26 sept. 2015

Fra Mauro, el monje que dibujó el mundo sin salir de su celda.

El Mapamundi de Fra Mauro.
Desde la antigüedad y hasta la época moderna, los mapas eran preciados tesoros que mostraban caminos y rutas comerciales, puntos militares estratégicos, repartían regiones delimitando fronteras, o identificaban lugares y posesiones. Eran documentos de difícil y laboriosa confección que otorgaban un gran poder a sus propietarios. De un buen mapa dependía el éxito de un viaje o el triunfo en una batalla, y esto les asignaba responsabilidades sobre la vida o la muerte de personas, o sobre el logro de fortunas o de ruinas.
Actualmente, el dibujo de mapas dispone de técnicas muy depuradas gracias a herramientas sofisticadas que se apoyan en instrumentos de gran precisión, como los satélites. Pero hubo un tiempo en el que la cartografía era una disciplina que solamente lograba aproximaciones más o menos ajustadas a la realidad. Los navegantes, viajeros, agrimensores o cartógrafos, fueron midiendo y dibujando los mundos que recorrían en un esfuerzo colectivo y acumulativo que acabaría por acotar fidedignamente la forma de ciudades, regiones o continentes.
Al final de la Edad Media, con el comienzo la época de las grandes exploraciones, se dibujó un mapa muy especial. Un monje veneciano, Fra Mauro, (quien según cuenta la leyenda, algo exagerada, no tuvo que salir de su celda), fue componiendo un gran mapa del mundo a partir de los comentarios y aportaciones de numerosos viajeros que le narraban como eran las tierras que habían visitado. Fra Mauro fue un pionero medieval de los mapas colaborativos tan frecuentes en la actualidad.

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El dibujo del mundo, ¿afán de conocimiento y/o de interés?
Dibujar el territorio ha sido, desde siempre, una forma de “posesión”. Conocer la “forma” del mundo y grafiarla ha sido, y sigue siendo, un objetivo principal en la actividad del ser humano.
Por eso la cartografía fue, desde muy antiguo, una tarea fundamental para pueblos y estados que delimitaban sus territorios, estructuraban propiedades, fijaban la ubicación de sus recursos, indicaban recorridos posibles o preparaban batallas contra el enemigo.
Los mapas, no obstante, eran un “arma” de doble filo. Por una parte eran utilizados para el avance científico, comercial y económico, pero también estaban motivados por la estrategia militar. De un buen mapa dependía el éxito de un viaje o el triunfo en una batalla, y esto les asignaba responsabilidades sobre la vida o la muerte de personas, o sobre el logro de fortunas o de ruinas.
Por eso, los mapas eras tesoros codiciados que otorgaban un gran poder a sus propietarios, quienes los custodiaban como un bien sujeto a la máxima confidencialidad, evitando que la sensible y provechosa información que contenían cayera en manos rivales. De hecho, su difusión popular no se produjo hasta tiempos recientes.
Su confección era muy laboriosa y costosa, ya que exigía una ingente cantidad de recursos, personales y técnicos, para vencer las dificultades inherentes a la escala de los trabajos y los obstáculos que ofrecía la realidad (océanos, montañas, etc.). Conforme las tecnologías fueron avanzando, su realización, que además es acumulativa porque los avances de un momento dado nutren las elaboraciones posteriores, se fue haciendo más sencilla. Actualmente, el dibujo de mapas dispone de técnicas muy depuradas gracias a herramientas sofisticadas que se apoyan en instrumentos de gran precisión, como los satélites.
Hasta alcanzar esta exactitud, la cartografía era una disciplina que solamente lograba aproximaciones más o menos ajustadas a la realidad. En su evolución hay momentos de gran intensidad, como la época de los grandes descubrimientos que fueron completando el dibujo de nuestro mundo. Entre la larga serie de planos realizados desde el confín de los tiempos, hay unos pocos que destacan porque se convirtieron en  fundamentos sobre los que basar las elaboraciones posteriores.
Uno de esos planos de referencia lo dibujó un humilde monje veneciano que recopiló una gran cantidad de información procedente de trabajos cartográficos previos, pero que, sobre todo, recabó numerosos testimonios de primera mano de comerciantes y exploradores, de peregrinos y navegantes, de viajeros en definitiva que le describirían sus impresiones sobre lo que habían visitado. El monje se llamaba Fra Mauro y desde su convento veneciano sintetizó el conocimiento del mundo a mediados del siglo XV. Su peculiar forma de trabajo, con la aportación de múltiples contribuciones, permitió al fraile no salir de su ciudad y elevó a la categoría de mito la confección de ese plano. La leyenda (exagerada como casi todas) fija al monje en su celda, de la que no tendría necesidad de ausentarse. Aunque esta legendaria  consideración, que favoreció el carácter mítico del mapamundi de Fra Mauro, no debe impedir apreciar el concienzudo trabajo de un cartógrafo experto, que fusionó bases procedentes de otros mapas, anteriores y contemporáneos, que iría matizando con la información procedente de muchas fuentes (las orales entre ellas).

Fra Mauro y su Mapamundi.
Fra Mauro es un personaje con una biografía bastante desconocida. Debió nacer alrededor del año 1400 y parece que falleció en 1460. En su juventud viajó y conoció mundo como comerciante y soldado, especializándose en la confección de mapas. En un momento impreciso decidió profesar su fe como monje laico en el monasterio de San Michelle de Murano, una de las islas de la laguna veneciana. Allí sería el encargado de gestionar el patrimonio del convento y destacaría por la realización de planos y mapas alcanzando reconocimiento como cartógrafo. Como consecuencia de ello, recibió el encargo del rey Alfonso V de Portugal para dibujar un gran mapa del mundo conocido hasta aquel momento. Se especula que el motivo del encargo podría haber sido el registro de los territorios que los marinos portugueses habían ido descubriendo, con Enrique el Navegante (tío del rey luso) como gran impulsor.
Fra Mauro comenzó entonces una ardua labor de recopilación de información, en parte gráfica, ya que se apoyó en otros planos que logró obtener, y en parte verbal, ya que pudo consultar a numerosos viajeros que le iban transmitiendo la “forma” de los territorios que iban recorriendo. Hay que tener en cuenta que Venecia era a mediados del siglo XV una gran potencia naval y un punto central del comercio internacional donde recababan viajeros, marinos, peregrinos, exploradores, comerciantes o soldados. No obstante la labor de Fra Mauro no fue tan solitaria como la leyenda indica ya que contó con colaboradores, algunos tan reputados como Andrea Bianco, un marino y cartógrafo que había publicado un atlas en 1436 donde incluía su propio mapamundi. Bianco asistió al fraile y continuaría la realización de la segunda copia encargada por la Signoria veneciana, que quedó interrumpida por el fallecimiento del monje, posibilitando así la pervivencia del mapa (la primera copia enviada a Portugal se perdió).
El Mapamundi de Andrea Bianco.
Fra Mauro tenía una importante cultura cartográfica y reunió información contenida en los principales mapamundi disponibles en aquella época. Fra Mauro trabajó sobre muchas bases cartográficas anteriores para componer la suya propia, que iría modelando y matizando a partir de las informaciones obtenidas de muchas fuentes, especialmente de los relatos de los viajeros (incluso escudriñando antiguos libros de viajes, como el de Marco Polo). Entre las principales referencias que le permitieron componer su plano base, destacan el mapamundi de Ptolomeo, confeccionado hacia 1300 a partir de la ingente información suministrada por el geógrafo griego del siglo II Claudio Ptolomeo, en su obra Geographia, que había sido redescubierta esos años; también el mapamundi de Virga (realizado entre 1411 y 1415 por el cartógrafo veneciano Albertino de Virga); o el mapamundi de Kangnido (de 1402, confeccionado en Corea a partir de antiguos mapas chinos y que ofrecía un gran detalle del Imperio chino, así como de la propia Corea y de Japón).
El Mapamundi de Ptolomeo.
Fra Mauro dispuso de información privilegiadas, como las crónicas de Alvise Cadamosto, navegante, explorador y comerciante de esclavos veneciano que fue contratado por Enrique el Navegante para la realización de dos viajes al África occidental en 1455 y 1456 (lo cual permitió al monje delinear con bastante precisión ese continente).  También contó con las descripciones de otro veneciano, Niccolò Da Conti, que recorrió la India y el sudeste asiático; así como de los resultados de las expediciones chinas al mando de Zheng He, quien recorrió el Océano Indico desde su país hasta el este africano.
El Mapamundi de Virga.
Fra Mauro amplió el conocimiento geográfico del mundo con todas esas contribuciones y ofreció una visión nueva del mundo. Por ejemplo, con la extensión hacia el este debido a la aparición de Japón, cuestión importante ya que “descentraría” a Jerusalén, que hasta entonces había ocupado la posición central en muchos de los mapas anteriores; o con la confirmación de que los continentes se encontraban rodeados de agua (dando además una forma esférica al planeta, aunque el fraile desconocía sus dimensiones, como reconoce en una de las inscripciones del mapa).
El Mapamundi de Kangnido.
En 1459 el monje culminó la grandiosa tarea cartográfica tras una década de trabajo: había creado un mapa que mostraba el conocimiento que se tenía hasta entonces del mundo.

Comparación entre los mapas de Fra Mauro (izquierda) y Kangnido (derecha)
El Mapamundi de Fra Mauro.
El resultado fue un gran planisferio de dos metros de diámetro dibujado sobre pergamino. Lo primero que llama la atención (para nuestra mirada actual) es su sorpresiva  orientación, ya que sitúa el sur en la parte superior, siguiendo la tradición de la cartografía árabe de la época y en contra de la costumbre occidental de ubicar el norte en esa posición.
El Mapamundi de Fra Mauro invertido, con el norte en su parte superior. Una visión más cercana a la mirada actual.
El mapa demuestra un exhaustivo conocimiento de la geografía del mundo conocido, con importantes avances de alcance y exactitud sobre los mapas realizados hasta esa fecha. Destacan, por ejemplo, la precisión con la que aparece el continente africano, la referida primera aparición del archipiélago japonés en la planimetría occidental o la consideración definitiva del Océano Índico como un mar abierto, contradiciendo muchas de las propuestas anteriores que lo consideraban un mar interior.
Detalle del mapa de Fra Mauro: El Océano Índico como mar abierto. Se aprecian los numerosos rótulos que complementan la información gráfica.
Pero el mapa no se limita únicamente a delinear la forma de los territorios y a fijar su toponimia, sino que Fra Mauro quiso transmitir parte de los relatos que recibía inscribiendo en el mapa muchos comentarios sobre usos y costumbres sociales o particularidades geográficas que iba ubicando convenientemente sobre los lugares aludidos. Esta particularidad y su gran tamaño, refuerza la idea de que la motivación de su encargo era la realización de una gran obra contemplativa, un plano para admirar los conocimientos geográficos y conocer las particularidades de cada lugar.
Detalle del mapa de Fra Mauro. La Península ibérica con el sur en la parte superior del dibujo.
La vida del mapa fue azarosa. Como se ha comentado, la primera copia, terminada en 1459, fue enviada a su promotor, el rey Alfonso V de Portugal, pero acabó perdiéndose. Fra Mauro recibió el encargo de la Signoria de Venecia para realizar una segunda copia, pero encontró la muerte al año siguiente, mientras trabajaba en ella. Esta segunda copia, que es la que podemos contemplar en la veneciana Biblioteca de San Marcos, sería concluida por su colaborador Andrea Bianco.
La erudición y precisión mostrada por el plano lo convertiría en una referencia para la cartografía posterior. El gran mapamundi adquiriría pronto una aureola mítica por su particular forma de realización que, además, lo ha convertido en un auténtico pionero de los mapas colaborativos actuales, que están revolucionando la disciplina cartográfica y que son elaborados a partir de las aportaciones de numerosos contribuyentes, apoyándose en los avances de las nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación.

Portadas de la edición española del libro de James Cowan y de la investigación de Piero Falchetta.
En los últimos años, el mapamundi de Fra Mauro ha tenido un gran protagonismo. Primero por la edición del libro A Mapmaker's Dream (El Sueño del Cartógrafo) publicado por el escritor australiano James Cowan (1942) en 1996 y que fomentó la leyenda del cartógrafo que nunca viajó. Y segundo por la intensa y extensa investigación realizada por el historiador italiano de la cartografía Piero Falchetta, que concluyó con una edición crítica del mapa en el año 2006 (Fra Mauro’s Map of the World). Esta obra, además de proporcionar una magnífica reproducción digital del mapamundi, también sistematiza (y traduce desde el veneciano antiguo al italiano y al inglés) las 2.291 inscripciones existentes en el plano (desde los nombres de los lugares hasta textos más prolijos que describen regiones y costumbres). Falchetta es actualmente responsable de la sección de mapas de la  Biblioteca Nazionale Marciana (Biblioteca de San Marcos) de Venecia, el lugar donde se conserva la famosa obra de Fra Mauro.

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