarre, el libro “How to Study Public Life” (Como estudiar la Vida Pública) donde ofrece las conclusiones de su experiencia de más de cincuenta años investigando la vida urbana y los factores que motivan a los ciudadanos en el uso del espacio público. El libro es también un compendio en el que muestra sus estrategias, sus herramientas y sus decisiones para cumplir el objetivo de diseñar espacios para las personas.

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