15 dic. 2018

Fachadas que cuentan historias: la Ópera Garnier de París (y 2)


La fachada principal del Palais Garnier de París está dotada de un gran simbolismo y narratividad (detalle de la parte central)
El Palais Garnier se construyó como el gran icono arquitectónico que debía acompañar a los característicos bulevares parisinos dentro de la impresionante renovación de la capital francesa que lideró el Barón Hausmann a mediados del siglo XIX. Nació como el nuevo teatro de la ópera de París e inauguró un estilo arquitectónico particular que identificaría al Segundo Imperio francés.
Su fachada principal está dotada de un gran simbolismo y nos cuenta historias interesantes. Comenzamos su análisis en la primera parte de este artículo, en la que descubrimos como las alegorías de la planta baja “deconstruyen” el teatro musical para que el espectador realice su propia síntesis. En esta segunda parte recibiremos mensajes del tipo “la ópera es una obra de arte total” o “la fama está asociada al talento y al esfuerzo”; reconoceremos la “firma” de sus imperiales promotores; contemplaremos dioses y personajes mitológicos; y nos fijaremos una particular historia de la música y de la ópera, “escrita” desde la peculiar óptica francesa de aquel tiempo.

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La función del edificio y la “firma” de los imperiales promotores.
Tras descubrir cómo las alegorías de la planta baja de la fachada del Palais Garnier “deconstruyen” el teatro musical para que el espectador realice su propia síntesis y, antes de proseguir con el análisis, recuperamos los argumentos iniciales para insistir en la manifestación de la función de edificio. Desde luego, la abundante simbología de todo el edificio indica que está destinado a la música (a la ópera, concretamente) pero el friso de máscaras que corona la fachada principal de extremo a extremo lo muestra específicamente: la función del edificio es la representación teatral (musical en este caso). Esa larga franja de bronce dorado enlaza expresiones de tragedia y de comedia que, realmente, son seis modelos que se repiten a lo largo de la cornisa. Su escultor fue Jean-Baptiste-Jules Klagmann (1810-1867). En su origen, el edificio recibió el doble cometido de teatro de ópera y de academia nacional de música. El friso actúa como un rótulo para la primera misión (aunque su posición elevada y lejana respecto de la vista del peatón puede reducir la potencia del mensaje), pero el segundo cometido, más difícil de representar, se declaró con una frase escrita en letras doradas: “Academie Imperiale de Musique” que se transformaría en la actual “Academie Nationale de Musique” y preside el centro de la fachada.
Los seis modelos de máscaras esculpidas por Jean-Baptiste-Jules Klagmann para el friso de la cornisa de la fachada principal.
Por otra parte, un tema complementario, menos habitual, pero que también caracteriza a muchos grandes edificios históricos es la dedicatoria a sus promotores (podemos recordar la inscripción del Panteón romano en recuerdo de Marco Agripa, por ejemplo). En lo alto de la fachada principal del Palais Garnier, en el entablamento y situadas entre los frontones curvilíneos de los extremos, aparecen las referencias a los promotores de tan magna obra, actuando como una firma conceptual. Son dos letras: la “N” y la “E”, que corresponden con las iniciales del emperador Napoleón III y de la emperatriz, la española Eugenia de Montijo. Los caracteres se alternan (cuatro letras “E” intercaladas entre cinco “N” coincidentes con los intercolumnios del cuerpo central) en un “matrimonial trenzado”. La letra “N” del emperador se inscribe en un medallón presentado sobre una guirnalda de la abundancia, repleta de frutas, que es sostenida por dos putti (querubines desnudos y alados, muy habituales en las representaciones del mundo clásico, en las que aparecían como espíritus guardianes y símbolos del amor). Son bajorrelieves que emergen sobre un fondo dorado, salidos de la mano del escultor Louis Villeminot (1826-1914). También la letra “E” de la emperatriz queda enmarcada en un medallón y también aparece un amorcillo sustentándolo. Además, en este caso es flanqueado por dos figuras aladas en alto relieve, una vestida y otra desnuda. Hay dos modelos de conjunto que se repiten dos veces cada uno y que fueron esculpidos por el escultor Jacques-Léonard Maillet (1823-1894).
Bajo el friso de cornisa que reúne las máscaras de la tragedia y la comedia, se encuentran los medallones del entablamento que homenajean a los promotores del Palais Garnier, el emperador Napoleón III (N) y a la emperatriz Eugenia (E). Los medallones N fueron obra de Louis Villeminot mientras que los “E” fueron esculpidos por Jacques-Léonard Maillet.

El teatro musical como “obra de arte total”: el mensaje de los frontones curvilíneos.
Los frontones curvilíneos que coronan los cuerpos extremos sobresalientes del plano central de la logia transmiten un mensaje claro: “la ópera es una obra de arte total”. Este concepto, alumbrado por el filósofo K. F. E. Trahndorff cuando propuso el término Gesamtkunstwerk en 1827, sería popularizado por Richard Wagner quien buscaba la fusión de las seis artes que, según él, intervenían en el teatro musical: la música, la danza, la poesía, la pintura, la escultura y la arquitectura. Los frontones del Palais Garnier, que no aluden a la música específicamente, porque se encuentra presente en todo el edificio, incorporan una disciplina nueva, la ingeniería, responsable de la tramoya.
Frontones de la fachada principal del Palais Garnier. Arriba el frontón occidental “Architecture et Industrie” y debajo el oriental “Sculpture et Peinture”.
El frontón occidental, obra del escultor Jean Petit (1819-1903) se realizó en 1869 con el título de “Architecture et Industrie”, tal como se lee en el blasón central. En este escudo se apoyan a la izquierda la musa de la Arquitectura (con sus símbolos) y a la derecha la de la Industria (con los suyos). Ambas figuras cuentan con el acompañamiento de amorcillos. Finalmente, bajo las metopas inferiores del frontón aparece en letras doradas la palabra “Choreographie”.
El grupo escultórico integrado en el frontón oriental fue esculpido en 1869 por Théodore Gruyère (1814-1885). Como en el caso anterior, la insignia central identifica a las musas como “Sculpture et Peinture” (escultura a la izquierda y pintura a la derecha) que sostienen igualmente utensilios identificativos y cuentan con la presencia de sendos amorcillos. También cuenta en su parte inferior con un rótulo dorado en el que se lee “Poesie lyrique”.
Las cuatro disciplinas simbolizadas y las dos escritas complementan a la música en la consecución de la obra teatral. La arquitectura a través de la construcción de decorados y la distribución de espacios. La ingeniería gracias a mecanismos e ingenios técnicos para mover telones y producir efectos especiales (incluida la iluminación). La pintura, dotando de contenido a los fondos, proporcionando efectos de perspectiva o creando ambientes generales. La escultura con objetos, elementos de mobiliario y piezas que completan el escenario. Entre todas definen la escena donde se desarrolla la acción. Complementariamente, la coreografía proporciona las claves del movimiento de los actores mientas que la poesía lírica sería la responsable de los textos declamados. Todo ello, religado gracias a la música, proporciona la “obra de arte total”.

El mensaje de los “dioses” (desde la cubierta): Música y Palabra conjugadas.
El “encuentro” con el cielo es un tema fundamental en el diseño de una fachada. Para marcar y articular ese límite, algunos edificios, además de los recursos arquitectónicos, se apoyan en la escultura (y de paso buscan transmitir determinados mensajes). Esos grupos escultóricos en cubierta, que vistos desde la calle se recortan sobre el cielo, son en muchas ocasiones representaciones de dioses mitológicos que aportan una simbología concreta. Este es el caso del Palais Garnier, aunque con un matiz especial, porque la fachada principal cuenta con dos esculturas que la culminan, pero se ve influida por las existentes más allá de la misma.
La fachada principal de la ópera con los cinco grupos escultóricos de cubierta comentados.
La fachada principal cuenta con dos grupos escultóricos que rematan los cuerpos salientes de cada extremo de la logia de entrada. Representan a la música y a la palabra, confirmando la función del edificio: el teatro musical que las conjuga. Son dos conjuntos de bronce dorados por galvanoplastia que esculpió Charles-Alphonse Gumery (1827-1871). El grupo occidental (izquierda del espectador desde la plaza) se denomina L’Harmonie y el oriental, La Poésie. La primera es una figura femenina alada que está de pie y se identifica por sostener una lira en su brazo izquierdo. Se encuentra flanqueada por otras dos figuras también femeninas y aladas que están sentadas sujetando unos clarines. Aquí la armonía sí es referencia directa de una de las claves fundamentales de la composición musical. Por su parte, la Poesía representa a la palabra, y aparece igualmente como una figura femenina erguida y alada, sosteniendo un cetro y una corona de laurel, premio habitual de certámenes literarios y juegos florales. De igual forma que la anterior, está escoltada por otras dos figuras aladas sentadas que portan también coronas.
Los conjuntos dorados que esculpió Charles-Alphonse Gumery para el remate de la fachada principal del Palis Garnier. El grupo occidental (izquierda del espectador desde la plaza) se denomina L’Harmonie y el oriental, La Poésie.
Como hemos anticipado, la fachada se ve condicionada por la presencia de tres grupos escultóricos que no pertenecen propiamente a ella. Aunque se encuentran ubicados en el piñón meridional de la cubierta a dos aguas del volumen escénico, se manifiestan debido a la perspectiva que se ofrece desde la Place de l’opéra, que los “funde” con el alzado principal. Dos se ubican en los vértices inferiores y el tercero, el principal, preside la cumbrera. Son dioses y figuras mitológicas, que desde esas alturas “celestiales”, confirman que el edificio es un “templo” (de la música).
Los dos grupos laterales representan a la “Fama sujetando a Pegaso” (La Renommée tenant Pégase), aunque son diferentes. Fueron realizados en bronce por Eugène-Louis Lequesne (1815-1887) entre los años 1867 y 1868. La Fama es una diosa griega que representa el reconocimiento público y Pegaso simboliza la libertad creativa, la inspiración y el talento. En otras composiciones clásicas se aprecia como la Fama cabalga cómodamente sobre el caballo alado, tocando su clarín. En el Palais Garnier no es así, la fama se encuentra al lado de Pegaso, no se deja llevar por él. El caballo se muestra encabritado y la fama lo sujeta con voluntad y brío, en una escena que pretende transmitir el mensaje de que “la fama está asociada al talento y al esfuerzo”.
Los dos grupos de “Fama sujetando a Pegaso” de Eugène-Louis Lequesne. Arriba el occidental y debajo el oriental. En la imagen inferior el Pegaso de este último grupo visto desde el norte.
En lo más alto del edifico se ubica el grupo principal, “Apolo, la Poesía y la Música” (Apollon, la Poésie et la Musique), que fue esculpido por Aimé Millet (1819-1891) en 1870. Está protagonizado por Apolo, el dios griego, hijo de Zeus, protector de las artes, y en particular de la música y de la poesía como muestra el hecho de que uno de sus atributos habituales fuera una lira. En el Palais Garnier, un Apolo desnudo (solamente lleva una capa que le cubre la espalda) levanta su lira dorada con ambas manos sobre su cabeza (en un conjunto que cuenta con unos siete metros y medio de altura y se eleva 69 metros desde el suelo). A su vera, se encuentran sentadas las musas de la Poesía y de la Música. Mirando desde el frente de la fachada, a la derecha la Poesía sujeta un estilete con el que se dispone a escribir en una tabla que sostiene con la otra mano y, a su izquierda, la Música aparece con una pandereta apoyada en su rodilla. Es la representación de una ceremonia: desde la cúspide del edificio, el dios Apolo ofrece a los parisinos la lira (el instrumento simbólico para músicos y poetas) con el refrendo de las musas. Este acto ensalza definitivamente a la música como esencia del edificio.
El grupo “Apolo, la Música y la Poesía” de Aimé Millet corona el Palais Garnier. Arriba fotografía de Louis-Émile Durandelle con el escultor dando escala delante de la escultura que sería fundida en bronce. Debajo diversos puntos de vista de la obra.

La historia de la música y de la ópera (en la fachada principal)
Que un teatro de la ópera rinda homenaje a compositores no es extraño. Aunque en el caso del Palais Garnier, la selección realizada corresponde a los reconocimientos de un determinado momento (mediados del siglo XIX) en un contexto concreto (la Francia imperial). De hecho, alguno de los autores seleccionados, que gozaron de la gloria en su tiempo, han sido muy olvidados por la posteridad. Por eso, la fachada principal (y también las laterales, a las que atenderemos más adelante) muestra una historia de la música y de la ópera “escrita” desde esa peculiar coyuntura espacio temporal. No obstante, otras grandes figuras no aparecen en las fachadas sino en el interior del edificio, como es el caso de Rameau, Lully, Gluck o Haendel que presiden el vestíbulo recibiendo a los melómanos.
En la planta de acceso, sobre las figuras centrales aparecen los medallones esculpidos por Charles Gumery homenajeando a cuatro compositores del siglo XVIII. El orden en la fachada es, de izquierda a derecha: Idilio-Bach, Cantata-Pergolesi, Canción-Haydn y Drama-Cimarosa. Los cuatro miran hacia el centro.
Los retratos de la fachada principal del Palais ocupan dos niveles: el de acceso y el piso superior. En la planta baja, son bajorrelieves de piedra que ocupan unos medallones situados en los intercolumnios, sobre las estatuas individuales de la entrada. Estuvieron realizados por Charles-Alphonse Gumery, quien esculpió además los grupos dorados de la cubierta (La Armonía y La Poesía, que ya hemos comentado). Estos bustos presentan a cuatro compositores del siglo XVIII: dos barrocos y dos del clasicismo que suponen la “base” de esta particular historia de la música (de ahí su ubicación). Los músicos se ordenan cronológicamente de izquierda a derecha: Bach, Pergolesi, Haydn y Cimarosa:
Johann Sebastian Bach (1685-1750) no fue un operista, pero su excelsa obra excusa esa ausencia en su producción. Con Bach se alcanzó la cumbre de la música barroca, aunque durante un periodo posterior paso bastante inadvertido. A su “rescate” contribuyó Felix Mendelssohn, gracias a la representación de la Pasión según San Mateo en 1829 en Berlín. Desde entonces su prestigio no dejó de aumentar y, por eso, se le otorgó un lugar privilegiado como queriendo decir “con él comenzó todo”.
Giovanni Battista Pergolesi​ (1710-1736), también fue un compositor barroco cuya prematura muerte (con veintiséis años) privó al mundo de la música de uno de sus genios. El reestreno parisino en 1752 de su obra más popular, La serva padrona (1733), sería la causa que desataría la denominada Querelle des Bouffons (la querella de los bufones), una controversia que enfrentó a los partidarios de la ópera seria francesa (liderados por Jean-Philippe Rameau) con los que defendían la nueva ópera cómica italiana (encabezados por Jean-Jacques Rousseau).
Franz Joseph Haydn (1732-1809) es otro de los pilares fundamentales de la música clásica. Aunque escribió varias óperas, no es recordado por ellas sino por su contribución a otros géneros como el de la sinfonía o el cuarteto de cuerda y por su definición de la forma sonata. No obstante, Haydn dedicó mucho tiempo al montaje de representaciones operísticas de otros autores para la corte de los Esterhazy.
Domenico Cimarosa (1749-1801) fue un compositor aclamado en su época. De hecho, fue invitado por Catalina II La Grande a su corte de San Petersburgo, donde permaneció cuatro años. Entre su producción operística destaca Il Matrimonio segreto de 1792, una obra cumbre del género bufo del siglo XVIII que llegó a competir con Mozart (y que se sigue representando en la actualidad)
Medallones de Bach (izquierda) y de Haydn (derecha)
En la planta primera se encuentran, también de izquierda a derecha: Rossini, Auber, Beethoven, Mozart, Spontini, Meyerbeer y Halévy. En este caso son bustos de bronce dorado, de bulto redondo, incluidos en los óculos que se abren sobre las balconadas de la fachada. Es una selección de los compositores del siglo XIX, los “contemporáneos”, con la excepción de Mozart, el divino Mozart, cuya prematura muerte le impidió deslumbrar también en esa centuria. Porque Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) fue un compositor tan excepcional que abarcó todos los géneros con obras cumbres en todos ellos. Escribió 22 óperas entre las cuales se encuentran varias de las obras señeras del género que siguen siendo representadas con asiduidad. Las bodas de Fígaro (1786), Don Giovanni (1787) o La Flauta Mágica (1791) son testimonio de ello. 
Planta primera de la fachada principal del Palais Garnier con los balcones entre las columnas geminadas y los bustos incluidos en los óculos.
Mozart ocupa el centro de la fachada, en reconocimiento a sus aportaciones decisivas para la música. El orden de las figuras de este primer piso es un tanto particular porque arranca de ese centro mozartiano para continuar cronológicamente tanto hacia la derecha (Spontini, Meyerbeer y Halévy) como hacia la izquierda (Beethoven, Auber y Rossini), de tal manera que los extremos están ocupados por los compositores más “jóvenes” que son Rossini, la referencia italiana y Halévy, la referencia francesa (además, ambos fallecieron mientras se realizaban las obras del edificio). En la vuelta de los cuerpos salientes de la logia se encuentran los bustos de los libretistas Philippe Quinault y Eugène Scribe a los que nos referiremos al comentar las fachadas laterales. Estos bustos están realizados por dos escultores: Victor Evrard (1807-1877) que se encargó de los dos extremos (Rossini y Halévy) y de los de la vuelta (Scribe y Quinault); y Louis-Félix Chabaud (1824-1902) quien realizó las centrales (Auber, Beethoven, Mozart, Spontini, Meyerbeer).
Detalle de los bustos de Beethoven y Mozart en el centro de la fachada principal.
Gioachino Rossini (1792-1868) fue aclamado en su época y dos siglos después sigue siendo uno de los compositores fundamentales en la historia de la ópera. Máximo representante del belcantismo reinó en el panorama europeo de principios del siglo XIX. A pesar de su temprana retirada, en 1829, Rossini conservó el prestigio alcanzado con obras como El Barbero de Sevilla (1816)
Daniel-François Auber (1782-1871) fue un compositor, principalmente de ópera cómica, que dirigió el Conservatorio de París durante casi treinta años. Influido en sus inicios por Rossini, su obra sentaría las bases de la gran ópera francesa, pero la historia no le ha mantenido el prestigio que alcanzó en vida. Su obra más reconocida fue Le Maçon (1825)
Ludwig van Beethoven​ (1770-1827) solo escribió una ópera (Fidelio, estrenada en 1805) pero su contribución a la música es de tal magnitud que no podía faltar en la fachada principal del edificio.
Gaspare Spontini (1774-1851), italiano que desarrolló la mayor parte de su carrera en París, llegaría a ser una de las figuras más importantes de la ópera seria francesa durante las primeras décadas del XIX. Su obra más destacada es La Vestale (1807)
Giacomo Meyerbeer (1791-1864) fue un compositor prusiano que trabajó en París, convirtiéndose quizá en el músico “francés” más aclamado de la primera mitad del siglo XIX, fundamental en la definición del estilo de la Grand Opéra francesa. Su obra de mayor éxito fue Los Hugonotes (1836).
Jacques-Fromental Halévy (1799-1862) fue un compositor prolífico y exitoso en su tiempo. Profesor de algunos de los músicos franceses más reconocidos como Gounod, Saint-Saëns o Bizet. Compuso alrededor de cuarenta óperas, pero solamente, su primer gran éxito, La Juive (1835), suele representarse en la actualidad (y, además fue, la obra con la que se inauguró el Palais Garnier, reflejando el prestigio que tenía entonces su autor).
Busto de Gaspare Spontini realizado por Louis-Félix Chabaud.
Esta peculiar historia de la música y de la ópera continúa en las fachadas laterales.

Anexo sobre las fachadas laterales este y oeste (la continuación de la historia de la ópera iniciada en la fachada principal).
Hemos descrito la fachada principal, pero conviene ampliar el comentario aproximándonos también a las fachadas laterales este y oeste, porque completan la narrativa musical exterior del edificio (en el interior hay más homenajes a otras figuras). Estas dos fachadas también cuentan con la presencia de bustos que suponen una interesante selección, ya que refleja los gustos franceses de la época (es decir, músicos franceses e italianos, pero no alemanes, con la excepción de Weber). Muchos de esos autores no han resistido el paso del tiempo, pero otros se han mantenido desde entonces en el primer nivel de la apreciación internacional. Son veinticuatro bustos en piedra que se ubican entre las pequeñas ventanas de la segunda planta. Complementariamente, como hemos anticipado, hay dos bustos en bronce dorado que se encuentran en cada una de las vueltas del volumen que conforma la fachada principal. En la vuelta occidental, se encuentra el del dramaturgo y libretista Eugène Scribe (1791-1861), mientras que en la vuelta oriental aparece el busto de Philippe Quinault (1635-1688), poeta y libretista de Lully (ambos obra del escultor Louis-Félix Chabaud).
Arriba, fachada oeste del Palais Garnier. Debajo detalle de su zona suroeste con indicación (puntos verdes) de los seis bustos en piedra y del busto en bronce dorado en la vuelta de la logia de la fachada principal.
Como indicamos al analizar la estructura general del Palais Garnier, la fachada oeste está dividida en dos por el denominado Pabellón del Emperador y cada zona muestra seis bustos que se ordenan cronológicamente. Si miramos la fachada y seguimos el orden de izquierda a derecha, es decir comenzando por el extremo norte, haremos el recorrido inverso. Así, en la zona noroeste aparecen Adolphe Adam (1803-1856), Vincenzo Bellini (1801-1835), Carl-Maria von Weber (1786-1826), Nicolas Isouard “Nicolo” (1775-1818), Etienne Méhul (1763-1817) y Luigi Chérubini (1760-1842). Estos bustos fueron esculpidos por Séraphin Denéchaux. En la zona suroeste se continúa con Giovanni Paisiello (1740-1816), Nicolo Piccini (1728-1800), François Philidor (1726-1795), Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), André Campra (1660-1744) y Robert Cambert (1628-1677), cuya ópera Pomone (1671) fue la primera escrita en francés. Estos seis bustos fueron realizados por Adolphe Itasse (1829-1893)
Busto de François Philidor realizado por Adolphe Itasse.
A la fachada oriental le sucede lo mismo: está divida en dos por la presencia del Pabellón de los Abonados. Los doce bustos de piedra de la fachada oriental se organizan también en dos grupos, seis en cada zona. Los personajes se ordenan igualmente en función de su fecha de nacimiento. Comenzando en la zona sureste (o sea, mirando la fachada y siguiendo de izquierda a derecha) el primero es Claudio Monteverdi (1567-1643), seguido por Francesco Durante (1684-1755), Niccolo Jommelli (1714-1774), Pierre-Alexandre Monsigny (1729-1817), André Grétry (1741-1813) y Antonio Sacchini (1730-1786, hay que hacer notar que la placa de Sacchini contiene un error, ya que aparece grabada la fecha de nacimiento como 1754 en lugar de 1730 y de ahí su posición en el orden cronológico). Estos bustos fueron ejecutados por Joseph-Adolphe-Alexandre Walter. La sucesión continúa en la zona noreste con Jean-François Le Sueur (1760-1837), Henri Berton (1767-1844), François-Adrien Boïeldieu (1775-1834), Louis Hérold (1791-1833), Gaetano Donizetti (1797-1848) y termina con Giuseppe Verdi (1813-1901). Estos bustos fueron realizados por Léon Bruyer. Curiosamente hay dos bustos que han perdido su identificación (Boïeldieu y Donizetti) y cuya atribución procede del libro que escribió Charles Garnier acerca de su proyecto, en el que justificó sus decisiones, se defendió de las críticas e indicó las numerosas obras escultóricas y sus autores. [Garnier, Charles. “Le Nouvel Opéra”. Ed. Ducher et Cie. París, 1878 (vol. I) y 1881 (vol II). Ha sido reeditado en 2001 por Editions du Linteau]
El caso de Verdi es especial ya que no figura la fecha de fallecimiento. Hay que tener en cuenta que se instaló en vida del compositor (fue el único caso) y nunca se grabó el año de su muerte. Tiene todo el sentido porque Verdi es inmortal.
El busto de Giuseppe Verdi finaliza la serie de autores homenajeados. Un detalle curioso es que no figura la fecha de fallecimiento. Hay que tener en cuenta que se instaló en vida del compositor (fue el único caso) y nunca se grabó el año de su muerte. Tiene todo el sentido porque Verdi es inmortal.


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