9 may. 2020

El Vaticano y San Pedro: Historias de religión y política, de arquitectura y urbanismo.



El Estado de la Ciudad del Vaticano es el país más pequeño del mundo, pero uno de los que ejerce mayor influencia. Su historia es una peculiar mezcla de historias de religión y política, de arquitectura y urbanismo.
El carácter extramuros de la colina vaticana determinaría su destino, pero su singularidad trascendental estaría ligada al hecho de acoger los restos mortales de San Pedro. El apóstol, que había sido designado por el propio Jesús para dirigir la comunidad cristiana, se encaminó hacia la grandiosa Roma imperial para, desde allí, convertido en el primer obispo de la ciudad (y, en consecuencia, en el primer Papa) cumplir su misión. San Pedro murió martirizado en las laderas vaticanas y en ellas fue sepultado. Varios siglos después, el emperador Constantino ordenó levantar una primera basílica en ese mismo lugar para honrar su memoria.
Actualmente, transcurridos casi dos mil años, el Vaticano es un lugar extraordinario, producto de una peculiar mezcla de historias de religión y política, de arquitectura y urbanismo, con una relación muy particular con Roma. Su evolución le llevó de ser el centro de la cristiandad a cabeza del catolicismo, y de los Estados Pontificios al presente Estado Vaticano. En ello, la contribución de la arquitectura resultaría fundamental para plasmar unas aspiraciones de representación que superaban en mucho las necesidades de culto, dentro, además, de una ambiciosa estrategia urbanística que debía expresar el poder de la Iglesia.

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Un apunte previo: la singularidad de la colina vaticana.
La tradición narra cómo Roma se construyó sobre siete colinas. Aunque hay dudas sobre la lista de las mismas, el dilema no afecta a la colina vaticana, dado que se encontraba en el margen derecho del rio Tíber, el lado opuesto a la ciudad imperial y, en consecuencia, fuera de sus murallas. No está claro el origen del nombre. Para algunos investigadores, la palabra vaticanus estaría relacionada con el hecho de que en ese lugar se realizaron oráculos en tiempos etruscos, por lo que habría sido conocido con el nombre de Vaticum (derivando este término de vate que significaba profeta, adivino). Con un sentido similar, otros la asocian con vaticinium, que sería la predicción del augur. Aunque también hay quien la liga con uno de los dioses menores del panteón romano llamado Vagitanus o Vaticanus, que asistía a los recién nacidos en el momento del parto.
El carácter extramuros de la colina vaticana determinaría su destino como veremos, pero su singularidad trascendental estaría ligada al hecho de acoger los restos mortales del apóstol San Pedro. Los apóstoles fueron los encargados de transmitir el mensaje de Cristo por el mundo (con la imprescindible colaboración de San Pablo). Entre ellos, Simón Pedro (San Pedro), que había sido designado por el propio Jesús para dirigir la comunidad cristiana, se encaminó hacia la grandiosa Roma imperial para, desde allí, convertido en el primer obispo de la ciudad (y, en consecuencia, en el primer Papa) cumplir su misión. La tradición relata que Pedro acabó sus días en el año 67, bajo el gobierno de Nerón, muriendo martirizado en el Circo que existía en la colina vaticana o en su entorno, y siendo sepultado en la necrópolis existente en sus laderas. Poco después, Anacleto, tercer obispo de Roma (y tercer Papa), construyó en ese punto un oratorio que se convertiría en un lugar de peregrinaje. Varios siglos más tarde, el emperador Constantino ordenó levantar una primera basílica en ese mismo sitio para honrar su memoria.
La Crucifixión de San Pedro es un óleo pintado por Caravaggio en 1601. El apóstol fue el primero de la lista de Papas y murió martirizado en las laderas vaticanas, siendo sepultado en ellas.
Actualmente, transcurridos casi dos mil años, el Vaticano es un lugar extraordinario, producto de una peculiar mezcla de historias de religión y política, de arquitectura y urbanismo, con una relación muy particular con Roma. Su evolución le llevó de ser el centro de la cristiandad a cabeza del catolicismo, y de los Estados Pontificios al presente Estado Vaticano. En ello, la contribución de la arquitectura resultaría fundamental para plasmar unas aspiraciones de representación que superaban en mucho las necesidades de culto, dentro, además, de una ambiciosa estrategia urbanística orientada a levantar una Segunda Roma fastuosa que debía expresar el poder de la Iglesia.

Una historia religiosa: Roma de capital de la cristiandad a capital del catolicismo.
La expansión del cristianismo desde Judea, su territorio de origen, fue relativamente rápida gracias al poder de atracción de su mensaje. Pero sus primeros fieles tuvieron una vida difícil, porque sufrieron crueles persecuciones, viéndose obligados a ocultar su credo y a relacionarse en la clandestinidad. Esta situación cambió con el Edicto de Milán, firmado en el año 313 por Constantino I el Grande y Licinio, entonces coemperadores romanos de Occidente y Oriente respectivamente. El Edicto estableció la libertad de culto, de manera que el cristianismo pudo manifestarse y desarrollarse abiertamente.
No obstante, desde el principio, el cristianismo fue un hervidero de corrientes que divergían por su interpretación de la palabra de Cristo o por su entendimiento de la naturaleza divina. La doctrina principal luchó para consolidarse, tachando de herejías a todas las discrepantes. Una de las más tenaces fue el arrianismo, aunque acabó solemnemente condenado en 325 en el Primer Concilio de Nicea. Precisamente, en este sínodo de obispos se fijaría el ideario cristiano que acabaría convirtiéndose en la religión oficial del imperio, hecho que se proclamó con el Edicto de Tesalónica, decretado por el emperador Teodosio en 380 (no obstante, el cristianismo seguiría, durante siglos, siendo cuestionado por nuevas posiciones discordantes que también irían siendo declaradas heréticas paulatinamente)
En algún caso la disputa alcanzó tal envergadura que se saldó con una división de credos, aunque estas escisiones, que se justificaban por cuestiones teológicas, tuvieron más que ver con enfrentamientos por el dominio y la influencia sobre territorios concretos. Por ejemplo, tras el Concilio de Calcedonia del año 451 hubo una primera partición relevante con la separación de las denominadas iglesias ortodoxas orientales (coptas, siríacas y armenias) que no aceptaron la doctrina cristológica emanada del sínodo.
La organización de la iglesia en los primeros siglos se apoyó en la dirección compartida de varios obispos-patriarcas que gobernaban extensos territorios. Los cinco principales eran Roma, Alejandría, Constantinopla, Jerusalén y Antioquía, que admitían una cierta preminencia del ocupante de la sede de San Pedro, aunque sólo como un “primus inter pares”. Pero esa subordinación comenzó a cuestionarse a partir de la caída del imperio romano de occidente y la consolidación del imperio bizantino en la parte oriental. Roma quedó fuera de la jurisdicción bizantina y el Patriarca de Constantinopla reclamó su prioridad, que fue rechazada tajantemente por el primado romano. El distanciamiento de los Patriarcas orientales, con su afinidad griega, y el Papa, alineado con lo latino, fue creciendo hasta que las desavenencias encontraron una excusa teológica que causó el llamado Cisma de Oriente. El resultado del conflicto que enfrentó en 1054 al Papa de Roma con el Patriarca de Constantinopla se concretó en la excomunión mutua y en la ruptura del cristianismo en dos: por un lado quedaba, la cristiandad occidental o católica, dirigida desde Roma y que luchaba por definir su sitio terrenal y no caer en la órbita de los poderes temporales vecinos (como veremos al tratar la historia política); y, por otro, la iglesia ortodoxa, que agrupaba los patriarcados de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, y estaba fuertemente vinculada al imperio bizantino.
Mapa con la distribución de las principales religiones en Europa.
La unidad católica sufrió una nueva prueba como consecuencia de la resolución de Clemente V, que había sido elegido en 1305, de trasladar la Curia a Aviñón cuatro años después (Clemente V era de origen francés). La tensión que esa decisión produjo estalló cuando Gregorio XI decidió volver a Roma en 1378 muriendo ese mismo año. No fue sustituido por un nuevo Papa, sino por dos, uno en Francia y otro en Italia (hecho sorprendente que, nuevamente, estuvo motivado por razones políticas). Entonces se inició el periodo denominado Cisma de Occidente, en el que hubo duplicidad de Sumos Pontífices entre 1378 y 1417 (que llegaron, incluso, a ser tres desde 1410). Finalmente, la unidad se recuperó en 1417 con la elección de Martín V y la permanencia de la Santa Sede en Roma.
No sucedería lo mismo en el siguiente siglo, cuando en 1517 Martín Lutero, un clérigo escandalizado por las prácticas y costumbres que gobernaban la iglesia de entonces invitó al debate teológico clavando sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg. La Reforma supuso una tremenda sacudida para la cristiandad católica, provocando la reestructuración de la Iglesia en la Europa occidental, con la escisión de numerosas comunidades disconformes, predominantemente en el ámbito germánico, que se identificarían con la denominación general de protestantes (decisión que no era ajena a ciertas cuestiones políticas). La respuesta de la Iglesia católica (que se hizo fuerte en el centro y sur continental, en especial en los ámbitos hispano, italiano y francés) se inició en el Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563, y sería conocida como Contrarreforma. La Contrarreforma impulsó cambios litúrgicos y pastorales y también de imagen, así como la constitución de nuevas órdenes religiosas que fueron vitales para la propagación del credo católico, utilizando el arte como un aliado principal para cumplir esa misión.
En la época moderna, el descubrimiento de América o las relaciones con el Lejano Oriente extenderían el área de influencia católica y el número de creyentes. En ese contexto, se asistiría a una reducción de las discusiones teológicas internas, pero a un aumento de las tensiones políticas que reducirían al mínimo el poder terrenal del Papado. En la actualidad, el Sumo Pontífice gobierna el país más pequeño del mundo (44 hectáreas), pero es la referencia espiritual de una comunidad de más de 1.300 millones de fieles repartidos desigualmente por todo el planeta.
Mapa con la distribución de las principales religiones en el mundo.

Una historia política: de los Estados Pontificios al Estado Vaticano.
La última época del imperio romano de occidente y el periodo medieval serían malos tiempos para la fastuosa Roma imperial, que entraría en decadencia. La reorganización del imperio en dos partes auspiciada por Diocleciano desde el año 285 (occidente y oriente, este con capital en Bizancio/Constantinopla), redujo la influencia de Roma, que todavía fue menor cuando en el 402 el emperador Honorio trasladó la Corte de occidente a Rávena, una ciudad más fácilmente defendible al estar rodeada de marismas. Roma perdió su poder, siendo el Papa la única autoridad reconocible que permaneció en ella.
Desde la desaparición del imperio romano de occidente, algunos de los primeros gobernantes del autónomo imperio romano oriental (que sería conocido como Imperio bizantino) no renunciaron al sueño de recuperar la antigua unidad con los territorios que habían caído en poder de los “barbaros”. Ese fue el caso de Justiniano quien mandó expediciones de conquista que lograron controlar desde mediados del siglo VI algunas de las regiones perdidas, como sucedió con ciertas partes del norte y del centro de la península italiana que se agruparon en el denominado Exarcado de Rávena. Roma y su entorno se integrarían en esa órbita bizantina constituyendo un Ducado dependiente del exarca, aunque sería administrado por el Papa.
Las relaciones entre el reino ostrogodo, los bizantinos y la iglesia fueron difíciles, pero tuvieron cierta estabilidad hasta que fueron desequilibrándose con la llegada de un nuevo actor: el pueblo lombardo que comenzó la conquista de la península itálica, expulsando a godos y bizantinos para ocupar su territorio (con algunas excepciones, como el Ducado de Roma). En el año 756, el reino lombardo decidió avanzar hacia Roma. Ante la amenaza de invasión, el Papa solicitó ayuda al rey de los francos, Pipino III (el Breve), a quien había coronado en 754. Las tropas papales con el apoyo de los ejércitos francos no sólo lograron defender Roma, sino que forzarían la caída del reino lombardo (desapareciendo definitivamente en el año 774). Además de la defensa de Roma, Pipino recuperó los territorios del antiguo Exarcado y los donó al vicario de Cristo, dando origen, en ese mismo año 756, a los Estados Pontificios, que representarían el poder temporal del Papado. La historia de los Estados Pontificios fue muy turbulenta, con ganancias y pérdidas territoriales e intensas disputas políticas y bélicas con sus diferentes vecinos, con quienes los sucesivos Papas fueron estableciendo alianzas o iniciando contiendas.
Mapa de la península italiana en 1796 en el que se puede apreciar la extensión de los Estados Pontificios.
Uno de los grandes conflictos fue la disputa por la autoridad suprema (el denominado Dominium mundi) entre la Iglesia y el Sacro Imperio Romano Germánico. Su causa estuvo en la gran ascendencia que los obispos tenían sobre sus fieles que levantaba suspicacias entre los dirigentes políticos, quienes temían ver reducido su poder. Para evitar esa situación y beneficiarse de esa influencia, los emperadores se atribuyeron a sí mismos el derecho a nombrar (investir) a los obispos. En muchas ocasiones, las designaciones recaían en personas poco capaces, aunque totalmente subordinadas a su mentor. Este derecho imperial fue considerado una injerencia inaceptable y fue totalmente rechazado por los Papas, quienes, además, manifestaron su superioridad sobre los representantes del poder terrenal, iniciándose la denominada Querella de las investiduras, que fue el primer enfrentamiento abierto entre el papado y el imperio. Este conflicto inicial se resolvió en 1124 tras cincuenta años de agrios y sangrientos combates, pero la pugna política y espiritual entre el poder imperial y el poder eclesiástico se prolongaría durante siglos. En Italia, fue especialmente intensa la lucha entre los güelfos (partidarios del Papa) y los gibelinos (partidarios del emperador) que se extendió a lo largo de toda la Edad Media.
Tras siglos con altibajos de uno y de otro contendiente, la Iglesia dominaría durante el siglo XV, aunque iría perdiendo peso a partir de la siguiente centuria con la creación de los estados modernos y las monarquías absolutas. No obstante, tras el siglo XVIII, la paulatina aparición de las democracias por un lado y las tendencias laicistas por otro, modificarían radicalmente el panorama.
A pesar haber resistido fuertes presiones durante más de mil años, los Estados Pontificios verían su final con el proceso de unificación italiana. Entre 1860 y 1870, el naciente Reino de Italia iría anexionándose los antiguos territorios de la Iglesia, que quedarían reducidos únicamente a la ciudad de Roma. El Papa había logrado mantener su autoridad civil en la ciudad eterna gracias a la protección de las tropas francesas, pero, en 1870, Roma fue ocupada por las tropas italianas y designada capital del país. El Papa Pio IX y sus sucesores no aceptaron la situación encastillándose en su fortaleza vaticana (de hecho, se autodenominaron “prisioneros del Vaticano”) desde donde reclamaron insistentemente la devolución de los territorios arrebatados y se negaron a reconocer el nuevo estado italiano. La tensa situación terminó en 1929, cuando Pio XI y Benito Mussolini firmaron los Pactos de Letrán. Mediante esos acuerdos, la Iglesia reconocía a Italia e Italia aceptaba la constitución de la Ciudad del Vaticano como estado independiente bajo jurisdicción del Papa.
El tamaño minúsculo del Estado de la Ciudad del Vaticano (44 hectáreas) queda expresado en la comparación del mismo con el madrileño Parque del Retiro (118 hectáreas)

Una historia arquitectónica: la Basílica de San Pedro y otras construcciones extraordinarias.
La colina vaticana era una elevación que quedaba fuera de la ciudad y fue conocida en tiempos imperiales como ager vaticanus. Allí, aprovechando un valle existente entre la parte alta del monte y el río se ubicó el conocido Circo de Nerón, una impresionante construcción de unos 540 metros de longitud por unos 100 de anchura, cuya spina estuvo presidida por el obelisco que Calígula (que fue el promotor inicial del circo) ordenó traer de Egipto en el año 37 (ese mismo obelisco sería trasladado a la Plaza de San Pedro en 1586). Nerón completaría el edificio y le daría nombre, inaugurándolo como circo privado del emperador, aunque, en ocasiones, lo abriera al público. En sus proximidades había un cementerio y, cuando el circo fue abandonado hacia mediados del siglo II, esa superficie fue aprovechada para ampliar la necrópolis. En ella, como sabemos se encontraría la tumba de San Pedro, razón por la cual, en ese lugar se levantó por orden del emperador Constantino I el Grande una primera basílica, transformando el modesto oratorio preexistente. 
Plano de superposición del Circo de Nerón, la Basílica constantiniana y la actual Basílica y plaza de San Pedro.
Esa primera y desaparecida basílica de San Pedro es recordada con el nombre de Antigua basílica de San Pedro o basílica constantiniana. Las obras comenzaron entre 323 y 336 y se prolongaron durante treinta años. La basílica tuvo forma de cruz latina, con 110 metros de largo divididos en cinco naves: una amplia central y dos más pequeñas a cada lado. El techo, de madera, alcanzaba una altura de 30 metros en su cumbrera. Pero la sede papal y residencia oficial del sumo pontífice no se estableció allí, extramuros, sino en la Basílica de San Juan en Letrán, la única de las tres grandes basílicas constantinianas que se construyó dentro de las murallas de la ciudad. San Juan de Letrán albergó a la Curia romana durante más de mil años, hasta su marcha a Aviñón (1305).
Tras el periodo de Aviñón, en 1378 los Papas trasladaron la Santa Sede a la Colina Vaticana. Se esgrimieron razones como el mal estado del Palacio de Letrán o la existencia de las murallas leoninas (de las que hablaremos más adelante), que facilitaban la defensa en caso de conflicto. A pesar del traslado de la Curia, la basílica de San Juan de Letrán conservó su papel como sede episcopal y por lo tanto catedral de Roma, función que aún desempeña en la actualidad. Seguramente, el cambio de ubicación se vería también influido por el deseo de aprovechar la proximidad de la tumba de San Pedro, enfatizando así la misión pastoral y ecuménica de la Iglesia y afianzando a Roma como Santa Sede. Pero también la antigua basílica de San Pedro se encontraba deteriorada. Arquitectos como Leon Battista Alberti o Bernardo Rossellino trabajaron en su consolidación y mejora, añadiendo elementos como el atrio que daba acceso a la nave principal a través de cinco puertas. Las intervenciones puntuales continuarían hasta que el Papa Julio II, que inicialmente pensaba realizar una remodelación intensa e integral, cambió de opinión en 1505 y decidió levantar una basílica nueva derribando la anterior constantiniana (algo que levantó muchas voces discrepantes, aunque era una idea que habían barajado pontífices anteriores sin atreverse a llevarla a cabo). El Papa deseaba disponer en el Vaticano de un espacio singular, representativo y simbólico, una suerte de acrópolis imperial, alejada del caos del centro urbano, pero eficazmente unida a él. Las obras comenzaron en 1506 según el proyecto de Donato Bramante (1443-1514) que planteaba un tempo con planta de cruz griega y cúpula central. Esta nueva construcción estuvo envuelta en controversias y escándalos, tanto por la demolición de la basílica constantiniana como por la venta de indulgencias para financiar la obra, cuestión que contribuyó indirectamente a la Reforma protestante.
Evolución de la planta de la nueva Basílica de San Pedro del Vaticano. De izquierda a derecha y de arriba abajo: propuestas de Bramante, Rafael Sanzio, Antonio Sangallo el Joven, Baldassare Peruzzi, Miguel Ángel Buonarroti y finalmente la desarrollada definitivamente por Carlo Maderno.
Junto a la Basílica se había ido construyendo desde la Edad Media el Palacio Apostólico. El palacio papal es un edificio enrevesado y multifuncional que forma parte de la imagen exterior del conjunto vaticano. La complejidad del edificio es el resultado de la agregación paulatina de proyectos diversos a lo largo del tiempo (algunos de los cuales seguían la costumbre de muchos Papas de levantar su propia capilla, entre las que destaca la Capilla Sixtina). Otro de los edificios más destacados es el impresionante Patio del Belvedere proyectado por Bramante para unir el Palacio Apostólico con la villa del Belvedere que había construido el Papa Inocencio VIII en 1487 en lo alto de la colina. Parte del mismo acoge áreas de los fabulosos Museos Vaticanos. [Para profundizar en el Patio del Belvedere de Bramante se recomiendan dos libros en los que es analizado con detalle: “Arquitectura y paisaje” de Clemens Steenbergen y Wouter Reh, y “Renacimiento, Barroco y Clasicismo” de Jean Castex]
Esquema de la topografía del Vaticano con la inclusión de las siluetas de la Basílica y la plaza de San Pedro (en blanco) y el Palacio Apostólico y el Patio del Belvedere (en negro)
La muerte de Bramante supuso el encargo de la continuación de la Basílica a Rafael Sanzio (1483-1520) quien al fallecer prematuramente fue sucedido por Antonio Sangallo el Joven (1484-1546). Ambos propusieron el cambio de la planta en cruz griega por la de cruz latina, pero la desaparición de Sangallo y la llegada de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) afianzó el esquema centralizado con cúpula. Miguel Ángel diseñó una cúpula espectacular y emblemática, pero no sería finalizada hasta 1588, veinticuatro años después de su muerte, con la intervención de Giacomo della Porta (1540- 1602) y Doménico Fontana (1543-1607). Precisamente, Fontana sería el responsable de otra actuación muy relevante ordenada por el papa Sixto V en 1586: el traslado del obelisco que presidía la spina del Circo de Nerón a su ubicación actual delante de la basílica.
La obra de San Pedro sufriría nuevas interrupciones hasta la llegada en 1603 de Carlo Maderno (1556-1629), quien, desarrollaría dos cuestiones fundamentales: la definitiva transformación de la planta hacia un esquema de cruz latina y la fachada principal. Maderno daría por terminada la basílica en 1626 (aunque habría modificaciones posteriores). Tras su muerte en 1629, Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) sería nombrado primer arquitecto de San Pedro, realizando intervenciones muy diversas entre las que destacan el fabuloso baldaquino del altar, la fallida construcción de campanarios para la fachada y, sobre todo, la extraordinaria Plaza de San Pedro (que se realizaría a instancias del Papa Alejando VII).
El conjunto vaticano iría completándose con construcciones muy diversas. Una de las últimas incorporaciones a su fabulosa muestra de arquitectura fue el Aula Pablo VI, inaugurada en 1971 y que también es conocida como Sala Nervi en recuerdo de su autor, el ingeniero Pier Luigi Nervi (1891-1979).
El Aula Pablo VI, inaugurada en 1971, que también es conocida como Sala Nervi en recuerdo de su autor, el ingeniero Pier Luigi Nervi.

Una historia urbanística: de la Ciudad Leonina a la Ciudad del Vaticano.
La colina vaticana se incorporó al recinto de Roma durante el papado de León IV, gracias a la ampliación de las murallas de la ciudad que se realizó entre 848 y 852, con el objetivo de proteger la basílica de San Pedro, que había sido saqueada por los sarracenos en el año 846. La muralla leonina fue la primera muralla vaticana y discurría siguiendo una forma de herradura o de “U” tumbada con su apertura orientada hacia el este. Desde el extremo norte, que partía de la orilla del rio, junto al Mausoleo de Adriano (que sería fortificado y rebautizado Castel Sant'Angelo), el trazado se dirigía hacia las laderas de la Colina Vaticana, rodeaba la basílica y descendía de nuevo hacia el Tíber, donde se situaba el otro extremo, el sur. Dentro de ese particular recinto, entre la basílica y el cauce fluvial se levantaría un nuevo barrio que sería llamado, simplemente “Borgo”. El conjunto recibiría el apelativo de Ciudad Leonina (Civitas Leonina) en homenaje a su promotor.
Los muros se ampliaron y fortalecieron en varias ocasiones. Una de las actuaciones más llamativas es el denominado Passetto di Borgo, un pasaje elevado de 800 metros que une el Vaticano con el Castel Sant'Angelo y que fue utilizado por varios Papas como vía de escape cuando sufrieron ataques (como sucedió, por ejemplo, durante el Sacco di Roma de 1527)
La construcción de nuevos edificios que sobrepasaban el recinto leonino original (como el Patio del Belvedere) y la evolución de las técnicas y maquinarias de guerra recomendaron la ampliación de la superficie vaticana. Los muros iniciales fueron circunvalados por una nueva fortificación con bastiones en torno al Vaticano (en su interior quedan todavía restos del primer muro leonino), realizada fundamentalmente en tiempos de Pablo III (Papa entre 1534 y 1549) y Pío IV (sumo pontífice entre 1559 a 1565), contando con la intervención de Miguel Ángel y Antonio Sangallo el Joven.
Esquemas de evolución de las murallas leoninas. Los muros finales de la fortaleza bastionada definieron la “Civitas Leonina” que fue la base del actual Estado Vaticano. En el centro, grabado de 1775 que refleja la ciudad leonina final, entonces ya incorporada a Roma como rione XIV. La línea roja indica los límites vaticanos actuales. Debajo plano de la actual Ciudad del Vaticano.
Proyectos urbanos tan emblemáticos como la Plaza de San Pedro diseñada por Bernini serían parte de una ambiciosa y más amplia estrategia urbanística que afectó a toda la capital y que había comenzado con el deseo de Nicolás V, elegido en 1447, de convertir a Roma en una ciudad digna para su papel de capital del mundo católico, pretendiendo estabilizar definitivamente la sede de Roma. Se estableció entonces un plan a largo plazo que se vería reforzado con el ideario Contrarreformista que busco convertir la ciudad eterna en referente para la cristiandad, una Segunda Roma fastuosa que debía expresar el poder de la Iglesia y en la que la Arquitectura y el Urbanismo fueron los grandes instrumentos de los pontífices
La Civitas Leonina fue considerada una ciudad independiente de Roma hasta que, en 1586, Sixto V la incorporó como un nuevo rione (barrio/distrito) de Roma, que se llamaría Borgo y sería el número catorce (en la actualidad Roma cuenta con 22 rioni). La constitución de la Ciudad del Vaticano como estado independiente, desgajaría administrativamente su territorio del Rione XIV siguiendo las murallas bastionadas e incluyendo la Plaza de San Pedro.
La última actuación de gran trascendencia urbana para el Vaticano ocurrió entre 1936 y 1950, cuando se demolió la denominada Spina di Borgo y se abrió la Via della Conciliazione, una avenida con una longitud de unos 500 metros que conecta la plaza de San Pedro con Sant'Angelo permitiendo una aproximación novedosa, con la visión lejana de la fachada de la basílica.
La última actuación de gran trascendencia urbana para el Vaticano ocurrió entre 1936 y 1950, cuando se demolió la denominada Spina di Borgo y se abrió la Via della Conciliazione


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