28 abr. 2019

Cómo diseñar una ciudad renacentista con escuadra y cartabón (en versión española): Valladolid tras el incendio de 1561.


Valladolid fue un laboratorio avanzado de las ideas urbanas del Renacimiento hispano gracias a la oportunidad surgida tras el devastador incendio de 1561. La geometría y el simbolismo presidieron la reconstrucción.
Según se dice, las desgracias nunca vienen solas. Algo supo de ello la ciudad de Valladolid en 1561, con la designación de Madrid como capital de España y el devastador incendio que destruyó una parte de la ciudad. Pero también se dice que no hay mal que por bien no venga y que de las crisis surgen oportunidades. Y también Valladolid se hizo eco de ello. La rápida reconstrucción del área quemada supuso la primera aplicación urbana en España de los criterios renacentistas que venían de Italia y lanzó al mundo la referencia morfológica de la Plaza Mayor, que se convertiría en el modelo para otras muchas plazas, tanto en la península como en América. Además, junto a aquel trazado, que se concibió como un alarde geométrico y simbólico, se comenzó a levantar en esos años y con el mismo espíritu renacentista la Catedral, un extraordinario proyecto de Juan de Herrera que, lamentablemente, no llegaría a concluirse.
Valladolid fue el campo avanzado del urbanismo renacentista hispano con aquel nuevo barrio, sus innovadores espacios urbanos y las renovadas edificaciones. No obstante, el ímpetu experimentador se vería frustrado porque el traslado del centro de poder a Madrid originaría un declive del que la ciudad castellana tardaría mucho en recuperarse.

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Según se dice, las desgracias nunca vienen solas. Algo supo de ello la ciudad de Valladolid en 1561. Primero porque ese año, el rey Felipe II (que había nacido en Valladolid) designó a Madrid como capital de España y la orgullosa y próspera ciudad castellana, que había albergado tantas veces a la Corte y se proclamaba oficiosamente residencia real, sufrió un fuerte varapalo a sus expectativas y, en consecuencia, vería frenado su desarrollo. La segunda calamidad ocurrida en ese mismo año fue un devastador incendio que destruyó una parte importante de la ciudad, afectando al entorno del espacio meridional que se utilizaba como mercado. Numerosas viviendas y talleres de artesanos y comerciantes fueron arrasados.
Hipótesis sobre el área afectada por el incendio de 1561 sobre el plano de Ventura Seco de 1738.
Pero también se dice que no hay mal que por bien no venga y que de las crisis surgen oportunidades. Y también Valladolid se hizo eco de ello. En aquella segunda mitad del siglo XVI, la ciudad fue el origen de varias innovaciones urbanas. Sin pérdida de tiempo, al año siguiente del terrible incendio, se acometió la reconstrucción del área quemada proponiendo una planificación que supuso la primera aplicación urbana en España de los criterios renacentistas que venían de Italia. Y, además, uno de los elementos del nuevo diseño marcaría época porque la Plaza Mayor se convertiría en el modelo para otras muchas plazas, tanto en la península como en América. Y aún habría más, porque la normativa creada para la zona reformada, influiría en las denominadas Ordenanzas de Felipe II, que el rey promulgó en 1573 con el objetivo de regular la expansión en el Nuevo Mundo.
Plaza Mayor de Valladolid.
Las ideas urbanas del Renacimiento italiano, que abogaban por la racionalidad, la sistematización o la fuerza de la geometría tardaron en entrar en España, pero Valladolid fue pionera con la primera experiencia sintonizada con los nuevos tiempos. Aquel trazado renacentista, que se concibió como un alarde geométrico y simbólico y que lanzó al mundo la referencia morfológica de la Plaza Mayor, influiría notablemente en el urbanismo español de las centurias siguientes. Además, en esos años, con el mismo espíritu renacentista, aunque desvinculado de la reconstrucción, se comenzó a levantar la Catedral, un extraordinario proyecto de Juan de Herrera que, lamentablemente, no llegaría a concluirse.
El Renacimiento se acabaría introduciendo definitivamente en la Península Ibérica, si bien presentando una particular versión española. Valladolid fue un campo experimental con aquel nuevo barrio, sus innovadores espacios urbanos y las renovadas edificaciones. No obstante, el ímpetu y la ilusión se verían frustrados porque el traslado del centro de poder a Madrid originaría un declive del que la ciudad castellana tardaría mucho en recuperarse.

Valladolid, el laboratorio del urbanismo renacentista hispano.
La reconstrucción de esa zona tan importante para la ciudad permitió olvidar la poco eficiente trama medieval y levantar una esplendorosa ciudad que seguiría la racionalidad de la vanguardia renacentista que estaba triunfando en Italia y otros países europeos.
En aquella segunda mitad del siglo XVI, ya se habían producido ciertas experiencias arquitectónicas que seguían aquellas ideas, pero no habían pasado de ser tímidas propuestas con una aplicación, en algunos casos dudosa, de los criterios renacentistas. Pero las ciudades, todavía no habían desarrollado ninguna propuesta coherente con las teorías que llegaban de Italia. Y Valladolid abrió el camino a la modernidad. El rey Felipe II se comprometió a apoyar la rápida recuperación de su lugar natal y contando con las ideas y la financiación, la ciudad castellana se convirtió en el laboratorio del urbanismo renacentista hispano.
El concejo vallisoletano encargó la planificación del área afectada por el incendio a Francisco de Salamanca (1514-1573), arquitecto que gozaba de prestigio en la ciudad castellana, donde había levantado varias obras. Entre las condiciones señaladas estaba la de diseñar un gran espacio central que configurara adecuadamente los antiguos terrenos del mercado y organizara el resto de la actuación (como se establecía en el Acta de reconstrucción: “… una muy principal plaça de que esta villa tenía muy gran falta” y además “…sitio en ella para hacer casas de consistorio”). Parece que el trazado pudo contar con la supervisión del mismísimo Juan Bautista de Toledo (1515-1567), arquitecto real y primer trazador del monasterio de El Escorial.
Plano-esquema con el trazado de Francisco de Salamanca para la reconstrucción del centro de Valladolid que se iniciaría en 1562.
Con la remodelación se pondría de manifiesto la importancia del espacio urbano y, sobre todo, la trascendencia de un plan de ordenación previo con el que incorporar la racionalidad y la sistematización. Los espacios públicos dejarían de ser elementos aislados, como era típico del orden medieval, y formarían parte de una estructura relacional a la que se sometería la arquitectura gracias al instrumento, entonces novedoso, de las alineaciones.
La importancia del trazado fue complementada con otras cuestiones no menos notables. Particularmente por las “Ordenanzas de la reedificación” que establecían las condiciones para las nuevas construcciones (hubo cuatro ordenanzas que aparecieron entre 1562 y 1564). En ellas se evidenciaba la diferencia entre “plan” (el trazado) y “proyecto” (la materialización concreta que condicionaba a la arquitectura). Es destacable la imposición de cortafuegos medianeros para evitar la transmisión de incendios, así como la fijación de alturas, retranqueos, o las sugerencias de materiales, de composición arquitectónica (como es el caso de los soportales obligados en varias zonas) o de sistemas constructivos.
La geometría, con un sustrato simbólico, presidió la confección de una trama que nacía en la Plaza Mayor y ubicaba cada uno de los diferentes elementos con una precisión sorprendente (que, además, solo necesitó una escuadra y un cartabón para ser trazada). El planteamiento sigue proporciones y relaciones numéricas que son, principalmente, fruto de decisiones internas, aunque, en algún caso, también se atiende a sugerencias contextuales. La propuesta incluye espacios urbanos extraordinarios, conformados por polígonos regulares (desde un triángulo equilátero a un octógono), paralelogramos (cuadrado y rectángulo sesquiáltero) o triángulos rectángulos, unidos por calles que se disponen sobre una compleja red de relaciones.
Vamos a retrazar aquella ciudad renacentista siguiendo 8 pasos sucesivos (no podía haber otro número más significativo para esta ordenación).

Paso 1: Trazado de la plaza Mayor.
La nueva plaza del mercado (que pronto sería conocida como Plaza Mayor) se convirtió en el germen que daría origen al renovado conjunto urbano. La caracterización geométrica y simbólica de ese espacio tan singular sería la base desde que se definirían el resto de las calles, plazas y manzanas proyectadas. Todo el trazado parte de la conformación de una plaza sesquiáltera: un rectángulo cuyos lados presentan una proporción de 2 a 3. El término sesquiáltero se aplica en matemáticas a las cosas que se componen de una unidad y media de ella, lo que trasladado a la geometría y a las proporciones se concreta en la razón de dos es a tres. Esta relación es una de las más utilizadas históricamente en la arquitectura y en el urbanismo. Dado que multiplicar por la unidad conduce la identidad, es decir, a la repetición infructuosa, el producto de los dos números siguientes (2 y 3, a los que la tradición asigna un valor femenino y masculino respectivamente) es el símbolo más elemental de la fecundidad, del desarrollo, del progreso. Muchas ciudades de la antigüedad apostaban por esa proporción como “garantía” de la futura prosperidad del asentamiento. Esas cifras, junto al 6 (resultado del producto 2 x 3), al 4 (número de lados del rectángulo) y al 8 (4 x 2) justificarán la mayoría de las relaciones geométricas del proyecto.
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 1. El rectángulo sesquiáltero de la Plaza Mayor y a la derecha esquema de los entronques con las calles
La gran plaza quedaría determinada por esa proporción, señalando con nitidez los 6 cuadrados que la integran, al menos desde la abstracción teórica, ya que los vértices de dichos cuadrados ubican los entronques de las calles con la plaza. Esto se comprueba al constatar las cuatro calles que salen hacia el norte: calle Viana, calle Jesús, calle Manzana y el tramo que conecta con la plaza del Corrillo (en el centro de este lado se ubicó la Casa Consistorial que se vería magnificada por efecto de la simetría). De las esquinas septentrionales del rectángulo no salen calles en dirección este-oeste pero sí lo hacen siguiendo esa dirección tanto desde el punto medio de los lados cortos (que son vértices de los cuadrados internos de los que parten las calles Calixto Fernández de la Torre y Lencería) como desde los vértices meridionales (origen de las calles Pasión y Ferrari). En el lado sur, la realidad se impuso al modelo ya que la existencia del convento de San Francisco (que determinó la orientación y ubicación de la plaza) impidió la apertura de las cuatro calles posibles y de ese lado sur solo salió una, la calle de Santiago.
Superposición del esquema teórico sobre la ortofoto real (Plaza Mayor)
No obstante, la plaza no es perfectamente rectangular, mostrando alguna deformación respecto a la pureza del modelo (confirmando las diferencias entre el deseo y la realidad). Por otra parte, las mismas calles generan imperfecciones al no ser de la misma anchura y no entroncar todas siguiendo la ortogonalidad canónica de la plaza. En cualquier caso, la aproximación entre el esquema y su aplicación es suficientemente aceptable como para admitir dicha abstracción geométrica como el sustrato inspirador del trazado.

Paso 2: Trazado de la plaza del Corrillo.
El segundo paso construye un triángulo equilátero (3 lados iguales) que dio cobijo tanto al mercado de las hortalizas como al intercambio de noticias y chascarrillos de la ciudad (el “mentidero”). Por su forma y su contenido, este triángulo se convertiría en un espacio urbano de mucha personalidad: la plaza del Corrillo. La construcción del triángulo equilátero parte de la traslación del cuadrado interno noreste de la plaza hacia el norte, quedando adosado al rectángulo. El lado oriental de ese cuadrado se divide en 4, siendo las 3 partes superiores uno de los lados del triángulo que se construye siguiendo la técnica habitual.
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 2. El triángulo equilátero del Corrillo
El triángulo es el polígono más elemental. Sus tres puntos definen una superficie plana y pueden constituir cualquier figura de lados rectos. Su esencialidad ha llevado a considerarlo símbolo de la divinidad y de la perfección. Aunque es una figura que siempre ha fascinado al ser humano, no son muchos los casos de plazas triangulares (que en este caso tiene, además, un eje viario adosado). Puede ser debido a su excesiva focalidad, a problemas de integración o las dificultades que suelen ofrecer en sus vértices a la arquitectura (por eso es habitual que se encuentren abiertos, como sucede aquí).
Superposición del esquema teórico sobre la ortofoto real (plaza del Corrillo)
Hay algo de natural en su formalización dadas las preexistencias que se encontró, pero su regularidad está forzada para apuntar hacia los nodos urbanos del entorno. Su presencia se explica, además en correspondencia (y rivalidad) con el otro triángulo de la actuación (Fuente Dorada) y a su delicado equilibrio en el fiel de la balanza que constituirá el Ochavo.
Es destacable el lado que se abre desde el norte porque determinará la alineación noreste de la calle que delimitará el conjunto. Partiendo de la plaza del Corrillo llegará hasta la de la Fuente Dorada (es una misma alineación integrada por dos calles: Especería y Vicente Moliner que, además se prolonga en la otra dirección hacia La Rinconada con la calle Cebadería)

Paso 3: Ubicación de la rótula (de momento, solo instrumental, sin formalizar)
Las plazas de la zona (Mayor, Corrillo y Fuente Dorada) “gravitan” en torno a un espacio que ejerce de rótula. A pesar de que su repercusión en el trazado general es importante, su configuración fue débil, como veremos en el sexto paso.
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 3. Ubicación de la rótula instrumental.
El punto se encuentra en la reunión de tres ejes diferentes, dos geométricos y uno tercero contextual. El primero, parte de la prolongación de la “altura” del triángulo equilátero (y fijará las futuras calle Alarcón y Quiñones). El segundo es teórico al ser la prolongación del eje longitudinal central de la plaza (aunque en ese punto, arrancarán con otra dirección las calles Lencería y Matías Sangrador). Finalmente, el tercero, el que sigue la calle Lonja y la calle Platerías fue un eje contextual: una línea perpendicular al borde noreste (que quedó fijado por el triángulo del Corrillo) apuntando hacia la antigua puerta del Azoguejo.
La etimología de la palabra azoguejo señala la función de mercado del espacio que se abría junto a la puerta de la muralla, iniciando el espíritu comercial que caracterizaría a toda la zona meridional de la ciudad. En ese lugar, desaparecida la puerta y la muralla, se construiría la iglesia de la Vera Cruz, que se convertiría en el telón de fondo de la calle Platerías con la fachada del templo concluida en 1595 según el diseño de Diego de Praves (1556-1620).
La calle Platerías, eje contextual que se reúne en la rótula con los otros dos geométricos. Al fondo fachada de la iglesia de la Vera Cruz.
Esos tres ejes ubicarían y darían forma a la “rótula” teórica, que era un hexágono regular (6 lados) aunque no se formalizaría como tal. No obstante, su apotema duplicada establecería la anchura tanto del eje contextual (Lonja-Platerías) como de la calle del borde noreste (Especería-Vicente Moliner).

Paso 4: Trazado de la plaza del Ochavo y las calles que la cruzan.
El cruce de estos dos ejes se convertiría en uno de los espacios más representativos de aquel trazado: la plaza del Ochavo. Este espacio se configuró como un octógono (4 x 2 = 8) adquiriendo su personalidad a partir de esa forma singular.
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 4. El octógono del Ochavo.
El 8 es un número con abundantes referencias simbólicas. Tradicionalmente el polígono de esos lados simboliza el puente entre lo humano y lo divino por su apariencia intermedia entre el cuadrado (que es el orden terrestre) y el círculo (el orden celeste). Ese “paso” puede entenderse como acceso a la “vida eterna” y así lo ven papel distintas religiones que le asignan el poder de la resurrección, de la regeneración, del renacimiento (muchas pilas bautismales y baptisterios cristianos son octogonales). De esta manera, si la Plaza Mayor es la fuerza, el octógono del Ochavo representa el corazón espiritual de la propuesta y por eso se escogió un polígono de ocho lados como “centro” de una operación de reconstrucción (de resurrección).
Superposición del esquema teórico sobre la ortofoto real (plaza del Ochavo)
La anchura de las dos vías que se encuentran en el Ochavo, queda fijada por la traslación de la apotema doble del hexágono de la rótula, siendo la misma para ambos ejes perpendiculares, de modo que el cruce estricto forma un cuadrado. Este cuadrado invisible es la base a partir de la cual se origina el octógono, porque sus lados tienen la misma dimensión que los ocho de la plaza. A partir de ese dato y siguiendo la misma ortogonalidad del cuadrado y sus diagonales se puede construir el polígono final. Este octógono se convirtió en el espacio estrella (con el permiso de la Plaza Mayor) de la nueva ciudad renacentista.

Paso 5: Trazado de la plaza de Fuente Dorada.
El Ochavo “balancea” las plazas extremas del Corrillo y la Fuente Dorada, lugar que marca el límite sur de la actuación (contrapesando a la primera). La Fuente Dorada es la otra plaza triangular de la actuación (triángulo rectángulo en este caso) y dos de sus vértices se abren hacia el resto de espacios, consolidando la estructura del conjunto, mientras que el tercero apunta al exterior, en dirección a la Catedral.
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 5. El triángulo rectángulo de la plaza de la Fuente Dorada.
La construcción de este espacio se origina en el rectángulo de la Plaza Mayor. En primer lugar, es necesario trazar una línea recta auxiliar que testimonia el peculiar quiebro del conjunto causado por los muros del antiguo convento de San Francisco. El esquema equipara ese giro con la dirección seguida por la diagonal que partiendo del vértice suroeste de la plaza llega al punto medio del cuadrado suroriental (es la diagonal de un rectángulo de proporciones 6:1). Con esa misma dirección se lanzan otras dos líneas: la primera, desde el vértice sureste del rectángulo, para marcar el límite meridional de la actuación, sirviendo de alineación al alzado meridional de la calle Ferrari, prolongándose hasta encontrarse con el borde norte de la actuación; y la segunda paralela, desde el punto medio del lado oriental de la Plaza Mayor (que fijará la alineación septentrional del eje Lencería-Matías Sangrador). Esta línea se prolonga hasta el cruce con la alineación sur de la calle Vicente Moliner, obteniendo un punto desde el que se traza una perpendicular a la dirección que protagoniza este paso. Los extremos de esta nueva línea son la alineación septentrional de la calle Vicente Moliner y la primera de las trazadas (la sur de Ferrari). Estas tres líneas son las que trazan la plaza de la Fuente Dorada.
Plaza de la Fuente Dorada.
En este momento, conviene hacer un breve apunte sobre el desaparecido convento de San Francisco que fue trascendental en el trazado como se ha indicado. Los monjes franciscanos habían llegado a Valladolid hacia el primer tercio del siglo XIII. En 1267 recibieron como donativo real una gran finca en las afueras de la ciudad, junto a los terrenos que se utilizaban como mercado. En aquel solar extramuros levantarían durante el último tercio de la centuria el que sería el definitivo convento de San Francisco, que iría ampliándose hasta convertirse en un lugar de gran influencia en la vida social (y espiritual) vallisoletana. La guerra de la independencia española fue un golpe para la orden religiosa que culminaría con la desamortización decretada en 1835 y la demolición del complejo conventual al año siguiente. Su enorme extensión iba desde la Plaza Mayor, con la denominada Acera de San Francisco; giraba por la calle Duque de la Victoria (antigua calle de los Olleros, por los talleres y hornos de alfareros existentes); seguía por la calle Montero Calvo (antigua calle del Verdugo) para, desde esta, continuar por la calle de Santiago retornando a la Plaza Mayor. La desaparición del convento permitió la apertura de las calles Constitución (abierta en 1847) y Menéndez Pelayo (abierta en 1850). La primera surgió gracias al deseo de unir la Iglesia de Santiago con la Catedral por medio de un eje directo que partiendo de la calle Constitución seguiría por las calles Regalado (abierta entre 1872 y 1878) y Cascajares (1883)
Convento de San Francisco. A la izquierda plano de Benavides de 1830, a la derecha ortofoto señalando el área que ocupó antes de su demolición.

Paso 6: La formalización de la rótula.
El punto central que ejerció de “rótula” recogiendo las tres direcciones principales del área se formalizó finalmente configurando un discreto cuadrado que seguía la amplitud máxima dictada por la plaza del Ochavo. No obstante, este cruce de calles nunca llegó a tener una consideración individual desde el punto de vista nominal, quizá porque la superposición de las vías le impidió tener una identidad propia. No obstante, la presencia del cuadrado dejó un leve rastro en algunas de las edificaciones que acometían a ese punto que fueron achaflanadas siguiendo la intersección con el polígono.
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 6. “Formalización de la rótula”

Trazado de Valladolid renacentista. Paso 7. Las calles meridionales
Paso 7: Trazado de las calles meridionales.
La Plaza Mayor y la Fuente Dorada se conectaron por la antigua calle de la Sortija (hoy Calle Ferrari) consolidando un eje que sería principal para el comercio de la zona. En ese punto se produce el quiebro ya comentado (esquematizado en la diagonal del rectángulo de proporciones 6:1) y esa será la dirección con la que se conformarán los edificios ubicados entre las calles Ferrari y el eje Lencería-Matías Sangrador. La separación entre los dos edificios es perpendicular a ese eje partiendo del vértice sur del cuadrado teórico de la rótula.
Plano de 1574 certificando la construcción de los edificios que configuraban el “salón urbano” que acogía la Lonja (hoy calle Ferrari). El norte se sitúa hacia abajo.
Los edificios proyectados aumentaban su crujía al llegar a las plazas constriñendo la calle en sus entronques con ellas, creando una especie de “salón urbano” que actuaría como lonja. Pero finalmente serían transformados llegando a los bloques actuales que no producen ningún estrechamiento y proporcionan una gran amplitud a la calle Ferrari.
Calle Ferrari desde la plaza de la Fuente Dorada.

Paso 8: Trazado de las calles gremiales.
El área estaba caracterizada por una fuerte componente comercial que continuaría tras la reforma, incluso con una intensidad todavía mayor. De hecho, se trazó una serie de calles para acoger a artesanos y comerciantes que vivirían y tendrían sus talleres de trabajo en ellas. 
Trazado de Valladolid renacentista. Paso 8. Las calles gremiales
El esquema de estas calles gremiales era una espina de pez cuyo eje era la calle Alarcón y era cruzada por tres callejuelas perpendiculares que inicialmente se llamaron simplemente primera, segunda y tercera, hasta que en el siglo XIX fueron bautizadas como “de Don Álvaro de Luna”, “Figones” y “de la Montera” (según el nomenclátor histórico “Las calles de Valladolid” publicado en 1937 por Juan Agapito y Revilla). El tiempo transformaría radicalmente este punto, porque solamente el eje que va desde la plaza del Corrillo a la “rótula”, es decir la calle Alarcón, se mantuvo, mientras que las callejuelas transversales desaparecieron al agruparse todo el espacio a ambos lados de la vía formando dos grandes manzanas.
Arriba plano de Ventura Seco de 1738 y debajo plano de 1920 en el que ya no se encuentran las calles gremiales.

El trazado quedaba concluido, pero habría otro rasgo tipológico característico y fundamental en el ambiente urbano de la zona: la presencia de soportales en la mayoría de las alineaciones, comenzando por la propia Plaza Mayor. Habitualmente, la existencia de las calles porticadas se justifica por el hecho facilitar los recorridos comerciales en climas adversos (tanto por la lluvia como por el exceso de sol) y por eso fueron obligados desde el planeamiento.
El centro de Valladolid está caracterizado por la presencia de soportales, de arriba abajo: Ochavo, Plaza Mayor y Fuente Dorada.
Con todo, el nuevo barrio se convertiría en el centro neurálgico de Valladolid. Su decidida impronta comercial convirtió a este conjunto urbano en un lugar de máxima intensidad dentro de la vida cotidiana de la ciudad, viéndose potenciado además por la presencia institucional del Ayuntamiento en la Plaza Mayor y de la Catedral en las proximidades de la plaza de la Fuente Dorada. En la actualidad aquella ciudad renacentista se ha desvanecido, pero no completamente, porque a pesar de la evolución radical de las dinámicas urbanas, su rastro permanece en alguna medida y la zona mantiene ese carácter especial que la convirtió en una referencia urbanística.

[Toda esta especulación sobre el trazado urbano descrito es una interpretación personal, realizada a partir del análisis morfológico. No hay evidencias que puedan demostrar su coincidencia con las intenciones proyectuales de sus autores ni tampoco de lo contrario. No obstante, la precisión con la que se ajustan la mayoría de las líneas del esquema a la realidad anima a pensar que bien pudiera haber sido así. Como decían los antiguos italianos, “se non è vero, è ben trovato”]

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