15 oct. 2016

Bruselas, en el laberinto de las identidades belgas.

El doble símbolo de Bélgica, el león flamenco y el gallo valón, escenifica el conflicto de identidad del país.
Hay quienes ven en Bélgica una identidad incierta, extraviada por las influencias francesas, holandesas o alemanas. Pero otros creen lo contrario, interpretando que Bélgica y Bruselas, su capital, expresan con inusitada nitidez la esencia de la nueva Europa, un continente multifacético, donde confluyen culturas muy diversas, procedentes también de otras partes del mundo.
A lo largo de la historia el territorio belga ha sido escenario de disputas entre grandes fuerzas europeas, siendo obligado a bascular entre posiciones antagónicas. Su capital, Bruselas ha reflejado esas tensiones y los deseos de superarlas. Esa búsqueda incesante de un equilibrio tan delicado, crearía una vocación de mediación y consenso, que potenciaría la estratégica posición de la ciudad y le permitiría convertirse en la “capital oficiosa” de la Unión Europea.
Bruselas es una amalgama cultural, lingüística, geográfica, social, religiosa, con fuertes tendencias “bipolares”, entre valones y flamencos, a los que se une, en la actualidad, una importante población musulmana. Nos aproximamos a las circunstancias históricas de ese territorio y a la evolución de su capital desde la creación de Bélgica en 1830, con el objetivo de comprender un poco mejor sus conflictos identitarios.

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Los territorios de frontera siempre reciben influencia de los ámbitos que separan, y en ocasiones tienen dificultades para expresar una personalidad propia. Pero también hay casos, en los que ese papel limítrofe refuerza el sentimiento de pertenencia de sus habitantes y es capaz de generar identidades rotundas que se reivindican con fuerza frente a los vecinos, por lo general más poderosos.
Algo de esto ha sucedido en el territorio belga, una región que los romanos convirtieron en una frontera y que desde entonces sería el escenario de disputas seculares. Su estratégico valor posicional, privilegiado para el comercio, o la abundancia de recursos naturales, hicieron prosperar a la región, pero también la convirtieron en un lugar codiciado por todas las potencias europeas, especialmente por las limítrofes. Los rivales que pelearían por ella irían cambiando, por ejemplo, los romanos y los “bárbaros” del norte, los francos orientales y los francos occidentales, o los católicos españoles y los protestantes holandeses. En consecuencia, la región se vería sometida a diferentes estados hasta que, finalmente, en 1830, lograría emanciparse definitivamente con la creación del Reino de Bélgica, en el que se reunirían dos pueblos muy diferentes, los flamencos y los valones. Con este bagaje histórico se puede intuir la existencia de problemas idiosincráticos. De hecho, en la actualidad, Bélgica mantiene su “esquizofrenia” identitaria original, que se refleja lingüísticamente, geográficamente y también socioeconómicamente, como veremos más adelante. Y Bruselas, su capital, se hace eco de ello, apareciendo como una amalgama multifacética con fuertes tendencias “bipolares”, entre valones y flamencos, a los que se une, en la actualidad, una importante población musulmana.
Nos aproximamos a las circunstancias históricas de ese territorio y a la evolución de su capital, desde la creación de Bélgica, con el objetivo de comprender un poco mejor sus conflictos de identidad.

El territorio belga, un escenario de disputas seculares.
En la antigüedad, el amplio territorio situado entre el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico, delimitado por los Pirineos, los Alpes y el rio Rin (aproximadamente las actuales Francia y Bélgica), estuvo habitado por un conjunto de pueblos al que los romanos denominaban galos y al que los griegos se habían referido como celtas.
Realmente, los romanos ya dominaban desde hacía tiempo la región que iba desde los Alpes a los Pirineos acompañando a la costa mediterránea, constituida como una Provincia con el nombre de Gallia Narbonensis (por su capital Narbona). Pero, el resto, era un territorio casi desconocido al que llamaban vagamente Gallia Comata (Galia Melenuda, por las largas cabelleras de sus pobladores).
Pero esa extensa región acabaría siendo incorporada al Imperio Romano tras las campañas dirigidas por Julio César entre los años 58 y 51 a.C., las conocidas como Guerras de las Galias. El propio Julio César describió, en líneas muy generales, los pueblos conquistados agrupándolos en tres “familias” que sirvieron de base para la organización territorial que efectuaría Augusto en el año 27 a.C. Así se definieron tres regiones: en el suroeste, entre los Pirineos y el rio Garona (aunque acabaría ampliando sus límites hasta el Loira), la Gallia Aquitania, con capital en Burdeos; en el centro, entre el rio Garona (más tarde, como decimos, el Loira) y los cauces del Sena y del Marne, la Gallia Lugdunensis o Gallia Céltica, gobernada desde Lyon; y finalmente, en el norte, desde esos ríos hasta la frontera del Imperio (el limes) que marcaba el rio Rin, la Gallia Belgica, que sería dirigida desde Reims.
Los problemas en la frontera del Rin acabarían recomendando la creación de dos provincias especiales, de fuerte militarización, que serían segregadas de la Gallia Belgica: la Germania Inferior y la Germania Superior. Todavía habría una división más, ya que Diocleciano, en el año 297, dividiría la Gallia Belgica en dos: la Belgica Prima al sur y la Belgica Secunda al norte (la Bélgica actual ocupa parte de la Belgica Secunda y de la Germania Inferior).
Los romanos conquistaron las Galias y crearon la Gallia Belgica, un territorio fronterizo junto al rio Rin que tendría una evolución turbulenta. Arriba el territorio galo entre los Pirineos y el Rin, debajo la división final en cuatro provincias de la Gallia Belgica.
La  estrategia de contención romana daría resultado durante un tiempo, pero no lograría impedir las invasiones bárbaras que procedían del otro lado del Rin y acabarían por hacer caer el Imperio. La Galia sería sometida por el pueblo franco, un pueblo germánico procedente de la Baja Renania, que se había instalado desde mediados del siglo IV en la Belgica Secunda como foederati de los romanos. Fueron gobernados por la dinastía merovingia desde mediados del siglo V y tras la caída del imperio, irían ampliando su territorio hacia el sur, enfrentándose a los visigodos, otro pueblo de más allá del Rin, a los que “empujaron” al sur de los Pirineos, hacia la Península Ibérica. La dinastía merovingia sería sustituida por la carolingia cuando, en el año 751, Pipino el Breve, que ejercía como Mayordomo de Palacio, logró destronar al último monarca merovingio y se proclamó nuevo rey de los francos. Su hijo Carlomagno extendería considerablemente el reino y lo transformaría en el Imperio Carolingio. Pero su duración sería breve porque, tras la muerte de su hijo Luis el Piadoso, el Tratado de Verdún del año 843 segregaría el Imperio en tres partes asignadas a los tres nietos de Carlomagno (Lotario I gobernaría la zona central, denominada Lotaringia; Luis el Germánico el lado oriental que acabaría convertido en el Sacro Imperio Romano Germánico; y Carlos el Calvo en el sector occidental, embrión del reino de Francia).
El Tratado de Verdún dividió, en el año 843, el Imperio Carolingio en tres regiones. El territorio belga quedo integrado en la región central, Lotaringia, que acabaría desapareciendo entre sus poderosos vecinos.
Lotaringia tendría un futuro complicado ya que tras la muerte de Lotario II, hijo del primer Lotario, el territorio sería disputado y finalmente dividido entre la Francia Orientalis y la Francia Occidentalis. Su existencia no sería restituida hasta que, en 928, Enrique I, el Pajarero, rey de los francos orientales, creó el Ducado de Lotaringia, que sería dividido en dos, por Bruno I de Colonia en el año 959, quedando al sur, las tierras altas, el Ducado de la Alta-Lotaringia (que acabaría convirtiéndose en el Ducado de Lorena) y al norte, las tierras bajas costeras, el Ducado de la Baja-Lotaringia (que iría descomponiéndose en diferentes ducados, siendo el Ducado de Brabante, constituido oficialmente en 1183, uno de los más relevantes).
En 1384, Brabante se integró en el Ducado de Borgoña, uno de los estados importantes de la Europa medieval (que existió entre el año 880 y 1482, momento en el que sería desmembrado quedando sus tierras originales anexionadas a Francia mientras que los territorios septentrionales pasaron al dominio de los Habsburgo). Cuando en 1516, el joven Carlos de Habsburgo, que era Duque de Brabante, fue designado rey de España como Carlos I, la región quedó incorporada al Imperio Español (cuyas posesiones se ampliaron en 1520 al ser proclamado emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico). Entonces se formalizó una entidad dependiente de la monarquía hispánica que agrupaba a las denominadas Diecisiete Provincias (que integraba aproximadamente la región conocida actualmente como Benelux). En 1568 comenzaría la rebelión que originó la Guerra de los Ochenta Años (o Guerra de Flandes) entre las Diecisiete Provincias y España, que acabó con la independencia de las provincias del norte (las denominadas Provincias Unidas lideradas por Holanda). Los territorios meridionales (aproximadamente la zona belga) continuaron integrados en España con el nombre de Países Bajos del Sur y con capital en Bruselas.
Mapa con la distribución de las Diecisiete Provincias y su evolución entre mediados del siglo XVI y XVII.
Con el Tratado de Utrecht de 1713, que dio fin a la Guerra de Sucesión española, la soberanía de los Países Bajos del Sur pasó a Austria, bajo cuyo gobierno se mantuvieron hasta 1795, fecha en la que, junto al Principado de Lieja (autónomo hasta entonces), serían anexionados al Imperio Francés de Napoleón Bonaparte. Pero tras la derrota del emperador galo, el Congreso de Viena de 1815 asignaría esos territorios a sus vecinos holandeses creando un nuevo estado: el Reino Unido de los Países Bajos, que también tendría una vida efímera, ya que en 1830 estallaría la Revolución belga. En esta sublevación, Flandes y Valonia reivindicaban su independencia respecto del norte holandés, consumando su secesión con la creación conjunta del nuevo Reino de Bélgica.
Pero los nuevos socios eran muy diferentes. Valonia estaba situada al sur y era interior y montañosa, contando con una fuerte influencia gala y, por lo tanto, era francófona y católica (este territorio, además, recibiría una industrialización temprana gracias a sus abundantes recursos minerales, particularmente la hulla). Por su parte, Flandes, agrupaba las tierras bajas del norte, llanas y costeras, con un ascendente germánico y holandés que llevaba a que su idioma fuera el flamenco y que se mantuvieron predominantemente agrícolas hasta el siglo XX.
La tensión entre valones y flamencos fue constante, y por eso, hubo una gran incertidumbre inicial sobre el futuro del nuevo reino. Leopoldo de Sajonia-Coburg, que fue seleccionado como monarca y reinaría con el nombre de Leopoldo I, tendría que esforzarse para proteger el nuevo estado de las ambiciones francesas y prusianas. No obstante, el papel de la corona sería básicamente representativo dado que el país se dotó de una constitución muy progresista para la época, declarando la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la separación entre iglesia y estado, o permitiendo la libertad de reunión y pensamiento.
Mapa de la Bélgica actual con expresión de su relieve físico y un esquema de las regiones que la componen (Valonia, Flandes y Bruselas-Capital)
Afortunadamente para la cohesión belga, se inició entonces un periodo de gran prosperidad económica que facilitó la convivencia entre flamencos y valones. Durante el siglo XIX, Bélgica sería el país más industrializado del continente, siguiendo la estela de Gran Bretaña. Sus minas de carbón, hierro o zinc, permitieron una industria metalúrgica y siderúrgica que serían la avanzadilla de otras, químicas, del vidrio o textiles, que proporcionarían gran riqueza. El comercio y la agricultura apuntalaron un desarrollo que además se vio muy potenciado por la explotación de los enormes recursos coloniales que dispuso Bélgica (principalmente del Congo, en África). Se reestructuró el país con la construcción de canales y una eficaz red ferroviaria (la primera línea del continente unió Bruselas con Malinas en 1835), que comunicarían las principales ciudades entre sí. Gracias a ello, Bélgica se situaría en las posiciones de cabeza europeas.
Las dos guerras mundiales del siglo XX y la crisis que acompañó el periodo entreguerras golpearon a Bélgica como al resto de Europa, pero tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el país emergería de nuevo. La creación del Benelux en 1948 (iniciada como unión aduanera entre Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo para la libre circulación de personas, de bienes y de servicios) iniciaría una serie de procesos de integración económica entre estados europeos (que confluirían finalmente en la actual Unión Europea) así como alianzas militares intergubernamentales que se concretarían en la OTAN. La prosperidad volvería a caracterizar la vida belga desde mediados de la década de 1950, pero con la particularidad de que el peso económico iría pasando de la parte valona a la flamenca.

Bruselas, la transformación de la ciudad antigua y la creación de la metrópoli.
La independencia de Bélgica marcaría un antes y un después en la evolución de Bruselas, que se convertiría en la capital del nuevo reino. La ciudad iniciaría entonces una serie de reformas trascendentales con el objetivo de representar el estatus adquirido.
Pero en aquel año 1830, Bruselas seguía circunscrita al perímetro amurallado, aunque ya había comenzado su derribo años atrás, por orden de Napoleón Bonaparte. Complementariamente, en su entorno, una serie de pequeños municipios agrícolas constituían una constelación urbana alrededor de ella.
La topografía de Bruselas refleja también su “bipolaridad” entre la “ciudad alta” al este y la “ciudad baja” al oeste. La imagen recoge las curvas de nivel cada cinco metros y muestra el trazado de la primera y segunda murallas de Bruselas (en línea continua) y la extensión de la ciudad en 1862 (línea discontinua). Se indica también la posición de los bulevares interiores entre las estaciones ferroviarias del norte y del sur.
En 1842 se finalizó la demolición del muro (solo se conserva la Porte de Hal) y, en su lugar, se fueron construyendo, paulatinamente, los bulevares exteriores que definen actualmente el “Pentágono” del centro histórico de Bruselas (denominado así por la peculiar disposición de las desaparecidas murallas). Sus aproximadamente ocho kilómetros de recorrido envolvían una ciudad que iba a sufrir una remodelación extraordinaria. La densidad de su trama histórica y las viejas casas unifamiliares que la completaban irían dando paso a nuevos trazados, rectilíneos y amplios, a barrios de vivienda plurifamiliar y a nuevos equipamientos que conformarían, a lo largo del siglo XIX, una nueva Bruselas.
El “Pentágono” en 1837, con el trazado previo a las grandes operaciones posteriores, como los bulevares interiores, el soterramiento del rio Senne y del canal Willembroeck, o la construcción del Palacio de Justicia.
Operaciones tempranas, como la creación del barrio que envuelve a la Place St.-Jean, producto del traslado del viejo hospital de St.-Jean, o del barrio de la Place du Béguinage junto al antiguo mercado, comenzaron a transformar la ciudad. Complementariamente, nuevos espacios comerciales como las galerías Saint-Hubert abiertas en 1846 según el diseño del arquitecto Jean-Pierre Cluysenaar, o la construcción de las dos estaciones ferroviarias que se situaron exteriormente al casco, en su frontera norte (desde 1835) y sur (desde 1840) prepararían la fase más importante de las grandes obras de Bruselas, impulsadas por el burgomaestre Jules Anspach, que gobernó la ciudad durante quince años (1864-1879).
El alcalde Anspach puso en marcha una serie de transformaciones urbanas radicales que siguieron el modelo establecido por el Barón Haussmann en París. Así, entre 1868 y 1871, se abrieron los bulevares interiores, que enlazarían directamente las estaciones ferroviarias norte y sur, aprovechando, en parte, el cauce del rio Senne, que sería soterrado. El nuevo eje, de más de dos kilómetros de longitud y de unos veinticinco metros de anchura, cuenta con tres tramos, que, desde el sur, son: Boulevard Maurice Lemonnier, Boulevard Anspach y Boulevard Adolphe Max (bifurcado con el Boulevard Emile Jacqmain), y quedan articulados por plazas (Place Fontainas y Place de Brouckère). También se abrió la Place de la Bourse, en el Boulevard Anspach, junto al edificio de la Bolsa (construido entre 1868 y 1873 según los planos del arquitecto León-Pierre Suys). La nueva espina dorsal de la ciudad animaría la remodelación de los barrios contiguos. Entre estas reconstrucciones urbanas destacan la que se llevó a cabo a partir de 1871 en el barrio de Notre-Dame-des-Neiges (entre rue Royale, rue de Louvain, rue de la Sablonnière y el bulevar exterior) con un nuevo trazado de geometría radial centrado en la Place de la Liberté; o la que modificó el sureste replanteando el enlace de las colinas de Coudenberg con la ciudad baja (rue Montagne de la Cour, rue Madelaine). Uno de los indiscutibles emblemas arquitectónicos del momento (que sería fuertemente denostado por las vanguardias modernas de finales del siglo XIX) fue el Palacio de Justicia, el gigantesco edificio proyectado por Joseph Poelaert, cuya construcción, desarrollada entre 1866 y 1883, modificó todo su entorno.
Principales transformaciones urbanas en el “Pentágono” de Bruselas, entre 1850 y las primeras décadas del siglo XX: 1. Estación de Bruselas Sur (Gare de Bruxelles-Midi / Brussel-Zuid); 2. Estación de Bruselas Norte (Gare de Bruxelles-Nord / Brussel-Noord); 3. Boulevard Lemmonier-Boulevard Anspach; 4. Rue du Midi; 5. Rue Van Artevelde; 6. Reestructuraciones en la Place du Béguinage; 7. Cubrición de los antiguos “quais”; 8. Palacio de Justicia; Rue de la Régence; 10. Reestructuracionesdel siglo XX en torno a la actual Estación Central (Gare de Bruxelles-Central / Brussel-Centraal); 11. Barrio de la Place de la Liberté (imagen procedente de la “Historia del Urbanismo. El Siglo XIX” de Paolo Sica)
La  ciudad antigua no dejaría de transformarse durante el siglo XX y, por ejemplo, su parte noroeste, en el área de la Place Sainte-Catherine, que había contado con varios muelles del canal Willenbroeck (que unía Bruselas con Amberes), vio rellenar su cauce para crear un nuevo barrio (el nombre de las calles recuerda su antiguo uso portuario). También fue muy importante la remodelación provocada por la construcción de la Estación ferroviaria Central y de la línea que le daba servicio uniendo las estaciones norte y sur, en parte soterrada, originando los bulevares de l’Empereur o de Berlaimont.
En general, el casco histórico de Bruselas sufriría un proceso de renovación que casi haría desaparecer su esencia antigua. De esa época dan testimonio algunos edificios (como la catedral de Bruselas, de los Saints-Michel-et-Gudule) y algún espacio tan extraordinario como la Grand Place que logró preservarse, pero otros muchos lugares y trazados históricos desaparecieron bajo los intereses inmobiliarios derivados en gran medida de los ingentes recursos obtenidos por la explotación colonial.
La delicada Grand Place de Bruselas y el gigantesco Palais de Justice son emblemas de dos épocas de la capital belga.
En  paralelo, a mediados del siglo, se superarían los límites de la ciudad histórica y se comenzaría el planteamiento de ensanches exteriores. El primero fue el Quartier Leopold, un gran proyecto urbano comenzado en 1850, ubicado el este, en la zona alta más allá del parque interior del “Pentágono” (el Parque de Bruselas, Parc de Bruxelles o Warandepark). Este barrio sería rematado por otro gran espacio verde, el Parque del Cincuentenario, construido en 1880 para celebrar el aniversario de la independencia belga. El Quartier Leopold se convertiría en un lugar muy exitoso donde se asentarían las élites (hoy se encuentra muy transformado y suele recibir el nombre de Quartier Européene, el barrio europeo, caracterizado por la presencia de las sedes de las principales instituciones de la Unión). Por el sureste, en el término de Ixelles se consolidaría el barrio Louise, un barrio señorial vertebrado por la Avenue Louise, Louizalaan, que sería un nuevo gran eje urbano (curiosamente perteneciente a Bruxelles-Ville), que comunicaba el centro con el gran Bosque de Soignes). Este ensanche albergaría alguno de los edificios modernistas más significativos de Bruselas.
Plano de Bruselas en 1910. El “Pentágono” había sido ampliamente excedido y los crecimientos de Bruselas se estaban produciendo en los municipios vecinos.
El  rápido crecimiento de Bruselas superó rápidamente sus límites municipales e invadió los términos limítrofes. Además, esos pueblos del entorno experimentaron su propio desarrollo. El resultado de esa doble dinámica extensiva fue la creación de una importante aglomeración urbana continua (que hoy alcanza el millón doscientas mil personas). Pero Bruselas no siguió la estrategia de otras capitales, que absorbieron los municipios del entorno convirtiéndolos en distritos administrados bajo la autoridad única del gobierno de la ciudad principal. Los ayuntamientos vecinos a Bruselas mantuvieron su autonomía (con la excepción de Laeken, Neder-Over-Heembeek y Haren, unidos en 1921 a Bruxelles-Ville) y hoy el conjunto forma un área metropolitana conocida como Región de Bruselas-Capital, formada por diecinueve municipios que, en su denominación francesa, son: Anderlecht, Auderghem, Berchem-Sainte-Agathe, Bruxelles-Ville, Etterbeek, Evere, Forest, Ganshoren, Ixelles, Jette, Koekelberg, Molenbeek-Saint-Jean, Saint-Gilles, Saint-Josse-ten-Noode, Schaerbeek, Uccle, Watermael-Boitsfort, Woluwe-Saint-Lambert y Woluwe-Saint-Pierre. Administrativamente, la Región de Bruselas-Capital es una de las tres regiones en las que se divide Bélgica, junto a Valonia y Flandes.
Mapa con los 19 municipios que conforman la región de Bruselas Capital: 1. Anderlecht; 2. Auderghem; 3. Berchem-Sainte-Agathe; 4. Bruxelles-Ville; 5. Etterbeek; 6. Evere; 7. Forest; 8. Ganshoren; 9. Ixelles; 10. Jette; 11. Koekelberg; 12. Molenbeek-Saint-Jean; 13. Saint-Gilles; 14. Saint-Josse-ten-Noode; 15. Schaerbeek; 16. Uccle; 17. Watermael-Boitsfort; 18. Woluwe-Saint-Lambert; y 19. Woluwe-Saint-Pierre
Con todo, la gestión de la metrópoli de Bruselas es muy compleja. No es sencillo manejar una entidad que en realidad es un conjunto con muchas cabezas. Salvo algunas cuestiones que son mancomunadas entre las 19 comunas (como la protección contra incendios, la recogida de basuras o el urbanismo), cada uno de los municipios tiene sus propias normas y entra, en muchas ocasiones, en conflicto con las demás. Es llamativo el hecho de que en la aglomeración urbana existan seis cuerpos de policía diferentes, lo cual dificulta mucho la coordinación y compromete la eficacia de sus resultados (como se pudo comprobar en el caso de los atentados de marzo de 2016). De esto se lamentaba el ministro federal de interior belga, Jan Jambon, cuando, en 2015, decía que “Bruselas es una ciudad relativamente pequeña, de 1,2 millones de habitantes, pero tenemos seis departamentos de policía y 19 autoridades municipales diferentes. Nueva York tiene 11 millones de habitantes y sólo tiene un departamento de Policía" (“Brussels is a relatively small city, 1.2 million. And yet we have six police departments. Nineteen different municipalities. New York is a city of 11 million. How many police departments do they have? One.” Foro Político celebrado en Bruselas el 10 de noviembre de 2015).

La “esquizofrenia” de Bélgica y la multiculturalidad de Bruselas (identidades en conflicto).
Como hemos visto, el territorio belga fue muy codiciado por las potencias europeas de diferentes épocas, y sus disputas se prolongaron durante siglos determinando la historia del lugar. En consecuencia, por allí pasaron gentes muy diversas que dejaron su influjo, principalmente desde el ámbito francés y holandés. Estas circunstancias acabarían generando una cultura muy particular que hibridaría esas dos órbitas, expresando múltiples contraposiciones que van desde lo lingüístico a lo religioso y que ocasionan una cierta “esquizofrenia”. La independencia de Bélgica relajaría (pero no eliminaría) esas tensiones. Por ello, uno de los rasgos constitutivos de la Bélgica del presente, es la tirantez entre el área más proclive a Francia (Valonia) y la que mira hacia Holanda (Flandes), que ha creado divisiones profundas. La rápida industrialización del país a lo largo del siglo XIX atrajo a numerosos inmigrantes procedentes de muchas partes de Europa que reforzarían la multiculturalidad del territorio, aunque sin lograr eliminar la “bipolaridad” belga.
La realidad lingüística belga es una de las principales bases de la “esquizofrenia” belga.
La  “esquizofrenia” belga persiste en la actualidad alimentando deseos de separatismo, impulsados, sobre todo, por los nacionalistas flamencos.  Los datos son reveladores, porque además de la diferencia idiomática entre el francés y el flamenco (lenguas habladas por el 40% y el 60% de la población respectivamente) y el hecho geográfico diferencial (Flandes es llano y con acceso al mar mientras que Valonia es interior y tiene una buena parte montañosa), las dos “almas” belgas son también distintas en cuanto al carácter de cada población (con muchos tópicos cruzados) y socioeconómicamente (Flandes, que cuenta con el 60% de la población del país, es más rica, tiene menos desempleo y sus sueldos son, en términos medios, mayores). Por todo esto, la amenaza de escisión está siempre presente, pero sin activarse definitivamente, quizá sujetada por la presencia de Bruselas como elemento de cohesión.
Flandes y Valonia podrían aparecer como un matrimonio que no se separa por el hijo (Bruselas) y así lo reflejan algunas viñetas cómicas “(¡Deja de llorar! Despues de todo, tú eres la única razón para que sigamos juntos todavía”)
La Bruselas histórica escenificaría físicamente esta bipolaridad belga, ya que la ciudad ofrecía dos zonas bien diferenciadas topográficamente: por el este, se encontraba la “ciudad alta”, acomodada y francófona, mientras que por el oeste aparecía la “ciudad baja”, habitada por comerciantes, artesanos y obreros que eran mayoritariamente flamencos. Hoy, aunque, en cierto modo, esa dinámica urbana este-oeste subsiste todavía, la realidad de la capital es más compleja (la estructura de la región de Bruselas sigue mostrando una división, cuya frontera seguiría aproximadamente el curso del desaparecido rio Senne, dejando una parte oriental burguesa, mientras que hacia el oeste se extienden los barrios industriales y obreros). Actualmente, Bruselas es una entidad administrativa autónoma enclavada en la región flamenca, aunque el 85% de sus habitantes sean francófonos, con una numerosa población flotante de funcionarios europeos y que, en los últimos decenios, está asistiendo a cambios sustanciales provocados por la consolidación de una importante población musulmana que está afectando a los difíciles equilibrios belgas.
Mapa de Bruselas con la distribución de la población musulmana en la ciudad que se encuentra fundamentalmente en el sector occidental.
Según los últimos datos, en el conjunto de Bélgica, el porcentaje de población de religión musulmana es del 6%, uno de los más altos del continente y se espera que pueda aumentar hasta el 10% para el año 2020, pero la situación en Bruselas es muy diferente. En la capital, el 25% de sus habitantes son musulmanes, y aunque hay quienes no quieren aceptarlo, el islam forma parte de la realidad presente de la ciudad. Las, aproximadamente, 300.000 personas que profesan esa religión hacen de la capital belga la ciudad con más población islámica de Europa, hasta el punto de ser apodada la “capital de Eurabia”. Estos nuevos belgas comenzaron a llegar en la década de 1960 animados por las numerosas ofertas de empleo y de un programa de “trabajadores invitados” por el gobierno belga. Pero, aunque ese programa temporal fue cancelado en 1974, muchos de los inmigrantes (originarios de Marruecos en un 70% y de Turquía en un 20%) permanecieron en Bélgica y trajeron a sus familias. La población musulmana se encuentra fundamentalmente en la parte occidental de la Región de Bruselas Capital, en municipios como Molenbeek-Saint-Jean (que en 2013 contaba con un 40% de población musulmana). El mantenimiento de su cultura y costumbres (que van desde la construcción de mezquitas, hasta la autoproclamación, en 2011, de un tribunal islámico en Amberes) hacen que la convivencia genere tensiones, magnificadas en casos tan dramáticos como los últimos atentados yihadistas en el aeropuerto y en el metro de la capital (marzo de 2016).
El humor se hace eco de las complejidades identitarias belgas. A la izquierda, interpretaciones sobre el país desde diversos puntos de vista, destacando la dificultad propia para explicar su realidad. A la derecha, mostrando la dificil convivencia con los musulmanes.
Pero los belgas, y particularmente los bruselenses, también saben hacer de la necesidad virtud. La obligación de búsqueda del consenso para avanzar o la permanente negociación para delimitar competencias han impregnado su carácter de un espíritu mediador, aunque también subsistan comportamientos radicales (nacionalistas, xenófobos, fundamentalistas, etc.) que dificultan la convivencia en la ciudad (y en el país). Por eso, hay quienes ven en Bruselas una identidad incierta, extraviada por las influencias múltiples. Pero otros creen lo contrario, interpretando que la capital belga expresa con inusitada nitidez la esencia de la nueva Europa, un continente multifacético, donde confluyen culturas muy diversas, procedentes también de otras partes del mundo.

Bruselas, reflejando esa doble esencia belga, pero también representando una excepción multicultural, ha tenido que buscar el equilibrio entre posiciones extremas. Quizá esa vocación de mediación entre posturas enfrentadas potenció su estratégica posición y le permitió convertirse en la “capital oficiosa” de la Unión Europea, albergando las sedes de sus principales instituciones.

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