24 ene. 2015

Las dos caras de San Petersburgo: Palacios suntuosos frente a humildes Casas-Comuna (Kommunalka).

Estatua de Pedro I El Grande, instalada en 2006 en la isla Vasilievski, obra de Zurba Tsereteli, sobre el fondo de los bloques residenciales soviéticos.
Las ciudades ofrecen muchos rostros diferentes y, en ocasiones, muestran dos visiones destacadas con contrastes muy acusados. En estos casos suele contraponerse una imagen general privilegiada, que se proyecta hacia el exterior, con otra que se acostumbra a ocultar con cierta vergüenza y donde la vida no es tan amable. Hay muchos ejemplos de estas ciudades bifrontes y San Petersburgo es una de ellas.
Su “cara” más reconocida muestra la espectacularidad del sueño de su fundador, el zar Pedro I El Grande: una ciudad que se levantó de la nada para convertirse en la gran capital de Rusia, caracterizada por sus suntuosos palacios, monumentos y grandes avenidas. Pero la ciudad esconde otra realidad en las barriadas donde se acumulan viviendas comunales de la era soviética y que, todavía en la actualidad, se encuentran habitadas en paupérrimas condiciones. Se calcula que 600.000 personas viven en las kommunalka (коммуналка), en las que varias familias comparten el mismo espacio y luchan por una supervivencia digna.
Las instituciones promotoras han desaparecido (ya no existen ni los zares ni los soviets) pero el San Petersburgo del siglo XXI mantiene esa doble imagen extrema: la que enfrenta a una ciudad de ensueño con una ciudad de pesadilla.

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El sueño del zar Pedro I: una nueva capital para la gran Rusia.
El zar Pedro I el Grande (1672-1725) soñaba con una Rusia diferente. Había accedido al trono en 1682, siendo un niño, y sus primeros años de reinado pasaron entre regencias de su madre, de su hermana, y con la corona compartida con su hermano Iván.  Todo ello en un país inmerso en un ambiente turbulento y lleno de intrigas. Finalmente, Pedro I logró gobernar con autonomía desde 1694 y en solitario desde 1696, tras la muerte de su hermano.
El nuevo zar recelaba de Moscú y de los grupos de presión que allí actuaban. Buscaba un lugar para erigir una nueva capital desde la que poder gobernar y desarrollar sus ideas sin cortapisas. Inicialmente dudaba entre dirigirse al sur, a la desembocadura del rio Don o hacia el norte, hacia el Báltico. La alta tensión existente con el Imperio Otomano y las victorias sobre los suecos, que dejaron de ser un enemigo, inclinarían la balanza a favor del Golfo de Finlandia, en la desembocadura del Nevá.
Allí nacería esa nueva ciudad que se denominaría San Petersburgo y que surgiría de la nada como el gran símbolo de la voluntad de progreso del zar. Para Pedro I, el futuro se encontraba en dirección a Europa y países como Francia, Inglaterra, Holanda y también Alemania, con su cultura y poderosas economías eran el espejo donde el monarca quería reconocerse, aunque sin renunciar a su identidad rusa. De ahí surgiría una interesante síntesis entre elementos occidentales y orientales que trascendería el ámbito social y alcanzaría también a la arquitectura, a la literatura, a la música o a la ciencia.
Moscú, la vieja capital representaría el pasado, enlazado con oriente, lo eslavo y lo bizantino. San Petersburgo miraría hacia el futuro, indicando un nuevo horizonte, más occidentalizado y moderno.
San Petersburgo sufriría muchos avatares hasta que pudo consolidarse. Comenzada en 1703 y designada capital de Rusia en 1712, conservaría esa preeminencia durante dos siglos hasta que en 1918, la capitalidad volvió a Moscú. Cuatro años antes había cambiado su denominación por la de Petrogrado para, en 1924, volver a modificar su nombre, esta vez por el de Leningrado, denominación que conservaría durante la era soviética. En 1991 recuperó su nombre original, San Petersburgo.  Hoy, es la segunda ciudad de Rusia (tras Moscú) y cuenta con 5.026.000 habitantes (2013), que aumentan contando con su área metropolitana hasta los 5.850.000.
Pero la imagen espectacular proyectada hacia el exterior en la que aparecen esplendorosos palacios, monumentales edificios y avenidas extraordinarias, y que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, esconde otra realidad menos privilegiada. Es el San Petersburgo de las barradas de viviendas comunales, las kommunalka (коммуналка), levantadas en la época soviética. En estas Casas-Comuna, muchas familias se ven obligadas a compartir el espacio y a luchar por una supervivencia digna. Se calcula que todavía viven en esas condiciones unas 600.000 personas. El sueño de Pedro I el Grande oculta una pesadilla en su interior.

San Petersburgo, Cara A: la deslumbrante ciudad de los zares.
El territorio elegido para la fundación de San Petersburgo fue la desembocadura del rio Nevá. Este es un río peculiar, ubicado en una región estratégica que fue objeto de disputas seculares entre suecos y rusos.  Cuenta con un recorrido muy corto (solamente los 74 kilómetros que unen el lago Ládoga con el Golfo de Finlandia en el Mar Báltico) aunque es muy caudaloso, presentando una considerable anchura y profundidad que posibilita su navegación. El Nevá desemboca en el Golfo deshaciéndose en múltiples brazos que originan islas de diversos tamaños y que tendrían una gran repercusión en la estructura de la futura ciudad.
Plano de la desembocadura del rio Nevá, donde se levantaría San Petersburgo.
El solar de San Petersburgo era una enorme planicie pantanosa frecuentemente inundada por las violentas crecidas del Nevá, que dificultaban la construcción de puentes. Además, el clima extremo o los problemas de acceso a la zona exigieron esfuerzos casi sobrehumanos. Todas las construcciones debieron ser pilotadas sobre estacas de madera clavadas en el terreno en agotadoras circunstancias. Una legión de trabajadores (fundamentalmente prisioneros de guerra, presos comunes y campesinos) se enfrentó a la ingente tarea en condiciones muy precarias y muchos de ellos fallecieron en el intento. Pero la determinación del zar era firme y el día de San Pedro de 1703, se iniciaron las obras.
En ese año, sobre la isla de Záyachi (isla de los conejos, Заячий остров) se levantó la primera construcción de la futura ciudad: la Fortaleza de Pedro y Pablo. La fortaleza inicial fue una modesta construcción de madera y tierra levantada en 1703 pero que adquiriría solidez, complejidad  y magnificencia desde 1706, con el proyecto concebido por el arquitecto Domenico Trezzini. Con el tiempo, el interior de la fortificación recibiría grandes edificios, como la Catedral que se construyó entre 1712 y 1733, también proyectada por Trezzini.
Fortaleza de San Pedro y San Pablo, con la catedral interior, obras de Domenico Trezzini.
Domenico Trezzini (1670-1734), de origen suizo,  fue el primer arquitecto llamado para trabajar en la construcción de la futura ciudad. Trezzini trazaría el plan urbano inicial de San Petersburgo y construiría alguno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. Su papel fue de suma importancia para la historia de la arquitectura rusa, ya que sentó las bases de un estilo ruso hibridado con los modelos europeos, cimentando así el denominado Barroco Petrino, etiquetado de esta manera por su vinculación a San Petersburgo. Trezzini, junto a otros arquitectos como Andreas Schlüter o Mijaíl Zemtsov, fue definiendo el estilo que se opuso al Barroco Moscovita (o Barroco Naryshkin) que se estaba construyendo en Moscú y otras ciudades del imperio. Aunque ambos estilos compartían la síntesis entre los elementos occidentales importados y los autóctonos y tradicionales, el barroco desarrollado en la nueva capital sería mucho más radical. A las mencionadas obras de la fortaleza y la Catedral de San Pedro y San Pablo, Trezzini iría sumando otras como el edificio de los Doce Colegios (1722-1742), el Monasterio de Alexander Nevski (1706-1714), el Palacio de Verano de Pedro I (1710-1714) o el primer Palacio de Invierno (1726). Por su parte, Andreas Schlüter (1664-1714), que era uno de los grandes arquitectos del barroco centro europeo, también fue reclamado por Pedro I para colaborar en la construcción de su ciudad. No tuvo mucho tiempo, aunque se le atribuye, por ejemplo, la traza del Palacio Kikin (1714-1720).
Primer plan de San Petersburgo, trazado por Domenico Trezzini.
La segunda intervención se hizo casi enfrente de la anterior: el edificio original del Almirantazgo y su puerto. Inicialmente esta construcción fue un astillero para la construcción de barcos que se levantó entre 1704 y 1706 con una fortificación perimetral y que iría ampliándose y completándose durante los años siguientes hasta convertirse en la sede de la Escuela de Almirantes Imperiales Rusos (aunque el edificio actual es posterior como veremos más adelante).
En 1712, una vez desactivada definitivamente la amenaza sueca, Pedro I decidió trasladar su capital a la ciudad que estaba naciendo. Aunque el plan proyectado por Trezzini había sido aprobado, las dificultades que estaba encontrando llevaron a incorporar a Jean-Baptiste Alexandre Le Blond (1679-1719) para revisar su diseño. Le Blond propuso en 1716 una remodelación que se basaba en un gigantesco óvalo fortificado con bastiones que unificaba las diferentes actuaciones, con una clara influencia del diseño paisajístico francés. Pero esta propuesta era todavía más difícil de implementar y la repentina muerte del arquitecto acabó condenándola al olvido.
Propuesta de Le Blond para San Petersburgo.
La etapa definitiva debía ser la urbanización de la isla Vasilievski (Васи́льевский о́стров, Vasilievski Óstrov), la más grande de todo el estuario, y sobre la que se había proyectado el núcleo urbano principal de San Petersburgo. Aquella extensa isla debería haber sido surcada por una red de canales que estructuraría la ciudad en recuerdo a Amsterdam, ya que la capital holandesa había deslumbrado al zar Pedro I El Grande en el viaje que había realizado por occidente en el año 1697. El plan de Trezzini proponía una malla acuática que ordenaría el transporte y el comercio interno de la ciudad, complementando a un gran desarrollo residencial que contaría además con un centro direccional en el espolón oriental (стрелка, Strelka) de la isla y un gran parque interior.
Pero el sueño no se confirmó y la isla no tuvo el desarrollo deseado debido a las dificultades que iban surgiendo. No obstante, se llegaron a excavar algunos canales menores, pero éstos acabarían siendo rellenados y la evolución de la trama de la isla fue muy diferente a la planificada inicialmente. Solamente en su sector oriental se conserva un recuerdo de aquella idea original. En esa zona, la retícula queda formada por unas calles con orientación noroeste-sureste que son denominadas “Líneas” (линия, líniya) y van numeradas de la 1 a la 29 (aunque hay alguna que recibe nombre en lugar de número). Estas “Líneas” son cortadas por tres Avenidas (noreste-suroeste) de mayor anchura y longitud que reciben la sugerente denominación de “Perspectivas” (проспект, prospect). Son la Avenida-Perspectiva Grande (большой проспект, Bolshoi Prospect), la Avenida Media (средний проспект, Sredniy Prospect) y la Avenida Pequeña (малый проспект, Maly Prospect).
También se materializó un incipiente centro direccional en el espolón oriental. La palabra rusa стрелка, Strelka, que significa literalmente “flecha”, hace referencia a la forma que adopta el terreno en la confluencia (o divergencia) de dos cauces fluviales. En el caso de San Petersburgo, se denomina Strelka, al extremo oriental de la isla Vasilievski donde se separan los dos brazos principales del río Nevá, el Nevá Grande y al Nevá Pequeño. Ese espolón debía recibir alguno de los edificios que estaban llamados a protagonizar la vida política de la ciudad, aunque de nuevo la realidad quedó muy por debajo de las previsiones. No obstante, allí se construyeron grandes edificios, como el de los Doce Colegios (concebidos como dependencias del gobierno y hoy incorporados al complejo de la Universidad de San Petersburgo), el Palacio Menshikov (Alexander Menshikov fue el primer gobernador de la ciudad) concluido en 1720 según proyecto de Giovanni Fontana y Gottfried Schädel (este palacio pertenece actualmente al complejo urbanístico del Hermitage). También se encuentran ahí algunas de las referencias icónicas de la ciudad, como las dos imponentes columnas, las denominadas Columnas Rostrales, que presiden el espacio desde 1810 homenajeando a la flota rusa. La Strelka es uno de los lugares con las vistas más espectaculares de la ciudad, tanto hacia la Fortaleza de Pedro y Pablo como hacia el Palacio de Invierno (sede del Museo del Hermitage).
Imagen de la Strelka, la esquina oriental de la isla Vasilievski.
El fallecimiento del zar Pedro I, en 1725, inició un periodo de inestabilidad interna en el que fueron sucediendo zares y zarinas de breve reinado (Catalina I hasta 1927, Pedro II entre esa fecha y 1730, Anna Ioánnovna hasta 1740). De hecho el jovencísimo zar Pedro II fue trasladado a Moscú y, tanto la nobleza como los burgueses fueron abandonando la ciudad. San Petersburgo entró en crisis, pero la decisión de Anna Ioánnovna de volver a la capital de Pedro I en 1732 evitó la “muerte” de la ciudad. El impulso definitivo a San Petersburgo vino con Isabel I, zarina entre 1740 y 1762 y sobre todo (tras el breve reinado de Pedro III que duró seis meses) con el gobierno de Catalina II la Grande, que reinaría durante 34 años, hasta 1796. San Petersburgo sería un producto del despotismo ilustrado ruso.
Las dificultades ofrecidas por la isla Vasilievski hicieron abandonar la idea de que fuera el centro urbano, de forma que el incipiente San Petersburgo comenzó a nacer en los terrenos contiguos al Almirantazgo, hacia el sur, hacia tierra firme.
Estado de san Petersburgo en 1834. La isla Vasilievski ya no era el centro de la ciudad.
Las barracas proletarias que ocupaban la zona fueron destruidas por varios incendios (posiblemente provocados) y se comenzó a trazar el nuevo desarrollo urbano. Partiendo del Almirantazgo (el edifico actual se construyó entre 1806 y 1823 sobre el anterior según el proyecto del arquitecto Andreyan Zakharov), nacería el haz radial de grandes calles que se dirigían, entonces, hacia el interior boscoso que rodeaba el emplazamiento. En 1771 se urbanizó definitivamente la gran Avenida (Perspectiva) Nevski (Невский проспект). La Perspectiva Nevsky había sido un camino abierto para unir los astilleros del Almirantazgo con la vía hacia Moscú y desde 1738 se conocía con ese nombre gracias al Monasterio fundado en 1710 que se encuentra en su extremo oriental. El tridente se completaría con la Avenida Voznesensk (Вознесенский проспект) y la Avenida Gorokhóvaia (Гороховая проспект).
Grabado de la Perspectiva Nevsky hacia 1800.
Otro de los arquitectos relevantes en la construcción de San Petersburgo fue el italiano Bartolomeo Rastrelli (1700-1771), que fue nombrado arquitecto de la corte desde 1730. Obras suyas fueron, por ejemplo, el Palacio de Invierno (el cuarto que hoy parte del complejo del Museo del Hermitage), el Palacio de Catalina en Tsárskoye Seló (la residencia real), el Palacio Stróganov (1753-1754) o la Catedral de la Resurrección (Smolny) (1748-1764). También destacó Antonio Rinaldi (1710-1794), arquitecto de la Corte Imperial entre 1754 y 1784, autor por ejemplo, del fastuoso Palacio de Mármol (construido entre 1768 y 1785), una de las primeras obras neoclásicas de la ciudad. Otro de los edificios singulares fue la Academia Rusa de las Artes (actual Instituto Repin de Pintura, Escultura y Arquitectura), construida entre 1764 y 1789 según proyecto de Jean-Baptiste Vallin de la Mothe y Aleksandr F. Kokórinov.
Junto al Almirantazgo se levantaría otro de los iconos de la ciudad, la gran escultura denominada el Caballero o el Jinete de Bronce (escultura ecuestre realizada para conmemorar a Pedro I el Grande por Étienne Falconet y Marie-Anne Collot y que sería inaugurada en 1782).
El siglo XIX iría completando el desarrollo de la ciudad noble, impulsada por monarcas como Alejandro I, zar entre 1801 y 1825, y su sucesor Nicolás I, gobernante hasta 1855. Son reseñables edificios como el neoclásico de la Antigua Bolsa de San Petersburgo (hoy Museo Naval), que preside la Strelka, obra del francés Thomas de Thomon y construido entre 1805 y 1810; la Catedral de Nuestra Señora de Kazán, construida entre 1801 y 1811 por el arquitecto Andréi Voronijin; o la Catedral de San Isaac de Auguste Montferrand cuyas obras se prolongaron desde 1818 hasta 1858.
Palacios de San Petersburgo. De arriba abajo: Palacio de Invierno, Palacio de Mármol, Palacio Stróganov, Academia de las Ciencias y Academia de las Artes.

San Petersburgo, Cara B: la polémica vivienda comunal (Kommunalka).
El siglo XX tendría reservada una evolución diferente para San Petersburgo. La revolución rusa de 1917 marcó un nuevo rumbo para el país y, lógicamente, su entonces capital se vería afectada. La implantación del “socialismo real” persiguió la transformación radical de la sociedad. Pronto surgió la pregunta de ¿cómo debía vivir el nuevo hombre surgido de la revolución proletaria?
Ni las barracas obreras características del depuesto régimen zarista ni las casas burguesas expropiadas y compartidas por varias familias eran el modelo que la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) deseaba. Había que diseñar una nueva forma de hábitat para los ciudadanos renovados. La reflexión sobre el modo de vida llevó a la conclusión de que las estructuras básicas sobre las que se debería fundamentar la nueva nación serían tres: la fábrica, el club y la vivienda. La fábrica como centro del proceso productivo, el club como centro de la actividad colectiva (que asumiría muchas de las actividades tradicionalmente familiares) y la vivienda, que se debía reducir a la solución de las necesidades íntimas. Los nuevos hombres y mujeres organizarían su existencia entre el trabajo productivo, el entretenimiento fructífero (el estudio, el deporte) y confiarían muchas de las responsabilidades familiares a la colectividad (como la educación de los hijos). La vivienda sería el reducto de la individualidad, casi exclusivamente para el descanso, ya que la mayoría de las actividades serían colectivizadas, como las cocinas, los servicios de higiene, lavado y planchado, guardería, etc. De esta forma, las investigaciones tipológicas se centraron en la vivienda mínima y en la búsqueda de nuevas soluciones basadas en la colectivización de la vida doméstica. Se fijaron los criterios de base que imponían una atención ineludible a la economía (las viviendas eran muy costosas y la nueva nación tenía graves dificultades económicas) y, sobre todo, condicionaban el estilo de vida del nuevo ser social (socialista). Carecía de sentido la apropiación de superficies (la propiedad privada había sido abolida) aunque tampoco se quería que varias familias compartieran el mismo espacio.
En 1926, la revista Arquitectura Contemporánea (современная архитектура, Sovremmennaia Arkhitektura) realizó una primera encuesta sobre el tema a la que siguieron una serie de concursos (competiciones fraternales) organizados por la OSA (Organización de Arquitectos contemporáneos, Объединение Cовременных Aрхитекторов ,OCA). Sobre estas bases se creó en 1928 una sección para la investigación y el estudio de la tipificación y normalización de la vivienda dentro del Stroikom de la RSFSR (Comité para la Edificación de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia) que serían dirigidos por Moisei Ginzburg (1892-1946). Las propuestas realizadas por el Stroikom fueron cinco células correspondientes a diferentes programas que se concretaban en diversas variantes. Una de ellas, la célula F se convertiría en la base de las nuevas agrupaciones, que se alejarían de la casa convencional de pisos de alquiler y daría lugar a una nueva entidad social, la “casa-comuna”. Como escribió el propio Ginzburg en su informe de presentación “un conjunto constituido por células del tipo F significa un nuevo organismo que nos conduce hacia una forma de vida superior, hacia la casa comunal”.
Uno de los proyectos desarrollados por la vanguardia rusa para la vivienda comunal. Propuesta para Moscú de dom-komuna por Mikhail Barshch y Vladimir Vladimirov.
La idea de la vida colectiva no nació entonces ya que fue una de las primeras respuestas adoptada en los primeros años del nuevo régimen que buscaba ahorrar en plena economía de guerra. El modelo de las casas comunales, ofrecía un curioso paralelismo con el modelo de hotel. Los inmuebles contaban con espacios individuales de superficie mínima y con toda una serie de espacios colectivos para la mayoría de las labores domésticas. Pero los esfuerzos de los arquitectos de vanguardia quedarían en el papel, prácticamente en su totalidad. Las dificultades económicas de la industria complicaban la creación de esos prototipos, pero sobre todo, la causa del abandono fue la involución política, cultural y artística padecida en la década de 1930 (la democracia fundacional dio paso a la dictadura estalinista).
Stalin acabó con las investigaciones tipológicas y con la innovación, pero no con el fondo de la cuestión ya que la vivienda comunal era la única salida rápida para alojar a la ingente cantidad de población que llegaba a las ciudades. Las viviendas comunales siguieron construyéndose, pero ajenas al afán innovador de las vanguardias.
Fachada de uno de los bloques de vivienda communal.

Interior de una Kommunalka, donde diferentes familias comparten los diferentes espacios.
Las Kommunalka serían despojadas del programa comunitario, que exigía una organización compleja, y se convertirían en bloques de viviendas convencionales, de escasa calidad tanto formal como material, muy humildes y económicos, en los que se hacinaban familias que necesariamente debían compartir sus vidas. La desaparición de los espacios comunitarios dejó el resultado en unidades-pisos estándar en los que familias desconocidas, sin poder adquisitivo para aspirar a algo mejor, se veían en la obligación de residir juntas, ocupando el mismo espacio (cocinas, baños, etc.).

Interior de una Kommunalka.
Interior de una Kommunalka.
La película “Kommunalka” (2009) de Françoise Huguier o el documental “The age of kommunalki” (2013), co-dirigido por Elena Alexandrova y Franceso Crivaro, narran la vida cotidiana de sus residentes.
Cartel de la película “Kommunalka” de Françoise Huguier (2009)

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