2 ene. 2020

Karl Marx en el Londres victoriano/dickensiano (del Soho a Camden y, de allí, al mundo). 2. El Marx de Londres.


Tras casi 150 años de su muerte, la figura de Marx no es indiferente. La tumba de Marx en Londres es tanto honrada con flores como vandalizada con cierta frecuencia.
En el Londres victoriano/dickensiano de la segunda mitad del siglo XIX, Karl Marx maduraría su pensamiento, pero su influencia en vida fue limitada. En cambio, la repercusión que tuvo tras su muerte, como muestran los acontecimientos políticos ocurridos durante el siglo XX fue extraordinaria, aunque Marx hubiera abominado de mucho de lo realizado en su nombre.
El fracaso y caída del régimen soviético está permitiendo revisar la obra de filósofo, despojándola de barnices añadidos que la oscurecían. No obstante, no resulta fácil separar a Marx de sus interpretaciones posteriores. Porque el marxismo no es Marx. De hecho, los estudiosos de su pensamiento proponen utilizar dos calificativos diferentes: marxismo para las proyecciones y reelaboraciones realizadas por sus seguidores y marxiano para las reflexiones originales.
El artículo consta de dos partes. Dedicamos la primera al Londres de Marx, la contradictoria capital imperial, mientras que en esta segunda nos aproximamos al Marx de Londres, apuntando rasgos de su ideario y de su controvertido legado.

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Nota sobre el Marx de Londres.
Cuando llegó a Londres, Marx tenía 31 años y gozaba de cierto reconocimiento. Alguno de sus textos más influyentes como el Manifiesto Comunista, escrito con Friedrich Engels, ya había sido publicado, precisamente en la capital británica, en 1848. También había protagonizado algunos altercados, en concreto durante las revoluciones de ese mismo año, que provocaron su expulsión de Alemania, Francia y Bélgica. El destierro londinense sería definitivo y allí residiría el resto de su vida. En la primera parte del artículo atendimos a ese Londres de Marx, aquí lo haremos al Marx de Londres.
La llegada del filósofo-activista a la capital británica fue como lluvia sobre un suelo mojado. Los movimientos sociales derivados de la Revolución Industrial eran intensos desde hacía tiempo, con ejemplos que iban desde las sublevaciones luditas que, entre 1811 y 1816, protestaron contra las nuevas máquinas que quitaban empleos en el campo, hasta las revueltas campesinas de 1830, que bajo la firma de “capitán Swing”, lograron aminorar la implantación de maquinaria en la agricultura inglesa. Estas insurrecciones de los campesinos contra las innovaciones contrastaban con la desorganización de los trabajadores industriales. Marx se afanaría para que esa situación cambiara.
Los especialistas en la obra del filósofo discuten acerca de su unidad. Para unos (como Louis Althusser), habría dos Marx, uno joven y otro maduro, con objetivos diferentes, situándose el umbral entre ambos en la segunda mitad de la década de 1840; para otros, por el contrario (como es el caso de Erich Fromm), esa “duplicidad” no existe y el filósofo mantuvo una continuidad temática y de pensamiento. Sin entrar en debates profundos, sí puede apreciarse una primera etapa que tendría como escenario el convulso continente europeo, en la que pueden rastrearse sus filiaciones, comenzando por la más directa procedente de G. F. W. Hegel, cuya dialéctica sería asumida por Marx como método de trabajo; y también la de Ludwig Feuerbach, de quien tomaría la visión materialista del mundo. En esos primeros años, formaría parte de los “jóvenes hegelianos”, un grupo que interpretaría el pensamiento de Hegel desde la izquierda política (hubo otros que lo harían desde la derecha) y la orientación de su trabajo sería más filosófica, más humanista, preocupándose por nociones como la alienación por el trabajo o el papel de las ideologías. El exilio le proporcionaría un nuevo escenario. En esta segunda etapa vivida en Gran Bretaña su pensamiento estaría caracterizado por un enfoque pretendidamente más científico, con una mayor atención por la economía, donde analizaría con precisión obsesiva el capitalismo y sus contradicciones, proponiendo conceptos innovadores. La constante más clara en ambas etapas fue su papel como agitador social en favor del proletariado.
De una forma elemental podríamos seguir el análisis histórico-económico de Marx, según el cual, las comunidades humanas nacieron para garantizar su supervivencia. Las necesidades surgidas para conseguirla iban desde la obtención de alimento a la defensa ante depredadores o incluso hasta la búsqueda del mayor bienestar posible. Estos requerimientos obligaron a los primitivos a relacionarse de una manera especial con la naturaleza, a través de una actividad que Marx llamó trabajo. Esta correspondencia entre humanidad y naturaleza estaría caracterizada por los “medios de producción” (un concepto esencial en la historia marxiana, que incluía todo lo necesario para realizar el trabajo: desde las materias primas a las herramientas, y también, en su momento, el dinero o las fábricas).
Para el filósofo, los medios de producción eran el factor decisivo para definir y estructurar una sociedad, de manera que, si estos cambiaban, la sociedad también lo hacía. Además, dependiendo de la relación que tuvieran los diferentes miembros de cada grupo con estos medios se determinaba su posición en la comunidad. De su investigación histórica, dedujo que esos medios de producción siempre se habían encontrado en manos de una parte minoritaria de la sociedad, en lugar de pertenecer al grupo completo (en las categorías históricas que Marx detectó se sucedían las sociedades primitivas y asiáticas, el clasicismo esclavista, el feudalismo y el capitalismo).
Detalle de una magen de Karl Marx en 1875.
En consecuencia, la posesión diferenciada de los medios de producción clasificaba y jerarquizaba a los miembros de cada comunidad en subgrupos o clases que acababan teniendo diferentes intereses, a veces totalmente contrapuestos y que solían causar enfrentamientos internos (la lucha de clases). Para Marx, todas las sociedades precedentes y también, incluso en mayor grado, su contemporánea capitalista, tenían incrustado el conflicto que era, además, el motor de los cambios sociales.
Marx sostenía que solo había una forma de evitar ese conflicto: que los medios de producción fueran propiedad de la comunidad y así poder dirigirlos hacia el interés común, lo cual, al mismo tiempo, permitiría la desaparición de las clases sociales. Esta situación generaría un nuevo tipo de sociedad (el comunismo) que abriría la etapa definitiva de la historia humana en la que todos sus miembros compartían tanto los medios de producción como las decisiones (una democracia total). Ahora bien, Marx era consciente de que las clases dominantes (capitalistas en su tiempo) no cederían voluntariamente su posesión de los medios de producción (que les proporcionaban riqueza, prestigio, poder, etc.) y justificaba el derrocamiento violento del sistema como la única manera de llegar al comunismo (incluso aceptando una temporal “dictadura” del proletariado que, en cualquier caso, era una dirección grupal, asamblearia, nunca unipersonal o de partido, y que debería disolverse en la utopía final). La historia tenía reservada una paradoja contra ese pensamiento porque no fue en las industrializadas Alemania o Gran Bretaña sino en la campesina Rusia donde triunfaría la revolución (hecho que ponía en cuestión algunas de las bases del pensamiento marxiano)
El Marx londinense dedicaría los mayores esfuerzos a su obra principal, El Capital, cuyo primer volumen lograría publicar en 1867. En cualquier caso, es reseñable otra paradoja que acompaña al filósofo: su escasa influencia efectiva durante su vida frente al inmenso éxito posterior a su muerte. Marx nunca ocupó una posición destacada en el Londres de la época, ni intelectualmente ni, por supuesto, políticamente. Desde luego, era un personaje conocido gracias a su activismo y a alguna de sus motivadoras publicaciones anteriores (particularmente al ya aludido Manifiesto Comunista); pero, su gran tratado sobre economía política, en el que estaba vertiendo todo su saber, quedó inconcluso (sería Engels quien impulsaría su finalización póstuma a partir de los manuscritos de Marx en un segundo y tercer volumen). Además, sus esfuerzos de protesta tampoco alcanzaron las expectativas. Le sucedió con las fracasadas revoluciones de 1848, en las que se implicó con vehemencia y acabaron costándole el exilio; y, de alguna manera, también con la Asociación Internacional de Trabajadores en la que Marx se involucró activamente y que tampoco tuvo la relevancia esperada (la organización fue más conocida con el nombre de Primera Internacional y había sido constituida en Londres en 1864 para acabar disolviéndose en 1876).
Grabado de autor desconocido con una imagen de un acto de la Primera Internacional celebrada en Londres en 1864. Se observa a Marx sentado en la mesa presidencial.
Pero esa modesta repercusión se transformaría en una notoriedad desmedida tras su fallecimiento. Marx obtendría un recuerdo permanente gracias a los partidos políticos de la clase obrera europea que fueron fundados en su nombre (como partidos marxistas) y también porque el “espíritu” del filósofo se utilizó como estandarte de revoluciones realizadas en países del Tercer Mundo. Con todo, a mediados del siglo XX, casi una tercera parte de la población del planeta estaba gobernada por regímenes de partidos comunistas que alardeaban de seguir las ideas de Marx y de hacer realidad sus aspiraciones. El resultado es conocido por todos.
En la revisión que se está efectuando de la obra de filósofo, no resulta fácil separar a Marx de sus interpretaciones posteriores. Porque el marxismo no es Marx. De hecho, los estudiosos de su obra proponen utilizar dos calificativos diferentes: marxismo para las proyecciones y reelaboraciones realizadas por sus seguidores y marxiano para las ideas propias del alemán. No es este el lugar para ahondar en el complejo pensamiento socio-económico y político marxiano y por eso, en los apartados siguientes, solo apuntaremos esquemáticamente hacia los antecedentes y hacia los herederos.

En primer lugar, se encontraron las investigaciones sobre la noción de trabajo desarrolladas desde finales del siglo XVIII en la Inglaterra protoindustrial por economistas como Adam Smith (1723-1790) o David Ricardo (1772-1823), e incluso, también, alguna de las contribuciones realizadas en el siglo anterior por William Petty (1623-1687). Marx aceptaría algunos presupuestos y rebatiría otros, pero la relación con esas bases teóricas sería intensa.
También las investigaciones sobre la naturaleza como realidad objetiva realizadas por pensadores materialistas como Paul Henri d'Holbach (1725-1789), Denis Diderot (1713-1784), Claude-Adrien Helvétius (1715-1771), o, algunos años después, Ludwig Feuerbach (1804-1872) al que ya nos hemos referido. Todo ello sin desdeñar las aportaciones de numerosos científicos que fueron descubriendo muchas leyes de la naturaleza.
Otro influjo destacable estuvo en las investigaciones sociales de ciertos historiadores franceses que se habían centrado especialmente en la lucha de clases, como Augustin Thierry (1795-1856), François Guizot (1787-1874) o François-Auguste Mignet​​ (1796-1884).
Un cuarto grupo de ascendientes lo constituyeron filósofos que a mediados del siglo XVIII comenzaron a advertir la ruptura de la armonía con el mundo natural, particularmente Voltaire (1694-1778), Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) y también Immanuel Kant (1724-1804), sin olvidar las advertencias económicas y demográficas de Thomas Malthus (1766-1834) o la coetánea teoría de la evolución de Charles Darwin (1809-1882). Aunque, sin duda, el pensador más determinante, como hemos anticipado, sería Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) y su método dialéctico.
Otro grupo de influencia muy notable estuvo constituido por los precursores socialistas utópicos del siglo XIX francés. Especialmente Henri de Saint-Simon (1760-1825), Charles Fourier (1772-1837) y Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865).
Imágenes del Falansterio de Fourier
Caso aparte en la configuración del pensamiento marxiano merecen las contribuciones de su amigo y colaborador Friedrich Engels (1820-1895).
En cualquier caso, todos estos poderosos antecedentes no disminuyeron la originalidad de Karl Marx. Su capacidad para captar los aspectos comunes que subyacían bajo esas visiones fragmentarias de la realidad en las nuevas sociedades industriales, algunas de las cuales mostraban contradicciones entre ellas, indicaba una extraordinaria intuición, además de una gran habilidad sintética para integrarlas dentro de un sistema completo y coherente.
Marx propondría una concepción del mundo, el materialismo dialéctico, que se complementaría con un novedoso método de estudio pretendidamente científico y racional de la realidad, el materialismo histórico. Estos instrumentos le ayudarían a definir sus innovadoras nociones para la economía y la sociedad o sus políticas específicas para el proletariado, al que pretendía encaminar hacia un futuro esperanzador. No obstante, para bien o para mal, la filosofía de Marx no era estática, no estaba limitada a la recopilación de conocimientos o a la proposición de escenarios utópicos, sino dinámica, siendo capaz de aceptar nuevas contribuciones y con una efectiva voluntad de revolución social. Algo que realizaron, con mayor o menor acierto, sus seguidores, los marxistas.

Nota sobre los herederos de Marx.
Ese carácter abierto hizo que no hubiera un marxismo, sino muchos. El pensamiento del filósofo alemán tuvo interpretaciones variadas, numerosos matices, aportaciones sintonizadas y contribuciones contradictorias, así como visiones desde la filosofía, la economía, la sociología y, especialmente, desde la política (donde hubo muchas contribuciones interesadas). Fue este el campo en el que tuvo mayor repercusión, aunque desgraciadamente, muchos de los que se llamaban marxistas conocían poco sobre lo que significaba ese apelativo. Uno de los biógrafos de Marx, Boris Nicolaievsky, afirmó en 1937 que, de cada mil socialistas, tal vez sólo uno había leído una obra completa de Marx; y de cada mil antimarxistas, ni uno.
Conviene realizar una advertencia dentro de la confusión. Los marxistas no se consideraban meros partícipes de un movimiento social y entendían que su credo (porque llegó a parecer una religión) no se reducía a una ideología política, sino que lo presentaban como una nueva concepción del ser humano, tanto del individuo como de la propia sociedad y su historia, y como una nueva relación entre este y la naturaleza o Dios (enfrentada y opuesta a la concepción cristiana o al individualismo de la modernidad ilustrada).
En consecuencia, lo que nació como un análisis de situación iría evolucionando hasta convertirse en un sistema inédito que propugnaba un nuevo escenario social. Y lo hizo tanto a nivel teórico, proponiendo una teoría completa sobre la naturaleza humana o una doctrina de comportamiento; como en un nivel práctico (algo poco habitual en la filosofía tradicional), al alentar una acción (revolucionaria) para conseguirlo. Pero, del dicho al hecho, había mucho trecho y … pocos escrúpulos.
De las dificultades para ordenar las numerosas y diferentes corrientes marxistas da fe la monumental obra del filósofo polaco Leszek Kolakowski: “Las principales corrientes del marxismo”, desarrollada en tres volúmenes. En esta nota vamos a apuntar solamente las tres corrientes principales del pensamiento marxista señaladas por Ramón Valls Plana en su libro “La dialéctica. Un debate histórico”.
Lenin en un mitin de 1920 en Moscú.
Por una parte, se situaría la corriente denominada (discutiblemente) ortodoxa, que había sido comenzada por el propio Engels y continuada por personajes como Lenin, quien con una fuerte vocación política y de acción (fue más estratega que filósofo), impulsaría la creación de soviets (consejos obreros) y acabaría liderando la revolución rusa (que paradójicamente fue, como hemos dicho, campesina en lugar de proletaria). La figura más potente en la conformación del ideario de este marxismo soviético es precisamente Lenin (1870-1924). Lenin incorporaría muchos elementos propios al sistema marxista. Su interpretación comenzó simplificando el esquema de influencias recibidas por Marx a tres, con un efectista criterio disciplinar y territorial: la filosofía clásica alemana, la economía británica y la política revolucionaria francesa. Estos tres pilares, justificarían para el ruso una triple naturaleza del pensamiento de Marx: una crítica de la filosofía que generó una determinada ontología (que fue más un invento de sus seguidores, empezando por Engels, que una preocupación real de Marx), una macrosociología económica que engendró una teoría de la historia, y una decidida acción práctica encaminada a la transformación de la realidad (de la que Lenin hizo una interpretación muy particular). La denominada ortodoxia fue también desarrollada, con sus matices, por Leon Trostky (1879-1940). Antes de convertirse en un sistema real de gobierno, en esta corriente se reelaboraron algunos de los postulados marxianos, acentuando el materialismo (por supuesto, dialéctico, frente al mecanicismo fuertemente implantado en la ciencia del momento) y, sobre todo, la misión de lucha social contra el capitalismo. El realismo y el activismo radicalizado de estos “ortodoxos” llegaron hasta tal punto que tacharían a las otras dos líneas marxistas como simples especulaciones “intelectuales”.
El hecho de alcanzar el poder la convertiría en la corriente de referencia internacional, aunque también fue la responsable de las mayores tergiversaciones de la herencia marxiana. Especialmente con Stalin, quien tras la muerte de Lenin consiguió el poder en la Unión Soviética, actuando más como un matón de barrio (eliminando físicamente a todos sus opositores) que como un ideólogo (puesto que silenció cualquier debate, favoreciendo el “pensamiento” único del partido, abortando, por ejemplo, las vanguardias artísticas). A pesar de todo, fue la corriente que inspiró a los frentes revolucionarios en otros lugares del Tercer Mundo, animando a la lucha activa hacia utopías que, a la postre, se mostraron irrealizables. La degeneración de muchos conceptos (como la dictadura del proletariado reconvertida en dictadura real de partido) y la inadecuada aplicación de otros (el sistema se mostró incapaz de distribuir la riqueza y muchos ciudadanos padecieron penosas condiciones de vida) acabaron por forzar el desmoronamiento del régimen soviético, evidenciando la gran distancia entre este marxismo y los postulados marxianos.
Herbert Marcuse en un acto con estudiantes de la Universidad Libre de Berlín en 1967.

Una segunda línea se desarrollaría desde el fructífero ámbito de pensamiento alemán e intentaría recuperar algunas de las bases hegelianas del pensamiento de Marx, buscando un equilibrio entre el materialismo y el idealismo. Sus planteamientos fueron muy diferentes a los del marxismo de la órbita soviética, a los que llegaría a oponerse acusándolos de desviarse del camino correcto; de hecho, los germanos se postularían como los mantenedores del auténtico espíritu marxiano. Autores como Ernst Bloch (1885-1977) o Georg Lukács (1885-1971) destacaron, cada uno con su enfoque personal, por ese intento unificador realizado dialécticamente, aunque la mayor exposición de estas ideas vendría del movimiento conocido como Escuela de Frankfurt, integrada por intelectuales relacionados con el Instituto de Investigación Social, fundado a principios de la década de 1920 en esa ciudad con el objetivo inicial de reflexionar sobre el fracaso de la revolución comunista en Alemania. No obstante, pronto superaron la visión sociopolítica para abordar el capitalismo como una superestructura de dominación cultural que oprimía sutilmente al proletariado a través de la cultura de masas (resultando una especie de fusión entre Karl Marx y Sigmund Freud, que sería llamada freudomarxismo). Entre sus miembros más reconocidos están Karl Korsch (1886-1961), Max Horkheimer (1895-1973), Theodor Adorno (1903-1969), Erich Fromm (1900-1980) y Herbert Marcuse (1898-1979) llegando a incluirse a Jürgen Habermas (1929) como epígono en la posmodernidad. Todos apostaron por la superación de la sociología convencional, a la que veían como mera descriptora de hechos, para proponer la teoría crítica de la sociedad como método, que reunía el análisis dialéctico con la contribución a la transformación social. Entre sus temas recurrentes estuvieron la crítica al capitalismo y al consumismo, la desconfianza ante la técnica (que no era vista como instrumento de emancipación sino de dominación), o (evidenciando su intelectualidad) la preocupación por cuestiones estéticas, literarias o musicales.
Jean-Paul Sartre repartiendo panfletos durante mayo de 1968 en París.

Finalmente, la tercera categoría se centraría en el ámbito francés. Los pensadores galos situarían a Marx en la base de partida, pero recuperando buena parte del discurso de Hegel. Sobre esos cimientos incorporaron importantes matices procedentes de Husserl (la fenomenología) y Heidegger (el existencialismo) reconduciendo el marxismo hacia temas inéditos para Marx, como la libertad humana (que veían amenazada por la opresión procedente tanto de las corrientes fascistas como del comunismo soviético, burocrático e imperialista). Entre los autores más destacados cabe reseñar a su iniciador Alexandre Kojève (1902-1968) pero, sobre todo, a Jean-Paul Sartre (1905-1980), quien especialmente desde la publicación en 1960 de su Crítica de la razón dialéctica, propondría un marxismo fuertemente individualista y que inspiraría los movimientos sociales en el París de mayo de 1968. También son reseñables en esta línea figuras como Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), Jean Hyppolite (1907-1968) o Roger Garaudy (1913-2012).
Estas corrientes no agotan las derivadas surgidas de la filosofía de Marx. Muchas corresponden no tanto a la filosofía sino a consideraciones políticas (que pueden ir desde personajes tan distintos como Rosa Luxemburgo o Antonio Gramsci), aunque también hay pensadores que se han dedicado a reflexionar sobre el mensaje marxiano (destacando figuras como Louis Althusser o Lucien Goldmann).
Afortunadamente para la figura de Marx, la caída de los regímenes comunistas (aunque no sea total, porque algunos todavía sobreviven fuera de Europa, pero ya nadie cree en su relación con el ideario marxiano) comenzó a liberar su obra de la identificación con aquellos sistemas totalitarios, permitiendo revisar sus ideas y metodología sin acritud ni idolatría, con seriedad y equilibrio, separando lo anacrónico, advirtiendo lo dogmático, o eliminando errores o lo refutado tanto por argumentaciones como por la propia historia. El objeto es intentar rescatar aspectos del método dialéctico o algunos de sus lúcidos análisis y teorías (desde la alienación a la explotación o las conciencias de clase) que mantienen su vigencia en el mundo actual. Porque el capitalismo neoliberal del siglo XXI queda lejos del capitalismo industrial del siglo XIX, pero casi 150 años después de la muerte de Marx, todavía hay muestras de la realidad social equiparables entre ambos y factores del análisis marxiano que mantienen su vigencia.

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