15 ago. 2018

Aproximación al espacio religioso musulmán (mezquitas y külliyes otomanos en Bursa, Edirne y Estambul) [y 2]


La mezquita imperial de Selim en Edirne está considerada la obra maestra de Sinán.
Nos estamos aproximando al espacio religioso musulmán, en su versión otomana, en dos artículos. En la primera parte, nos referimos a cuestiones generales, así como a las primeras mezquitas y külliyes de Bursa y Edirne, capitales históricas del imperio.
En esta segunda, nos acercamos a Estambul, una ciudad que se transformó de cristiana en musulmana, asistiendo a la creación del modelo clásico de mezquita imperial otomana (y de los conjuntos asistenciales y culturales que la acompañaban), sobre todo con la obra de Mimar Sinán, uno de los grandes arquitectos de la historia.
Coetáneo de Miguel Ángel o de Palladio, Sinán miró a la fascinante Hagia Sophia (Santa Sofía) como inspiración y sublimó la cúpula como aspiración. El resultado fue la construcción de espacios asombrosos como la mezquita de Sehzade o la de Suleimán, ambas en Estambul, la mezquita de Selim en Edirne, y también la Mezquita Azul, obra de uno de sus discípulos, considerada la última gran mezquita del periodo clásico otomano.

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La mutación de la Constantinopla cristiana en la Estambul musulmana.
En 1453, los otomanos tomaron definitivamente Constantinopla. La que hasta entonces sirvió como capital del Imperio Bizantino se transformaría en la ciudad principal del Imperio Otomano, asistiendo a una reestructuración que la haría pasar de ser una ciudad cristiana a otra musulmana.
La metamorfosis se materializó, en buena medida, con las decisiones tomadas sobre los edificios religiosos. Estos escenificarían para el gran público la mutación de la Constantinopla cristiana en la Estambul musulmana (aunque el nombre no se cambiaría hasta 1930), pero no serían las únicas intervenciones de cambio (aparecerían nuevos equipamientos, como el Gran Bazar, o se reconsiderarían algunos trazados urbanos, así como, con el tiempo, gran parte del caserío residencial).
Entre las actuaciones prioritarias tras la conquista estuvo la construcción de mezquitas, realizadas con la urgencia de necesitar espacio para la oración y la reunión. Estas primeras construcciones fueron modestas y su ubicación periférica hizo que no perduraran. Las grandes y significativas obras se levantarían en el corazón de la ciudad por orden de sultanes y visires. Vamos a fijarnos en las dos estrategias más habituales y en sendos casos paradigmáticos. La primera es el derribo de iglesias para construir mezquitas en sus solares (con el ejemplo de la Iglesia de los Santos Apóstoles); y la segunda, la conservación de templos cristianos cambiando su uso (con la muestra de Santa Irene, aunque Santa Sofía es quizá la más característica por su reconversión en mezquita).
Entre los derribos iniciales, el más emblemático fue el de la iglesia de los Santos Apóstoles (Apostoleion, τὸ Ἀποστολεῖον). Con el tiempo, habría otras demoliciones muy significativas, como la del Palacio Imperial bizantino para dejar paso a la Mezquita Azul, pero la desaparición de los Santos Apóstoles fue un gesto mayúsculo dada la repercusión que esa iglesia había tenido en la arquitectura religiosa occidental.
La iglesia original fue levantada en tiempos de Constantino, entre 335 y 339, sobre una de las colinas de Estambul (la cuarta). Tras muchas reparaciones, la versión definitiva, con la influyente cruz griega con cinco cúpulas y el brazo de acceso prolongado, se construyó en la época de Justiniano, entre 536 y 550. Pronto, su planta centralizada y multicupulada se convirtió en un referente. Desde luego por la simbología de la cruz, pero también porque constituía un modelo más fácilmente replicable que la compleja, difícil y costosa basílica con cúpula central de Santa Sofía. Entre los derivados más destacados se encuentran la Basílica de San Marcos en Venecia (iniciada en 1063) o la catedral de Saint-Front de Périgueux en Francia (cuya versión con cupulas se terminó entre 1160 y 1170).
Arriba a la izquierda planta de la iglesia de los Santos Apóstoles que fue derribada tras la conquista de Constantinopla por lo otomanos. Debajo a la izquierda, San Marcos de Venecia y a la derecha, Saint-Front en Périgueux (Francia), dos de las iglesias que emularon el sistema de cruz griega y cúpulas de la iglesia bizantina.
La iglesia de los Santos Apóstoles era un símbolo ubicado en un lugar preminente, y como tal fue sentenciado a su desaparición. En su solar se levantaría, entre 1463 y 1470, una gran mezquita, la mezquita de Fatih, “mezquita del conquistador” en homenaje a Mehmed II. Pero esta mezquita, no tuvo suerte porque sería dañada por sucesivos terremotos y, aunque fue reparada en diversas ocasiones, el seísmo de 1766 acabó definitivamente con ella (se reconstruyó en 1771 con un diseño diferente).
La conservación más relevante fue la de la basílica de Santa Sofía, admirada desde siglos atrás (llegó a estar considerada como la octava maravilla del mundo). Desde luego, la fascinación que causaba el soberbio edificio (y su cúpula) lo salvó del derribo, aunque también facilitó la decisión su espacialidad, muy adecuada para su reconversión en mezquita. Hablaremos de ella en el siguiente apartado. Aquí apuntamos otro caso muy representativo porque su “vecina” Santa Irene, fue una gran iglesia basilical, la segunda en tamaño de Constantinopla, tras la propia Santa Sofía. El templo actual fue concluido en 548 sustituyendo a otros anteriores que habían sido destruidos. La basílica consta de tres naves separadas por una columnata y está cubierta por dos cúpulas, de anchura igual a la nave central (15 metros de diámetro) pero de alturas diferentes. La mayor, hemisférica, está apoyada sobre un tambor y alcanza los 35 metros. El conjunto se completa con el nártex y el atrio dando unas dimensiones totales aproximadas de 100 metros de longitud por 32 de anchura. La iglesia fue conservada dentro de uno de los grandes patios del Palacio Topkapi (Topkapı Sarayı), aunque perdió su función de culto y sería utilizada como arsenal, posteriormente como museo y en el presente como sala de conciertos.
Santa Irene de Estambul. Arriba a la izquierda imagen exterior (con Santa Sofía al fondo). Abajo a la izquierda, imagen del interior. A la derecha, planta del conjunto.
Santa Irene y Santa Sofía merecen un comentario acerca de su denominación porque ambas son producto de una incorrecta traducción (aunque se haya consolidado). Ninguna de las dos hace referencia a las mártires veneradas por la iglesia ortodoxa. Sus nombres originales en griego eran Hagia Eirene (Αγία Ειρήνη) y Hagia Sophia (Αγία Σοφία) que significan, respectivamente “Santa Paz” y “Santa Sabiduría” y conmemoraban atributos de dios. La asociación con los nombres femeninos de Irene y Sofía y su aparente vinculación con las santas cristianas tendría éxito y acabarían siendo conocidas de esa manera a pesar de no ser la intención verdadera (en turco son conocidas como Aya Irini y Ayasofya)

Santa Sofía como inspiración y la cúpula como aspiración.
Santa Sofía es una de esas maravillas arquitectónicas cuya concepción general está diseñada casi exclusivamente con regla y compás, generando un sistema de relaciones geométricas, correspondencias formales y proporciones entre elementos, que explican buena parte de su construcción y de su simbología.
Santa Sofía, la “Santa Sabiduría”, parte de la cuadratura del círculo (de la circunferencia en este caso, por ser una cuadratura lineal en lugar de superficial). El círculo y, más propiamente, la esfera (representada majestuosamente en la cúpula central), se equiparan con la bóveda celeste que cubre el cuadrado (o el cubo), que sería el símbolo de lo terrenal. Así cielo y tierra se funden en la basílica con unos alardes constructivos que superan los conseguidos en épocas romanas anteriores por el Panteón o las Termas, que, aunque tenían cúpulas mayores (43,4 metros de diámetro la del Panteón y 36 la desaparecida cúpula del caldarium de las Termas de Caracalla), estas eran de apoyo continuo sobre potentes cilindros de piedra con discretas aperturas (por ejemplo, el muro circular del Panteón tiene 6 metros de espesor)
El Panteón de Roma (izquierda) y las desaparecidas Termas de Caracalla, también en Roma (derecha, detalle del centro del edificio con el Caldarium cupulado) son dos de los referentes antiguos para las cúpulas posteriores.
En cambio, en Santa Sofía, la cúpula parece volar mediante un sistema de apoyo sorprendente. Primero porque descarga, sin tambor, en cuatro puntos, gracias a arcos y pechinas que dirigen las fuerzas hacia cuatro grandes pilares que la transmiten al suelo (posibilitando grandes aperturas interiores). Pero también por la articulación de la cúpula con su base, realizada gracias a cuarenta nervios entre los que se abren huecos que producen un efecto lumínico particular: un resplandor de luz que casi hace “desaparecer” los apoyos, sensación que llevó al asombrado historiador bizantino Procopio de Cesárea a exclamar que parecía estar “suspendida del cielo”. Esa sensación de que la cúpula está misteriosamente sujeta desde el cielo aumentaría la fascinación por un espacio ya de por sí extraordinario.
Sección de Santa Sofía (Hagia Sophia)
La decisión de conservarla permitiría que esa magna obra influyera trascendentalmente en la evolución de la arquitectura religiosa otomana. El respetado edificio era realmente el tercero que ocupaba ese lugar (el primer edificio fue consagrado en el año 360). Había sido levantado entre 532 y 537 por dos geniales arquitectos matemáticos, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto y sirvió como catedral cristiana ortodoxa hasta 1453 (con el paréntesis católico entre 1204 y 1261). Con la conquista otomana fue reconvertida en mezquita, perdurando en esta función hasta 1931, cuando fue secularizada. En 1935 se transformaría en museo.
Planta de Santa Sofía (Hagia Sophia)
El proyecto presentaba una planta casi cuadrada (77 x 71 metros) con una gran cúpula central. Esta planta basilical se configura a partir de un circulo y de su correspondiente cuadrado perimetralmente igual. Es decir, un cuadrado cuyos cuatro lados suman la longitud de la circunferencia (2πr, que en un hipotético caso de circunferencia de radio 1, haría que cada lado del cuadrado tuviera un valor de la mitad de π, pi). La cuadratura del círculo es un problema irresoluble, aunque que se han propuesto aproximaciones geométricas bastante precisas. Pero su valor fundamental es simbólico representando la armonía del universo con la fusión del cosmos y la naturaleza con la racionalidad terrenal humana. La traslación lateral de ese cuadrado y ese círculo iniciales, siguiendo determinadas reglas, prepara las bases para nuevas formas y relaciones geométricas que van manifestándose en los elementos constructivos.
Las relaciones geométricas configuran la forma de Santa Sofía. La cuadratura de la circunferencia está en la base de su composición (imagen del análisis realizado por Bert Janssen en 2017, presentado en su página web www.cropcirclesandmore.com)
Pero hay un elemento cuyo simbolismo condensa todas las ambiciones imperiales: la cúpula. Porque Santa Sofía sería la inspiración, pero su soberbia y simbólica cúpula sería la aspiración que los arquitectos otomanos pretendían emular y superar. La cúpula habilita el espacio único deseado, pero es su volumen y su altura lo que expresa con rotundidad y grandilocuencia el poder y el conocimiento de quienes las levantan. Así sultanes y arquitectos se aliaron en la búsqueda de la mayor cúpula que manifestara la supremacía del gobernante y la sabiduría del técnico. Stéphane Yerasimos, en su libro “Constantinopla, la herencia histórica de Estambul” destaca que “No debe sorprender que fuera un arquitecto el encargado de poner en pie el nuevo estilo imperial. La arquitectura es el arte imperial por excelencia, puesto que crea modelos del universo y representaciones del paraíso en la tierra para expresar la vocación universal del Imperio y la delegación absoluta del Creador en su vicario, el soberano. Y precisamente el haber sido, más que ninguna otra ciudad del mundo, el teatro permanente de eses representaciones imperiales es lo que confiere a Constantinopla-Estambul su carácter único”.
Imagen aérea de Santa Sofía, con los cuatro minaretes añadidos durante su conversión en mezquita.

La cúpula llevaba siglos presente en la arquitectura islámica, aunque con mayor o menor relevancia según los territorios. Fue particularmente importante en la Persia de los turcos selyúcidas (reflejada en ciudades como
Isfahán, su legendaria capital), desde donde pasó a los otomanos que la utilizaron al principio con modestia (sobre todo en cuanto a tamaño) pero que finalmente se convirtió en un símbolo del poder imperial. Pero las cúpulas persas eran dobles y, cada vez, con mayores diferencias entre las dos capas y los otomanos, intentando emular a la sincera Santa Sofía, trabajaban con la cúpula de una sola hoja. La evolución técnica llevaría paulatinamente hacia cúpulas de mayor tamaño, convirtiéndose en un rasgo distintivo del periodo de mayor apogeo otomano.
Esquemas de diferentes disposiciones de cubrición con cúpula central.
La gran cúpula central de Santa Sofía es semiesférica (con 31,87 de diámetro y 56,6 metros de altura) apoyada con un sistema innovador, como hemos adelantado, y contrarrestando sus empujes con dos semicúpulas opuestas y potentes contrafuertes en los muros abiertos en los otros dos lados.
En su reconversión a mezquita desaparecieron elementos típicos del rito cristianos (como las campanas o el altar) y muchos de los mosaicos fueron ocultados tras un enlucido. Además, se le añadieron elementos característicos del islam como el mihrab (el nicho que indica el lugar hacia donde hay que mirar cuando se reza), el minbar (el púlpito para el sermón) o los cuatro minaretes. No obstante, a pesar de las modificaciones, su esencia espacial permanecería y Santa Sofía ejercería un influyente “magisterio” arquitectónico. A ella acudiría el arquitecto Sinán en su búsqueda del nuevo modelo de mezquita otomana.

La cumbre del estilo religioso otomano: la obra de Sinán (en Estambul y Edirne) y la Mezquita Azul.
Mimar Koca Sinán (1490-1588) es el gran referente que transformaría el arte islámico. Fue coetáneo de Michelangelo Buonarrotti (1475-1567), de Andrea Palladio (1507-1580) y del español Juan de Herrera (1530-1597) quien, aunque perteneciera a una generación posterior, coincidió profesionalmente en el tiempo. Sinán fue un niño cristiano reclutado e islamizado para el cuerpo de los jenízaros, donde estuvo al servicio del sultán como ingeniero militar. Hacia la mitad de su vida, con unos 50 años, fue nombrado arquitecto principal del imperio por Suleimán I (Solimán el Magnífico), comenzando una carrera que lo convertiría en el gran arquitecto del imperio otomano de la segunda mitad del siglo XVI.
Sinán tuvo una producción extraordinaria tanto en calidad como en cantidad (fue uno de los arquitectos más prolíficos de la historia, aunque los historiadores ponen en duda su participación en muchos edificios que le habrían sido asignados por su estatus de arquitecto jefe imperial). En cualquier caso, las construcciones acreditadas demuestran su excelente maestría.
Mehmed II, el sultán conquistador de Constantinopla no estaba satisfecho con las primeras mezquitas que levantaron los funcionarios musulmanes. Para él, Santa Sofía era la referencia que había que igualar (o superar). Por eso decidió conservarla (transformada en mezquita) y derribar la iglesia de los Santos Apóstoles para construir sobre su solar el primer intento de emulación de la basílica bizantina: la desaparecida Mezquita Fatih original. Un segundo intento sería promovido por su hijo Bayaceto II, quien levantó entre 1497 y 1504, la Bayezid Camii, proponiendo una cúpula central (de 17 metros de diámetro) sostenida por cuatro pilares. Esta mezquita es considerada una obra de enlace entre las primeras otomanas y las grandes obras de Sinan.
Planta y sección de la Mezquita de Bayaceto II en Estambul, considerada una obra de transición entre las primeras mezquitas otomanas y las grandes obras de Sinan.
Sinán sería el arquitecto que establecería definitivamente el modelo de mezquita imperial. Su obra suele estructurarse en tres etapas (sugeridas por él mismo en su autobiografía): el aprendizaje, el desarrollo y la madurez. Cada una de esas fases está representada en un edificio religioso, respectivamente: la Mezquita de Sehzade, la mezquita de Suleimán, ambas en Estambul y la mezquita de Selim en Edirne. Sinán construiría otras muchas mezquitas, algunas muy innovadoras, en las que experimentaría formas y sistemas constructivos que luego aplicaría en sus tres grandes mezquitas imperiales.
Planta de la mezquita de Sehzade: un cuadrado cubierto con cúpula y cuatro semicúpulas para la sala de oración y un cuadrado abierto y porticado para el patio.
Con la mezquita de Sehzade en Estambul (Şehzade Camii, 1543-1548) se fijan las trazas del nuevo modelo que parte de Santa Sofía: un espacio unitario, cuadrado, presidido por la gran cúpula central (19 metros de diámetro y 37 de altura) a la que se adosan cuatro semicúpulas laterales, dentro de un esquema general simétrico (una de las novedades aportadas por Sinán, gran amante de la simetría y de la racionalidad geométrica, conocedor de la obra de Alberti). El patio previo al lugar de oración es un “claustro” también cuadrado, de la misma dimensión que el espacio interior (otra demostración de simetría), con cinco vanos en cada lado y con una fuente de abluciones (şadırvan) en el centro. La composición se completa con dos minaretes. 
Imagen aérea de la mezquita de Sehzade.
En general, la Sehzade muestra la transición del recargado orientalismo persa a la simplificación decorativa que tendría el gran estilo imperial, aunque en esta primera muestra incorporaría elementos aprendidos en Santa Sofía y de la arquitectura bizantina. Sinán transformaría en “estética” los problemas de la “estática” puesto que cada elemento estructural tiene una función específica que se muestra en la fachada y en la propia cubierta. Además de la mezquita, se proyectó el külliye que incorporaba el mausoleo con la tumba del príncipe Mehmet (que llegarían a ser cinco finalmente), dos madrasas, una cocina pública y un alberge para viajeros.
Planta del complejo (külliye) vinculado a la mezquita Süleymaniye en Estambul.
Nuevamente en Estambul, Sinán daría el siguiente paso con la extraordinaria mezquita de Suleimán o Solimán, (Süleymaniye Camii, 1550-1558). Con ella se establecerían los nuevos cánones, que se inspiraban en Santa Sofía, pero depurando el estilo (por ejemplo, con la modificación de los contrafuertes para que no desfiguraran la pureza formal del conjunto). La mezquita recupera la planta de Santa Sofía con las dos semicúpulas y es precedida por un patio monumental (avlu) en el lado oeste, rodeado por una columnata o peristilo. De las cuatro esquinas del patio emergen cuatro minaretes (un número sólo permitido a las construcciones del sultán). La cúpula tiene un diámetro de 26,5 metros y una altura de 53 metros y juega con la acumulación piramidal aportada por el resto de las cúpulas e incluso por las torrecitas que prolongan los grandes pilares centrales. También la mezquita es el centro de un külliye importante que incluía, además del lugar de oración y un cementerio, un hospital, albergues, comedores públicos, baños y cuatro madrasas, en lo que posiblemente sea el mejor ejemplo de conjunto asistencial y cultural turco.
Ortofoto del centro urbano de Edirne. (1) Üç Serefeli Camii; (2) Mezquita Vieja (Eski Camii); (3) Selimiye Camii, la gran mezquita construida por Sinán.
Sinan volvería a Edirne para levantar una mezquita que, según él mismo y otros muchos expertos, fue su obra maestra: la mezquita de Selim (Selimiye Camii, 1569-1575). En esta obra, el arquitecto intentaría superar su obsesión por Santa Sofía. Ya no se planteó, como en la Süleymaniye, una imitación, sino que buscaba ir más allá. Su obsesión fue la relación entre la cúpula y el espacio que encierra. 
Interior de la mezquita de Selim en Edirne (Semiliye Camii). El sistema de apoyo de la cúpula transmite la sensación de que la Selimiye no un edificio cubierto con una cúpula sino una cúpula suspendida encima del suelo.
En Santa Sofía la gran cúpula cubre aproximadamente el 15% del espacio, mientras que, en la Selimiye, de menor superficie, cubre el 40%. Este hecho modifica totalmente la percepción interior. Sinan llevó la cúpula hasta los 31,20 metros de diámetro, levantando la clave de la bóveda hasta 42,50 metros, cuestión que le llevó a adoptar un tambor que disimularía para no contradecir el espíritu otomano. No obstante, el efecto piramidal se ve reducido por la ausencia de cupulas anexas que intenta compensar con quiebros y torrecitas. La gran cúpula se apoya en ocho pilares. La sensación que transmite la Selimiye no es la de un edificio cubierto con una cúpula sino la de una cúpula suspendida encima del suelo. La esbeltez general del conjunto se acentúa con los cuatro minaretes que emergen de las cuatro esquinas. También es el centro de un külliye que incorpora otros edificios.
Planta del complejo (külliye) vinculado a la Selimiye en Edirne.
Stéphane Yerasimos, en el libro ya citado, concluye que “Al comparar las tres mezquitas imperiales construidas por Sinán, se comprende mejor la evaluación que hace él mismo de los progresos de su arte. La Sehzade explora las posibilidades del sistema de cubierta con semicúpulas, la Süleymaniye interpreta el esquema de Santa Sofía, la Selimiye, crea un sistema completamente original. En esta progresión descubrimos cómo, incluso la obsesión por un modelo, puede ser una vía hacia la originalidad”.
Interior de la Mezquita Azul o mezquita del Sultán Ahmed (Sultan Ahmet Camii)
Las enseñanzas de Sinán fructificaron en su discípulo Mehmet Aga “Sedefkar”(1540-1617), quien levantaría en Estambul otra obra cumbre: la Mezquita Azul o mezquita del Sultán Ahmed (Sultan Ahmet Camii). Fue construida entre 1609 y 1617 en el solar que ocupaba el Gran Palacio de Constantinopla (frente a Ayasofya y el hipódromo). La estructura muestra un sistema ascendente de cúpulas y semicúpulas que culmina en la gran cúpula central de 23,5 metros de diámetro y 43 de altura. El apoyo se resuelve con cuatro grandes pilares. El patio es casi de la misma dimensión que la propia mezquita y está rodeado por una galería continua. Una extravagancia de esta mezquita es la presencia de seis minaretes (que entonces era el mismo número que tenía la mezquita de la Kaaba en La Meca y fue una decisión muy criticada, hasta que el sultán buscó una solución para mantener su primacía: incorporó una séptima torre a la mezquita sagrada de La Meca, que actualmente cuenta con nueve). Su külliye fue importante incluyendo muchos servicios además de la tumba del sultán Ahmed I.
Nuruosmaniye Camii. Fotografía de 1870 realizada por Basile Kargopoulo.
Otras mezquitas y külliyes importantes se construirían en años posteriores. En 1665 se acabaría, tras muchos avatares, la Mezquita Nueva (Yeni Camii). Entre 1748 y 1755 se levantaría la Nuruosmaniye Camii, proyectada por el arquitecto Simeon Kalfa quien diseñó una cúpula de 25 metros de diámetro; aunque el rasgo más singular de esta mezquita es su patio semicircular (un caso único). En 1766, tal como hemos comentado anteriormente, la mezquita Fatih o “del conquistador” (Fatih Camii) sufrió daños muy graves causados por un seísmo y fue derribada para construirse una nueva que se terminaría en 1771 según el diseño del arquitecto Mimar Mehmet Tahir. Su cúpula final sería de 26 metros de diámetro. Como otras tantas, la mezquita Fatih fue diseñada como parte de un külliye.
Imagen aérea de la mezquita Fatih en Estambul.
Pero estas últimas grandes obras no eclipsaron ni la obra de Sinán ni la Mezquita Azul, que es considerada la última gran mezquita del periodo clásico otomano (de hecho, tras la reconversión de Ayasofya en museo, es la mezquita principal de Estambul).
Ortofoto del centro de Estambul. (1) Santa Sofía; (2) Santa Irene; (3) Mezquita de Bayaceto II, Bayezid Camii; (4) Sehzade Camii; (5) Süleymaniye Camii; (6) Mezquita Azul o mezquita del Sultán Ahmed, Sultan Ahmet Camii; (7) Nuruosmaniye Camii; (8) la mezquita Fatih o “del conquistador” (Fatih Camii).
Las cinco mezquitas más destacadas en el artículo. De arriba abajo: Santa Sofía con su color característico (rosa) y la presencia de sus contrafuertes y los cuatro minaretes añadidos. La mezquita de Sehzade con sus dos minaretes. La Süleymaniye con los cuatro minaretes en las esquinas del patio. La Selimiye cuatro minaretes en sus cuatro esquinas. La Mezquita Azul o mezquita del Sultán Ahmed (Sultan Ahmet Camii) con sus característicos seis minaretes y la cascada de cúpulas en disposición piramidal.


[Nota: En 1990 se constituyó la ÇEKÜL, una fundación para la protección y promoción del patrimonio natural y cultural de Turquía (www.cekulvakfi.org.tr). Uno de sus proyectos ha sido catalogar, proteger y dar a conocer la obra de Mimar Sinán (denominado “Sinan’a Saygi”, Respeto por Sinán) que cuenta con una página web en la que presentan la obra del arquitecto (www.sinanasaygi.org)]

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