23 may. 2015

Simulaciones de identidad urbana. El caso de Bogotá: desde la Santafé virreinal “virtual” a la “Atenas sudamericana”.

La Bogotá histórica se debatía entre el deseo y la realidad. La calle Décima, en su acceso occidental a la Plaza Bolívar, expresa la modestia de las mansiones coloniales de la “esplendorosa” corte virreinal. Al fondo el Capitolio Nacional de Colombia, edificado entre 1848 y 1926.
La identidad es un tema controvertido. Más aún cuando nos referimos a identidades urbanas, que son composiciones colectivas, muchas veces dudosas. En ocasiones, la proyección que una ciudad hace de sí misma, es un mensaje interesado que busca ofrecer una determinada imagen que encubra una realidad contraria. Son las identidades simuladas, que crean relatos de ficción o inventan mitos con el objeto de transmitir una idea favorable, tanto al exterior como a sus propios habitantes. No obstante, hay casos en los que la leyenda fija un horizonte al que aspirar y, en ciertos lugares, han logrado acercar la realidad al sueño.
Encontramos un ejemplo en la Bogotá histórica, que mostró una sorprendente capacidad para disfrazar su imagen real. Este es un rasgo singular de la ciudad, ya que supo crear máscaras esplendorosas que ocultaban una precaria realidad. Porque la Santafé colonial (su nombre inicial), capital de un virreinato, y también la posterior Bogotá del siglo XIX, fue una ciudad de simulaciones, elaborando una “realidad” paralela que disfrazaba la pobreza de su materialidad física. La capital virreinal incorporó una capa imaginada (“virtual”) que le proporcionó un aura mítica de gran ciudad, que también se expresaría en la cuestionada etiqueta decimonónica de “Atenas sudamericana”. 
Comenzaremos reflexionando sobre las identidades simuladas para continuar con una breve aproximación al Virreinato de Nueva Granada y a la realidad física de su capital, Santafé, llegando hasta la Bogotá de finales del siglo XIX. Analizaremos después  la fantasía que “fabricó” el simulacro, utilizando la cultura y sus manifestaciones para proyectar una imagen resplandeciente que camuflaba la verdad.

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Bogotá fue bautizada como Santafé de Bogotá, aunque el nombre utilizado durante la época colonial fuera simplemente Santafé. Tras la independencia conseguida en 1819, la ciudad pasaría a ser conocida como Bogotá (aunque, en 1991, hubo un intento de recuperar su nombre original, pero fue desestimado en el año 2000 y reconvertida oficialmente en Bogotá, Distrito Capital). Por eso la denominación Santafé denota el periodo colonial mientras que Bogotá se asocia a la república.
No es la única duplicidad que esconde Bogotá. También tuvo dos fundaciones, una de facto en 1538 y otra jurídica en 1539. O un anverso (la propia Santafé donde residían los españoles) y un reverso (las barriadas de Pueblo Viejo y Pueblo Nuevo, ocupadas por los indígenas). Estas replicaciones son reflejos menores de una ciudad que animó otros efectos especulares. Porque la Bogotá histórica mostró una sorprendente capacidad para realizar juegos de espejos que distorsionaban su imagen real para presentarla más favorablemente.

Las identidades simuladas.
Las personas suelen cuidar la imagen que proyectan en su entorno y hay quienes deben esforzarse más que otros para trasladarla. Así, vestimentas, maquillajes, complementos o posturas, refuerzan ese ejercicio de seducción, que no está exento de vanidad o narcisismo. En algunos casos, incluso se inventan historias para reafirmar su identidad y proporcionarse una aureola “legendaria”. De hecho, como apunta el escritor James D. Fernández, de todos los géneros literarios, el autobiográfico es el más propicio para la automonumentalización, un término que expresa la construcción de una realidad, magnífica, pero inventada por uno mismo. Podría decirse que frente a la conocida sentencia de “calumnia, que algo queda” estaríamos hablando del “inventa, que algo queda”.
Algo parecido sucede en términos urbanos. Hay ciudades espléndidas, que suscitan admiración y reciben sobrenombres que quieren reflejar la quintaesencia de los rasgos que las caracterizan. En estos casos, ese espíritu legendario procede del exterior (de los admiradores) y la ciudad, puede presumir y darse importancia al constatar como el resto del mundo valora sus “encantos”. Pero otras urbes deben esforzarse más y, al igual sucede con las personas, deben saber sacar partido de sus virtudes y esconder sus defectos, para lo cual lanzan mensajes transmitiendo una determinada imagen positiva (moderna, sofisticada, próspera, amable, innovadora, etc.). Esto, por lo general, responde a estrategias de marketing (de persuasión) que persiguen objetivos variados: desde mejorar su competitividad respecto a las rivales (para atraer turismo, inversiones, etc.), hasta potenciar el orgullo o la autoestima de sus ciudadanos.
Pero en ocasiones, esos mensajes no coinciden con la realidad (o al menos no en el grado en el que se publicita). Estamos hablando de identidades simuladas. En estos casos, el impulso no procede del exterior, sino que son productos interesados “cocinados” internamente (aunque habitualmente se tergiverse la procedencia). Son disfraces calculados, que ocultan una existencia disconforme con lo transmitido y que, en nuestro acelerado mundo, pueden resultar creíbles por falta de comprobación (muchas personas tienen mitificados lugares que no han visitado nunca). Es más, si las fantasías narrativas o las imágenes manipuladas logran saltar al mundo de los tópicos urbanos, la falsa identidad se instala definitivamente en el inconsciente colectivo y la estrategia habrá triunfado.
Pero para que el simulacro funcione debe ser convincente. Si la persuasión funciona, el mensaje se habrá legitimado. Y, curiosamente, algunas identidades simuladas se convierten en horizontes a los que aspirar, consiguiendo unificar los intereses de la ciudadanía y fijar un rumbo compartido que, en ciertos lugares, han logrado acercar la realidad al sueño.
Vamos a acercarnos a un caso particular, la Bogotá histórica, en dos momentos en los que planteó una identidad simulada. El primero fue durante el periodo colonial, cuando una modesta ciudad interior fue encumbrada a la máxima jerarquía de un virreinato y se inventó una “realidad” paralela, de gran capital cortesana, que ocultaba la precariedad de su realidad física. El segundo ejemplo, se produjo a finales del siglo XIX, cuando la Bogotá republicana recibió el sobrenombre de “Atenas sudamericana”, en un ejercicio descarado de automonumentalización (ya que la ciudad distaba mucho de reunir los rasgos atribuibles a la capital de la Grecia clásica). En el mejor de los casos estaba expresando más un deseo que una realidad. En las dos situaciones, la ciudad utilizó la cultura como base de la simulación, y aunque inicialmente las imágenes (real y ficticia) estaban muy desenfocadas, acabarían aproximándose.

El Virreinato de Nueva Granada y su capital (Santafé de Bogotá).
En 1498, Cristóbal Colón, durante su tercer viaje transatlántico, descubrió la desembocadura del  rio Orinoco y, al comprobar la cantidad de agua dulce que el cauce aportaba, fue consciente de que aquella costa era continental y no insular. Esos territorios serían denominados, inicialmente, “Tierra Firme”.
Por su parte, Alonso de Ojeda, que había acompañado a Colón en el segundo viaje, logró el beneplácito de los Reyes Católicos para organizar un nuevo periplo y explorar la costa caribeña continental por su cuenta (así lo hizo en sus expediciones de 1499 y 1502, en las que acabaría descubriendo el lago Maracaibo). Sin conocimiento de Colón, a pesar de que este había sido nombrado Virrey de las Indias, monarcas españoles designaron a Ojeda gobernador de Coquibacoa, un territorio poco definido que correspondía a una parte del litoral continental caribeño (aproximadamente la actual costa colombiana).
Pero esta gobernación sería efímera, ya que fue suprimida en 1504 para reorganizar el territorio continental (hasta entonces únicamente costero). El rey Fernando el Católico convocó, en 1508, un concurso para la conquista del interior de Tierra Firme (los candidatos debían financiar el proceso de ocupación territorial en nombre de la corona española y recibirían como compensación una parte sustancial de los tesoros que descubrieran). Se recibieron dos candidaturas solventes, que sugirieron la conveniencia de distribuir el territorio en dos regiones, que serían denominadas “Castilla de Oro” y “Nueva Andalucía”, y asignadas a cada uno de los dos competidores.
La primera división de “Tierra Firme” entre Castilla de Oro y Nueva Andalucía. Debajo, la Real Audiencia (luego llamada Presidencia) de Santafé, previa a la constitución del virreinato de Nueva Granada.
Diego de Nicuesa recibió la adjudicación de Castilla de Oro (la Gobernación de Veragua), que ocupaba parte del istmo centroamericano, abarcando desde el río Atrato (que está situado en la actual Colombia, en la unión del istmo con el continente) hasta el cabo Gracias a Dios, (ubicado en el mar Caribe y que actualmente sirve de frontera entre Honduras y Nicaragua). Los múltiples avatares que acompañaron al desarrollo de Castilla de Oro y la Gobernación de Veragua son una historia que se aparta del rumbo de este artículo.
Nos centramos en la Nueva Andalucía, cuyo gobierno fue concedido a Alonso de Ojeda. Esta demarcación ocupaba desde el río Atrato hasta el Cabo de la Vela (en la península colombiana de la Guajira, que separa este país de Venezuela). Esta Nueva Andalucía suele crear confusiones con otros territorios homónimos y no debe confundirse con ellos. Por ejemplo con la Provincia de Nueva Andalucía (situada en la parte oriental de la actual Venezuela) que heredó el nombre cuando el territorio asignado a Ojeda pasó a ser conocido como Real Audiencia (y luego Presidencia) de Santafé (aunque su delimitación no fuera totalmente coincidente). Ni tampoco con la Gobernación de Nueva Andalucía, que se encontraba en la región del Rio de la Plata.
Los conquistadores, en cumplimiento de su misión, tenían el derecho de fundar asentamientos y de atraer colonos a los mismos (que se aprovecharían de los indígenas como fuerza de trabajo). Con estas facultades estaban en condiciones de controlar el territorio y extraer sus riquezas, dentro del más puro estilo de los imperios coloniales. Los primeros asentamientos en el territorio continental llegaron a partir de 1510, aunque no perdurarían. Ojeda no conseguiría grandes logros y, desencantado, renunciaría a su cargo de gobernador, falleciendo en 1515. Sus sucesores en el gobierno de la región irían consolidando el control de la costa, sobre todo a partir de la fundación de Santa Marta en 1525 (por Rodrigo de Bastidas entre el cabo de la Vela y la desembocadura del rio Magdalena) y Cartagena de Indias, en 1533 (fundada por Pedro de Heredia). Desde estas ciudades comenzaron la exploración y la conquista definitiva de las tierras interiores.
Uno de los principales conquistadores sería Gonzalo Jiménez de Quesada. En 1536, emprendió una expedición hacia el interior de los Andes, con la intención de llegar al Perú (que desde 1534 se consideraba totalmente conquistado por Francisco Pizarro) pretendiendo localizar “El Dorado” (la mítica ciudad de oro de los incas). Para ello, remontaría el rio Magdalena y, desde este, enlazó con el cauce del rio Bogotá (que es tributario suyo) para llegar a descubrir el altiplano conocido como la “Sabana de Bogotá”, donde derrotaría al pueblo muisca.
El territorio físico colombiano con el cauce de los rios Magdalena y Bogotá. Debajo detalle del encuentro de los dos ríos y del altiplano (sabana de Bogotá) donde su marca la extensión aproximada de la ciudad actual.
Allí fundaría en 1538 un asentamiento bautizado como Santafé de Bogotá, que sería oficializado en 1539 y recibiría el título de ciudad por concesión real en 1540.
En 1542, Carlos I de España dispuso la creación del Virreinato del Perú en sustitución de las antiguas gobernaciones de Nueva Castilla (que era el nombre de la gobernación creada en 1529 para que fuera conquistada y gestionada por Francisco Pizarro), Nueva León (otorgada ese mismo año a Simón de Alcazaba y Sotomayor) y los territorios situados al norte de estas (es decir, la antigua región de Nueva Andalucía (excepto Venezuela, que quedaría bajo la jurisdicción del Virreinato de Nueva España a través de la Real Audiencia de Santo Domingo). La sede de la Real Audiencia de Panamá fue trasladada a la Ciudad de los Reyes (actual Lima) que ejercería de capital del nuevo virreinato. Las Reales Audiencias, además de impartir justicia se encargaron de la administración y pacificación del territorio bajo su jurisdicción. Pero la dificultad para gestionar un territorio tan amplio y con comunicaciones lentas, llevó a la creación de audiencias complementarias. Una de ellas sería la Real Audiencia de Santafé creada en 1549. Este hecho otorgó una gran consideración y relevancia a la ciudad, que solamente tenía una década de existencia. La ciudad siguió aumentando su importancia cuando recibió el Arzobispado en 1564. Desde ese mismo año, la jurisdicción de la Audiencia de Santafé empezaría a ser conocida como Nueva Granada.
La gran extensión que había alcanzado el Virreinato del Perú complicaba mucho su gobernabilidad y para favorecer su administración, se realizaron dos importantes escisiones. Una por el norte, con la creación del Virreinato de Nueva Granada en 1718, que integraba las Reales Audiencias de Santafé, Panamá (que había vuelto a ser constituida), y Quito, así como parte de lo que, más adelante, sería la Capitanía General de Venezuela. Años después, el Virreinato del Perú sufriría otra partición por el sur, creándose el Virreinato del Rio de la Plata en 1776.
A la izquierda, extensión del Virreinato del Perú en uno de sus primeros momentos. A la derecha su división con la aparición de los virreinatos de Nueva Granada al norte y del Rio de la Plata al sur.
Santafé se erigiría como capital del nuevo virreinato. Sorprendentemente, el pequeño municipio, distante en el espacio pero también de la representatividad de otras capitales, se alzaba en la primera posición jerárquica de la región, cuestión que le exigiría un esfuerzo para estar a la altura de sus homólogas. Santafé, desde sus limitaciones generó un proceso de automonumentalización “virtual” que le permitiría codearse con las otras capitales. Además, cuando el virreinato desapareció en 1819, como consecuencia de la independencia de esos territorios de la corona española, la ciudad continuaría como primera ciudad tanto de la Gran Colombia posterior como, finalmente, del estado colombiano actual. Nos aproximaremos en primer lugar a la realidad física de la ciudad para, después, atender al simulacro.

De Santafé a Bogotá, la base física de la simulación.
Aunque se acepta como fecha de fundación de Bogotá el año 1538 (6 de Agosto), cuando Gonzalo Jiménez de Quesada estableció en el lugar un pequeño campamento, no sería hasta 1539, cuando se realizaría su “fundación jurídica”, trazando su plan urbanístico y dando comienzo a la construcción de una ciudad auténtica, siguiendo los criterios de la colonización española.
El entorno escogido para ello era muy favorable: la denominada “Sabana de Bogotá”, una planicie situada a unos 2.600 metros de altitud, con precipitaciones frecuentes y temperaturas frescas (lo que, en el fondo, contradice la definición típica del ecosistema “sabana”, caracterizado por elevadas temperaturas y escasas precipitaciones, otra simulación más).
El nuevo asentamiento se dispondría al final de las laderas occidentales de la cadena montañosa que discurre en dirección norte-sur y en la que destacan los cerros de Monserrate (3.152 metros de altura) y Guadalupe (3.250 metros). Esta ubicación quedaba un poco alejada del rio Bogotá, que actuaba como eje central del altiplano, pero se veía favorecida por la presencia de otros dos rios que garantizaban el abastecimiento de agua. Por el norte discurría el rio Vicachá (el “resplandor de la noche” en la lengua chibcha hablada por los indígenas muiscas), que era el más caudaloso de la zona. Este cauce pasaría a llamarse rio San Francisco, tras construirse en 1550, en su ribera norte, el convento e iglesia franciscana. Este rio fue soterrado en la década de 1930 dando soporte a la Avenida Jiménez, aunque entre 1999 y 2001 se recuperó un fragmento de su trazado original al construir el denominado “Eje Ambiental” (según el diseño de Rogelio Salmona y Luis Kopec). Por el sur, discurría un afluente del anterior, el rio Manzanares, que sería conocido como rio San Agustín, también por la instalación en sus orillas, en 1575, del convento e iglesia de los agustinos. Su tendencia al desborde y los índices de contaminación que llegó a tener obligarían a su canalización y soterramiento en la década de 1920 (sobre su cauce discurre la curvilínea calle Séptima).
El terreno situado entre estos dos rios, que ejercerían la labor de límite por el norte y por el sur, estaba ligeramente inclinado desde las laderas de los montes orientales y era idóneo para la urbanización (aunque, por su parte occidental, lo era solamente hasta poco antes de la confluencia entre los dos rios, donde se transformaba en pantanoso y abarrancado). Estos serían los linderos naturales del primer asentamiento de Santafé.
Esquema del planteamiento original de Santafé de Bogotá superpuesto en la ortofoto actual. Se remarca el cuadrado de 25 manzanas, su plaza mayor (hoy Plaza Bolívar) y el eje principal, la Calle Real (hoy Carrera Séptima)
El esquema urbano fue el característico de las ciudades de colonización española: un trazado ortogonal en damero que generaba manzanas cuadradas, separadas por calles de la misma anchura. El diagrama inicial era un cuadrado de veinticinco manzanas (5x5), aunque se prolongaría por el norte y el sur, generando algunas parcelas irregulares (trapezoidales) al encontrarse con los trazados fluviales (finalmente se marcarían unas treinta y cuatro manzanas). Dichas manzanas se señalaron con 380 pies de lado. Dado que el pie castellano equivalía a 27,86 centímetros, el lado de estas manzanas medía casi 106 metros. Su poco más de una hectárea de superficie interior se repartiría en cuartos y octavos entre los colonos. La manzana central del damero de 25 quedó libre. En ella se ubicaría la Plaza Mayor de Santafé (actual Plaza Bolívar), en la que se acotó el solar para ubicar la iglesia (en el lado sureste de la plaza).
Las calles proyectadas eran de 35 pies (aproximadamente 10 metros). Una particularidad de la ciudad sería que el entramado de vías se identificaría con dos nombres diferentes según la dirección que seguían: se llamarían Calles a las que discurrían entre el noroeste y el sureste, mientras que las que lo hacían entre el noreste y el suroeste se denominarían Carreras. La vía principal de la ciudad colonial era la Calle Real (actual Carrera Séptima) trazada sobre un antiguo camino indígena y que definía un eje rectilíneo conectando las plazas de San Agustín y San Francisco (en las orillas de ambos rios) con la Plaza Mayor. Hasta la consolidación de la plaza central gracias a la construcción de la iglesia principal (comenzada en 1553), el centro vital de la ciudad fue la plaza de San Francisco (aproximadamente el Parque Santander actual) circunstancia potenciada por ser la conexión con el camino de Tunja. Allí se ubicó el primer mercado, que además contaba con la iglesia del convento como primer lugar de culto. En 1551 se construiría el puente de madera sobre el rio San Francisco (sustituido por otro de piedra en 1602). También en 1602 se tendería el puente de San Agustín facilitando el funcionamiento continuo de ese eje principal de la ciudad.
Hipótesis de la extensión de la Santafé colonial hacia el año 1600. En su parte oriental se encontraban los reductos indígenas de Pueblo Viejo y Pueblo Nuevo.
Pero esta ciudad regular escondía algún secreto. En Santafé convivían los españoles con los indígenas muiscas y con otros procedentes de distintas regiones, así como con negros y mulatos. Todos estos habían llegado a la ciudad para trabajar al servicio de los conquistadores españoles, pero no residían en su mismo espacio. Esa fuerza de trabajo indígena se apiñaba en dos arrabales destinados para ellos, el Pueblo Viejo y el Pueblo Nuevo, que eran asentamientos irregulares de infraviviendas ubicados hacia las laderas orientales. Según las estimaciones de los cronistas, en 1620, en Santafé vivían alrededor de 3.000 vecinos españoles y criollos, mientras que en los pueblos Viejo y Nuevo se apiñaban unos 10.000 indígenas. Esta segregación social se mantendría hasta prácticamente el siglo XVII, cuando una cierta inmigración indígena, enriquecida por la producción y el comercio, se estableció en la ciudad central atraída por el mito de la ciudad virreinal.
Su creciente estatus convirtió a Santafé en destino para múltiples órdenes y fundaciones religiosas, que deseaban estar cerca del poder. A los mencionados conventos de franciscanos y agustinos se les irían sumando por ejemplo en 1550 el convento de Santo Domingo (Nuestra Señora del Rosario, que sería la base del futuro Colegio de Santo Tomás y posterior universidad) o en 1608, el colegio-seminario de San Bartolomé de la orden jesuita.
La ciudad no sobrepasaría sus “fronteras” fluviales hasta el siglo XVIII. En esa centuria se plantearían dos crecimientos, uno hacia el norte, y otro hacia el sur, siguiendo el eje que proporcionaba el camino de Tunja. El damero regular se vería deformado en ese sector septentrional, entre los conventos de San Francisco y San Diego. A finales del siglo XVIII, tal como refleja el plano trazado por el ingeniero italiano Domingo Esquiaqui en 1791, había unas 120 manzanas ocupadas y se preparan nuevas extensiones hacia el sur y hacia el noroeste.
Santafé de Bogotá en 1791, según el plano realizado por el ingeniero italiano Domingo Esquiaqui.
No obstante, la ciudad tuvo un crecimiento muy reducido hasta el siglo XX. La observación de los planos de los siglos XVII, XVIII y XIX, muestran la escasa evolución de la “mancha” urbana (con tendencia a la dirección norte y sur y con menor intensidad hacia occidente), cuestión que sorprende al tratarse de toda una capital de virreinato y posterior capital de república. Esta paradoja sería la que se resolvería con la invención de la Santafé virtual y de la posterior Bogotá “ateniense”, como veremos a continuación.
Bogotá, 1900.
El siglo XX será diferente. Durante esa centuria, la evolución de Bogotá será vertiginosa, con un proceso de urbanización acelerado y complejo, que tuvo que enfrentarse a graves problemas, algunos de los cuales todavía subsisten. Como muestra de su extraordinario desarrollo, solo hay que comparar el plano de la ciudad en 1900 (con sus aproximadamente 326 hectáreas de ocupación)  y su extensión a finales de la centuria (30.401 hectáreas); o advertir que la ciudad de 1900 contaba con unos 100.000 residentes y la población de 2013 (solamente la del Distrito Capital) asciende a la cifra de 8.363.782 habitantes.
Bogotá, 2009. El polígono amarillo indica el recinto fundacional de la ciudad.

Las re-creaciones de la Bogotá histórica: de la Santafé “virtual” a la “Atenas sudamericana”.
Primer acto: La Santafé “virtual”.
La primacía de la Bogotá histórica en Sudamérica es un caso insólito, ya que fue la única ciudad que logró una gran relevancia estando alejada de las costas. La realidad física de Santafé no explica su importancia. La ciudad, designada capital del Virreinato de Nueva Granada, no contaba con el tamaño ni con el esplendor arquitectónico y urbano de otras ciudades iberoamericanas y partía con un hándicap elevado. Era un municipio bastante aislado, de difícil acceso y pequeño para su categoría, como muestra el hecho de que el primer censo oficial, ya en 1793, presentara una población de solamente  17.725 habitantes (no obstante esa cifra la convertía en cabeza indiscutible de su entorno). Además, estaba enclavada en el interior andino, muy alejada de puertos o rutas comerciales que le proporcionaran prosperidad, y ni siquiera disponía en su entorno de recursos materiales suficientes como para convertirse en un gran centro de producción. De hecho, su arquitectura se mostraba pobre, más “de tierra” que “de piedra”.
Pero todo eso no impidió que ejerciera con distinción su alto papel jerárquico. Aunque para lograrlo tuvo que inventar una realidad paralela, un imaginario aparente que se integró con la realidad física para proyectar una imagen que le permitió codearse con otras grandes urbes como Lima o México, también capitales virreinales.
Cuando en 1718 Santafé, fue “ascendida” desde su posición de Real Audiencia a capital del nuevo Virreinato, era una ciudad provinciana, que carecía del boato propio de las ciudades principales y que no contaba con una nobleza que testimoniara su distinción. Pero paulatinamente iría construyendo su propio relato utilizando la cultura como base. La estrategia santafereña escogida para la simulación, será muy coherente con el periodo barroco en el que se produjo, porque convirtió la ciudad en el escenario de una teatralidad exquisita, dirigida desde el poder, que obviaba la precariedad del lugar: si el escenario no estaba a la altura, sí lo estaría la representación. Santafé se cubrió de un “manto” refinadísimo que se mostraba permanentemente en recepciones, fiestas, celebraciones y en toda una suntuosa parafernalia.
La ciudad no alcanzaba la prosperidad de otras urbes portuarias, por ejemplo, y dado que no disponía de recursos económicos suficientes para construir una nueva arquitectura representativa y monumental, Santafé construyó una “réplica” virtual (mucho más asequible, desde luego) y la superpuso a su realidad física. La modestia de sus construcciones arquitectónicas sería compensada con la potenciación de las funciones urbanas, enfatizando la significación del poder que creó nuevos códigos urbanos. Esta nueva ciudad imaginada, mágica, se levantaría por medio de discursos, de rituales, de acontecimientos, que serían sentidos por los habitantes de la ciudad (y de su entorno rural) como auténticos hechos urbanos. Esta ciudad híbrida, “construida” desde el poder, trascendería sus límites y teñiría la percepción de los extranjeros que la visitaban e instalaría en quienes no la conocían una idea muy distinta de su realidad cotidiana. A falta de otras posibilidades, la cultura se convirtió en el eje de la nueva capital virreinal enfatizando esa parte imaginada por encima de la decepcionante realidad (de una ciudad incómoda, con calles sin pavimentar, con cloacas a cielo abierto, construcciones de adobe, suciedad y falta de higiene, enfermedades y epidemias, etc.). La ciudad imaginada sería más importante que la ciudad física, tal como ha estudiado el profesor Fabio Roberto Zambrano Pantoja.
Grabado de 1869 mostrando el ambiente de Bogotá.
Pero el teatro requería actores. Desde luego, el virrey sería el protagonista, pero para representar la función de la vida cortesana, siguiendo el reflejo de las cortes europeas, era precisa toda una serie de secundarios. Ciertamente, Santafé necesitaba una aristocracia para las representaciones y dado que no existía (no había una nobleza santafereña) hubo que crearla con los altos funcionarios y los comerciantes enriquecidos que se involucraron encantados en esa élite que daría el contrapunto a los fastos virreinales. Así los hacendados poderosos adquirían una significación social impensable años atrás. Santafé comenzó a crear su propio mito. Era el lugar donde sucedían las cosas, donde se encontraba el rey (aunque fuera simbólicamente) con toda la “magia” y “glamour” asignables a la monarquía. El virrey actuaba con la solemnidad de un monarca y disfrutaba de todo su simbolismo.
Se instituyó una ciudad regia mágica, con toda una aparatosa ostentación que fascinaba a los habitantes de la ciudad y que les proporcionaba el orgullo de sentirse partícipes de la misma. Y desde luego se convirtió en el destino aspiracional de quienes deseaban prosperar. Santafé era la rampa de lanzamiento hacia la Madre Patria y se podía progresar en la estamental sociedad colonial. Los ricos hacendados de otros lugares, enviaban a sus hijos a formarse a Santafé (su papel como centro educativo se acentuó notablemente) y, ellos mismos, tomaban una segunda vivienda en la capital para sentirse integrados en la vida social de alto nivel.
Santafé potenció su proyección como destino privilegiado, ensalzando el estatus social urbano frente al rural. Solamente en la ciudad se podía mostrar la riqueza alcanzada y conseguir distinción y reconocimiento. Así la ciudad reafirmó su dominio sobre el entorno como centro de cultura y proyección social (a partir de su papel de ciudad educativa y sus conexiones con España, la metrópoli colonial). Las élites provinciales disponían de un lugar donde invertir sus excedentes y donde disfrutar de la sofisticación (más social que material).
Santafé se rodeó de pompa y circunstancia, elaboró un disfraz, que le permitió sobreponerse a su limitada realidad, pero también, en consecuencia afortunada, fue capaz de forjar una clase social atenta a la cultura. Esta élite sería responsable, sobre todo durante la segunda mitad del XVIII, de una efervescencia cultural que, esta vez sí, irradiaría una imagen adecuada. La cultura santafereña se comenzaría a notar en ejemplos diversos, como la fundación, en 1777, de la primera biblioteca pública del continente o la creación, en 1803, del primer observatorio astronómico americano, que además se convirtió en centro de reunión de la élite ilustrada. Esta “jet set” constituiría círculos literarios y clubs políticos, cuyas tertulias tendrían una gran influencia en el asentamiento del espíritu ilustrado que, a la postre, impulsaría la independencia.
Segundo acto: La “Atenas sudamericana”.
La independencia de 1819 fue traumática para la ciudad. Perdió su nombre (cambiado por el de Bogotá) pero, sobre todo, perdió las funciones de ostentación y representación del poder de aquel antiguo régimen. La escenificación del poder de la Corona española y de su representante, el virrey, así como la presencia de la “corte”, la élite social ampulosa que actuaban como pares sociales del representante de la monarquía, desapareció. Aunque la ciudad se mantuvo a la cabeza del nuevo territorio emancipado, la reducción del territorio jurisdiccional y sus recursos, supuso un gran golpe para la economía de Bogotá. Además, Colombia en general y su capital en particular, sufrieron (como toda Sudamérica) los avatares de un siglo XIX convulso, plagado de guerras y conflictos en la gestación de los estados independientes. La crisis subsiguiente sumió a la ciudad en un periodo de varias décadas de depresión.
Tres etapas políticas del territorio. Arriba el Virreinato de Nueva Granada (en amarillo la Real Audiencia de Santafé). En el medio, la Gran Colombia creada tras la independencia colonial. Debajo, delimitación del actual estado colombiano.
Entonces se prepararía una nueva identidad simulada para la ciudad: la “Atenas sudamericana”. En la segunda mitad del siglo XIX, el recurso de identificarse con otros lugares de la antigüedad legendaria fue algo habitual en unas cuantas ciudades, que intentaban atribuirse el prestigio mítico de aquellas antiguas urbes como estrategia de competitividad (como fueron los casos de Berlín, París, Edimburgo o Boston, respecto de Atenas).
La historia de la creación de la etiqueta de Bogotá como “Atenas Sudamericana” y sus implicaciones ha sido relatada por el filósofo y crítico literario Carlos Rincón (“Bogotá. Athens of South America”, en ReVista -Harvard rewiew of Latin America-, 2003). La calificación partió de un error cometido por la Revue de deux mondes, una guía turística del XIX en la que, según parece, el redactor, que desconocía la realidad sudamericana y de Bogotá, pudo confundirse entre esta ciudad y Boston, que sí recibía ese apelativo. El incorrecto comentario sería recogido interesadamente (“se non è vero, è ben trovato”) en la Historia de la literatura en la Nueva Granada  de 1867, donde se refería la “sed de instrucción del pueblo bogotano” identificándolo como “el pueblo ateniense de Suramérica” tal como fue definido por “un ilustre viajero”.
Rincón apunta como la Bogotá de la época era realmente la capital decepcionante de un país con muchos problemas. La expectativa de vida de los colombiano era entonces de 30 años, su población era rural en un 90% y el analfabetismo alcanzaba también el 90% (80% en la propia capital). Bogotá no resultaba una ciudad atractiva. Era, según este autor, una “aldea grande y premoderna”, sin capital económico y con las inversiones extranjeras pasando de largo a otros destinos, y que, en consecuencia, estaba fracasando en sus intentos de atraer emigración cualificada y prosperidad (los únicos emigrantes serían algunos cientos de sacerdotes y monjas europeos). Por eso, el régimen (católico-conservador) de finales del XIX utilizó aprovechadamente aquel sobrenombre inadecuado como una estrategia de marketing para intentar subvertir la negativa situación. Fue en 1895 cuando Monseñor Rafael María Carrasquilla, Rector del Colegio de Nuestra Señora del Rosario, declaró de manera grandilocuente, en la apertura del curso, que “nuestra capital fue apellidada por sus hermanas hispanoamericanas, Atenas de la América del Sur” (según cita Rincón). De esta etiqueta se haría eco Menéndez Pelayo en su Historia de la Poesía hispanoamericana y, paulatinamente, se convertiría en un lugar común (independientemente de su desajuste con la realidad). Bogotá estaba muy lejos de ser Buenos Aires, Montevideo, Lima, Rio o La Habana, (y desde luego se encontraba muy alejada de las consideraciones democráticas asignables a la capital de la Grecia clásica) pero logró construir una ficción enfatizando la cultura como forma de diferenciación social.

Resurgía así la estrategia de la simulación, esta vez aprovechando los rescoldos del fuego cultural que había animado el final de la centuria anterior. La “Atenas sudamericana” fue otra “virtualización” de la ciudad. No obstante, este ejercicio de “automonumentalización” tuvo sus frutos, y en cierto modo, Bogotá comenzó a dirigir su rumbo hacia la oficialización cultural que sugería la etiqueta.

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