19 oct. 2019

Pirámides, hacia el cielo y hacia el infierno (a vueltas con la simbología de la arquitectura)


Pirámides hacia el cielo (Gran Pirámide de Keops en Egipto) y pirámides hacia el infierno (Chand Baori en la India)
Los humanos siempre han querido acercarse al cielo, pero, hasta la invención de máquinas voladoras, los intentos de aproximación no podían ir más allá de la ascensión a cumbres o del levantamiento de construcciones en altura. En la antigüedad, las pirámides asumieron este papel y, como si fueran montañas artificiales, se convirtieron en el lugar para la conexión trascendente con la divinidad y la eternidad.
Pero la forma piramidal no albergó únicamente tumbas y templos, sino que también adoptó una posición invertida para hundirse en el suelo y ofrecer funciones y significados más mundanos, relacionados con los recursos ofrecidos por la “madre” Tierra (sobre todo los relacionados con el agua, como en los baori, los espectaculares aljibes del norte de la India).
En ambos casos, normal o traspuesta, la pirámide es una de las construcciones arquitectónicas más asombrosas de la antigüedad, tanto por cuestiones técnicas como por la poderosa carga simbólica que recibieron. Buena parte de sus significados se basan en las peculiaridades geométricas del poliedro, pero también en su “relación” con el cielo y el infierno, lo divino y lo humano, o la vida y la muerte, sin olvidar otras connotaciones de poder y de orden social, e incluso esotéricas.

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Pirámides: geometrías significantes.
Los humanos siempre han querido acercarse al cielo. Pero, hasta la reciente invención de máquinas voladoras, los intentos no podían ir más allá de la ascensión a cumbres o del levantamiento de construcciones en altura. La proximidad a los dioses fue la razón principal de esa aspiración ancestral, aunque luego encontraría un nuevo impulso en la expresión de dominio de unos hombres sobre otros. En la antigüedad, las pirámides asumieron este papel de “escalera al cielo” y, como si fueran montañas artificiales, se convirtieron en el lugar para la conexión trascendente con la divinidad y la eternidad (además de otros significados como la aludida manifestación de poder). La técnica y el simbolismo se aliaron para crear uno de los tipos constructivos más fascinantes de la historia.
La propia palabra advierte del sentido alegórico de la forma. El término pirámide procede del latín pyramis, y este, a su vez, del griego antiguo πυραμίς (pyramís) y de πυρα (pyra, que hacía referencia a hoguera y fuego; cabe recordar que, en español, la palabra pira mantiene ese sentido de fogata). La particular disposición que suelen adquirir las llamas, por lo general anchas en la base y apuntadas hacia arriba, habría sido la responsable de la identificación de la forma piramidal con esa peculiar configuración de las hogueras.
Una cuestión que llamó la atención antropológica durante bastante tiempo era la que interrogaba sobre el hecho de que civilizaciones sin ningún contacto entre ellas levantaran edificaciones piramidales semejantes (mesopotámicas, egipcias o mayas, principalmente, pero también asiáticas como en China o Camboya con los templos Khmer). La explicación es más sencilla que las que apuntan algunas propuestas de carácter esotérico. Fue la existencia de aspiraciones comunes y limitaciones tecnológicas análogas las que llevaron a diferentes grupos humanos a realizaciones similares, como comentaremos despues.
Pirámide escalonada de la época Khmer en Koh Ker (Camboya) 
No obstante, la forma piramidal no miró exclusivamente hacia el cielo, sino que también adoptó una posición invertida para hundirse en el suelo y ofrecer funciones y significados más mundanos, relacionados con los recursos ofrecidos por la “madre” Tierra, sobre todo los relacionados con el agua, como en los baori, los espectaculares aljibes del norte de la India (hay un tercer caso, utilizado residualmente en épocas modernas, que presenta edificios como pirámides invertidas situando el ápice sobre el ras del terreno y la base ejerciendo de cubierta; con pretendidas simbologías que mezclan lo humano y lo divino refiriéndose a la expansión y crecimiento espiritual).
En ambos casos, normal o traspuesta, la pirámide es una de las construcciones arquitectónicas más asombrosas de la antigüedad, y siguen siéndolo actualmente. De hecho, son innumerables las investigaciones, informes y libros que se han realizado sobre ellas. A esa fascinación ha contribuido sin duda el hecho de ser edificaciones de una altura sobresaliente (en algunos casos de dimensiones gigantescas), la inusitada precisión geométrica en tiempos pretecnológicos, o la falta de certeza sobre el sistema concreto utilizado para su construcción (circunstancia que ha alimentado leyendas de todo tipo) y, desde luego, la poderosa carga simbólica que recibieron. Buena parte de sus significados se basan en las peculiaridades geométricas del poliedro, pero también en su “relación” con el cielo y el infierno, con lo divino y lo humano, o con la vida y la muerte, sin olvidar otras connotaciones de poder y de orden social, e incluso esotéricas (hasta el punto de activar un movimiento esotérico, la piramidología, que les atribuye poderes sobrenaturales)

Apunte geométrico sobre las pirámides.
La pirámide es un poliedro que tiene una cara principal (que denominamos base y que puede ser un polígono cualquiera) y una serie de caras laterales triangulares que apoyan un lado sobre la base y unen sus vértices opuestos en otro común (el ápice o vértice de la pirámide, distinguiéndolo así de los vértices del polígono-base). Los lados comunes entre cualquiera de las caras se denominan aristas. La altura de la pirámide es el segmento perpendicular (y la medida de su longitud) que une el vértice de la pirámide con el plano de la base.
La tipología de pirámides es muy variada. Depende del número de lados del polígono-base y de la relación posicional de este con el ápice. Suelen recibir el nombre de su base: pirámide triangular, cuadrada, pentagonal, etc. Si la proyección ortogonal del vértice de la pirámide sobre la base (es decir, la altura, tal como la hemos definido) coincide con el centro del polígono, la pirámide se denomina recta. En caso de que esto no ocurra, recibe el nombre de oblicua. Si el polígono-base es regular, la pirámide también adquiere ese calificativo. Una pirámide regular recta presenta todas sus caras laterales como triángulos iguales (que pueden ser equiláteros en los casos de polígonos de 3, 4 y 5 lados, e isósceles en todos los demás). Los dos tipos de pirámides más conocidos son el tetraedro (todas las caras incluida la base son triángulos equiláteros) y la pirámide cuadrada recta en la que la base es un cuadrado (y sus lados equiláteros o isósceles).
El área de la superficie de una pirámide es la suma del área del polígono base y las de sus caras laterales. En una pirámide regular recta: el área de polígono es el resultado de multiplicar la longitud del lado de la base por la apotema y por el número de lados, dividiendo el resultado por 2; mientras que el área de las triangulares caras laterales será el resultado de multiplicar la dimensión del lado base por su apotema para luego volver a multiplicar por el número de caras laterales, también dividido por 2. El volumen de una pirámide regular recta es el resultado de multiplicar el área de la base por su altura dividida por 3.
Geometría de la pirámide: tipos y denominaciones.
Finalmente, si la base se apoya en el plano y el ápice se eleva sobre ella es una pirámide normal. Por el contrario, si el vértice de la pirámide se encuentra en el plano y la base por encima de este, paralela al mismo, se habla de pirámide invertida. Un tronco de pirámide (o pirámide truncada) es el cuerpo geométrico resultante al cortar la pirámide por un plano y separar la parte que contiene al vértice. Si el plano es paralelo a la base, el tronco de pirámide es de “bases paralelas”.

Pirámides hacia el cielo (tumbas o templos) en comunicación con lo divino.
Como hemos anticipado, puede sorprender que diferentes civilizaciones antiguas levantaran pirámides sin tener contacto entre ellas, pero hay una explicación a esta coincidencia. El hecho es que sí compartían algo, aunque fuera de modo inconsciente. Todas ellas tenían una aspiración común: construir edificios lo más altos posible. Más adelante profundizaremos en las razones que alimentaron esa idea concurrente, aunque ya hemos adelantado su relación con la divinidad y la expresión de poder. Ahora atenderemos al contexto técnico.
La edificación en altura es algo muy habitual en nuestro tiempo porque la tecnología permite levantar interminables planos verticales que constituyen torres prismáticas muy elevadas. Pero en la antigüedad, era algo excepcional y, desde luego, las alturas conseguidas eran considerablemente menores respecto a las actuales. Esto era así porque sufrían grandes restricciones materiales y técnicas, de manera que los intentos de superar los límites establecidos implicaban poner en riesgo el equilibrio de las edificaciones. Los mitos expresaron esas limitaciones humanas en leyendas como la de la Torre de Babel. Las torres demasiado ambiciosas podían derrumbarse por el empuje del viento, por el pandeo propio de los elementos esbeltos sometidos a compresión, por el colapso de los materiales debido al peso soportado, o también por la insuficiencia de los mecanismos estructurales. Eran muchas las razones que ponían freno a las construcciones verticales, y ante las limitaciones tecnológicas se impuso la lógica constructiva que aprovechaba las posibilidades de cada época. La única opción para los edificios de gran altura era la disposición de volúmenes ataluzados con mayor masa en las zonas más cargadas y menor conforme se asciende. La inclinación garantizaba la estabilidad del conjunto al distribuir las tensiones. El resultado de esas posibilidades constructivas no fueron airosas torres sino pesadas pirámides que, aunque menos efectivas en la relación altura-esfuerzo, al menos eran viables (hubo ciertos intentos de hibridación como muestran algunos minaretes helicoidales que intentaron fusionar la verticalidad de la torre con la estabilidad de los planos inclinados, pero fueron casos no generalizados).
La forma piramidal ha dado forma a numerosos edificios desde la antigüedad. En la imagen, comparación de alturas entre los grandes hitos de la antigüedad y alguno de los iconos piramidales modernos.
No obstante, la gestación arquitectónica de la pirámide fue paulatina. Antes de que se construyeran las primeras, aparecieron los túmulos, que geométricamente eran troncos de pirámide, y tenían la misión de servir de tumba. El túmulo era un amontonamiento de tierra y como tal requería de taludes laterales puesto que ese material no se sostenía en un corte vertical prolongado. Su evolución material llevó a las mastabas, en las que las paredes exteriores eran de piedra, que se disponía siguiendo la inclinación de los taludes sobre los que se apoyaban. La concepción piramidal, nacería de allí, extendiéndose hacia arriba, como una apilación de mastabas que originó una forma inicialmente escalonada (los zigurats), hasta que finalmente se consiguió la pureza geométrica de la pirámide (aunque la técnica constructiva seguía escalonando interiormente pisos de piedra que eran revestidos con losas menores que producían la pendiente perfecta del plano inclinado, como en las espectaculares pirámides del antiguo Egipto).
La recurrencia en utilizar plantas cuadradas (con un polígono-base cuadrado que, junto a las otras cuatro caras triangulares, conformaba un pentaedro), puede responder a la facilidad de construcción de esa forma frente a cualquier otra (triangular, pentagonal, hexagonal, etc.) que fuerza a encuentros geométricos singulares y difíciles de resolver con la piedra. Por otra parte, las pirámides, al contrario de lo que les ocurría a las torres prismáticas, teóricamente infinitas, nacían con la prescripción de su altura, puesto que la determinación de su base y la inclinación del muro (fuera escalonado o no) situaban indefectiblemente el vértice superior. Su planteamiento inicial determina su final. Por eso, las pirámides tienen algo de humano: el principio implica el final, el nacimiento lleva asociada la muerte.
Pirámide escalonada de Saqqara en Egipto
La función funeraria inicial de túmulos y mastabas varió con los zigurats que buscaban la conquista de los cielos para relacionarse con lo divino. Estas pirámides escalonadas eran, para las culturas mesopotámicas, la base para un templo (de ahí su etiquetado como pirámide-templo). En ese templo elevado se efectuaba, como sugiere Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, la hierogamia, o sea el matrimonio sagrado entre el cielo y la tierra y la manifestación de la divinidad. Por ello, los zigurats recibieron un fuerte simbolismo. Estos templos-montaña solían presentar siete “escalones” correspondientes a los siete planetas-cuerpos celestes conocidos en la antigüedad. Su simbolismo, ascendente, fusiona la significación de la forma piramidal y la de la escalera. Cada plano-terraza disponía de una referencia propia que emanaba del planeta-cuerpo celeste asignado y del color que le corresponde (Saturno-negro, Júpiter-anaranjado, Marte-rojo, Sol-oro, Venus-amarillo o verde, Mercurio-azul y Luna-plata). El orden septenario también aludía a las divisiones del espacio y del tiempo. Por otra parte, la circunrotación acompañaba ritualmente a la ascensión.
Esquema tipo de colores simbólicos en un zigurat. Cada color está asignado a un cuerpo celeste: Saturno-negro, Júpiter-anaranjado, Marte-rojo, Sol-oro, Venus-amarillo o verde, Mercurio-azul y Luna-plata.
La pirámide-templo está presente en muchas culturas que tuvieron en común ese deseo de acercarse al mundo divino. Muy lejos del Oriente Medio, los mayas levantaron sus espectaculares construcciones con fines similares, pero con rasgos formales propios. Sus pirámides presentan los cuatro planos inclinados (por lo general escalonados, aunque más sutilmente) con una gran pendiente, incorporando una enfática escalinata central. Estas caras laterales tan empinadas ejercían prácticamente de fachadas de un edificio que se remataba con una reducida plataforma superior en la que se ubicaba el pequeño templo (y el altar para los sacrificios rituales) que justificaba toda la construcción (en rigor geométrico, la forma correspondía a troncos de pirámide). En las muestras americanas, la subida no circunvalaba el volumen, sino que se realizaba directamente por las esforzadas escaleras que se desplegaban como una “alfombra” de piedra ascensional adquiriendo un matiz diferente al oriental.
Otra diferencia radica en la distinta relación de estas pirámides con su entorno, porque mientras las pirámides mayas se elevaban sobre el bosque circundante, las mesopotámicas (o egipcias) eran avistadas desde muy lejos porque surgían en planicies desérticas. Las pirámides-templo (aunque muchas de ellas también albergaron tumbas) eran hitos que anclaban a las comunidades a su espacio, siendo la manifestación de la apropiación de su territorio, la marca de territorialidad, el punto de referencia al que volver siempre, el sitio de reunión de los pueblos itinerantes que acabarían sedentarizándose en sus proximidades. Entre otros simbolismos relacionados con la proximidad de la divinidad, los mayas creían que la pirámide era un captador de la energía del universo, y del sol en particular, que tras ser recibida era repartida a los cultivos y al pueblo en general (que buscaba la proximidad a esos edificios para recibir la bendición de los dioses). Y, por supuesto, no estaban exentas de expresiones sociopolíticas (como poder, jerarquía, grandeza, etc.)
Pirámide-templo maya: Templo de Kukulcán en Chichen Itzá (México)
La pirámide-templo está presente en otras muchas culturas. No obstante, en el Antiguo Egipto la protagonista fue la pirámide-tumba que depuraría la forma (desapareciendo los escalones en favor de la pureza de los planos inclinados) y potenciaría antiguos simbolismos además de proponer otros nuevos relacionados con la muerte y su trascendencia. En esta línea, Jean Chevalier en su Diccionario de Símbolos indica que “la pirámide participa del simbolismo del túmulo con el que se recubrían los cuerpos de los difuntos; es un túmulo de piedra, gigantesco, perfecto, que eleva al máximo las garantías mágicas esperadas de las más humildes ceremonias funerarias”.
El ritual funerario del enterramiento de los muertos enlazaba con los antiguos túmulos y mastabas, así como con su simbolismo. La fosa en la tierra era algo parecido a una devolución (“polvo eres y al polvo volverás”, recuerda el Génesis bíblico, 3:19). En épocas nómadas, esos nichos, que solían agruparse e identificarse con ciertos elementos más o menos sofisticados (podían llegar a ser simples piedras o palos), fueron el origen de lugares sagrados. Pero, cuando el enterramiento correspondía a un personaje ilustre (gobernantes o sacerdotes principalmente) se levantaba un monumento en testimonio. Eran construcciones (inicialmente de tierra, los túmulos) sobre el nivel de suelo que, como hemos comentado, serían el antecedente formal del que partiría la evolución hacia la pirámide, llegando a muestras tan espectaculares como la Gran Pirámide de Keops, concluida hacia el año 2570 a.C. en la necrópolis de Guiza, en las afueras de El Cairo. Con sus 146,50 metros de altura original, fue una de las siete maravillas de la antigüedad y el edificio más alto del planeta a lo largo de casi cuatro mil años, hasta el siglo XIV. Su gigantesco volumen parte de los 230 metros de lado de la base. El asombro que debió producir en la antigüedad por sus dimensiones y su perfección técnica debió ser absoluto.
Necrópolis de Guiza (Egipto)
Pero la pirámide-tumba era algo más que un monumento funerario: era un extraordinario colector simbólico con otros muchos significados. Juan Eduardo Cirlot, en el referido Diccionario de Símbolos, cita a Marc Saunier, quien concebía la pirámide como una integración de formas diferentes, cada una con su propio sentido. Así la base cuadrada representaría a la tierra mientras que el vértice se convertiría en el punto de partida y llegada de todo, el “centro místico”. La unión del ápice con la base, es decir las caras triangulares, simbolizarían el fuego y la manifestación divina.
Uno de sus mensajes ocultos relaciona a las pirámides con el astro rey (en una idea que también aparece en las pirámides americanas, como ya hemos reseñado). En este sentido, las pirámides egipcias son las que mejor aprovechan las características geométricas en su simbolismo. El ápice, especialmente en los casos en los que la coronación era dorada (hay que recordar que algunas de las pirámides egipcias, como sucedía en la Gran Pirámide de Keops, contaban con una pirámide de oro culminando el vértice), se convertía en un remedo del Sol y desde allí se “irradiaban” los rayos siguiendo las aristas de la pirámide. El efecto que debió producir en las planicies del desierto, apareciendo como un sol descendido a la Tierra, emitiendo la luz reflejada debió ser prodigioso. Así, la pirámide “atraía” la energía del Sol y era la representación petrificada de los rayos solares que ayudarían a la regeneración y la vida eterna del cuerpo inhumado. Ese efecto descendente por las aristas, se complementaba con el sentido contrario, el ascendente, por el que las aristas confluyen en el vértice superior representando el valor de la unión y la potencia resultante de la fusión de fuerzas (esto ha sido utilizado por determinadas corrientes esotéricas que creen que desde el vértice emanarían ondas de conexión con el mundo extraterrestre)
Otro significado es el que apunta Georges Possener en su Dictionnaire de la civilisation égyptienne recuperando la idea de que el túmulo original o la pirámide, “más que puramente utilitario en el origen, servía para evocar la colina que emergió de las aguas primordiales en el nacimiento de la tierra y representó así la existencia. La muerte podía combatirse pues en el plano mágico por la presencia de este poderoso símbolo”. Así la pirámide era el recuerdo simbólico de la isla, la tierra originaria, colina primigenia que emergía de las aguas (en este caso, de la uniformidad del desierto) dando comienzo a la vida con la aportación de los escalones (en el caso de los zigurats) que ayudarían al difunto a alcanzar ese cielo donde disfrutaría de la eternidad.
Y finalmente, como hemos apuntado al comentar las pirámides-templo, también la edificación majestuosa de las pirámide-tumba simbolizaba el poder (derivado de la grandeza de la construcción) y la jerarquía social (aludiendo a la comunidad de una amplia base y con una cabeza en la cúspide, el lugar del faraón).
Arriba, conjunto de pirámides-tumba en Guiza (Egipto). La situada a la izquierda es la Gran Pirámide de Keops. Debajo conjunto de pirámides-templo en Teotihuacán (México), destacando la Pirámide del Sol sobre las demás.
Una particularidad de las pirámides-tumba es que solían conformar conjuntos funerarios donde abundaban ejemplos de tamaños muy diferentes. Un rasgo reseñable de estos es su ubicación, en la margen izquierda del rio Nilo, la ribera occidental por la que se oculta el sol (el ocaso como correspondencia con la muerte). De hecho, los palacios, manifestación de la vida, se situaron en la margen derecha, la oriental, por la que salía el sol irradiando su energía vital. Más allá de esta circunstancia contextual, estas necrópolis han suscitado numerosas disquisiciones acerca de la orientación y las relaciones posicionales entre las diferentes pirámides reunidas (muchas de ellas señalan supuestas conexiones con constelaciones solares, como es el caso del grupo monumental de Guiza y las estrellas que configuran Orión).

Pirámides hacia el infierno (aljibes de agua) y su simbolismo vital.
Las pirámides antiguas no solo apuntaron al cielo. Con otros propósitos, también señalaron hacia el infierno, apareciendo como solución constructiva de excavaciones importantes. Nuevamente, la forma piramidal, con sus paredes inclinadas, en este caso convergiendo en la profundidad, sería la más conveniente técnicamente dado que los vaciados de terreno también están determinados por las condiciones de cohesión granular de la tierra.
Los cortes verticales solo son posibles en roca o en terrenos de gran compacidad. Los pozos, agujeros taladrados en la tierra para acceder habitualmente al agua (o a otros recursos subterráneos como gas, petróleo o vetas minerales) son “túneles verticales” que, dado su estrecho diámetro, suelen resistir ante derrumbes (aunque en algunos casos se refuerzan sus paredes para evitar desplomes del terreno natural). Cuando la excavación es más extensa, como sucede en los desmontes para carreteras o en las minas a cielo abierto, lo normal es ejecutar taludes, inclinando el plano y dotando de una pendiente al terreno para garantizar su estabilidad.
Pirámide invertida escalonada del Baori (Pushkarini) de Hampi en Karnakata (India)
El caso que nos interesa tiene como misión la extracción de agua freática, yendo más allá de las posibilidades de los pozos. En la India (especialmente en el noroeste), hay unas antiguas construcciones que no solamente proporcionan acceso directo a las capas freáticas, sino que además pretenden servir de almacenamiento para el agua descargada por lluvias intensas (como sucede con los monzones). Son los baori, una tipología arquitectónica que disponía una forma piramidal invertida para estos fines. Baori es una palabra hindú que puede ser traducida como “cisterna escalonada”. Estos grandiosos depósitos se hundían en el terreno gracias al ataluzamientos de sus paredes laterales con espectaculares disposiciones de escalinatas y graderíos que eran utilizadas hasta donde posibilitara el nivel de agua en cada momento. Pero, además, estos aljibes presentaban fuertes connotaciones simbólicas como muestra la presencia de pequeños templos interiores y salas especiales para abluciones en los más destacados. Algunos baori, en función del diseño de su graderío, también eran lugares de reunión para los miembros de la comunidad o para la representación de rituales y fiestas en honor de los dioses.
Chand Baori en Abhaneri, cerca de Jaipur, en el estado indio de Rajastán. Planta y Sección.
Algunos ejemplos llegaron a alcanzar una sofisticación arquitectónica extraordinaria (uno de ellos, Rani-ki-Vav, el “pozo escalonado de la reina”, en Patan, Guyarat, fue incluido en 2014 en la lista del Patrimonio de la Humanidad). Quizá el más conocido por su geometría de pirámide invertida escalonada sea el Chand Baori situado en Abhaneri, cerca de Jaipur, en el estado indio de Rajastán. El entorno de Abhaneri es árido y tiene dificultades para garantizar el suministro hídrico ya que solamente cuenta con un pequeño rio, el Banganga, situado a cinco kilómetros al norte. La solución fue el Chand Baori, construido hacia el primer cuarto del siglo VIII, partiendo de un cuadrado de 30 metros de lado marcado en el suelo y con una profundidad de 20 metros, en 13 niveles, permitiendo una gran capacidad de acumulación de agua durante la época de los monzones.
El simbolismo del baori se basa en fundamentalmente en el agua, aunque se complementa con la alegoría de la forma piramidal. El agua era la sustancia primordial en la religión védica y también en el posterior hinduismo, que asumió su legado. Del agua nacían todas las cosas, de manera que esa responsabilidad en el origen de la vida y por eso era su símbolo. Esta asociación se reforzaba con su necesidad para el mantenimiento la existencia, simbolizando también la esperanza y la purificación (a algunas aguas se les atribuían también poderes curativos). Por eso, un baori era algo más que una fuente de agua potable, convirtiéndose en un santuario para el baño, para la oración y para la meditación.
Imagen del Chand Baori en la que se aprecia la construcción complementaria del templo y las salas de abluciones.
Estas pirámides invertidas están formalmente caracterizadas por las escaleras y de ellas derivan nuevos significados complementarios: el viaje hacia el encuentro con la esencia de la vida. El camino se inicia con el descenso para obtener el líquido de la vida, bajando escalón tras escalón, perdiendo paulatinamente las referencias del exterior, alejándose del entorno habitual, para llegar a un punto en el que el ambiente es exclusivamente el interior del baori. Y el agua en el fondo, cuya presencia da sentido al trayecto. Es un proceso de desprendimiento, de liberalización del día a día, de acercamiento a la pureza, acreditada por las abluciones limpiadoras. Posteriormente llega el ascenso, esforzado debido a la pesada carga de agua, y con el retorno al mundo se recupera el paisaje cotidiano, pero la persona se siente renovada y amparada por la compañía del agua que proporciona la vida.
Puede resultar paradójico que, mientras la pirámide que apunta al cielo puede ser una tumba, la que señala al interior de la tierra simbolice la vida. Pirámides para la muerte y pirámides para la vida, aunque en ambos casos la presencia de templos y santuarios refrendan la estrecha relación de la forma piramidal con la divinidad.

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