5 jul. 2015

Un nuevo casco histórico para Madrid y Barcelona (en el siglo XIX)

Imágenes de las dos ciudades según Alfred Guesdon. A la izquierda, Madrid (1854). En primer plano la Puerta de Alcalá y la antigua Plaza de Toros contigua. A la derecha, Barcelona (1850). EN primer término la estación ferroviaria y el Pla del Palau, al fondo la línea arbolada de las Ramblas y tras ella las chimeneas de las fábricas del Raval.
Una buena parte de los actuales “cascos históricos” de Madrid y Barcelona fue producto de las transformaciones realizadas durante la primera mitad del siglo XIX, un periodo que resultaría trascendental para las dos ciudades, todavía encerradas por murallas.
Su inicio fue un tanto convulso debido a la Guerra de la Independencia, que estuvo asociada al fugaz reinado de José Bonaparte. Este monarca tuvo una cierta importancia en Madrid (no así en Barcelona), puesto que en la capital se anticiparon ideas y reformas que, aunque no se completarían por la brevedad de su gobierno, marcarían la tónica de intervenciones posteriores.
Las dos ciudades se enfrentaron a su necesaria y urgente modernización. Para conseguirla se abrieron nuevos espacios urbanos (muchos de ellos gracias a las desamortizaciones del patrimonio eclesiástico), se construyeron equipamientos públicos o nuevas tipologías residenciales y se mejoraron (y, en algún caso, se plantearon por primera vez) sus infraestructuras, tanto las de servicio (agua, iluminación, etc.) como las de transporte (en particular el ferrocarril que sería vital). En general, Madrid continuaría con la dinámica propia de una capital de estado, pero Barcelona comenzaría su reconversión hacia una ciudad industrial de primer orden.
Pero las numerosas modificaciones serían insuficientes ante la creciente presión demográfica y funcional, de manera que, a partir de la segunda mitad del siglo, Madrid y Barcelona se vieron obligadas a abordar sus Ensanches.

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La primera mitad del siglo XIX fue una época de importantes transformaciones.  Una nueva sociedad, con nuevos criterios, comportamientos y necesidades estaba emergiendo, y la ciudad heredada no satisfacía sus requerimientos. No obstante, se intentó adaptarla a los nuevos tiempos, aunque sería una tarea imposible. Se realizaron muchos esfuerzos de remodelación en aquellos recintos todavía encerrados por murallas, pero finalmente serían insuficientes  y las ciudades acabarían abocadas a su extensión, planteando modelos de crecimiento radicalmente diferentes a los existentes.
Las numerosas modificaciones de los “cascos antiguos” (vistos desde la perspectiva actual porque entonces eran la ciudad contemporánea) fueron tan importantes que, ahora, cuando nos referimos a los recintos históricos de las dos ciudades, debemos tener en cuenta que una parte considerable de esta trama de las ciudades fue producida por el siglo XIX, más que por las épocas anteriores. Durante esos años, tanto Madrid como Barcelona vieron como el trazado viario se modificaba con ampliaciones de las anchuras de vías o realineaciones de las mismas, como se abrieron nuevas calles, o como el caserío residencial iba sustituyéndose, en muchos casos, a través de la agregación de parcelas que modificaban la lotización de la ciudad antigua. También la aparición de nuevas tipologías arquitectónicas, nuevos equipamientos públicos o la modificación del carácter material de muchos espacios (con pavimentaciones e infraestructuras novedosas) contribuyeron a una transformación que pretendía dejar atrás lo “antiguo” para levantar ciudades “modernas”.

El paréntesis Bonaparte, sembrando las semillas de la ciudad moderna (en Madrid).
José I Bonaparte fue el rey impuesto por su hermano Napoleón tras la invasión francesa de España, que desembocó en la Guerra de la Independencia. Este hecho le granjeó la hostilidad popular y también el rechazo de muchos de los ilustrados españoles (excepto el de los “afrancesados” de la época). La figura de Bonaparte fue un breve paréntesis dentro de la dinastía borbónica, ya que reinó solamente cinco años y medio, entre 1808 y 1813. No obstante, intentó llevar a delante un programa de modernización que, en su mayor parte, no pudo concretarse, tanto por falta de tiempo como por las trabas de los órganos de poder autóctonos. Pero sus ideas urbanas, apoyadas por algunos de los arquitectos más vanguardistas de la época (que serían represaliados tras su caída) reúnen unos méritos notables. José I venía de gobernar el Reino de Nápoles y vio en la capital de España la oportunidad (y la necesidad) de aplicar las nuevas tendencias que había aprendido en Italia. Las reformas iniciadas en Madrid quedarían interrumpidas, pero fueron semillas que se desarrollarían en las décadas posteriores. El caso de Barcelona sería diferente, porque la toma de la ciudad por parte de Napoleón y la consiguiente dominación francesa, apenas dejaron huella en la ciudad desde el punto de vista urbanístico.

Madrid sería, por tanto, el campo de experimentación de las nuevas ideas urbanas. Los criterios fundamentales eran sanear la densa e insalubre ciudad, modernizarla y embellecerla. Las intervenciones derivadas se concentraron en tres estrategias principales, existiendo además un proyecto emblemático que no se llegó a realizar:
La primera consistió en el traslado de los mataderos y cementerios hacia el exterior de la ciudad. Esta cuestión ya había sido establecida por Carlos III, con una ordenanza mediante la cual se clausuraban los camposantos eclesiásticos por razones fundamentalmente higiénicas. Con Jose I, la decisión se aceleró en Madrid, pero en el caso de Barcelona tardó en ser efectiva. La construcción del cementerio de Poble Nou (1819 de Antonio Ginesi, con reforma y ampliación en 1849 de Juan Nolla Cortés) permitió, por fin, cumplir la ley. El traslado al nuevo cementerio de los antiguos existentes liberó espacios que permitieron significativas reformas urbanas (plaza San Jaume, plaza del Pi, el Fossar de les Moreres, etc.)
La segunda estrategia perseguía el “esponjamiento” urbano. Esta filosofía de apertura de espacios libres que “oxigenaran” la ciudad, fue posible gracias al requisado de propiedades de quienes abandonaron la Corte marchando a Cádiz o de algunas propiedades eclesiásticas, en lo que se ha considerado una primera desamortización. La liberación de superficie también colaboró con la mejora higiénica. El derribo de iglesias y conventos proporcionó espacio para dar origen a algunos de los lugares más significativos del Madrid Antiguo: como la Plaza de Santa Ana (surgida del derribo del Convento de Santa Ana), la Plaza de los Mostenses (tras el derribo del Convento de los Mostenses), la Plaza de San Miguel (en el solar de la Iglesia de San Miguel), la Plaza de San Martín (en el solar de la Iglesia de San Martín), la Plaza de Ramales (en el lugar de la Iglesia de San Juan), el ensanche de la Plaza de San Ildefonso (gracias al derribo de la Iglesia de San Ildefonso), el ensanche de la Plaza del Carmen (tras la desaparición del cementerio de San Luis), o la futura Plaza de Oriente (que vio comenzar el derribo de muchas edificaciones para habilitarla).
En algunos casos, estas intervenciones llevaron asociada la construcción de edificios públicos, algunos de carácter cultural (Teatro del Príncipe en la Plaza de Santa Ana) y otros como dotaciones de servicio (por ejemplo, el Mercado de San Miguel).
La tercera estrategia supuso la apertura de nuevas vías y ensanchamiento de algunas de las existentes. Frente al objetivo higienista de las operaciones anteriores, esta pretendía, sobre todo, embellecer Madrid y dignificar la capital del Estado, además de adecuar la ciudad a las nuevas exigencias de tráfico. Se procedió a una serie de expropiaciones parciales para ampliar la anchura o rectificar vías existentes y abrir nuevas calles. Estas reformas, estaban en la línea de las intervenciones parisinas del periodo napoleónico que fueron un precedente de las grandes reformas para la capital francesa dirigidas por el barón Haussmann. Algunas de estas actuaciones fueron: el ensanche de las calles del Prado y la plaza de las Cortes (gracias al derribo del Convento de Santa Catalina), el ensanche de las calles de Toledo, San Millán y de las Maldonadas (tras el derribo en 1809 del Convento de la Pasión), o la regularización de las calles adyacentes a la Iglesia de Santiago.
Propuesta irrealizada de Silvestre Pérez para la zona occidental de Madrid entre el Palacio Real y San Francisco el Grande.
Por último, y con un carácter que mezclaba lo urbano y lo político, surgió la propuesta para Madrid de un proyecto emblemático, que no llegaría a realizarse pero que influiría en el desarrollo de  la zona con el paso de los años. José Bonaparte, deseoso de acabar con la imagen y la etapa borbónica (que había desplazado el centro de la ciudad en dirección a los Prados) plantearía una alternativa global a la dinámica de la ciudad, y propuso el establecimiento de un nuevo espacio de centralidad en la zona oeste, en las inmediaciones del Palacio Real. Este proyecto, planteaba un complejo programa de piezas interrelacionadas con diferentes funciones entre el Palacio y la iglesia de San Francisco (el proyecto de 1810 estuvo realizado por Silvestre Pérez) y sus rasgos principales fueron: una gran Plaza de Armas como resolución encuentro calle Mayor-Plaza de la Armería, un Acueducto sobre la Cuesta de la Vega, un gran espacio circoagonal entre el Palacio Real y San Francisco el Grande, la reconversión de la iglesia de San Francisco en edificio para las Cortes de España, y el planteamiento de una gran plaza en la zona oriental del Palacio presidida por un nuevo Teatro Real (de ahí viene la confusión que genera la “Plaza de Oriente” que se encuentra en el occidente madrileño). Estas ideas se retomaron en la construcción del Teatro Real (1840-50), la reforma de la Plaza de Oriente (1844), construcción del Viaducto (1874, reconstruido en 1932) y la calle Bailén.

La reestructuración interior de las ciudades: Apertura de calles y plazas y nuevas alineaciones viarias.
La evidencia de la imperiosa necesidad de reforma urbana (tanto en el caso de Madrid, como en el de Barcelona) hizo que, tras la restauración de la dinastía borbónica, las iniciativas de Jose I continuaran siendo válidas. El viario de las dos ciudades seguía siendo inadecuado en su mayoría (estrecho, tortuoso y congestionado) y se constataba un grave déficit de espacios urbanos, equipamientos e infraestructuras. Para paliarlos, se pusieron en marcha dos medidas complementarias: la expropiación parcial de manzanas particulares y una amplía desamortización, sobre todo de bienes eclesiásticos que serían derribados. Con ello se lograría acometer la rectificación (es decir, proporcionar una directriz recta) de muchas calles y se lograron grandes superficies disponibles que permitieron continuar con la creación de nuevas plazas y edificaciones (tanto institucionales como residenciales).
Esquema del centro histórico de Madrid con expresión de las reformas principales realizadas durante el siglo XIX.

Las reformas estructurales en Madrid.
Madrid, tras la Guerra de la Independencia, puso fin a dos siglos de crecimiento lento provocándose una explosión demográfica. De los 156.672 habitantes de 1797, se pasó a los 281.170 de 1857  (aumento del 80% en 60 años) y a los 397.816 en 1877  (con un incremento del 40% en 20 años). La presencia del cuarto recinto, la muralla de Felipe IV, impedía la expansión y produjo en la capital un proceso de densificación extraordinaria (se aumentó la altura de los edificios de viviendas, que pasaron de tener una o dos plantas a contar con cuatro o cinco alturas).
La situación se hizo insostenible, obligando a plantear transformaciones de gran importancia en la estructura de la ciudad. Esto fue posible, en gran medida, por el amplio programa de desamortizaciones realizadas, sobre todo en el patrimonio eclesiástico. Las desamortizaciones son un conjunto de medidas legales adoptadas por algunos gobiernos de Isabel II (hubo dos principales, una en 1836, la conocida “desamortización de Mendizábal”, y otra en 1855), cuyos objetivos eran controlar y vender tierras y edificios que estaban en manos de instituciones religiosas o políticas y que no podían ser vendidas (por estar “amortizadas”).
De los sesenta y cinco conventos existentes en Madrid (treinta y cuatro de religiosos, y treinta y uno de religiosas), treinta y ocho se demolieron o vendieron, siete se cedieron a la aristocracia y veinte fueron respetados. La gran superficie de suelo liberada permitió acometer obras de envergadura, tales como nuevos espacios públicos, renovación y aumento de la edificación residencial o la construcción de monumentales edificios públicos. La burguesía saldría muy beneficiada desde el punto de vista patrimonial de estas remodelaciones.
Entre los nuevos espacios surgidos en esa época destacan, la plaza de Tirso de Molina (entonces llamada plaza del Progreso), consecuencia del derribo del Convento de la Merced o la plaza Vázquez de Mella. También se ampliaron plazas existentes, como la plaza de Pontejos, la plaza de Santo Domingo o la reforma de la Puertadel Sol, iniciada en 1854 y finalizada en 1862.
Superposición de las tramas en la Puerta del Sol de Madrid. En azul el trazado antiguo y en negro la configuración final tras la reforma.
Se realizaron numerosas actuaciones sobre el viario general, con nuevas calles como el Pasaje de Matheu, Orellana o Doctor Cortezo; prolongaciones de existentes, como de la calle Bailén, de la calle Preciados hacia la Plaza de España (germen del planteamiento definitivo de la Gran Vía que se realizaría a principios del siglo XX), de la calle Lope de Vega hasta el Paseo del Prado (a través de los terrenos del Duque de Medinaceli) o de la calle Cervantes hasta el Prado (operación que se pudo concluirse tras el derribo del Palacio de Medinaceli, a principios del siglo XX); o ensanchamientos como el de la calle Sevilla (y plaza de Canalejas), del Arenal, Atocha, Alcalá, Argensola, Campoamor, etc. También se reformaron sectores como la zona de Barquillo con las prolongaciones de las calles Gravina y Arco de Santa María (actual Augusto Figueroa). Estas nuevas alineaciones viarias se fueron realizando a la vez que se concedían licencias de construcción en las calles sometidas a esa “innovadora” normativa (poniendo en marcha un incipiente sector inmobiliario)
Las desamortizaciones también propiciaron la aparición de nuevos edificios institucionales (algunos a partir de cambios de uso y otros de nueva construcción). Son ejemplos de ese periodo el Congreso de los Diputados (sobre el derribo del Convento del Espíritu Santo), el edificio del Senado (sobre el solar del Convento de agustinos de doña María de Aragón) o la Universidad Central (sobre el solar del Noviciado de los Jesuitas)
Uno de los grandes impulsores de estas reformas fue Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), gran conocedor de la ciudad (publicó varios libros sobre Madrid) y que llegó a ocupar el cargo equivalente al actual concejal de urbanismo.
Esquema del centro histórico de Barcelona con expresión de las reformas principales realizadas durante el siglo XIX.

Las reformas estructurales en Barcelona.
La actuación  más impactante de los primeros años del siglo XIX, fue la desaparición paulatina del muro divisorio entre el Raval  y la Ciutat Vella, cuyas piedras fueron utilizadas para abovedar el lecho del antiguo arroyo que discurría por allí. Este fue el origen de las Ramblas, cuyos diversos tramos, de diferente anchura y distinta edificación, se unificaron mediante un paseo central arbolado y continuo, que se convertiría en la avenida principal de la ciudad. Desde finales del siglo XVIII, pero sobre todo en el XIX, las Ramblas irían tomando su forma definitiva con la edificación de palacios singulares como el Palau Moja, el Palau March de Reus, el Palau de la Virreina o el teatro de la Opera del Liceu.
La primera intervención importante en la estructura de la ciudad comenzó en 1824 con el objetivo de conectar las Ramblas con la Ciudadela para facilitar el tráfico interior. Entonces se abrió la calle de Fernando VII (actual carrer Ferrán), una vía transversal de unos 10 m. de ancho, que discurría en línea recta entre la Rambla del Centro y la plaza de San Jaume.
Esquema de la reforma para la ampliación de la Plaza San Jaume de Barcelona.
Esta plaza, “centro” oficial de la ciudad desde sus inicios (allí se cruzaban el cardus y el decumanus y se ubicó el foro de la Barcino romana), sería ampliada con el derribo de la pequeña iglesia de San Jaime y su cementerio contiguo (1823) y reconfigurada definitivamente en 1841, adquiriendo la Casa de la Ciutat (Ayuntamiento) una nueva imagen en 1845 con su fachada neoclásica (proyectada por Josep Mas i Vila). La fachada del Palau de la Generalitat es renacentista, diseñada en 1596 por Pere Blai. El carrer Ferrán se prolongaría años mas tarde (calle de Jaume I en 1849 y de la Princesa en 1853), consiguiendo con algo más de anchura cruzar todo el barrio con una directriz recta.
Plaza Real de Barcelona
También sería una obra emblemática para Barcelona la construcción de la Plaza Real (Plaza Reial). Este nuevo espacio ciudadano se levantó en el solar del antiguo convento de los Capuchinos ubicado junto a la Rambla que había resultado incendiado. De planta regular y rectangular, siguiendo el modelo de la “plaza mayor” española, está configurada por una edificación unitaria, con soportales en planta baja, pero sin la presencia de un edificio público dominante. Fue concebida por Francesc Daniel Molina y construida entre 1850-59. Igualmente junto a la Rambla, en 1840, se había construido el Mercado de San José (Mercado de la Boquería) con proyecto de Josep Mas i Vila sobre el solar del desamortizado Convento de San José.
Otras actuaciones significativas fueron, por ejemplo, la calle Conde de Asalto (actual carrer Nou de la Rambla), cuyo trazado cortó transversalmente el Raval atravesando el barrio en línea recta, o la urbanización en 1827 del camino al pueblo vecino de Gracia, embrión del Paseo de Gracia, que se convertiría en un recorrido muy frecuentado por la sociedad barcelonesa.

Últimos desarrollos intramuros.
Madrid y las urbanizaciones periféricas.
La última etapa de las reformas urbanas del Madrid intramuros supuso la urbanización (o reurbanización) de varias zonas periféricas del casco.
Los ejemplos más representativos son los barrios de Argüelles y del Retiro, ambos proyectados y levantados sobre propiedades de la Casa Real (la montaña del Príncipe Pío en el primer caso y el Buen Retiro en el segundo). En Argüelles, la primera parcelación fue aprobada en 1855 y supuso la creación del barrio que se inscribe entre las calles Princesa, Quintana, Ferraz y Ventura Rodríguez (que se iría prolongando hacia el norte en años posteriores). Por su parte, el barrio del Retiro se desarrolló después, debido al auge que obtendría esa zona como consecuencia del inicio de la construcción del Ensanche contiguo (el Barrio de Salamanca) y la apertura al público del Parque del Retiro.
El Ensanche del Retiro madrileño sobre las huellas del antiguo palacio.
Otras operaciones de urbanización periférica, o mejor dicho de “reurbanización”, fueron producto de los ajustes de trazado sobre la muralla de Felipe IV, y que, en algunos casos, se verían continuadas tras la desaparición de la cerca. Entre estas destacan las efectuadas en los “barrios altos” (llamados así por su ubicación topográfica). Por ejemplo, la reforma de Monteleón (con la parcelación de los terrenos del cuartel del mismo nombre), la reforma de Hospicio, la reforma de Santa Bárbara o la reforma de Las Salesas.

Barcelona  completa su recinto.
En Barcelona, la inadecuación de la ciudad a las exigencias de la intensa actividad urbana resultó especialmente flagrante. Su condición de “plaza fuerte” militar con la imponente presencia de las fortificaciones (muralla y ciudadela), así como la reserva de todo su entorno exterior para zona de seguridad, impedían cualquier planteamiento ambicioso. Por eso, la ciudad se vio obligada a crecer sobre sí misma, circunstancia especialmente grave tras el despegue de Barcelona como ciudad industrial, hecho que se produjo a partir de 1830.
Las nuevas instalaciones buscarían su sitio en el único sector de la ciudad donde todavía quedaba espacio disponible: el Raval. Este barrio, que desde finales del siglo estaba concentrando las industrias manufactureras, se transformaría, con la llegada de la máquina de vapor, en el principal sector fabril y proletario de la época (allí se instaló en 1832 la fábrica Bonaplata, reconocida como la primera industria textil movida por la fuerza del vapor en España). La conclusión del Raval sería el “proyecto” interior de Barcelona, que completaba así su recinto (con una densificación extraordinaria). Pero su configuración no respondería a una programación ordenada y acabaría legando problemas estructurales para el futuro.
Otra actuación urbana de gran importancia fue la finalización de la urbanización de la Plaza del Palacio (Pla del Palau) entre 1825-1836, obra de Francisco Daniel Molina. El Pla del Palau ya había dado sus primeros pasos para convertirse en el nuevo centro neurálgico de la ciudad a finales del siglo XVIII (ver El“embellecimiento” de Madrid y Barcelona durante la Ilustración), pero sería en esas primeras décadas de la nueva centuria cuando la plaza sería rematada espectacularmente con construcciones como los “Pórticos de Xifré”. La Casa Xifré fue proyectada por los arquitectos Francesc Vila y Josep Boixareu y se terminó en 1840. Años más tarde, el Pla del Palau vería potenciada su centralidad al albergar la primera estación ferroviaria española (1848), que daba servicio a la línea Barcelona-Mataró.
Plano de Madrid en 1848 (Francisco Coello)

Nuevas infraestructuras urbanas.
Durante el siglo XVIII hubo varios intentos de creación de una red de infraestructuras de servicios (desde agua y alcantarillado hasta pavimentaciones) en las dos ciudades. Pero aunque estas tentativas tuvieron algún logro puntual (sobre todo en las zonas privilegiadas), no lograrían implantarse totalmente debido a la falta de la tecnología adecuada y a problemas económicos. En cambio, a lo largo del siglo XIX se consolidarían, por fin, las infraestructuras que las ciudades necesitaban.
En el caso de Madrid las principales fechas son las siguientes:
  • 1832             Alumbrado público de gas en las calles
  • 1834-6         Pavimentación de calles, creación Servicio Municipal de Limpieza
  • 1848             Alumbrado de gas para las casas
  • 1851             Inauguración primera línea ferroviaria (Madrid-Aranjuez)
  • 1858             Traída de aguas (Canal del Lozoya, Isabel II)
  • 1871             Primer Tranvía

Por su parte, en Barcelona:
  • 1842             Alumbrado de gas (público y doméstico)
  • 1848             Inauguración primera línea ferroviaria (Barcelona-Mataró)
  • 1879             Abastecimiento de agua (superando la acequia condal, el Rec Comtal)
  • 1872             Primer tranvía

Es particularmente trascendental para la estructura de las ciudades la llegada del ferrocarril. Los trazados de las líneas y la ubicación de sus estaciones condicionarían la evolución de sus entornos (en algunos casos para bien y en otros para mal). En 1848 se inauguró la primera línea ferroviaria peninsular entre Barcelona y Mataró. El trazado tuvo que salvar la todavía existente Ciudadela, realizando una amplia curva hasta llegar al edificio de la primera estación que se construiría en la zona del Pla del Palau. Madrid tendría que esperar hasta 1851, cuando se abrió el recorrido entre la capital y Aranjuez, con el Embarcadero de Atocha como su primera estación ferroviaria.
Otro tema de especial relevancia sería la aparición del transporte público, infraestructura que cambiaría los hábitos de los ciudadanos y modificaría muchas de las dinámicas urbanas. Madrid inaugura en 1871 la primera línea de tranvía (arrastrada por mulas), que unía el barrio de Salamanca (calle de Serrano) con el barrio de Pozas (calle de la Princesa). Barcelona lo haría en 1872, desde el Pla de la Boqueria hasta la plaza de la iglesia de los Josepets (actual Plaça Lesseps). En 1898 en Barcelona y en 1900 en Madrid, los tranvías abandonaron la tracción animal por la tracción eléctrica. La transformación fundamental de la movilidad urbana se realizará durante el siglo XX, no tanto por la evolución del transporte público, que será importante (por ejemplo, con la aparición del autobús o del Metro) sino, sobre todo, por la paulatina dominación del vehículo privado.

Plano de Barcelona en 1849 (Manuel Saurí y Josep Matas)

El derribo de las murallas y el Ensanche de las ciudades.
A mediados del siglo XIX, y a pesar de las numerosas reformas acometidas durante las décadas anteriores, los cascos urbanos seguían siendo incapaces de dar respuesta a los requerimientos de la emergente sociedad industrial. Además, tanto Madrid como Barcelona se encontraban constreñidas dentro de unas murallas obsoletas que impedían la extensión ordenada de las dos ciudades. Este hecho estaba forzando crecimientos descontrolados en el entorno. Madrid veía surgir arrabales espontáneos junto a las murallas mientras que Barcelona asistía al crecimiento de los municipios situados más allá de la franja de protección militar. Y dentro del recinto, la densidad seguía aumentando, deteriorando la calidad de vida de los ciudadanos. Las necesidades funcionales, las aspiraciones de representatividad o las teorías higienistas (y también las revueltas urbanas contra las pésimas condiciones de vida) forzarían la ineludible reconsideración de las murallas y de los planes de futuro urbano.
Así pues, Madrid y Barcelona se enfrentaron a la vez al mismo problema y ambas darían la misma respuesta, planteando el derribo de las murallas y el Ensanche de las dos ciudades. Barcelona tuvo a Ildefonso Cerdá como artífice de su Eixample (1859). En Madrid, fue Carlos María de Castro quien realizó el proyecto de Ensanche (1860). En Barcelona, las murallas comenzarían a ser derribadas en 1860 y en Madrid serían demolidas a partir de 1868.


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