26 nov. 2016

La “bruselización” o la adulteración de un casco histórico.

El término “bruselización” es un neologismo peyorativo que pretende expresar el desarrollo urbanístico realizado sin respeto por los tejidos históricos. En la imagen, el Centre Monnaie emerge entre el encuentro del Boulevard Anspach/Place de Brouckère y la Place de la Monnaie, entre edificios del siglo XIX.
Durante el siglo XIX, la sociedad industrial europea actuó drásticamente para adaptar las ciudades heredadas a los requisitos de la modernidad. Muchas de ellas fueron reestructuradas por medio de nuevas vías y por la sustitución de edificios e incluso barrios enteros. Esa dinámica se incrementó vertiginosamente en el siglo XX, especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Algunas ciudades habían padecido destrucciones muy importantes y fueron reconstruidas con mayor o menor seguimiento de los trazados históricos, pero hubo otras que, sin presentar el dramatismo de las consecuencias bélicas, emprendieron remodelaciones sustanciales (y poco respetuosas) de sus centros históricos (impulsadas, sobre todo, por un sector inmobiliario hiperactivo, escudado en la necesidad de desarrollo y modernización).
Bruselas se convirtió en paradigma de esa dinámica que adulteró una parte sustancial de su centro histórico. Su caso llegó a ser tan emblemático que generó un neologismo urbanístico para designar esas transformaciones radicales y especulativas: la “bruselización”. Profundizaremos en este artículo en la construcción de la ciudad antigua de la capital belga (el denominado “pentágono”) y en las circunstancias de su metamorfosis.

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La polémica de construir sobre lo construido.
Las ciudades están sometidas a procesos de cambio permanente. Además de los crecimientos que experimentan, también se producen transformaciones de lo existente. Muchas de estas modificaciones son leves (como la rehabilitación de una fachada, la aparición de nuevos locales comerciales o reajustes en las infraestructuras), o tienen una incidencia relativa en el entorno general (como la sustitución de algún edificio o la renovación de espacios urbanos). Habitualmente, este tipo de variaciones son puntuales, paulatinas y moderadas, y suelen pasar casi desapercibidas para la vida cotidiana. Por eso, es más fácil constatarlas de forma “acumulativa”, cuando se nos presentan, por ejemplo, al visitar una ciudad (o una zona de la misma) que no hemos recorrido desde hace tiempo.
Pero en ocasiones, los cambios son numerosos, sustanciales y están concentrados en el tiempo y, por lo tanto, alcanzan una gran notoriedad. Algunas ciudades se han visto abocadas a situaciones de este tipo por haber sufrido experiencias traumáticas de destrucción, por ejemplo, por cuestiones bélicas o por desastres naturales, pero otras han apostado por ambiciosos planes de remodelación enarbolando mejoras urbanas imprescindibles (que también pueden llevar aparejados objetivos menos confesables).
En cualquier caso, construir sobre lo construido siempre es un asunto polémico, y más aún cuando se enfrenta la “ciudad tradicional” con la “ciudad moderna”. Desde las posiciones más conservadoras a las más radicales, hay todo un elenco de propuestas de intervención que generan intentos debates. En este artículo vamos a fijarnos en uno de los casos extremos, el que desdeña la herencia recibida y propone su sustitución total por otros planteamientos más “innovadores”.
Este pensamiento no es exclusivo del siglo XX (durante el siglo XIX, la sociedad industrial europea ya actuó drásticamente para adaptar las ciudades heredadas a los requisitos de la modernidad y muchas de ellas fueron reestructuradas por medio de nuevas vías y por la sustitución de edificios e incluso barrios enteros). Pero esa dinámica se incrementó vertiginosamente en el siglo XX, especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento racionalista moderno prestó el fundamento teórico que despreciaba los tejidos urbanos históricos en favor de los modelos funcionalistas. Esa excusa fue aprovechada por el incipiente mercado inmobiliario que, especialmente entre mediados de las décadas de 1950 y 1970, y con el beneplácito de las administraciones públicas y los gobiernos, se lanzó a demoler, reestructurar y proponer edificaciones nuevas sobre las ciudades antiguas. Una de las ciudades que padeció estas circunstancias de forma más intensa fue Bruselas. La capital belga se metamorfoseó desvirtuando muchas zonas de su centro histórico, cuestión que la convirtió en un paradigma de ese modelo de actuación, hasta tal punto que se alumbró una nueva palabra para designarlo: la “bruselización”. Pero más allá de Bruselas, son muchas las ciudades que han sufrido fenómenos similares.
La palabra “bruselización” es un término peyorativo que pretende calificar unas estrategias urbanas que favorecen la remodelación sustancial (y poco respetuosa) de los centros históricos, impulsadas, sobre todo, por un sector inmobiliario hiperactivo, escudado en la necesidad de desarrollo y modernización.
El resultado de estas dinámicas suele arrojar problemas de identidad, de memoria urbana, pero también complicaciones de escala entre los “restos” de la historia y los nuevos edificios, dificultades de articulación de tramas entre ambos, de conexión funcional, de continuidad espacial. Con la “bruselización” desaparecen los entornos reconocibles y los ciudadanos se mueven por espacios que les resultan refractarios. Puede hablarse de adulteración, ya que esta noción significa “alterar o eliminar la calidad y pureza de una cosa añadiéndole algo que le es ajeno o impropio” o “alterar o falsear el sentido auténtico de una cosa o la verdad de un asunto”, aunque, en el fondo, la ciudad nunca puede mantener esa hipotética “pureza”, porque, irremediablemente, debe evolucionar. Pero hay diferentes alternativas de relacionarse con la historia que no deben ser rechazadas.
El centro de Bruselas (el “´pentágono”) con sus barrios principales e indicación de los espacios urbanos más destacados. 
Vamos a profundizar en la construcción de la ciudad antigua de Bruselas (el denominado “pentágono”) para ir descubriendo las profundas transformaciones a las que fue sometido, tanto en el siglo XIX, como, sobre todo, en el siglo XX, cuando se generó el neologismo “bruselización”.

La
 construcción de la Bruselas histórica: el “Pentágono”.
En el año 979, el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, Otón II el Sanguinario, ordenó, al entonces Conde de Brabante, la construcción de un castillo en una pequeña isla del rio Senne, la isla de Saint-Géry. Esa isla recibía su nombre como homenaje al canonizado obispo de Cambrai, quien había levantado en ella, hacia el año 580, una capilla que evolucionaría hasta convertirse en una iglesia.
El objetivo del emperador era controlar aquel lugar, que era un sitio estratégico donde se cruzaban dos vías de comunicación y transporte, una fluvial y otra terrestre, muy importantes en aquella época. La primera seguía el cauce del rio Senne, que era navegable desde esa isla hasta el mar, a través de los diferentes destinatarios de su caudal, comenzando por el río Dyle, luego el Rupel y después el Escalda que desagua en el Mar del Norte. La segunda vía era el camino que conectaba el puerto de Brujas con el puerto fluvial de Colonia y era una de las rutas comerciales más importantes de esa región. Así pues, la isla era una encrucijada muy valiosa porque además permitía el cambio de medio de transporte y, por ello, destacó muy pronto en cuestiones logísticas y comerciales.
La estratégica posición de la isla y la protección proporcionada por el castillo animarían la creación de un mercado, e inmediatamente, crecería a su lado una aldea que sería el embrión de Bruselas. La zona era bastante pantanosa y, de esta característica, derivó el nombre del nuevo asentamiento: en neerlandés medieval broek significaba “pantano” y sell quería decir “ermita”, con lo que la palabra Bruselas tendría el sentido de “ermita del pantano”.
La topografía de Bruselas refleja también su “bipolaridad” entre la “ciudad alta” al este y la “ciudad baja” al oeste. La imagen recoge las curvas de nivel cada cinco metros y muestra el trazado de la primera y segunda murallas de Bruselas (en línea continua). La cruz indica la isla de Saint-Géry, núcleo fundacional de Bruselas.
Pero la isla pronto resultaría insuficiente para acoger el extraordinario éxito del mercado y de su “burgo” asociado, y comenzaron a colonizarse los terrenos circundantes. El crecimiento de aquel núcleo inicial sumado a la conversión del condado de Brabante en ducado y a la designación de Bruselas como su capital, elevó el estatus de la ciudad. Las nuevas necesidades obligaron a abandonar el antiguo castillo, trasladando la sede del poder político a una colina próxima (Coudenberg), desde cuya altura se podía controlar más eficazmente tanto al floreciente mercado (que estaba entonces en la zona de la Grand Place) como al asentamiento vinculado. La diferencia topográfica daría origen a la separación del recinto urbano en dos zonas de muy distinto carácter: una ciudad “baja”, comercial y burguesa, y una ciudad “alta”, política y noble. Corría el año 1100 cuando se construyó ese nuevo castillo sobre la cima de la colina Coudenberg (el primero acabaría desapareciendo y no se han encontrado restos del mismo). Esta fortaleza se convertiría con el tiempo en el Palacio de los Duques de Brabante, también conocido como Palais du Coudenberg.
Trazado de la primera muralla de Bruselas.
En el siglo XIII, la prosperidad de Bruselas recomendó el levantamiento de una primera muralla para la ciudad (un recinto peculiar, ya que de él salía un “brazo” para integrar el palacio ducal). Este muro, que contaba con siete puertas y cinco portillos secundarios, quedaría pronto en desuso por el planteamiento de un segundo recinto, lo que hizo que fuera derribado gradualmente entre los siglos XVI y XVIII, aunque se conservarían varios restos del mismo (como la Tour de Villers, también llamada de Saint-Jacques, la Tour Noire, o la Tour Anneessens). En aquellos años, la ciudad iría levantando alguno de sus monumentos más importantes, como la catedral (Cathédrale Saints-Michel-et-Gudule) que fue comenzada en 1266, aunque no se concluiría hasta el año 1500. También se iniciaría, en 1210, sobre una capilla existente extramuros, la iglesia de Notre-Dame de la Chapelle.
Catedral de Bruselas.
Bruselas emergería como el centro floreciente de la región, experimentando un considerable crecimiento demográfico que desbordaría el primer perímetro amurallado. En consecuencia, y para continuar protegiendo la ciudad, entre los años 1356 y 1383, se construiría la segunda (y última) muralla bruselense, cuyo trazado definiría el conocido “pentágono” que demarca el casco antiguo de la ciudad (un contorno que no sería superado hasta el siglo XIX). El nuevo recinto convirtió a Bruselas en una ciudad poderosamente fortificada, con un muro jalonado por 70 torres semicirculares y 2 circulares, de mayor tamaño que el resto (la Grosse Tour y la Tour Bleue), situadas en su sector oriental. Además, contaba con siete puertas que se situaban en la continuación de las sendas que partían de las existentes en el primer recinto. Estos nuevos accesos a la ciudad (las puertas de Laeken, de Flandre, d’Anderlecht, de Hal, de Namur, de Louvain y de Schaerbeek) se convertirían en ocho con la construcción de la Porte du Rivage (en la actual Place de l'Yser), destinada al control de la entrada por el puerto fluvial surgido por la creación del nuevo canal de Willebroek en 1561 (también llamado canal marítimo Bruxelles-Rupel o canal de Anvers) que modificaría el sector noroeste del “pentágono” e impulsaría el Quartier des Quais.
Trazo de la segunda muralla de Bruselas, cuyo trazado sería la base de los bulevares que definen el “pentágono”.
El  desarrollo de Bruselas fue muy complicado por haberse convertido en un campo de disputas entre las potencias europeas que ambicionaban el control de aquella ciudad y región tan valiosa. A pesar de las circunstancias adversas, la ciudad mostraría su esplendor barroco en espacios tan asombrosos como la Grand Place, con el Ayuntamiento (Hôtel de Ville) o la Maison du Roi y la suma de las viviendas gremiales que la configuran. También edificios monumentales como la iglesia de Saint-Jean-Baptiste Au Béguinage o la iglesia de Notre-Dame du Sablon, construida a partir del siglo XV.
Con la evolución de las técnicas armamentísticas la antigua muralla se iría reforzando mediante bastiones y fosos, así como con el Fort de Monterey, levantado entre 1672 y 1675 al sur de la Porte de Hal, en las alturas de Obbrussel (Haut-Bruxelles, el futuro Saint-Gilles). A pesar de todo, la fortaleza no resistiría los ataques a los que fue sometida en varias ocasiones por el ejército francés durante el siglo XVIII, quedando muy deteriorada. Por ello, a partir de 1782, se comenzaron a eliminar las defensas exteriores, así como el Fort de Monterey o las puertas (salvo la Porte de Laeken que sería demolida en el siglo XIX y la Porte de Hal, la única que se conserva en la actualidad).
Bruselas hacia 1700 presentaba la imagen de un núcleo fuertemente fortificado entre la vega del rio Senne y la colina de Coudenberg. Al sur se aprecia el desaparecido Fort de Monterey, en los altos del actual municipio de Saint Gilles
El Palacio de los Duques de Brabante quedaría muy afectado por un incendio en 1731 y sería derribado cuarenta años después, convirtiendo esos terrenos en la actual Place Royale, presidida desde 1780 por la iglesia Saint-Jacques-sur-Coudenberg. Los jardines del palacio se reconfigurarían en 1775 para crear el gran Parc de Bruxelles
Plan del Parque de la Ciudad de Bruselas, grabado hacia 1790.
En el lateral norte del parque, se construiría, entre 1778 y 1783, el Palais du Conseil du Brabant o Palais de la Nation, construido para albergar el consejo de gobierno y que se convertiría en el Parlamento federal belga con la independencia del país. Tras la anexión del territorio belga a Francia en 1795, sería el emperador Napoleón Bonaparte quien en 1810 daría la orden de derribo de los lienzos amurallados para ubicar en su lugar unos bulevares dotados de barriéres (aduanas) de control, pero la caída del emperador no permitió completar el proyecto. Tras derrotar definitivamente a Napoleón, el Congreso de Viena asignó el territorio belga a los Países Bajos. En ese periodo, entre 1815 y 1829, el rey Guillermo I ordenó la construcción de una residencia para sus viajes a Bruselas. El gran palacio se levantó en el lado sur del Parc de Bruxelles y acabaría transformado en el Palacio Real por Leopoldo I de Bélgica (aunque en la actualidad no es la residencia de los monarcas belgas). También entonces se inauguraría el Teatro de la Monnaie, un edificio neoclásico (1819, Louis Damesme) que se alzó sobre el solar de otro teatro anterior.

Actuaciones decimonónicas en el “Pentágono” de Bruselas.
La independencia de Bélgica, conseguida en 1830, marcaría un antes y un después en la evolución de Bruselas, que se convertiría en la capital del nuevo reino. La ciudad, que seguía circunscrita dentro del perímetro amurallado, iniciaría entonces una serie de reformas trascendentales con el objetivo de representar el estatus adquirido.
En 1837, Bruselas permanecía del recinto de la que había sido segunda muralla y que se estaba derribando para dar lugar a los bulevares que envuelven el casco antiguo (y de cuyo trazado procede la denominación de “pentágono” para el centro histórico de la ciudad). El “pentágono” mostraba entonces el trazado previo a las grandes operaciones posteriores, como los bulevares interiores, el soterramiento del rio Senne y del canal Willembroeck, o la construcción del Palacio de Justicia.
Como primera medida se continuó el proyecto napoleónico, y en 1842 se concluyó la demolición de la muralla (solo se conserva, como se ha comentado, la Porte de Hal). En su lugar se construirían gradualmente los bulevares exteriores que definen en la actualidad el “pentágono” del centro histórico de Bruselas. Esta circunvalación (también llamada “petite ceinture”) contaba con aproximadamente ocho kilómetros de recorrido y envolvía una ciudad que iba a sufrir una remodelación extraordinaria. La densidad de su trama histórica y las viejas casas unifamiliares irían dando paso a nuevos trazados, rectilíneos y amplios, a barrios de vivienda plurifamiliar y a nuevos equipamientos que conformarían, a lo largo del resto del siglo XIX, una nueva Bruselas.
Los bulevares exteriores se han transformado en una importante circunvalación de tráfico denominada “petite ceinture”.
El  derribo de las murallas y la creación de los bulevares exteriores animaron una serie de remodelaciones interiores tempranas, como la creación del barrio que rodea a la Place St.-Jean, producto del traslado del viejo hospital de St.-Jean, o del barrio de la Place du Béguinage junto al antiguo mercado. Complementariamente, fueron surgiendo nuevos espacios comerciales como las galerías Saint-Hubert abiertas en 1846, según el diseño del arquitecto Jean-Pierre Cluysenaar.
La llegada del ferrocarril a la ciudad sería trascendental para las dinámicas urbanas. No se planteó una estación única sino dos estaciones de término que se situaron al norte y al sur del “pentágono”. La primera estación fue construida en el norte, en 1835 (Gare de Bruxelles-Allée-Verte), pero sería sustituida rápidamente por un edificio diseñado por el arquitecto François Coppens sobre la actual Place Rogier que sería inaugurado en 1846. En el sur, en 1839, se construyó un pequeño apeadero (Gare des Bogards), pero su escaso tamaño hizo que fuera demolido y sustituido por el monumental edificio diseñado por Auguste Payen en 1869 en la Place Rouppe. La futura estrategia de conexión entre ambas marcaría el devenir del “pentágono”, determinando sus transformaciones más importantes, los bulevares interiores en la segunda mitad del siglo XIX y la Jonction Nord-Midi durante el siglo XX, como veremos más adelante.
Las grandes reformas decimonónicas de Bruselas fueron promovidas por el burgomaestre Jules Anspach, que gobernó la ciudad durante quince años (1864-1879) y estuvo respaldado por el rey Leopoldo II, muy interesado en lograr que Bruselas se convirtiera en una de las grandes ciudades europeas. El alcalde Anspach tomó como modelo el establecido por el Barón Haussmann en París y, entre 1868 y 1871, se abrieron los bulevares interiores, que enlazarían directamente las estaciones ferroviarias norte y sur, aprovechando, en parte, el cauce del rio Senne, que sería soterrado. Este nuevo eje, de más de dos kilómetros de longitud y de unos veinticinco metros de anchura, cuenta con tres tramos, que, desde el sur, son: Boulevard Maurice Lemonnier, Boulevard Anspach y Boulevard Adolphe Max (bifurcado con el Boulevard Emile Jacqmain), y quedan articulados por plazas (Place Fontainas y Place de Brouckère). También se abrió la Place de la Bourse, en el Boulevard Anspach, junto al edificio de la Bolsa (construido entre 1868 y 1873 según los planos del arquitecto León-Pierre Suys).
Principales transformaciones urbanas en el “Pentágono” de Bruselas, entre 1850 y las primeras décadas del siglo XX: 1. Estación de Bruselas Sur (Gare de Bruxelles-Midi / Brussel-Zuid); 2. Estación de Bruselas Norte (Gare de Bruxelles-Nord / Brussel-Noord); 3. Boulevard Lemmonier-Boulevard Anspach; 4. Rue du Midi; 5. Rue Van Artevelde; 6. Reestructuraciones en la Place du Béguinage; 7. Cubrición de los antiguos “quais”; 8. Palacio de Justicia; Rue de la Régence; 10. Reestructuracionesdel siglo XX en torno a la actual Estación Central (Gare de Bruxelles-Central / Brussel-Centraal); 11. Barrio de la Place de la Liberté (imagen procedente de la “Historia del Urbanismo. El Siglo XIX” de Paolo Sica)
La nueva espina dorsal de la ciudad impulsaría la remodelación de los barrios contiguos. Entre estas reconstrucciones urbanas destacan la que se llevó a cabo a partir de 1871 en el barrio de Notre-Dame-des-Neiges (entre rue Royale, rue de Louvain, rue de la Sablonnière y el bulevar exterior) con un nuevo trazado de geometría radial centrado en la Place de la Liberté; o la que modificó el sureste replanteando el enlace de las colinas de Coudenberg con la ciudad baja (rue Montagne de la Cour, rue Madelaine).
Uno de los indiscutibles emblemas arquitectónicos del momento (que sería fuertemente denostado por las vanguardias modernas de finales del siglo XIX) fue el Palacio de Justicia, el gigantesco edificio proyectado por Joseph Poelaert, cuya construcción, desarrollada entre 1866 y 1883, modificó todo su entorno.
Otro lugar histórico de Bruselas asistiría a una transformación radical: la isla fundacional donde el obispo san Géry levantó la primera capilla y que sería transformada en iglesia en el siglo X. A finales del siglo XVIII, dentro del periodo revolucionario francés, la iglesia medieval fue demolida y el solar se convirtió en una plaza que sería utilizada como mercado. Finalmente, en 1881 se levantaría allí un mercado cubierto (Halles Saint-Géry), un edificio diseñado por Adolphe Vanderheggen, que, en la actualidad, ofrece servicios administrativos y culturales a los ciudadanos.

La “adulteración” del casco antiguo de Bruselas en la segunda mitad del siglo XX: la “bruselización”.
Las operaciones urbanas planteadas en la Bruselas central en los primeros años del siglo XX y, sobre todo, durante el periodo entreguerras, continuaron el proceso de renovación que se había iniciado a partir de la mitad del siglo anterior siguiendo las estrategias parisinas. Entre estas intervenciones destacan las remodelaciones de la zona comprendida entre la Place Royale, la rue Royale, la catedral y la Grand Place, abriendo nuevas calles como la rue Cardinal Mercier; o la transformación de su sector noroeste, el Quartier des Quais, que acompañaba al canal Willenbroeck y vio rellenar su cauce reformando el área de la Place Sainte-Catherine (el nombre de las calles recuerda su antiguo uso portuario).
Transformación urbana del entorno entre la catedral y la Place Royale. Arriba antes de las intervenciones y debajo el trazado final. Se aprecia la modificación del Mont des Arts o la derivada de la conexión ferroviaria que provocaría la aparición de otro eje de bulevares interiores.
Aunque quizá la operación más relevante (y traumática) para el casco histórico fue la planteada por la decisión de unir las dos estaciones ferroviarias, situadas al norte y al sur del “pentágono”. La conocida como “Jonction Nord-Midi” había arrancado en 1902, pero las obras no se comenzaron hasta 1911, debido a la gran cantidad de estudios que hubo que realizar, y se prolongaron hasta 1952 (ralentizadas tanto por la complejidad del proyecto como por el estallido de las dos guerras mundiales). Aunque la nueva línea ferroviaria sería mayoritariamente subterránea, supondría una remodelación traumática de la superficie, conllevando el derribo de numerosos edificios (fueron expropiados 1650 edificios) que dejarían espacio tanto para el trazado ferroviario como para los bulevares de l’Empereur o de Berlaimont en superficie. 
Comparación entre el plano de 1903 y la Ortofoto de 2016. En el plano se remarcan las manzanas que serían derribadas para realizar la conexión entre las dos estaciones ferroviarias.
La  gran operación supuso la transformación de las dos estaciones históricas y la creación de tres nuevas, principalmente la Gare Bruxelles-Central. La monumental Gare Bruxelles-Midi diseñada por Auguste Payen en 1869, sería sustituida por una nueva estación de paso en 1949, que sería reestructurada totalmente en 1992 para atender a nuevas necesidades, como la línea de Alta Velocidad. Por el norte sucedería algo parecido. La obra de François Coppens, realizada en 1846, desaparecería en 1955 porque en 1952 se había construido, más al norte, la nueva estación para el paso de trenes, aunque también sería renovada años después para acoger los nuevos servicios ferroviarios. Las tres nuevas serían construidas dentro del pentágono: la Gare Bruxelles-Chapelle al sur, la Gare Bruxelles-Congrès al norte y, sobre todo, la gran estación Bruxelles-Central cuyo diseño corrió a cargo de Victor Horta (aunque la muerte de este en 1947 traslado la responsabilidad del proyecto a Maxime Brunfaut)
Arriba el Mont des Arts antes de la reforma de 1955 y debajo el resultado final. Las dos imágenes están tomadas desde la ciudad baja y puede apreciarse al fondo la emergencia de la cúpula de la iglesia de Saint-Jacques-sur-Coudenberg.
La conexión ferroviaria abrió la espita para numerosas intervenciones que supusieron una remodelación sustancial (y poco respetuosa) del centro histórico, impulsadas, sobre todo, por un sector inmobiliario hiperactivo, escudado en la necesidad de desarrollo y modernización. Los nuevos bulevares ferroviarios fueron flanqueados por edificios terciarios que alteraron la escala y el uso de esa parte de la ciudad, pero otros muchos lugares sufrieron perturbaciones. Uno de esos lugares fue el Mont des Arts, un espacio situado en la transición entre la ciudad baja y la ciudad alta que había ya padecido varias metamorfosis. Allí, encaramado en las pendientes, se levantó el antiguo barrio de Saint-Roch, que fue adquiriendo muy mala fama por albergar la zona de prostitución. En 1883 se decidió su demolición dejando un gran vacío durante años que sería finalmente ocupado por un espacio ajardinado (inicialmente provisional) ordenado por el rey Leopoldo II, quien no deseaba que esa parte del centro urbano diera mala imagen durante la Exposición Universal de 1910 que se celebraría en la ciudad. El jardín temporal resultó ser un espacio magnífico, caracterizado por una serie de escaleras que salvaban el desnivel acompañadas de cascadas de agua y esculturas, y que sería muy apreciado por los ciudadanos. De hecho, acabaría convirtiéndose en uno de los espacios representativos de la ciudad, pero ese privilegio no impediría que en 1955 fuera destruido y renivelado para dar acomodo a nuevos e importantes edificios, como la Biblioteca Real, el Palacio de Congresos, los Museos Reales de Bellas Artes, el Museo Magritte, entre otros diversos edificios de oficinas y comerciales. El espacio verde se mantuvo como un jardín plano, anodino, muy alejado del pintoresco espíritu del anterior Mont des Arts.
La Maison du Peuple (arriba) una de las obras principales del Art Nouveau, diseñada por Victor Horta, sería derribada para ubicar en su solar la Tour Blaton (abajo).
Esas dinámicas, que adulteraron una parte sustancial del centro histórico de la ciudad y que convirtieron a Bruselas en paradigma de la falta de aprecio por la arquitectura histórica en favor de la modernización de la ciudad, fueron especialmente intensas durante el periodo desarrollista (la década de 1960 y la primera mitad de la siguiente). Tal es así que acabó generándose el neologismo “bruselización” para designar esa actitud (que también se produjo en otras muchas ciudades). Un ejemplo emblemático fue el derribo de la Maison du Peuple, una de las obras principales del Art Nouveau, diseñada por Victor Horta y levantada entre 1896 y 1898. El anuncio de su demolición levantó intensas protestas internacionales, aunque no pudieron evitar su desaparición en 1965 para dar lugar a un anodino rascacielos (la Tour Blaton). Otro caso representativo afectó al monumental edificio central de correos (Grand-Poste centrale) que había sido construido en 1895 en la Place de la Monnaie y que fue abatido en 1965 para erigir en su solar el Centre Monnaie, un moderno edificio de oficinas en altura que alberga parte de los servicios administrativos del Ayuntamiento (1967-1971, Jacques Cuisinier, Jean Gilson, André y Jean Polak, R. Schuiten). En frente del Centre Monnaie también se levantaría la Tour Philips, otro gran edificio de vidrio que transformaría el espíritu del bulevar Anspach y la Place de Brouckère (1967-1969, Groupe Structures).

Transformación de la Place de la Monnaie. Arriba con el Edificio de Correos que fue derribado para la construcción del Centre Monnaie (abajo).
Fotografías del antes y el después de una intervención que sería determinante para la creación del neologismo “bruselización”. La construcción a finales de la década de 1960 del Centro Monnaie (a la izquierda) y de la Tour Philips (a la derecha, transformaría el centro de la ciudad. La Place de la Monnaie, el Boulevard Anspach y la Place de Brouckère se verían muy afectados. 
La  yuxtaposición sin solución de continuidad de lo antiguo y lo nuevo o la sustitución indiscriminada de tejidos sería contestada, sobre todo, por colectivos ciudadanos que reclamaban otra forma más respetuosa de proceder con la ciudad. Finalmente, la “bruselización” se detendría, pero la capital belga casi vio desaparecer la esencia de su casco antiguo. No obstante, y pesar de la todavía quedan espacios y edificios que dan testimonio de la historia de Bruselas.
Ortofoto del “pentágono”, el casco antiguo de Bruselas en la actualidad.

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