25 abr. 2020

El símbolo del paso en la ciudad histórica (y 3. Arcos de Triunfo)



Los Arcos de Triunfo han ido modificado su papel respecto al originario, aunque en algunos casos siguen sirviendo de escenario para desfiles y celebraciones multitudinarias. En la imagen, ceremonia del 14 de Julio en los Campos Elíseos de París con el Arco de Triunfo al fondo.
Nos estamos aproximando al símbolo del paso en la ciudad histórica con un artículo en tres partes. En la primera, profundizamos en sus claves conceptuales y formales y, en la segunda, en las Puertas urbanas. En esta tercera y última, nuestra mirada se dirige hacia los Arcos de Triunfo.
Atendemos así a otras significaciones de la noción de Puerta, aportadas desde el mundo del arte (escultura) y de la cultura, que nos permitirán entender algunos matices de esa peculiar construcción conmemorativa, porque un Arco de triunfo parece una puerta, pero no lo es, porque, a pesar de tener una configuración similar, su función era muy diferente, dado que estaban pensados para satisfacer la liturgia del poder.
Los Arcos de triunfo son una invención romana que proliferaría en tiempos del Imperio. Durante el periodo medieval serían escasamente utilizados, pero a partir del Renacimiento volverían con éxito, aunque con ajustes en su simbología. Incluso en el siglo XX, y también en el XXI, se han erigido estas piezas, algo anacrónicas respecto a su sentido, pero con una gran eficacia monumental.

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Otras significaciones: Puertas en el arte (la esencia escultural del pórtico)
Desde ámbitos como el arte y la cultura, la noción de Puerta recibe otras significaciones que revelan nuevos matices en el simbolismo del paso.  
Comenzamos introduciéndonos en la escultura, otro arte muy implicado con el espacio. Muchos artistas se han visto subyugados por las sugerencias expresivas y formales de la Puerta. Un primer tipo de intervención, que aquí simplemente apuntamos, es el que utiliza las hojas de las puertas como soporte de la creación artística y que, por lo tanto, no puede evitar los condicionamientos de la funcionalidad (esto sucede, por ejemplo, en las puertas del Baptisterio de Florencia o en las de la ampliación del Museo del Prado de Madrid). Nuestro descarte se justifica porque en este artículo nos interesa la expresión derivada de la fuerza significante de la abstracción del pórtico.
Las hojas de algunas puertas de edificios importantes se convierten en obras de arte. Arriba, a la izquierda, Puerta Sur del Baptisterio de la catedral de Florencia, obra de Andrea Pisano. Arriba a la derecha, la Puerta del Paraíso del mismo edificio, obra de Lorenzo Ghiberti. Debajo puerta de la ampliación del Museo del Prado de Madrid, obra de Cristina Iglesias.
En esta línea, la escultura abstracta ha explorado frecuentemente la noción de Puerta, proporcionando nuevos y enriquecedores significados. Una breve relación de muestras destacables puede iniciarse por Elogio del Horizonte, concebida por Eduardo Chillida (1924-2002) e instalada en Gijón, junto al mar Cantábrico. En ella se realiza una exaltación del límite, que se manifiesta de diversas maneras: en el acantilado contiguo; también en el confín donde se unen el mar y el cielo; y, desde luego, en la propia obra, un monumental pórtico de hormigón armado que enmarca la lejanía y se erige como señal del umbral. Como toda frontera, está sometida a un efecto de atracción-repulsión, que se manifiesta en el contraste entre su gran escala, que la distancia del sentir humano, y la directriz curva de su planta, abierta para acoger (“abrazar”) a las personas que se acercan a ella. También actúa como una revelación del lugar en el que se encuentra, sintonizando con las reflexiones de Martin Heidegger sobre el habitar, compartidas por Chillida (llegaron a trabajar juntos en la realización de un libro de artista).
El gigantismo del Elogio del Horizonte, contrasta con otra obra del mismo Chillida, de mucho menor tamaño y elaborada con acero cortén, que se encuentra en el parque de Bonaval en Santiago de Compostela: la Porta da música. Es también una meditación sobre la significación de la Puerta. Desde su esquematismo formal (con dos jambas y el dintel) enmarca las torres de la catedral compostelana que emergen en el horizonte, estableciendo un diálogo con el Pórtico de la Gloria del templo con el que se alinea, retomando la dicotomía lejano-cercano. La referencia a la música parte de la convicción del escultor de que el vínculo entre el espacio y el tiempo se produce a través de la música. Por eso, Chillida manifestó que esa obra, además de un saludo al apóstol desde el acercamiento del peregrino, era una reflexión sobre la relación escultura-arquitectura-música, que habría estado inspirada en la lectura del texto de San Agustín, De música, y sus consideraciones acerca de los lazos entre la música, la medida y las proporciones.
También Mimmo Palladino (1948), con la Porta d’Europa, erigida en la costa de la isla de Lampedusa, recurrió a la noción de Puerta para denunciar una situación. Su pórtico de “entrada”, construido con materiales refractarios, busca llamar la atención, despertar conciencias, con dramática ironía, sobre el problema de la inmigración que muere en el mar en su viaje hacia la tierra de la esperanza.
La esencia de la puerta es una referencia permanente del Eje Mayor (Axe Majeur) de Cergy-Pontoise que Dani Karavan (1930) trazó en las proximidades de la capital francesa. El significado alcanza máximas expresiones en las 12 columnas de la Explanada de París, la cuarta estación del recorrido que indica el comienzo del descenso hacia el río, o en los pórticos rojos de la Pasarela sobre el cauce del Oise (novena estación).
Una última referencia podría ser UP#3 en Le Havre, obra de Sabina Lang (1972) y Daniel Baumann (1967) (L/B). Fue concebida como instalación efímera en la playa, pero acabó siendo permanente desde 2018, reconstruida con hormigón blanco. La obra propone con gran plasticidad una especulación sobre el pórtico, ofreciendo diversos puntos de vista, así como alternativas de paso, expresando cómo la separación de ámbitos y su trascendencia es relativa dependiendo de la dirección de procedencia del espectador-transeúnte.
De arriba abajo: “Elogio del Horizonte” en Gijón, de Eduardo Chillida (1990); “Porta da Música” en Santiago de Compostela, también de Chillida (1994); dos imágenes de “Porta d’Europa” en Lampedusa, de Mimmo Palladino (2008); dos imágenes del “Axe Majeur” en Cergy Pontoise, diseñado por Dani Karavan (1982-2008); y “UP#3” en Le Havre, de Daniel Baumann y Sabina Lang (2018).
Otras significaciones: La trascendencia del paso (aportaciones culturales)
La presencia de una puerta advierte de la existencia de dos ámbitos diferentes que pueden comunicarse gracias a ella y resalta el misterio asociado al desconocimiento del otro lado. Esta afirmación es la base de muchas interpretaciones esotéricas que le atribuyen la responsabilidad de unir, aunque sea de una manera alegórica, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la sabiduría y la ignorancia, el cielo y el infierno, etc. Estas cuestiones metafóricas, tan habituales en el ocultismo, en la masonería, o en las religiones, destacan el acto de la transición (de la trascendencia).
Otra de las interpretaciones culturales es la que se produce desde la consideración estricta del pórtico, sin la necesidad del cierre característico de la puerta. En estos casos, la funcionalidad decae ante la representatividad del paso. No hay un planteamiento de comunicación entre dos mundos sino la magnificación del hecho de atravesar la puerta.
Nos interesa particularmente un caso concreto de acontecimiento conmemorativo y festivo que, utilizando la noción de Puerta, alcanzó un gran simbolismo durante el Imperio romano, perdurando durante muchos siglos. Nos referimos a la ceremonia del paso de un Arco de triunfo. El acto inaugural de un Arco de triunfo celebraba una victoria bélica, lo cual implicaba ensalzar al dirigente que la había obtenido (y que solía promocionar el acto), recibiendo tanto reconocimiento para su ego como afirmación de su poder; también reforzaba la autoestima de las tropas supervivientes; y, por supuesto, potenciaba en el pueblo el sentimiento orgulloso de pertenencia al colectivo (que además quedaba subyugado por el espectáculo). Esto último era importante porque las celebraciones se repetían en fechas señaladas para evocar una figura, inmortalizada por residir en la mente social, o un acontecimiento inolvidable. Toda conmemoración supone avivar el recuerdo en la comunidad de manera que al activar su memoria se refuerza notablemente la identidad del grupo.
Terracota conservada en el Museo de Arte de Harvard atribuida al escultor francés Jean-Guillaume Moitte (1746-1810) que se inspiró en un relieve del interior del romano Arco de Tito para realizarla hacia 1797. La escena muestra un desfile de soldados llevando trofeos mientras avanzan a través de un arco triunfal.
¿Por qué los romanos utilizaron como escenario ceremonial el Arco triunfal, un elemento que parecía una puerta sin serlo? La respuesta es una metáfora, una relación entre dos realidades diferentes pero que guardan una relación entre sí. En este caso, la realidad “presentada” es el cruce de una “puerta”, mientras que la “representada” sería la victoria bélica, la conquista y sometimiento del enemigo.
El vínculo entre ambas realidades parte de la asimilación de la victoria obtenida en la batalla o en la guerra con la toma de una ciudad. Conquistar la ciudad era la confirmación del triunfo que se manifestaba con el ingreso de los ejércitos vencedores en el interior del recinto urbano dominado. El éxito militar se concretaba en los residentes sojuzgados, los gobernantes sometidos, las riquezas confiscadas, los territorios anexionados, y todo ello se simplificaba en el acto de atravesar la puerta que antes estaba cerrada, intentando resistir los embates de los atacantes. Así los logros de la conquista se focalizaban en el hecho de traspasar la puerta del enemigo y su celebración se realizaba representando el paso de otra puerta, un pórtico simbólico que era también cruzado por el ejército vencedor y por sus generales victoriosos. Las ceremonias que acompañaban a la inauguración del Arco eran fastuosas, y se acompañaban de elaborados rituales y apoteosis festivas. Luego, el Arco quedaba como testimonio del acontecimiento que lo había originado y su presencia en el centro de la ciudad se encargaba de recordarlo, con abundantes iconografías y epigrafías que ensalzaban, sobre todo, al gobernante que lideró la victoria.
Interpretación de la ceremonia inaugural de un Arco de triunfo romano realizado por H.M. Herget titulada " Soldados romanos llevando cautivos encadenados”. Herbert M. Herget (1885-1950) fue un ilustrador norteamericano especializado en escenas de la antigüedad cuyo trabajo fue habitual para la revista National Geographic.

Arcos de Triunfo: de la liturgia del poder a otras derivaciones menos solemnes.
Un Arco de Triunfo parece una puerta, pero no lo es. Adopta una formalización similar, pero su función original era muy diferente, porque estaban pensados para satisfacer la liturgia del poder. Esto es así puesto que, aunque admitieran el paso a su través (al igual que las puertas), atravesarlos no era un acto funcional sino ceremonial, que ocurría en la inauguración y en algunas ocasiones especiales. Así, su esencia es otra, ya que su papel es celebrar y, sobre todo, conmemorar. Por eso, los arcos de triunfo no se encuentran en las entradas de las ciudades sino en su interior.
Su denominación “arco” hace referencia a su esencia constructiva, como veremos más adelante, resultando curioso que estos elementos monumentales no hayan sido bautizados con un nombre específico, y sean conocidos por esa característica formal, aunque aderezada con el calificativo “de triunfo” para expresar su función representativa. Quizá la elementalidad de la denominación buscara recordar el propio arco guerrero, un arma que gozaba de prestigio y de una fuerte simbología.
Los Arcos de triunfo se comenzaron a levantar en la época romana (anteriormente el sistema constructivo de los arcos no era muy habitual y muchos pueblos lo desconocían). Como ya hemos comentado, su objetivo era celebrar victorias en campañas guerreras y honrar a gobernantes. Así, el Arco se levantaba para que las tropas vencedoras pasaran por debajo de él (durante el acto de inauguración), recibiendo el homenaje de sus gentes. Tras el estreno ritual, el arco, construido en piedra, permanecía como testimonio del evento o del personaje.
El Arco de Trajano en Benevento (Italia) es paradigmático del modelo más básico compuesto por dos pilonos laterales, arco único entre ellos y ático superior.
La solemnidad militar tuvo una derivación festiva, sobre todo durante el periodo barroco. Se pretendía aprovechar la imagen que los arcos triunfales habían fijado en el imaginario colectivo para magnificar determinadas celebraciones cívicas. Estos arcos festivos, eran construcciones muy pomposas que se levantaban para acompañar, por ejemplo, la entrada de un monarca en una ciudad o las bodas entre personajes ilustres (particularmente de miembros de la realeza). La metamorfosis se reflejaba en dos aspectos fundamentales, uno relacionado con el tiempo y otro con la iconografía. La primera diferencia era temporal porque, frente a la permanencia de los arcos triunfales, los arcos festivos eran efímeros, se construían para la ocasión y eran desmontados una vez celebrado el evento. Debido a esa transitoriedad los materiales utilizados solían ser de bajo coste. Por otra parte, la transformación iconográfica se constataba en la sustitución de la parafernalia guerrera por toda una serie de motivos de carácter decorativo y lúdico. La fiesta sustituía a la seriedad, pero también disfrutaba de sus propias claves y rituales.
El 14 de enero de 1875 el rey Alfonso XII entró en Madrid aclamado como rey constitucional tras la restauración monárquica. Para celebrar el acontecimiento se levantó un Arco efímero junto a la Iglesia de las Calatravas, en la confluencia de las calles Alcalá y Peligros. Foto de Jean Laurent.
Esta reconsideración de la significación también afectó a los Arcos construidos para perdurar. Desde luego, los tiempos en los que Roma honraba a sus gobernantes y ejércitos con Arcos de Triunfo habían pasado, sin embargo, en épocas modernas los Arcos se siguieron levantando (aunque durante la Edad Media decayeron). Su motivación iría cambiando, pero no se renunciaba a la fuerza expresiva de su monumentalidad. En general fueron perdieron esa adscripción al mundo de la guerra y ya no se planteaban para el paso de las tropas como antaño, aunque seguían ensalzando a dirigentes y sus logros, que eran mucho más variados; incluso podían celebrar hechos y actos relacionados con el pueblo, para lo cual aquellos estandartes de las liturgias del poder se adaptaban perfectamente (sobre todo en regímenes políticos autoritarios).
Ya hemos comentado en la primera parte del artículo su adaptación como puertas de muralla o para servir de entrada a espacios singulares, pero esta función acabaría desapareciendo con el derribo de los muros urbanos (solo quedan algunas excepciones más testimoniales que efectivas). El siglo XVII tiene muestras de puertas-arco que sustituyeron otras anteriores en la muralla, como el Arco de Triunfo de Montpellier, también llamado Porte du Peyrou; y sucede algo parecido en el siglo XVIII, con muestras (en ciertos casos más simbólicas que operativas) como el Arco de Triunfo de los Lorena en la Piazza della Libertà de Florencia (levantado junto a la Porta San Gallo para manifestar el cambio de dinastía de los Medici a los Lorena, y usado estos en todas sus salidas y entradas a la capital del Gran Ducado de Toscana) o el Arco Héré de Nancy, que actuaba como conexión entre los ámbitos del pueblo y de la nobleza.
Puerta-Arco monumental de entrada a la Plaza de la República de Florencia.
Durante los siglos XIX y XX siguieron construyéndose Arcos de Triunfo, pero con una notable evolución en su objeto. A principios del XIX, en París, Napoleón Bonaparte siguió la tradición romana y ordenó levantar el soberbio Arco de Triunfo para conmemorar un éxito bélico (la batalla de Austerlitz); pero a finales de la centuria, la motivación ya era muy diferente como muestra el Arco de Triunfo que se construyó en Barcelona para la Exposición Universal ensalzando el esplendor de la ciencia. Ya en el siglo XX, surgieron nuevos Arcos y sus misiones resultaron muy variadas. Por ejemplo, en los comienzos de la centuria se alzó un Arco gigantesco en Nueva Delhi (que fue bautizado como “Puerta de la India”) para recordar a los soldados muertos en el frente; a mediados, en Madrid, Francisco Franco, impulsó el Arco de la Victoria en la entrada noroeste de la ciudad para celebrar su triunfo en la Guerra Civil española, con la particularidad de ser, quizá, el único arco construido en el propio lugar de la batalla; y, a finales de la centuria, en Corea del Norte, se construyó en Pyongyang el impresionante Arco del Triunfo que conmemora un logro popular, la resistencia del pueblo coreano frente al Imperio del Japón (y de paso glorifica al amado líder que gobernaba el país entonces, Kim Il-sung). Y el siglo XXI también tiene muestras de Arcos de Triunfo, mostrando un gran anacronismo al aceptar las formas clásicas para representar logros conseguidos dos milenios después. Es el caso del Arco levantado en Skopje, la capital de la República de Macedonia del Norte, entre 2011 y 2012 para celebrar un aniversario: los veinte años de la independencia de la ex república yugoslava (fue bautizado como “Puerta de Macedonia”)

Consideraciones tipológicas.
El origen del arco es una ingeniosa solución constructiva a la discontinuidad que provocaban los huecos (fueran puertas o ventanas) en los muros y en la necesidad de soportar la parte superior de los mismos. Las propuestas más antiguas lo habían resuelto con dinteles rectos (de piedra o madera habitualmente), pero esto tenía una limitación dimensional derivada del material elegido y de su capacidad para la transmisión de fuerzas. Los griegos descubrieron una forma de aumentar la longitud de los dinteles de piedra: partirlos previamente dando forma de cuña a las piezas que lo conformaban. Pero serían finalmente los romanos los que darían carta de naturaleza al arco con la transformación de esas dovelas lineales en otras que seguían una curva geométrica, por lo general semicircular, que conseguía una adecuada traslación de cargas y permitía ampliar considerablemente las distancia entre las jambas. Dado que la mayor anchura del paso favorecía la travesía simultánea de un contingente numeroso y que el arco estuvo entre los logros más emblemáticos de la arquitectura romana, fue escogido para estructurar uno de sus monumentos más característicos: el Arco de Triunfo que, de hecho, mantendría el nombre del sistema constructivo.
Planta y alzado principal del Arco de Constantino en Roma.
El esquema más elemental de un Arco triunfal presenta dos pilonos macizos (que ejercen de “jambas”) sobre los que se apoya el “arco” que le proporciona el nombre (aunque debido a la profundidad que suelen tener estas construcciones es más una bóveda de cañón). A este pórtico básico suele incorporarse un gran entablamento superior llamado “ático” que sirve de soporte para grabar en él inscripciones y relieves, así como para apoyar, eventualmente, estatuas, formando conjuntos iconográficos que explican la razón de ser del monumento. Los frentes pueden ser complejos en cuanto a su alineación, ya que pueden contar con columnas y pedestales adosados o salientes en número y estilo variable, proporcionando una gran posibilidad combinatoria, base de su gran diversidad formal.
La profundidad de los Arcos de Triunfo convierte el “arco” en una bóveda de cañón (o medio punto)
A pesar de que el nombre es una palabra en singular, puede haber un número de arcos plural, siendo muy habitual la existencia de tres pasos, incluso cinco en algunas ocasiones, aunque estas corresponden más a puertas que a arcos triunfales. En las construcciones triples el vano central suele ser más alto que los laterales. Su disposición es simétrica para enfatizar el centro por donde se producía la travesía ritual. Casos especiales son los llamados arcos tetrapilos o cuadrifrontes en los que el paso es doble y cruzado, con una intersección perpendicular en el centro.
Mas allá de la invención romana, otras culturas también han levantado pórticos simbólicos, con cierto parecido esencial, aunque con rasgos particulares y una iconografía diferente.
Cuatro ejemplos de Arcos de paso único
Arco de Tito (Roma). Levantado por el emperador Domiciano para recordar a su hermano mayor, el emperador Tito que le había precedido. [hacia el año 82]. Altura: 15,4 metros; anchura: 13,5 metros; profundidad: 4,75 metros.
Arco de Triunfo (Barcelona). Construido como entrada principal a la Exposición Universal de Barcelona de 1888. [José Vilaseca, 1888]. Altura: 29,8 metros; anchura: 27,7 metros; profundidad: 12,4 metros.
Puerta de la India (Nueva Delhi). Levantada para recordar a los soldados indios muertos en la Primera Guerra Mundial y en la Tercera guerra anglo-afgana. [Edwin Lutyens, 1921-1931]. Altura: 42 metros
Puerta de Macedonia de Skopje. Construido para celebrar el vigésimo aniversario de la independencia de Macedonia del Norte. [Valentina Stefanovska, 2012]. Altura: 21 metros
Cuatro ejemplos de Arcos de paso único. De arriba abajo: Arco de Tito (Roma); Arco de Triunfo (Barcelona); Puerta de la India (Nueva Delhi); y Puerta de Macedonia de Skopje.
Cuatro ejemplos de Arcos de paso triple (arcos de tres vanos)
Arco de Adriano (Gerasa, Jordania). [año 129-130]. Altura: 21 metros; anchura: 37,45 metros; profundidad: 9,25 metros.
Arco de Septimio Severo (Roma). Construido para glorificar las victorias militares del emperador Septimio Severo y sus hijos Geta y Caracalla sobre los partos. [año 203].
Arco de Constantino (Roma). Erigido para conmemorar la victoria de Constantino I el Grande en la batalla del Puente Milvio. [año 315]. Altura: 21 metros; anchura: 25,7 metros; profundidad: 7,4 metros.
Arco de Triunfo del Carrusel (París). Napoleón Bonaparte hizo erigir este arco de triunfo en conmemoración de sus victorias militares. [Pierre-François-Léonard Fontaine y Charles Percier, 1806 y 1808]. Altura: 14,60 metros; anchura: 19,60 metros; profundidad: 8,65 metros.
Cuatro ejemplos de Arcos de paso triple (arcos de tres vanos). De arriba abajo: Arco de Adriano (Gerasa, Jordania); Arco de Septimio Severo (Roma); Arco de Constantino (Roma); y Arco de Triunfo del Carrusel (París).
Cuatro ejemplos de Arcos tetrapilos (dos pasos cruzados)
Arco de Triunfo de Cáparra, en Cáceres. Situado en la romana vía de la Plata, marcaba el cruce del cardo y el decumano máximos de Cáparra (Capera). [finales del siglo I]. Altura: 12,50 metros; anchura: 8,60 metros; profundidad: 7,30 metros.
Arco de Triunfo de Septimio Severo en Leptis Magna, en Libia. Situado en la intersección del cardo máximo con el decumano máximo (la vía Oea-Alejandría) de la ciudad de Leptis Magna. [203 d.C.]. Altura: 20 metros.
Arco de Triunfo de París. Construido por orden de Napoleón Bonaparte para conmemorar la victoria en la batalla de Austerlitz. Sus dos pasos son diferentes ya que uno de ellos es el principal al señalar el famoso Eje Histórico de París [Jean-François Chalgrin, 1806-1836]. Altura: 49,54 metros; anchura: 44,82 metros; profundidad: 22,21 metros.
Arco de Triunfo de Pyongyang, en Corea del Norte. Construido por mandato de Kim Il-sung para conmemorar la resistencia del pueblo coreano frente al Imperio del Japón. Sus cuatro pasos se orientan en función de los puntos cardinales. Tuvo como referencia el Arco parisino, pero deliberadamente se proyectó con dimensiones superiores, siendo el Arco de Triunfo más alto del mundo [1982]. Altura: 70 metros; anchura: 50 metros; profundidad: 50 metros.
Cuatro ejemplos de Arcos tetrapilos (dos pasos cruzados). De arriba abajo: Arco de Triunfo de Cáparra, en Cáceres, España; Arco de Triunfo de Septimio Severo en Leptis Magna, en Libia; Arco de Triunfo de París; y Arco de Triunfo de Pyongyang, en Corea del Norte.




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