20 feb. 2016

Panorama del urbanismo europeo en la década de 1950 (la transición del pesimismo de posguerra a la esperanza por un mundo mejor).

Vällingby es una de las nuevas ciudades escandinavas construidas en la década de 1950.
En 1945 finalizó la Segunda Guerra Mundial dejando profundas cicatrices en las ciudades europeas. En un continente dividido políticamente, la penosa situación posbélica (caracterizada por la devastación y por la falta de recursos para abordar la recuperación) se vio agravada por una intensa migración del campo a la ciudad que provocó una necesidad de crecimiento urbano (y de construcción de viviendas) de una escala desconocida hasta entonces.
En ese difícil contexto, el recuerdo del horror de la guerra espoleó la reflexión acerca de un mundo nuevo, que debía emerger sobre los escombros del anterior. La década de 1950 asumiría esa tarea, produciéndose una transición desde el más absoluto de los pesimismos hacia el nacimiento de una nueva esperanza, asentada en teorías y nuevos modelos urbanos (tanto para la reconstrucción como para el crecimiento). Los logros del periodo fueron de gran interés, pero, acabarían topando con un agresivo mercado inmobiliario que conduciría al desencanto del desarrollismo. Por esta razón, durante la siguiente década, el urbanismo asistiría a una revisión en profundidad.
Abordamos la década de 1950 de una forma panorámica y, por lo tanto, genérica y selectiva, haciendo referencia a alguno de los casos más paradigmáticos.

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La Europa de posguerra y la problemática urbana.
En 1945 finalizó la Segunda Guerra Mundial. Europa sufrió doblemente sus consecuencias porque a la devastación bélica hubo que sumar la escisión del continente en dos bloques irreconciliables. El Telón de Acero separaría el occidente capitalista, que seguiría el rumbo marcado por los Estados Unidos, del oriente comunista controlado rígidamente desde la Unión Soviética. Las dos áreas geopolíticas (identificadas militarmente con la OTAN y el Pacto de Varsovia, respectivamente) escenificarían una “Guerra Fría” que condicionaría su evolución en casi todos los aspectos. Pero, a pesar de las discrepancias ideológicas, los dos ámbitos se enfrentaron a problemas urbanos similares y sus respuestas estuvieron más sintonizadas de lo que los protagonistas estuvieron dispuestos a reconocer.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el “Telón de Acero” dividió Europa en dos ámbitos enfrentados políticamente.
Europa había quedado asolada. Muchas de las ciudades principales habían sufrido crueles bombardeos e incendios que destruyeron buena parte de su extensión, y el campo no había corrido mejor suerte. Los ámbitos rurales se encontraban arruinados y las ciudades, a pesar de todo, parecían el único refugio donde conseguir oportunidades para una nueva vida. Esta idea promovió un acelerado y masivo movimiento migratorio hacia las áreas urbanas. En consecuencia, tras concluir la contienda, las ciudades europeas se enfrentaron a un doble desafío: su propia reconstrucción y atender a es intenso éxodo procedente del campo. La llegada de inmigrantes a las ciudades agravó la delicada situación, sobre todo por la falta de alojamiento. La grave carencia de viviendas, tanto para los antiguos residentes (porque miles de viviendas habían desaparecido) como para los nuevos (que no encontraban oferta), produjo la aparición de grandes extensiones de infravivienda que tardarían muchos años en ser absorbidas. Los gobiernos intentaron atajar el problema con programas de construcción residencial masiva en las periferias urbanas o en nuevas ciudades que irían surgiendo.
Rotterdam, destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
El primer lustro de la posguerra estuvo acompañado por el duelo y el estado de shock generalizado en el que había quedado Europa. Esta traumática situación iría siendo superada conforme avanzaron los años de la década de 1950. Entonces se activaron debates sobre los modelos de reconstrucción y de crecimiento que debían seguir las ciudades, así como reflexiones tipológicas y formales (aunque el racionalismo sería el estilo imperante) o propuestas sobre los mecanismos administrativos más adecuados. Pero estas investigaciones iniciales, y las actuaciones consecuentes, acabarían encontrando trabas en las imperiosas urgencias y en la codicia de un mercado inmobiliario que adquiriría tintes fuertemente especulativos.

La década de 1950, la transición del pesimismo a la esperanza.
El desastre de la Segunda Guerra Mundial y sus devastadoras consecuencias sumieron a Europa en una profunda depresión, pero el continente lograría recuperarse con cierta rapidez encarando un nuevo horizonte que alimentaría grandes expectativas para el futuro.
El empuje necesario para salir del bache llegó con el conocido Plan Marshall (1947) por el que los Estados Unidos prestaron una importante ayuda económica a sus aliados durante la guerra. El apoyo no era desinteresado ya que entre los objetivos del mismo estuvieron el impedir el progreso del comunismo en la Europa occidental y favorecer la adhesión de esta al american way of life (cuestión que amplió notablemente el mercado para las empresas y los productos norteamericanos). Con ello, Estados Unidos lograría consolidarse como el líder mundial (también la Unión soviética puso en marcha en 1949 su propio plan de ayudas destinado a los países de su órbita, el COMECON). Europa fue, poco a poco, levantándose y sus países fueron consolidando alianzas entre ellos (principalmente económicas) que promoverían un largo periodo de prosperidad (como el Benelux, la CECA o la primera Comunidad Económica Europea establecida por los Tratados de Roma firmados en 1957).
Amparada por la incipiente bonanza, la sociedad europea asistió a un crecimiento sostenido en casi todos los ámbitos: demográfico, con el baby boom posbélico; industrial, con un incremento notable de la producción; tecnológico, con la aparición de innovaciones trascendentales; y, en general, económico, con aumentos muy considerables de los PIB de los países. En ese contexto se iría consolidando la llamada “sociedad del bienestar” y también la “sociedad de consumo” (hecho fundamental para cerrar el círculo del sistema que consolidó el progreso). Los historiadores han calificado al periodo que transcurre desde el final de la guerra hasta la crisis del petróleo de 1973 como una “edad de oro” del capitalismo (en algunos países, el “milagro” económico tuvo su propia etiqueta, como en Francia donde es recordado como los Trente Glorieuses, los treinta -años- gloriosos).
Cartel propagandístico sobre las excelencias del “american way of life”.
Así pues, la década de 1950 representó la transición desde el pesimismo absoluto que caracterizó la posguerra inicial hacia la esperanza de que era posible edificar un mundo nuevo y mejor sobre los escombros del anterior, aquel que había desembocado en una conflagración mundial.
Esta nueva situación se manifestó particularmente en las ciudades, incrementando, todavía más, el flujo migratorio desde el campo hacia la ciudad, ya que las oportunidades, el empleo, y los salarios eran muy superiores a lo existente en los entornos rurales. De esta manera, las ciudades, serían el principal escenario de esa transformación social. No obstante, hay que recordar que los primeros años fueron de gran dureza debido a la traumática reconstrucción de los centros urbanos, a la grave carencia de viviendas o al hecho de afrontar el crecimiento de las urbes con escasos medios. Pero la recuperación económica permitiría, poco a poco, solventar las privaciones iniciales. Una de las manifestaciones de esa incipiente sociedad fue el auge del automóvil que tuvo una repercusión trascendental, tanto en la planificación de los crecimientos de las ciudades como en la renovación de unos cascos antiguos poco aptos para el movimiento de los vehículos.
Las ciudades se enfrentaron a retos desconocidos hasta entonces: crecimientos a gran escala, nuevos modos de transporte, tecnologías inéditas, que provocaron una cierta desorientación inicial. En este confuso contexto, varios países asumieron el papel de “nación-guía” en la investigación urbanística moderna en Europa, encaminada a ofrecer soluciones. Inglaterra y los países nórdicos sobresaldrían por sus propuestas de crecimiento basado en nuevas ciudades autónomas (crecimientos discontinuos). Por otra parte, Holanda también sería protagonista por su enfoque para la reconstrucción de los centros históricos. También los debates teóricos se activarían con intensidad, oscilando entre la realidad y las ensoñaciones utópicas.
En esta búsqueda de referencias, la década produjo tres hitos urbanísticos que, aunque no se encontraban en Europa, tuvieron una gran influencia en la evolución del modelo de la Ciudad Funcional: Chandigarh, Brasilia e Islamabad. Fueron tres ciudades de autor que expresaban la visión de su creador, con un enfoque diferente en cada caso. Chandigarh (India) fue proyectada por Le Corbusier en 1951, Brasilia (Brasil) sería diseñada Lucio Costa y Oscar Niemeyer en 1956, e Islamabad (Pakistán) cuya planificación corrió a cargo de Constantinos Doxiadis en 1959.

Debates teóricos (la crisis del funcionalismo y las utopías alternativas).
El recuerdo del horror de la guerra animó la reflexión sobre un mundo nuevo. Ese fue el denominador común de debates y propuestas que gravitaron entre el realismo de las discusiones internas en los CIAM, que acabarían con la ortodoxia funcionalista, y la utopía, con ejemplos como las “derivas” situacionistas o las superestructuras “móviles”.
A la izquierda, el Plan para Meaux de Le Corbusier, y a la derecha, Plan para Berlín de Alison y Peter Smithson. Aunque ninguno de los dos se llevó a la práctica reflejaron la divergencia entre la ortodoxia de los CIAM y las propuestas del TEAM X.
CIAM y TEAM X
Los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) reunieron a los arquitectos de la vanguardia racionalista entre 1928 y 1959. En este último año, la organización se disolvió, “dinamitada” desde dentro por una nueva generación que buscaba otros horizontes para la arquitectura y, especialmente, para las ciudades. La crisis arrancó en el CIAM IX (1953), cuando se asistió a una sublevación en toda regla protagonizada por jóvenes arquitectos que se agruparían bajo la denominación de TEAM X (Equipo Diez).
La revolución, liderada por el holandés Aldo van Eyck y los ingleses Alison y Peter Smithson, proponía una revisión en profundidad de la ortodoxia funcionalista, que consideraban insatisfactoria y desenfocada con la realidad. Reivindicaban el protagonismo de las personas y la consideración de sus necesidades “psíquicas” y “socio-emotivas”, que debían incorporarse a la planificación de la ciudad como una directriz básica, dando fin de la era “maquinista” y abstracta de la vieja vanguardia. De una manera general, se asistió al enfrentamiento entre modelos dogmáticos (caracterizados por nociones como racionalidad, abstracción o zonificación) y modelos flexibles (que reivindicaban la emotividad, la identidad o la asociación).
Reinterpretación situacionista de París.
Los situacionistas
Desde el mundo del arte, de la sociología, y de la cultura en general, comenzaron a aparecer una serie de utopías que proponían alternativas. Quizá las más relevante fue la planteada desde la IS (Internacional Situacionista), una organización fundada en 1957 a partir de experiencias anteriores como la Internacional Letrista, el Movimiento Internacional para una Bauhaus Imaginista, o el Comité Psicogeográfico de Londres. Sus propuestas, inspiradas por el espíritu del dadaísmo y del surrealismo, intentaron unificar la vida y el arte. El consumismo, el funcionalismo o la tecnocracia recibieron feroces críticas, proponiendo nuevas formas de acción colectiva en las que el entorno urbano pudiera ser transformado con una gran libertad.
Con figuras como Guy Debord (que había publicado un texto de referencia: “La Sociedad del Espectáculo”), los situacionistas se lanzaron a la confección de cartografías producidas por sus investigaciones “psicogeográficas”. La “derive” (deriva) sería su herramienta metodológica a través de la cual investigaban la creación de ambientes cambiantes, nómadas, emocionales, azarosos, en los que la subjetividad y el inconsciente dirigían la organización de los espacios.
Constant. New Babylon.
Los embriones de las superestructuras.
Otra utopía característica de la época fue la que propuso alternativas habitacionales basadas en “superestructuras urbanas”. Estas ideas surgirían a finales de la década y disfrutarían de su esplendor en los años sesenta. Algunas de ellas se nutrían de las propuestas situacionistas (como la New Babylon de Constant) y otras partieron de algunas reflexiones producidas en el seno del TEAM X, trabajando desde la tecnología y la noción de agregación y cluster (como las ciudades espaciales y ciudades móviles de Yona Friedman). En general sus planteamientos se “despegaban” del suelo y sobrevolaban el territorio, en una metáfora que expresaba su rechazo de la realidad heredada para crear entornos totalmente nuevos, puros y libres, sin condiciones previas.

La reconstrucción urbana, entre el continuismo y la renovación.
La devastación padecida por muchas ciudades planteó interrogantes sobre el camino a seguir para su reconstrucción. El debate se polarizó entre quienes defendían la restitución de la ciudad al estado anterior a la guerra y quienes deseaban aprovechar la oportunidad para levantar nuevas ciudades modernas. No obstante, entre ambos extremos se produjeron numerosas situaciones intermedias.
La reconstrucción mimética cuenta con ejemplos como Lübeck o Dresde, por citar una en cada ámbito geopolítico.
En el polo opuesto, es paradigmática la radical renovación del centro de Rotterdam, que se convirtió en una guía para la intervención moderna en los núcleos históricos. Esta ciudad holandesa, que había visto desaparecer su casco antiguo bajo los bombardeos de 1940, aprobó, en 1946, un plan que lo transformaría sustancialmente desde el ideario funcionalista (y sería la primera actuación integral del racionalismo en un casco antiguo). Entre las piezas destacables se encontraba el área comercial Lijnbaan, un nuevo concepto urbano diseñado por Jacob Bakema y Jo van den Broek en 1953.
Rotterdam, perspectiva del área comercial Lijnbaan proyectada por Jaap Bakema y Jo van den Broek.
Berlín también construiría un “faro” referencial sobre la renovación urbana más radical, gracias a la celebración de la Internationale Bauausstellung (Interbau 1957), una exposición internacional de arquitectura. Esa cita, que estuvo inevitablemente acompañada por la componente ideológica existente en el contexto de la Guerra Fría, pretendió recuperar el modelo canónico de las vanguardias arquitectónicas. La construcción del nuevo barrio Hansaviertel, sobre las ruinas del anterior, tuvo también un fondo reivindicativo del funcionalismo frente a las propuestas de reconstrucción dirigidas desde el sector inmobiliario y que estaban desvirtuando el modelo racionalista. En el entorno de la Interbau, Le Corbusier construiría una de sus cinco Unités d’habitation (la primera se había concluido en Marsella en 1952).
Berlín. Unité d’habitation de Le Corbusier.

Nuevos barrios (crecimientos en continuidad).
Los nuevos crecimientos también fueron objeto de intensos debates. Hubo dos estrategias principales: las de expansión en continuidad con la ciudad existente y las de crecimientos discontinuos que proponían nuevos núcleos con mayor o menor autonomía. El primero de ellos, la ampliación continua de la ciudad por medio de nuevos barrios que se adosaban en la periferia, gravitaba entre propuestas que propugnaban la reinterpretación de la historia y las que defendían la visión del Movimiento Moderno.
Nuevamente Berlín se convirtió en campo de experimentación. Como es conocido, Berlín fue una de las ciudades que había sufrido mayores destrucciones bélicas y, además, se convirtió en el principal escenario de las tensiones políticas de la Guerra Fría, viéndose segregada en dos zonas: el sector oeste (pro-occidental) y el este (pro-soviético). Aquel Berlín de los años 50, asistió también al enfrentamiento entre las posiciones continuistas y revisionistas. El sector oriental fue el primero en abordar su reconfiguración, optando por métodos que buscaban recuperar los valores históricos (y reconocibles) de la ciudad compacta europea, proponiendo calles, plazas y espacios públicos formalizados, que habían sido denostados por el Movimiento Moderno. La intervención más destacada fue la apertura de la gran avenida Stalinallee (actualmente Karl-Marx-Allee), comenzada en 1952. 
Berlín. Stalinallee, hoy Karl-Marx-Allee (Franfurter Tor)
El sector oeste apostaría por la “modernidad” y se convertiría en un escaparate de la vanguardia (con la mencionada Interbau 1957). Además, Berlín tendría otra oportunidad para mostrar la polaridad entre tradición y renovación, gracias a un concurso que fue convocado para la planificación general de la ciudad central. En 1958, cuando todavía se albergaban ciertas esperanzas de unidad entre los dos sectores de la ciudad (que se verían defraudadas pocos años después con la construcción del Muro en 1961), se convocó (desde la administración occidental) un concurso para el replanteamiento urbano de la ciudad central (Haupstadt Berlin), que supondría una reflexión sobre las alternativas de reconstrucción urbana (aunque las circunstancias políticas harían que las ideas no pasaran del papel).
El crecimiento en continuidad también tuvo que ver con los recursos disponibles (ya que las nuevas ciudades eran mucho más costosas). Las opciones en uno u otro sentido serian distintas entre el norte y el sur continental. La disparidad de medios hizo que las propuestas septentrionales, tecnológicas y vanguardistas, contrastaran con las realizaciones casi artesanales y más tradicionales de los países mediterráneos. El caso de Italia es paradigmático. Italia no acometió la creación de nuevas ciudades, como sucedió en otros países, sino que procedió a la ampliación de las ciudades existentes a través de la construcción de nuevos barrios en continuidad, suscitando intensos debates sobre el modelo urbano más adecuado. Allí, una brillante generación de arquitectos inició una reflexión para unir la limitación de recursos con la tradición de la ciudad mediterránea. Aquellos años, estuvieron caracterizados por los barrios de viviendas públicas promovidas desde el INA-Casa, uno de cuyos emblemas sería el Tiburtino, proyectado por arquitectos como Mario Ridolfi y Ludovico Quaroni y construido entre 1949 y 1956 en la periferia oriental de Roma.
Roma. Barrio Tiburtino.

Nuevas ciudades (el crecimiento discontinuo de las ciudades-satélite)
El otro camino seguido para resolver el crecimiento de las ciudades llevó a la creación de núcleos-satélite, más o menos vinculados a la metrópoli. La fundación de una nueva ciudad respondía a una filosofía que había ido consolidándose durante la primera mitad del siglo a partir de las ideas de ciudad-jardín, pero también era una respuesta a la facilidad de plantear una solución ex novo, más adaptada a las necesidades de la sociedad del momento. Tres casos ilustran este crecimiento discontinuo: las New Towns británicas, las ciudades-satélite de los países nórdicos y las nuevas ciudades del otro lado del Telón de Acero.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido se enfrentó a problemas urbanos que subyacían desde hacía muchos años. La congestión de las grandes ciudades (especialmente de Londres), la carencia general de viviendas (agravada por las destrucciones de la contienda y la migración desde las áreas rurales) o el mal estado general de los barrios obreros, llevaron al gobierno británico a plantear una estrategia de choque que pretendía limitar la expansión de las descontroladas “manchas” urbanas, descongestionar los núcleos centrales, racionalizar los procesos de crecimiento o mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. Con estos objetivos, se puso en marcha un programa sistemático de creación de nuevas ciudades (New Towns). Estos nuevos núcleos urbanos nacían con vocación de autosuficiencia, aunque su proximidad a las grandes ciudades, los convirtió en muchos casos en satélites. Entre 1946 y 1970, fueron planteadas treinta y dos new towns. El largo periodo transcurrido permite categorizar estas nuevas ciudades en tres “generaciones”, que cuentan con características propias. La primera de ellas, comenzada a finales de los años cuarenta, y desarrollada en buena parte durante la década de 1950, marcaría el rumbo de las siguientes.
Stevenage fue la primera New Town británica de posguerra.
La solución nórdica (ciudades-satélite escandinavas y bálticas)
Algunas experiencias lograron reunir la política, la economía, la arquitectura y el urbanismo, superando el desconcierto posbélico inicial, para crear modelos que actuaron como faros que iluminaron la ruta. Entre los ejemplos más destacados, estuvieron las ciudades-satélite planteadas en los países nórdicos, cuya “solución” para la extensión urbana revisaría las bases de la Ciudad Funcional a través de una relación particular con el territorio y una vinculación muy directa con el transporte público.
Entre las propuestas que llegaron del norte europeo sobresaldrían las ciudades-satélite construidas alrededor de Estocolmo durante las décadas de 1950 y 1960 (como Vällingby). Estas nuevas ciudades (denominadas ABC-stad, acrónimo de “Arbete, Bostad, Centrum”, es decir “Trabajo, Vivienda, Centro”) fueron concebidas en el marco del Plan General Urbano de Estocolmo de 1952, bajo la dirección de Sven Markelius, uno de los arquitectos más relevantes del funcionalismo. También es reseñable Tapiola, la nueva ciudad creada en el entorno de Helsinki (Finlandia) durante los mismos años.
Propuestas del otro lado del Telón de Acero: “Nuevo Belgrado” (Novi Beograd)
Uno de los primeros proyectos de Ciudad Funcional realizados en Europa arrancaría en Belgrado, la capital de Serbia, a finales de la década de 1940. Esta sería Novi Beograd (Nuevo Belgrado), la extensión de la ciudad pensada para acoger las principales instituciones conjuntas de la naciente República Federal Popular de Yugoslavia y para absorber el gran crecimiento de población producido tras la Segunda Guerra Mundial. La propuesta de Novi Beograd tendría también un alto contenido simbólico. Quería significar la ruptura con un pasado dramático, la expectativa de un nuevo futuro para los eslavos del sur (pues eso es lo que significa Yugoslavia) y, además, ser un escaparate de la versión socialista de la ciudad moderna. Pero Nuevo Belgrado fue un sueño que se desvaneció entre las disputas internas y el pragmatismo de la cruda realidad. Denostado por la crítica (a pesar de contar con estimables muestras arquitectónicas), apartado de la historia moderna “oficial” (aunque siguió fielmente los principios de la Carta de Atenas, con sus virtudes y sus defectos), rechazado por muchos de sus habitantes (que la tachan de gris, inhumana, de ciudad-dormitorio, de recinto de marginalidad, etc.), actualmente, Novi Beograd sigue todavía incompleto y supone un reto muy importante para técnicos y políticos que aspiran a reorientar su cuestionada realidad.
Belgrado. Novi Beograd. 

Adulteraciones inmobiliarias de los modelos.
Las encomiables actuaciones comentadas serían la cara de una moneda que también tuvo su cruz. En cierto modo, el sueño en el que la modernidad se veía capaz de proporcionar el hábitat ideal para la nueva sociedad se trastocó en pesadilla, urgido por la necesidad imperiosa de viviendas y desvirtuado por la ambición del sector inmobiliario.
El mercado inmobiliario encontraría en las ideas del Movimiento Moderno la “solución” para abordar la ingente demanda de vivienda. El racionalismo justificaba la autonomía de la arquitectura, la disolución del espacio urbano, la seriación e industrialización, o la zonificación estricta, y estas ideas serían recogidas y pervertidas por un mercado ávido en crear oferta para recoger beneficios rápidos. Con esa justificación ya no era necesario “planificar” más allá de la propia actuación (los planes generales resultaban “innecesarios”) y fueron surgiendo inmensos conjuntos residenciales (ciudades dormitorio), con graves déficits dotacionales, mal conectados con el resto de la ciudad, dependientes, en gran medida, del automóvil, y que, además, muchos de ellos acabarían convertidos en guetos con altos índices de peligrosidad.
Por eso la esperanza acabaría derrumbándose, sobre todo por la cantidad, ya que la interpretación “sui generis” que realizó el mundo inmobiliario sobre el funcionalismo, contó con un amplio seguimiento internacional y superó ampliamente el número de las realizaciones más comprometidas. Durante el periodo de 1955 a 1975, se produjeron miles de viviendas reunidas en gigantescos conjuntos residenciales, densos e inhumanos, que recibirían diferentes nombres en cada país (como Grands Ensembles en Francia o Polígonos en España) y caracterizarían la época denominada desarrollismo.
Marsella. La Rouvière.
No obstante, a finales de los cincuenta, la explosión demográfica producida por el baby boom de posguerra todavía no había alcanzado su cúspide y la industria no había llegado a sus niveles máximos de producción (situaciones que se producirían en la década posterior). Por eso, las alarmas empezarían a sonar a partir de 1960, momento en el que el urbanismo asistiría a una revisión en profundidad.


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