26 ene. 2019

El significado de las formas: diversidad funcional y simbólica de una misma esencia geométrica (del taburete y la mesa, al púlpito y el baldaquino).


Algunas formas tienen la particularidad de poder cambiar de tamaño generando objetos diversos con utilidades muy diferentes pero que mantienen su esencia geométrica. Esto sucede, por ejemplo, con un plano horizontal, acotado y situado a una altura del suelo (y sujetado por postes, dado que no se puede sustraer a la fuerza de la gravedad). 
Algunas formas tienen la particularidad de poder cambiar de tamaño generando objetos diversos con utilidades muy diferentes pero que mantienen su esencia geométrica. Esto sucede, por ejemplo, con un plano horizontal, acotado y situado a una altura del suelo (y sujetado por postes, dado que no se puede sustraer a la fuerza de la gravedad). De esa abstracción surgen materializaciones concretas como sillas, mesas, púlpitos, templetes o cenadores, muy distintas entre sí pero que comparten su esquema constitutivo. Dicho de otra manera, la misma forma esencial produce piezas con usos variados dependiendo de su escala y su consecuente relación antropomórfica, obteniendo desde elementos de mobiliario hasta arquitectónicos.
Vamos a profundizar en esa forma mencionada y en sus manifestaciones tipológicas para conceptualizar sus principales funciones y, además, descubrir significados que van más allá del servicio que deben prestar. Presentaremos cuatro categorías a partir de la situación del plano, que puede estar a la altura de nuestras rodillas (categoría identificada con el sencillo taburete), de nuestra cintura (mesa), de nuestra cabeza (púlpito) o sobre nosotros (baldaquino).

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El ser humano crea objetos para que le ayuden en su existencia (desde un cuchillo hasta una casa). A veces, a partir de la necesidad, imagina formas previamente para modificar después elementos que se procura en su entorno, adaptándolos a lo pensado (por ejemplo, afilando una lasca de piedra para crear un primitivo cuchillo o ensamblando piezas para elaborarlo)
Distinguimos entre la forma y el objeto. La primera es abstracta y generalizable (lo característico e imprescindible de, por ejemplo, un cuchillo), mientras que el segundo es concreto e individual (cualquiera de los innumerables cuchillos diferentes que se han fabricado). Nos interesa apuntar que formas y objetos, además del cumplimiento de sus funciones específicas, adquieren significados que van más allá del servicio que deben prestar.
Algunas formas tienen la propiedad de mantener su esencia geométrica a pesar de cambiar de tamaño y de uso. Cada una de estas presencias homotéticas mantienen invariable su sustancia abstracta, pero al tener una relación dimensional distinta con respecto a nuestro cuerpo, es decir una escala particular, sirven para funciones muy diferentes y ofrecen significados diversos. Aquí vamos a fijarnos en una de estas formas versátiles, profundizando en las funciones y significados básicos de cada una de sus manifestaciones, obviando el indudable interés que tiene la multiplicidad de diseños y materializaciones concretas.

La forma esencial: un plano elevado (sujetado por postes).
La forma que vamos a tratar es un plano situado a cierta altura. Esta imagen tan sencilla es una de las construcciones más frecuentes y que, según su escala, sirven de manera diferente para nuestras necesidades.
Esta forma reúne una superficie que determina el carácter del elemento que, en esencia, es plana, horizontal, acotada y situada, como decimos, a una determinada altura del suelo que varía según los casos; y unas líneas que son las responsables de proporcionar el apoyo al plano, como respuesta a la ineludible ley de la gravedad (ya que el plano no vuela), otorgándole la estabilidad requerida y que, en principio, son verticales.
Estos postes de sujeción deben ser la expresión exclusiva de la necesidad de sustentación y, en consecuencia, no pueden generan, en ningún caso, cierres (más adelante volveremos sobre este argumento para descartar algunas opciones que, aunque puedan ser parecidas a la forma que analizamos, no tienen nada que ver en significación y uso). Se requieren al menos tres apoyos, que son los mínimos para garantizar el equilibrio adaptándose a cualquier terreno, aunque que no fuera horizontal. Ahora bien, también podemos encontrar menos soportes (dos o uno) si son suficientemente estables cuestión que en estos casos se consigue creando un “pie” o sujetando mecánicamente el poste al suelo. También podemos encontrar más de tres postes, en cuyo caso hay que ajustarlos a la superficie de apoyo para que el elemento no “cojee”. Lo más habitual son cuatro patas, cuestión que tiene que ver con la sistematización de fabricaciones, con la simetría, con la adaptación a un entorno que muchas veces está diseñado desde modulaciones cuadradas, etc.; aunque también podemos encontrar cinco (pocas veces), seis (algo más frecuente) o incluso más (situación poco usual). Solemos referirnos a los postes de apoyo como “patas” utilizando el símil con las extremidades sustentantes de los animales, que suelen ser cuatro o dos (en aves). Los humanos también nos apoyamos en dos extremidades, aunque las denominamos “piernas”, prolongadas en sendos pies para garantizar nuestra estabilidad.
La misma forma puede proporcionar usos distintos en función de su escala: sentarse, apoyarse, elevarse o resguardarse.
La altura a la que se ubique el tablero horizontal y su escala determinan tanto su utilidad como su simbolismo. Fijamos cuatro posiciones que generan cuatro categorías diferentes ordenadas de menor a mayor elevación:
la primera agrupa planos situados a la altura de nuestras rodillas. Tiene como función principal SENTARSE y como sentido simbólico REPRESENTAR. Lo identificaremos como “taburete” por ser esta la manifestación más sencilla, aunque la “silla” sea la más habitual.
• la segunda categoría, reúne planos ubicados al nivel de nuestra cintura, teniendo como función principal APOYAR y un sentido simbólico de CONFRATERNIZAR. Le asignaremos la palabra de su pieza más conocida, la “mesa”.  
la tercera, presenta el plano a la altura de nuestras cabezas, más o menos. Sobre ese plano se sitúa una persona que requiere DESTACAR y que simbólicamente busca SUBYUGAR a un público, por lo general con la palabra. Lo vamos a identificar con la palabra “púlpito”.
la cuarta y última emplaza el plano claramente por encima de nuestras cabezas creando una cubierta para RESGUARDAR lo que hay debajo y, simbólicamente, DISTINGUIR esa presencia o ese lugar. Lo reconoceremos como “baldaquino”.
Las dos primeras suelen ser móviles y permiten su desplazamiento hasta el lugar adecuado para cumplir su misión. Por eso son “mobiliario” y aunque aparecen en cualquier espacio, son característicos de la arquitectura interior. Las dos últimas, aunque tienen ejemplos móviles, suelen quedar fijadas en una posición. El plano de los dos últimas suele requerir algunos complementos para satisfacer adecuadamente su función (aunque también pueden aparecer añadidos en las dos primeras categorías).

El taburete y su familia: un plano elevado para SENTARSE y para REPRESENTAR.
El caso de menor escala y más elemental de todos es el que denominamos “taburete”. Consta de una pequeña superficie plana, horizontal y elevada (a la altura de nuestras rodillas, entre 45 y 50 centímetros), casi siempre cuadrada o redonda y cuyos lados o diámetro están comúnmente en torno a los 20-30 cm. Este plano dispone de puntos de apoyo que usualmente son tres o cuatro. No obstante, también hay casos de pata única, si esta es lo suficientemente ancha (incluso podría ser un bloque macizo recordando a un mojón, pero este tipo se aparta de la forma que analizamos y recibe otros nombres). Esa pata única sería inestable si no dispone de una base suficientemente ancha o si no está firmemente anclada al suelo.
La forma esencial genera una familia de mobiliario con la misma función (SENTARSE). El taburete puede ver elevada su superficie de apoyo, pasando a ser “taburete de barra de bar” (situando el plano entre 65 y 75 centímetros, en función de la altura de la encimera o barra a la que sirvan). Este tipo suele presentar unas barras intermedias que unen las patas para mejorar el confort al poder apoyar los pies en ellos, además de optimizar las prestaciones estructurales de los postes. También puede haber variedad en el número de apoyos, tal como hemos referido anteriormente. Una de las evoluciones de esta forma se produce con el añadido de un plano vertical que realiza la función de respaldo para descansar la espalda de la persona que se sienta, creando la pieza que denominamos “silla”. En la silla pueden aparecen dos pequeños planos también verticales y paralelos contiguos al respaldo, aunque más bajos, que conocemos como reposabrazos e incrementan nuevamente la comodidad de la pieza. Si estos elementos adquieren un cierto volumen y se concretan con materiales, por lo general, más blandos y mullidos, solemos hablar de “sillón”.
Diferentes muestras de la tipología que sitúa el plano horizontal a la altura de nuestras rodillas para permitir el asiento.
Al margen de esta evolución surgida de la incorporación de planos complementarios, la forma esencial también puede desarrollarse de otra manera, generando una nueva familia. Si el plano del taburete cuadrado o rectangular se extiende en una dirección, creando una forma marcadamente longitudinal hablamos de “banco”, que puede tener respaldo o reposabrazos, aunque no necesariamente. La silla o el sillón prolongado caracterizarían los “sofás” típicos del ámbito doméstico. Incluso hay variaciones peculiares en las que esa prolongación longitudinal sirve más para tumbarse que para estar sentado, como sucede con las denominadas chaises longes o triclinios clásicos. Finalmente, la extensión del plano puede ir en las dos direcciones de sus ejes, longitudinal y transversal, llegando a originar una “cama”, mobiliario propio para el descanso tumbado.
La tipología “taburete” con el plano rectangular y horizontal extendido siguiendo sus ejes produce nuevas variantes.
Sentarse satisface la necesidad de descanso y proporciona una posición cómoda para realizar muchas actividades, pero, al margen de esta función primordial, la silla también puede ser un símbolo, convirtiéndose entonces en un elemento de REPRESENTACIÓN. Desde este punto de vista, las sillas, tan numerosas y convencionales en nuestro entorno, se convierten en referencias singularísimas de estatus y quedan reservadas para el asiento de algún personaje ilustre. Tenemos, por ejemplo, la silla en la que se sienta el obispo en los oficios litúrgicos y desde la que ejerce su magisterio, que recibe el nombre de cátedra (una palabra de etimología griega que hace relación al acto de sentarse). Este es el origen de la palabra catedral, que identifica al edificio donde se ubica la “cátedra” episcopal (señalando al templo que, por esa razón, posee un rango superior al resto de iglesias católicas). Siguiendo esta línea, llegaríamos a la catedra papal como máxima expresión. En términos parecidos, encontramos la cátedra universitaria que era la silla destinada al profesor, elevada por lo general sobre una tarima para ser mejor visto y escuchado, así como para marcar la distancia entre maestro y alumno. La palabra catedrático hace referencia al poseedor de la “silla universitaria”. También reyes y otros nobles disponían de sillas singulares que se diferenciaban del resto como signo de estatus de sus poseedores. El trono real es, en este sentido, una silla en la que se simbolizan los atributos del poder ante súbditos y visitantes. O las sillas curules en las que los magistrados romanos tenían derecho a sentarse. 
Las cátedras son sillas singulares y representativas. A la izquierda, la cátedra de Maximiano, una silla de marfil que es una espectacular muestra de arte bizantino. A la derecha, la silla episcopal de la catedral de Mallorca.
Estas sillas son piezas históricas (en el caso de las universitarias ya son más un recuerdo que una realidad, pero las de los templos siguen presidiéndolos) que suele estar decoradas profusamente y con presencia abundante de símbolos. Resulta curioso, aunque no tenga fundamento etimológico que esta familia sirva para “sentar” y “re-pre-sentar”.

Taburete y mesa comparten la misma esencia geométrica.
La mesa y su familia: un plano elevado para APOYAR y para CONFRATERNIZAR.
Elevamos ahora el plano horizontal hasta alcanzar aproximadamente casi la mitad de nuestro cuerpo (en torno a los 70-75 centímetros). Con esta altura, la forma, que denominamos “mesa”, se convierte en una superficie para APOYAR otros utensilios. Esa es su función principal. Gracias a las mesas realizamos numerosas actividades con la comodidad adecuada. El plano suele ser circular, cuadrado o más habitualmente rectangular, aunque se encuentran formas de lo más diversas (así como de materiales). Normalmente cuentan con cuatro patas, pero nuevamente existen casos de una, dos, tres o más de cuatro (también dependiendo de la longitud del tablero). Las mesas pueden tener cajones en una franja paralela al plano o incluso asumiendo el papel de patas. La mesa es uno de los elementos de mobiliario que ha recibido atención desde tiempos remotos y por eso su diseño presenta una diversidad casi infinita.
Diversidad de mesas, desde una mesa de trabajo (arriba izquierda) a una de oficina con ala (arriba derecha) a una mesa de gran reconocimiento histórico: el escritorio “resolute” en el que trabaja el presidente de los Estados Unidos en el Despacho Oval de la Casa Blanca (debajo).
La mesa puede ser pequeña, poco más que un taburete, y lo llamamos “mesilla” y suele servir de acompañamiento a las camas. Existen mesas con “adjetivos” que indican su misión principal y dan pistas sobre su diseño: así tenemos mesas de reuniones, mesas de oficina, mesas de comedor, de trabajo, etc. También hay mesas que sirven para jugar, como son las mesas de billar (en este caso sirven de apoyo a las bolas) o las mesas de juego o de casino (en las que se apoyan las cartas). Y, aunque ahora ya no sean comunes, en la arquitectura e ingeniería se tenían mesas de dibujo (que además se inclinaban para facilitar el trabajo, contradiciendo la definición de plano horizontal). Incluso hay evoluciones muy sugerentes, como las mesas de escritorio, cuya misión sería servir de apoyo para “escribir” (en estos casos, los cajones pueden adquirir protagonismo tanto en paralelo al tablero como ejerciendo labor de patas). Otra muy particular era la antigua mesa “camilla” por lo general redonda, cubierta con faldas y que ocultaba en su interior un brasero para calentarse. O las mesas singulares de palacios que permiten grandes comidas o cenas ceremoniales (de gala, aunque el apelativo refiera también a la decoración para el evento) en las que un anfitrión agasaja a sus invitados (por ejemplo, políticamente, con el encuentro relajado de representantes de diferentes pueblos).
La mesa sirve para el apoyo de utensilios tanto para una comida familiar como para trabajar. También es un lugar de reunión y confraternización como sucede en las cenas de gala que reúnen personalidades de diferentes países.
Más allá de sus funciones variadas, la mesa también es un símbolo. La mesa nos refiere a la noción de comunidad, de grupo que se reúne con un fin. Sentarse alrededor de una mesa indica una voluntad de CONFRATERNIZAR, de sintonizar, de comunicarse. Suele ser algo relajado (aunque algunas reuniones sean tensas, la existencia de la mesa indica voluntad de las pares en llegar a un acuerdo, aunque eventualmente pueda no conseguirse). Esta visión de grupo se refrenda con una curiosa costumbre lingüística, porque hay muchas mesas de uso individual en las que se usa un nombre diferente para evitar la palabra mesa y ese sentido de agrupación que parece indicar. Por ejemplo, es habitual referirse a “escritorio” en lugar de mesa de escritorio, o a “pupitre” para las mesas individuales de colegio. Alrededor de una mesa se congregan las familias o los amigos para comer y departir. Alrededor de una mesa se reúne el consejo de administración de una empresa. Alrededor de una mesa se sientan los miembros de asociaciones diversas para lograr acuerdos (“mesa de negociación” en sentido figurado). También hay mesas de contratación, mesas de empleo, etc. Este simbolismo lleva asociada la unidad de objetivos (aunque se puedan “romper” las “mesas de negociación” cuando no se llega a pactos). Finalmente hay mesas con personalidad (real o ficticia) como fue mesa de la última cena de Jesucristo o la mesa redonda del Rey Arturo, que insisten en el símbolo de unión y proyecto común.
Una mesilla de noche (con su cajón) y un púlpito (con su parapeto) son la misma forma a diferente escala (púlpito de la pasión, obra de Donatello para la basílica de San Lorenzo de Florencia)

El púlpito y su familia: un plano elevado para DESTACAR y para SUBYUGAR.
Un nuevo aumento en la escala nos dirige a otro ámbito. En este caso, el plano asciende, más o menos, a la altura de nuestras cabezas (pongamos entre 1,5 y 2 metros), para servir de alza a una persona que requiere ser vista y escuchada por un determinado público (numeroso por lo general). Lo vamos a identificar con la palabra “púlpito” y su función es la de DESTACAR a ese orador. Para llegar a ese plano superior hay que servirse de unas escaleras que permitan el acceso y requiere un parapeto para evitar la caída del orador, dos elementos asociados indefectiblemente a la forma.
El púlpito no tiene voluntad de crear espacio bajo el plano, pero su altura podría sugerirlo (una mesa también puede generar espacio bajo el tablero, sobre todo si cuenta con un mantel de tela que caiga por los laterales y “habilita” una excelente tienda de campaña para los niños). En su origen, el púlpito cristiano solía abrazarse a una columna del templo apoyando sobre ella unas escaleras y sacando el plano en voladizo para la ubicación del orador (eso sí, protegido por el inevitable antepecho). En otras confesiones, por ejemplo, en algunas mezquitas, el pulpito es realmente una silla elevada a la que se accede mediante escalera (y esto también nos conectaría con la función simbólica de representar). Ahora bien, en un momento dado, (finales de la Edad Media y primer Renacimiento), aparecieron los púlpitos exentos, formados por plano, parapeto y apoyos que variaban desde los cuatro hasta los seis u ocho como cifras más habituales, siguiendo la forma del tablero (cuadrado, rectangular, hexagonal, etc.) El púlpito extendido longitudinalmente genera una tribuna (que incluso puede mezclarse con el asiento en forma de graderío incorporado). Desde la tribuna, uno o varios oradores, lanzan sus mensajes a los espectadores.
Imagen del púlpito del Duomo de Pisa, obra de Giovanni Pisano (1302-1310)
El púlpito es el lugar de la palabra. El mensaje transmitido desde arriba (desde el púlpito) adquiere una mayor solemnidad y veracidad aumentando la capacidad de convencimiento. Hay que tener en cuenta que los ámbitos elevados siempre han tenido una consideración especial. De hecho, uno de los atractivos de los rascacielos es poder observar el mundo desde lo alto, como hacen los dioses. Es más, en las empresas que tienen sus sedes en edificios en altura, los despachos de los dirigentes suelen situarse en los pisos más elevados, en la cúspide que simboliza el triunfo y el dominio. El púlpito participa de esto, incrementando el estatus y la influencia de la persona que habla a los feligreses que se encuentran abajo, obligados a mirar hacia arriba y escuchar. El orador es el foco de atención y proyecta la voz con mejor resultado. Ahora bien, el púlpito no se asocia con la imposición sino con la sugerencia, es decir, el púlpito no suele emplearse para “vencer” sino para “convencer”. El sacerdote que pronuncia su sermón desde el púlpito busca que los fieles sigan sus indicaciones de buen grado o el político que sube a la tribuna espera seducir a sus compañeros o a sus votantes. El púlpito potencia y ensalza simbólicamente al predicador que aprovecha su “dominio” frente a la “subordinación” de los oyentes para conseguir SUBYUGAR al auditorio, es decir, “someter o dominar completamente a una persona o colectividad utilizando la persuasión” como indica el diccionario.

El baldaquino y su familia: un plano elevado para RESGUARDAR y para DISTINGUIR.
Finalmente elevamos la superficie de referencia hasta la que sería la cota más alta, que se sitúa con holgura por encima de nuestras cabezas (más o menos el equivalente a un piso convencional, es decir 2,5 o 3 metros, pero esta altura puede verse ampliada). Así, el plano horizontal se convierte en una cubrición. Esto delata su misión: ejercer de techo para RESGUARDAR a quien se encuentra debajo (del sol, de la lluvia, etc.), creando para ello un espacio efectivo, habitable. Identificaremos esta forma abstracta con la palabra “baldaquino” que es una de sus manifestaciones más solemnes, aunque como veremos hay otras muchas concreciones que comparten esta misma forma esencial.
La cubierta es un elemento arquitectónico y, en consecuencia, sus soportes pasan a la categoría de columnas o pilares. Normalmente suelen ser cuatro, situados en los vértices del plano que tiene tendencia a ser cuadrado, aunque puede haber variedad, pero pueden ser más o menos (por ejemplo, con un soporte único, teniendo muestras que van desde las sombrillas playeras desmontables hasta las estructuras en forma de “paraguas” diseñadas por Norman Foster para las estaciones de servicio de Repsol). El plano-cubierta puede adquirir formalizaciones particulares para satisfacer requisitos complementarios, como la evacuación de agua (encontrando planos inclinados, cúpulas, etc.).
Como hemos advertido al principio del artículo debemos descartar ciertos casos que cierran el espacio “interior” gracias a paredes laterales, convirtiendo el baldaquino en una “caseta”. Pensemos en pequeños kioscos de prensa o de lotería. Esta forma es diferente funcional y simbólicamente a pesar de su parecido relativo. Precisamente la palabra kiosco se presta a confusión porque puede ser también una de las versiones del tipo baldaquino. Nos referimos a los kioscos abiertos cuya muestra más emblemática es el denominado kiosco de música, una tipología poco utilizada en la actualidad, pero que tuvo un gran desarrollo en épocas pasadas, particularmente en el siglo XIX, proliferando en plazas y parques como elemento focal de la composición (y donde, efectivamente, bandas de música solían amenizar a los paseantes). En general aparecen algo elevados para facilitar la apreciación sonora. Otra variante de esta forma es el templete, construcción que nació como un pequeño edículo para albergar a los dioses o sus altares y que se transformó en un elemento muy vinculado a jardines y parques, sirviendo como un pequeño lugar de descanso cubierto (habitualmente con una formalización muy clásica).
La esencia formal que se expresa en la más sencilla mesa, se encuentra igualmente en la categoría en la que el plano se sitúa sobre nuestras cabezas como en el caso de un cenador, un templete (en la imagen el de los jardines del Capricho de Madrid) y un baldaquino (en la imagen el de San Pedro del Vaticano)
La forma puede cumplir otras muy variadas misiones como la de ser un cenador dentro de un jardín privado o incluso una terraza en la calle que da servicio a un bar. También puede aparecer adosada a una edificación y actuar como porche. Si la prolongamos longitudinalmente se convierte en una pérgola, aunque en este caso la palabra suele llevar asociada una cubrición parcial (por ejemplo, de viguetas, o de brezo) que protege, pero no completamente. Incluso puede ser móvil y lo llamamos palio. En este caso suele ser ligero, con una cubrición de tela y unos postes ligeros, habitualmente cuatro varas que suelen ser llevados por personas durante ciertas ceremonias (especialmente religiosas) cubriendo a un personaje o a una imagen (como en ciertos pasos de Semana Santa).
El palio es el símbolo móvil de la distinción que pretende la forma. Arriba, palio de la Virgen del Refugio en la Semana Santa de Sevilla. Debajo, el cardenal Gregorio Aguirre en una ceremonia del congreso eucarístico internacional celebrado en Madrid en 1911.
El baldaquino tiene un significado simbólico que pretende transmitir la importancia de lo que hay debajo, ensalzándolo, induciendo a su respeto y consideración. Así su misión simbólica es la de DISTINGUIR a la persona o al objeto que resguarda. Esto se evidencia en los baldaquinos de los templos en los que no hay que resguardar de las inclemencias climáticas ya que allí no llueve, ni da el sol. Su presencia provoca distinción al transmitir una deferencia máxima hacia lo que allí se encuentra, por ejemplo, el altar. Sirve como ejemplo el fabuloso baldaquino de San Pedro del Vaticano, obra de Bernini, que alberga el altar mayor, situado a su vez sobre la cripta en la que se halla la tumba del apóstol San Pedro. También las manifestaciones menos solemnes, como pueden ser cenadores, terrazas o kioscos, buscan distinguir, aunque en este caso sea focalizando un lugar al fijar la atención del público en ese punto y en lo que allí puede suceder, sea un concierto musical en un kiosco de una plaza o una celebración familiar en el cenador del jardín doméstico.
Un kiosco, además de las funciones que puede albergar focaliza el lugar donde su ubica.

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