20 may. 2012

Intervenir en la ciudad consolidada: La Villa Olímpica de Barcelona.


Entre todas las operaciones desarrolladas para la Barcelona de los XXV JuegosOlímpicos, celebrados en 1992, la que tuvo mayor relevancia para la cultura urbanística fue la Villa Olímpica. Este proyecto alcanzó una gran repercusión internacional por su particular propuesta de intervención en el espacio consolidado de la ciudad.
La ubicación de la Villa Olímpica fue una decisión trascendental. El Poblenou era una zona fundamentalmente industrial que se encontraba muy degradada, pero que contaba con un gran valor posicional como primer eslabón de la gran estrategia que pretendía abrir la ciudad al mar.
La Villa Olímpica planteó una intervención en la ciudad que buscaba una conciliación con la historia, integrando el trazado del Eixample de Cerdá con los logros del Movimiento Moderno, y las esencias de la ciudad mediterránea.
El resultado suscitó gran admiración, aunque no estuvo exento de polémicas.

La elección del sitio
El Poblenou había tenido un desarrollo precario dentro del Eixample de Barcelona.
El Parque de la Ciudadela (Parc de la Ciutadella), ubicado en la esquina norte del casco antiguo había actuado como un obstáculo para la expansión tras él. También la Plaza de las Glorias (Plaça de les Glòries Catalanes), uno de los centros previstos por Cerdá, no se había consolidado como tal y era en realidad un límite urbano a partir del cual el ensanche se difuminaba hasta casi desaparecer. De hecho, el gran eje de la avenida Diagonal se encontraba interrumpido por edificaciones y la Gran Vía, ni siquiera se había prolongado. Todo aquel extenso barrio había sido ocupado mayoritariamente por la industria (de ahí la denominación del Manchester español), con una implantación que, en algunos casos, iba en contra del trazado de Cerdá.
Por otra parte, estaba el mar. Los ciudadanos de Barcelona no se relacionaban con el Mediterráneo desde hacía mucho tiempo. Cuando hubo que trazar la primera vía del tren (Barcelona-Mataró, 1848) se hizo por la playa, un espacio inútil según los criterios de la época. Además, en esa playa, entre la Barceloneta y la zona futura de la Villa Olímpica, había ido creciendo un asentamiento marginal hasta consolidar un gran barrio de chabolas (Somorrostro) que sería demolido en 1966.
Comparación entre las ortofotos de 1956 y 2012. Se pueden apreciar las importantes transformaciones tanto en la línea de costa, como en la evacuación o en las vías ferroviarias. También el conjunto de  chabolas (Somorrostro) que ocupaba la playa en 1956.
Esa zona litoral de la ciudad, ya había sido objeto de atención en épocas anteriores. En la década de 1960 se comenzaron a valorar sus posibilidades. Así, en 1966, algunas de las principales empresas dela zona, propietarias de importantes extensiones de terreno, como Catalana de Gas y Electricidad, La Maquinista, Motor Ibérica ó Crédito y Docks, constituyeron una empresa con el objetivo de impulsar el desarrollo urbanístico de la zona. Concibieron un plan, denominado “Plan de la Ribera”, con un carácter altamente especulativo buscando la revalorización de los terrenos con la recalificación de usos hacia residenciales y comerciales. El plan era ambicioso ya que, para favorecer los cambios deseados, proponía también una reordenación infraestructural.
Aunque el Plan de la Ribera llegó a ser aprobado (1971) no se implementó debido a la fortísima oposición capitaneada por asociaciones y agrupaciones vecinales apoyadas por colegios profesionales (que llegaron a convocar un concurso alternativo, el “Contraplan”). Esta presión popular, las dificultades económicas ocasionadas por la crisis del petróleo de 1973 y la caída de la dictadura que amparaba este tipo de transformaciones vinculadas al capital especulativo, consiguieron frenar definitivamente el proyecto. La indefinición sobre el futuro de la zona y el traslado a otras ubicaciones de las grandes industrias agravó su deterioro y su progresivo abandono.
Con la candidatura a los Juegos, Barcelona volvió a fijar la atención sobre esta zona. Pero en esta ocasión, la potencia del objetivo olímpico, compartido por una mayoría ciudadana, y los renovados objetivos de la transformación (bien diferentes a los planteados por el Plan de la Ribera), permitieron que hubiera pocas voces discrepantes.
Planteamiento de la intervención
La zona donde se implantó la Villa Olímpica, se conocía como Icaria. Icaria era la sociedad ideal descrita por Étienne Cabet (1788-1856) en 1840, en su libro “Voyage et aventures de lord William Carisdall en Icarie”. Cabet fue uno de los socialistas utópicos que durante el siglo XIX propusieron alternativas sociales y  urbanas, en respuesta a la situación originada por la Revolución Industrial. Su decidido activismo le llevó a fundar el movimiento icariano, que llegó a construir varias colonias-comunas en los Estados Unidos durante la segunda mitad del XIX. Parece ser que algunos de sus seguidores se instalaron en esta parte de Barcelona con la intención de crear una colonia cabetiana.
El proyecto de la Villa Olímpica se denominó Nova Icaria en recuerdo del barrio demolido y, quizá también, por el deseo de conectar con aquella aspiración de “ciudad ideal”. El planteamiento urbano fue realizado por por Josep Martorell, Oriol Bohigas, David Mackay y Albert Puigdomenech.
Oriol Bohigas condensó su visión para la Villa Olímpica y su entorno, en seis ideas esenciales que se convertirían en las directrices del proyecto del nuevo barrio:
  • Construir un barrio marítimo con mezcla de usos y complejidad social que pudiera otorgarle cohesión urbana.
  • Eliminación de barreras físicas y sociales que habían aislado la zona del resto de la ciudad.
  • Continuar la morfología urbana más característica de Barcelona (el Eixample) pero con una revisión contemporánea (manzanas casi cerradas y las calles casi corredor)
  •  Sobre la morfología tradicional incorporar tipologías actualizadas con los logros del Movimiento Moderno, incluso modificando la dimensión de la manzana llevándola a superunidades integradas.
  • Flexibilidad de los criterios generales, de forma que sean los proyectos los que definan finalmente la actuación para concentrar en un breve periodo la complejidad de la construcción de la ciudad.
  • División del conjunto en unidades desarrolladas por diferentes arquitectos (y promotores).

La base conceptual se encontraba en el artículo que Oriol Bohigas publicó, en 1973, en la revista L’ Architecture d’ Aujourd’ hui  con el título “Îlots presque fermés et rues presque corridors”. Bohigas reivindicaba unas morfologías urbanas marginadas por el Movimiento Moderno y  que orientaron casi obsesivamente la actuación profesional de su equipo. Estas “manzanas casi cerradas y calles casi corredor” alcanzarán su máxima expresión en la ordenación de la Villa Olímpica.
Por ello, el planteamiento urbano recuperó la noción de “macromanzana” (superunidades) apoyándose en las investigaciones y realizaciones que décadas atrás se realizaron tanto en la Amsterdam de Berlage como en la Viena Roja.
El resultado agrupó varias de las piezas de Cerdá en una única aparente, dado que no se deseaba interrumpir el trazado viario que se había mostrado muy eficaz. Se recuperó la manzana y la calle corredor que el racionalismo había denostado. Este aumento de escala propició la diversidad tipológica (vivienda colectiva y unifamiliar o bloque y torre, aprendieron a convivir). También permitió la mezcla de usos que el racionalismo había proscrito. Las manzanas contaban con edificios residenciales y edificios terciarios (oficinas y comercios) recuperando el espíritu mediterráneo de convivencia.
La arquitectura residencial, de la que se hablará más adelante con detalle, fue, en general, una arquitectura muy sintonizada con las ideas dominantes en la década de 1980. Una arquitectura muy consciente de su responsabilidad con la ciudad y que era el resultado de un proceso de elaboración muy disciplinado, contextualizado y respetuoso con las claves urbanas. Una arquitectura urbana en línea con la que se estaba construyendo en Berlín para la IBA 1987, uno de los grandes referentes del momento.
Uno de los grandes objetivos generales era que la ciudad debía recuperar su valor de uso para los ciudadanos. Por ello, el espacio público se convirtió en el gran protagonista de la actuación. La ciudad mediterránea siempre se ha caracterizado por ello y, en este caso, además, la proximidad de la playa proporcionaba un aliciente de gran potencial lúdico. Las claves de la ciudad histórica fueron reinterpretadas y numerosos elementos de la tradición local, tanto arquitectónicos como espaciales, marcaron las pautas del espacio público. Así se plantearon plazas, paseos, jardines, parques, fuentes que, junto a las playas renovadas o al puerto olímpico, convirtieron la zona en una importante área de ocio para la ciudad.
Las nuevas playas con el fondo de las dos torres y el umbráculo-ballena.
Sobre estas bases la villa logró atraer usos lúdicos, hoteleros, universitarios, para configurar un barrio, que tras el reajuste residencial posterior a la estancia temporal de los deportistas, se ha convertido en uno de los puntos más emblemáticos de la ciudad.
La contradictoria conciliación con la historia
La Villa Olímpica aspiraba a lograr una reconciliación histórica entre la tradición heredada y la modernidad.
Este objetivo, fue resuelto con cierta ambigüedad y bastantes contradicciones internas. Por un lado se apelaba a la continuidad histórica a través de una síntesis ideal entre la potencia del trazado del Eixample de Cerdá y los logros de la arquitectura del Movimiento Moderno. Pero, por otro, el proceso se realizó a partir de una “tabula rasa” con las preexistencias, que fueron eliminadas.
Así pues, la conexión con la historia fue más conceptual que real.
El barrio, en 1987, antes de los derribos de las instalaciones industriales.
No hubo conexión con el legado físico recibido ya que todas las edificaciones preexistentes fueron derribadas. El antiguo barrio industrial de Icaria fue demolido íntegramente y así, la Villa Olímpica nació desde de una hoja en blanco, sin condicionantes indeseados, con libertad para el diálogo previsto entre la trama de Cerdá y las superunidades modernas.
La polémica decisión del derribo total no generó demasiada controversia. El deterioro de la zona y el impulso decidido de los Juegos Olímpicos acallaron las voces discrepantes que reivindicaron el interés arquitectónico de algunas edificaciones industriales. Los defensores de esa arquitectura industrial solamente pudieron inventariarla, dejando un testimonio por medio de fotografías y levantamiento de planos, pero no pudieron evitar el arrase de la historia del lugar.
El proyecto supuso la implantación de un tejido nuevo reconectado con la ciudad. No quedaron vestigios de la que fue una de las zonas de mayor concentración industrial de Barcelona. La Villa Olímpica fue una auténtica fecundación “in vitro”.
Pero la inspiración de ese tejido novedoso se encontraba en la propia historia de la ciudad. La nueva trama jugaba con los trazados del Cerdá y con las exigencias de la vida moderna en un diálogo muy interesante. También la arquitectura debía recuperar su papel vinculado con la historia. Por ello, las tipologías recuperaron muchos de los elementos característicos de la ciudad tradicional. Pórticos y balcones, porches y pérgolas, materiales y texturas, fueron revisados desde la óptica moderna para ofrecer un espacio que pretendía reconciliar al ciudadano con la ciudad y, sobre todo, con la modernidad.
Imagen de la unidad 8.6
Generar la variedad urbana que otorga el paso del tiempo y la superposición de estilos, no era un reto sencillo para un proyecto nuevo y concebido de forma unitaria en un tiempo tan breve. Este hecho ha sido alabado por unos y criticado por otros. Los primeros consideran conseguido el objetivo y defienden el resultado, mientras que los segundos lo entienden como una simulación fallida de la diversidad.
La arquitectura de la Villa Olímpica
Sobre este objetivo de diversidad urbana se alzó otra de las polémicas de la Villa. La controversia se suscitó con la selección de los equipos de arquitectos que construirían las edificaciones residenciales ubicadas en las superunidades. Frente a la convocatoria de concursos, se optó por encargar las viviendas a equipos que hubieran recibido el premio FAD de Arquitectura e Interiorismo. Estos premios (Foment de les Arts Decoratives) se entregan, desde 1958, como reconocimiento a obras de vanguardia en el campo de la arquitectura y del interiorismo (aunque recientemente se han creado nuevas modalidades). El ámbito de los premios fue inicialmente Barcelona, para ampliarse a toda Cataluña en 1987. En la actualidad abarca toda la Península Ibérica.
Esta decisión iba a generar conflicto, y los que la tomaron lo sabían. Pero pudo más su intención inicial de reflejar, en el nuevo barrio, la arquitectura catalana del momento, a través de los proyectos de tres generaciones de arquitectos.  Perseguían acumular en un  breve periodo de tiempo la diversidad que otorgan los largos procesos urbanos. Se quería huir de la uniformidad que suelen presentar los grandes proyectos gestados de una sola vez, pero sin renunciar a esa impronta catalana que había llegado a configurar una, más o menos aceptada “Escuela de Barcelona”.
Las siguientes imágenes relacionan las superunidades con la identificación de los autores de las diferentes piezas.
Superunidad 1
1          Carles Ferrater
Superunidad 5
5.1.     Francesc Mitjans y Manuel Ribas Piera
5.2.     Sergi Godia, Josep Urgell y Pilar de la Villa
5.3.     Lluis Domenech y Roser Amadó (edificio puerta)
5.4.     Lluis Cantallops y Miquel Simón
5.5.     Helio Piñón y Albert Viaplana (edificio puerta)
5.6.I.   Viveca González, Miquel Martín y María Escale
5.6.II. Ernest Compta y Claudi Arañó
5.7.     Jaume Sanmartí
5.8.     Helio Piñón y Albert Viaplana (edificio puerta)
5.9.     Antoni Bonet, Miguel Scarpato y Jorge Klein
5.10.   Ricardo Bofill (Taller de Arquitectura)
5.11.   Guillem Giráldez, Pere López y Xabier Subías
CAP    Sergi Godia, Josep Urgell y Pilar de la Villa (Centro de Asistencia Primaria)
Superunidad 6
6.1.     Josep Martorell, Oriol Bohigas, David Mackay y Albert Puigdomenech
6.2.     Josep Martorell, Oriol Bohigas, David Mackay y Albert Puigdomenech
Superunidad 7
7.1.     Pere Llimona y Xavier Ruiz Vallés
7.2.     Federico Correa y Alfonso Milá
7.3.     Jaume Bach y Gabriel Mora (edificio puerta)
7.4.     Josep Puig Tomé y Josep Maria Esquius
7.5.     Lluis Clotet e Ignasi Paricio
7.6.     Helio Piñón y Albert Viaplana (edificio puerta)
7.7.I.   Ramon Valls, Agustí Mateos y Josep Benedito
7.7.L.  Oscat Tusquets y Carlos Díaz
7.7.c.  Antoni Carrió (Centro Comercial “El centre de la Vila”)
Superunidad 8
8.1.     Esteve Bonell, Frances Rius y Josep Maria Gil
8.2.     Helio Piñón y Albert Viaplana
8.3.     Jordi Bosch, Joan Tarrús y Santiago Vives
8.4.     Jordi Bosch, Joan Tarrús y Santiago Vives
8.5.     Josep Alemany y Enric Poblet
8.6.     José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres
8.7.     Esteve Bonell, Frances Rius y Josep Maria Gil

La Villa Olímpica cuenta con casi dos mil viviendas (1.976 uds.) distribuidas en las diferentes superunidades residenciales. Pero en su entorno, también se diseñaron otros espacios y edificios relevantes con otros usos.
Comenzando por el propio Puerto Olímpico y la Escuela de Vela (proyectados por Josep Martorell, Oriol Bohigas, David Mackay y Albert Puigdomenech) o la emblemática pareja de torres (el hotel diseño de Skidmore, Owings&Merrill encabezado por Bruce Graham y las oficinas según proyecto de Iñigo Ortiz y Enrique León).
También se ubicó un Centro Ecuménico (Josep Benedito y Agustí Mateos), un Polideportivo (Franc Fernández y Moisés Gallego), un Centro Escolar y Parque Bomberos (Yago Conde) o un Centro Meteorológico (Alvaro Siza). Se diseñaron parques, calles  y avenidas y se poblaron de esculturas o de construcciones tan particulares como el umbráculo-ballena, diseñado por Frank Gehry, o las pérgolas que propusieron Enric Miralles y Carme Pinos en la avenida Icaria.
Las pérgolas de la Avenida Icaria

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