5 may. 2012

Los grandes eventos como catalizadores urbanos: Barcelona Olímpica.


Las cuatro áreas olímpicas (Diagonal, Vall d'Hebron, Montjuïc y Poble Nou-Villa Olímpica) con el hilo conductor de las Rondas.

Un catalizador es un elemento que, con su presencia, es capaz de acelerar un proceso químico. Análogamente, muchas ciudades han experimentado la fuerza motriz de los grandes eventos internacionales para impulsar sus transformaciones urbanísticas.
Barcelona conoce bien esta estrategia y ha sabido utilizarla inteligentemente. Desde Exposiciones Internacionales, que le permitieron reordenar la zona de la Ciudadela (1888) o iniciar la integración de Montjuïc en la trama urbana (1929), hasta convocatorias como los XXV Juegos Olímpicos (1992) o el Foro de las Culturas (2004), que alentaron la consecución de diferentes aspiraciones urbanas.
La década de 1980 fue un periodo prodigioso que transformó Barcelona. Las Olimpiadas significaron un revulsivo para ampliar los objetivos de un proceso urbano que ya había ofrecido frutos, y que contaba con un alto reconocimiento. Barcelona se apoyó en la fuerza de este gran acontecimiento (fuerza política, ciudadana, mediática y también financiera) para renovar sus “cuatro esquinas” (las áreas de Montjuïc, Diagonal, Vall d’Hebron y Poble Nou con la Villa Olímpica) e hilvanarlas con un hilo conductor fundamental, las Rondas de circunvalación.
Al gran éxito deportivo y de organización, se sumó la admiración por sus logros urbanísticos. Los Juegos Olímpicos proyectaron internacionalmente a Barcelona como un paradigma urbano tanto por el innovador diseño de sus espacios públicos como por sus mecanismos de intervención en la ciudad construida.

Barcelona democrática y preolímpica: una nueva filosofía de intervención urbana.
En 1979, la democracia llegó también a la administración de las ciudades españolas. Las principales ciudades  habían sufrido las consecuencias especulativas del “desarrollismo” de las décadas anteriores, y presentaban un panorama bastante desolador con graves desequilibrios, crecimientos anárquicos, déficits infraestructurales y de equipamientos, espacios desfigurados o desestructuración en su sistema. Los nuevos ayuntamientos iniciaron un giro radical en las políticas urbanas apostando por un nuevo modelo que tuviera a los ciudadanos como objetivo.
Barcelona participaba de toda esa problemática general, pero además tenía sus propias asignaturas pendientes. Una densidad extraordinaria con clamorosos déficits de espacios libres, una congestión de tráfico casi permanente, una desconexión física y mental del mar, graves desequilibrios estructurales y en general un deterioro ambiental importante. 
Sumado a todo, Barcelona se encontraba con dos circunstancias particulares. Por una parte, su territorio administrativo se encontraba, desde hacía ya tiempo, prácticamente colmatado. De hecho los últimos grandes crecimientos se habían producido en las ciudades perimetrales que integran su área metropolitana. Y por otra parte, el nuevo ayuntamiento de la ciudad se encontró con un planeamiento aprobado muy recientemente (Plan General Metropolitano Ordenación Urbana de Barcelona, 1976) que organizaba los aspectos fundamentales de su área metropolitana.
El Plan General Metropolitano de Ordenación Urbana de la Entidad Municipal Metropolitana de Barcelona, aprobado en 1976.
El espíritu transformador se encontró muy apoyado por las reivindicaciones populares. Los movimientos ciudadanos y de barrio, siempre han sido muy activos en la ciudad. No obstante, los primeros años de democracia, que estuvieron marcados por ese afán renovador, también se vieron muy condicionados por la crisis económica que se estaba atravesando.
Pero a pesar de la ardua tarea, que en ocasiones alcanzó grados épicos, la ciudad no se desanimó en esa búsqueda de sí misma. Para ello contó con un fuerte liderazgo político, como fue el de los alcaldes Narcís Serra y Pasqual Maragall, quienes impulsaron con resolución el proceso y lo gestionaron con brillantez. En este contexto, también fue decisiva la designación del arquitecto Oriol Bohigas como concejal delegado de Urbanismo, quien convirtió a Barcelona en un gran laboratorio urbanístico en el que experimentar las ideas desarrolladas en la Escuela de Arquitectura, que Bohigas estaba entonces dirigiendo.
Desde su nueva responsabilidad, Bohigas defendió una nueva forma de abordar la tarea urbana, apoyándose en el método del Proyecto frente al Plan General de Ordenación. La primacía del Proyecto sobre el Plan no significaba suprimir los instrumentos tradicionales de control urbanístico sino transformarlos en otro tipo de documento y en otra fórmulas de gestión del mismo. Se trataba de un cambio de escala. De la visión holística sobre la ciudad se pasaba a una planificación que consideraba entornos más reducidos y asequibles. Bohigas lo denominaba el “Plan-Proyecto”. No obstante, estos “Planes-Proyecto” no se encontraban huérfanos de referencias superiores; todo lo contrario, requerían esa orientación previa que marcara su rumbo. El modelo era necesario, pero se debía limitar a sentar las bases políticas del futuro de la ciudad, definiendo las intenciones generales y marcando las grandes decisiones. En esa línea, debía reducir sus consideraciones figurativas, formales y funcionales, ya que estas determinaciones corresponderían a cada proyecto concreto.
La flexibilidad de ese esquema conceptual, de esa orientación global, otorgaba todo el protagonismo a los proyectos específicos que asumían la responsabilidad de sobre la programación de usos y formas. Desde lo particular se llegaría a lo general.
Sobre estas bases se planteó la noción de “acupuntura urbana”, como una técnica de intervención en puntos “neurálgicos” (o neuróticos) de la ciudad, para, desde ellos, producir un efecto de “metástasis positiva” que irradiara e impulsara la renovación. En muchas ocasiones la iniciativa pública seria la responsable de ese esfuerzo inicial para que la privada continuara y completara los objetivos.
Esta filosofía urbana, reconocida como “microurbanismo”, será uno de los rasgos característicos del nuevo proceder barcelonés.
Barcelona en la década de 1980: del “microurbanismo” a las transformaciones olímpicas.
La alteración propuesta respecto del proceso urbano tradicional, y que suponía el diseño de las partes antes que el conjunto, tampoco era ajena a unas circunstancias económicas duras. No era viable proponer grandes actuaciones, sino operaciones puntuales que pudieran financiarse.
Los “Planes-proyecto” de la Barcelona de los ochenta, fijaron su rumbo a partir de orientaciones políticas generales que se expresaban por medio de eslóganes rotundos: “Sanear el Centro”, “Recuperar el Centro”, “Monumentalizar la periferia”, “Barcelona, cara al mar”. También se apoyarían en una profunda investigación sobre la ciudad. Barcelona fue analizada y revisada a la luz de los nuevos criterios, para seleccionar estratégicamente los lugares de intervención, entre los que destacaban los espacios públicos. Todo ello considerando, además, que el protagonismo del Proyecto ponía el énfasis en la configuración morfológica de plazas, parques o calles y en el diseño de los elementos que las poblaban (mobiliarios, esculturas), en un afán por proporcionar una identidad propia a las diferentes zonas de la ciudad.
Barcelona se lanzó así a un “urbanismo de guerrilla” cuya misión era construir sobre lo construido, reordenando, recuperando, saneando, revitalizando, reestructurando, o reequilibrando lo ya existente.
Algunas intervenciones reurbanizaron calles y plazas existentes siguiendo las nuevas directrices. Son muchos los ejemplos de ello, como la Avenida Gaudí (Màrius Quintana, 1985), Via Julia (Bernardo de Sola y Josep María Julia, 1985), la Plaça del Sol (Jaume Bach y Gabriel Mora, 1986) o el Fossar de la Pedrera (Beth Galí, 1985).
También se abordaron intervenciones más trascendentes socialmente. Se actuó sobre zonas que presentaban un gran deterioro social y urbano, en algunos casos al borde de la marginalidad, y que vieron como la “acupuntura urbana” les devolvía una vida renovada. Es por ejemplo el caso del Rabal y el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, MACBA (que aunque fue inaugurado en 1995, había sido proyectado por Richard Meier en 1990, como culminación de una estrategia que se remonta a 1985).
Uno de los grandes retos al que se enfrentaba la ciudad era la escasez de espacios libres para uso y disfrute ciudadano. La nueva Barcelona reivindicaba el espacio urbano y su protagonismo. La estrategia de recuperación de lugares que hasta entonces habían estado ocupados por industrias, en muchos casos obsoletas, o instalaciones en desuso, permitió la construcción de nuevas dotaciones urbanas y, sobre todo, proponer los espacios públicos de los que la ciudad carecía. Nuevamente los ejemplos son muchos y variados. Pueden desatacarse casos como el Parc de l’ Espanya Industrial, (Luis Peña Gantxegi  y Francesc Rius, 1985) sobre los terrenos ocupados anteriormente por una empresa algodonera, el Parc de la Creueta del Coll (Josep Martorell  y David Mackay , 1987) sobre unas canteras cerradas, el Parc Joan Miró (Antoni Solanas, Màrius Quintana, Beth Galí y Andreu Arriola, 1985) sobre los antiguos mataderos barceloneses, o el Parc del Clot, (Dani Freixas y Vicente Miranda, 1985) sobre talleres ferroviarios.
La Plaça del Països Catalans o Plaza de Sants. Al fondo, el Parc de la Espanya Industrial.
Una de las actuaciones emblemáticas del momento fue la Plaça dels Països Catalans (conocida también como Plaza de Sants en referencia a la contigua estación de ferrocarril). Diseñada por Helio Piñón y Albert Viaplana en 1983, pronto se convirtió en el icono del nuevo diseño urbano catalán, propiciando intensos debates y polémicas conceptuales sobre la noción de “plazasduras”.
Pero quizá la actuación que, en mayor medida, marcó los años posteriores fue la recuperación del puerto para la ciudad, el redescubrimiento del mar y sus posibilidades lúdicas, a partir de ese gran salón urbano que es el Moll de la Fusta, inaugurado en 1984 según diseño de  Manuel de Solà-Morales. Hasta entonces, el frente marítimo del centro histórico de la ciudad resultaba inaccesible al estar separado por una vía de múltiples carriles rodados y por las vallas e instalaciones portuarias. La ingeniosa integración del viario (que acabaría formando parte de la Ronda Litoral), así como de los aparcamientos públicos, la solución de los desniveles topográficos y los equilibrios entre espacio y arquitectura, convierten a este espacio en modelo de relación entre la ciudad y el mar. Abrir Barcelona al mar era uno de las grandes intenciones políticas y ciudadanas y este proyecto iniciaba un camino de reencuentro con el Mediterráneo que, actuaciones posteriores como el Plan Especial de la Barceloneta o la Villa Olímpica con sus playas y parques, irían consolidando en los años siguientes.
Los arquitectos barceloneses junto con diseñadores gráficos e industriales fueron conformando un referente internacional. El amplio catálogo de proyectos innovadores puso a la ciudad en el punto de mira internacional, situándose junto a Berlín, que se encontraba desarrollando su exposición de arquitectura (IBA 87), como estandartes de la vanguardia arquitectónica y urbana del momento. En ambos casos se seguía una metodología disciplinada que privilegiaba los proyectos, aunque el rumbo era distinto. El reto de Berlín era dar respuesta a la vivienda social en una ciudad dividida, el desafío de Barcelona se centraba en el espacio público y en la integración urbana.
El Moll de la Fusta
Las grandes operaciones urbanísticas de la Barcelona Olímpica.
El triunfo de la candidatura de Barcelona para alojar los XXV Juegos Olímpicos que debían celebrase en 1992, cambió la situación. Corría el año 1986 y había aparecido el catalizador que podría acelerar los procesos e iniciar otros soñados pero de difícil ejecución. Las Olimpiadas supondrían la prolongación de las políticas ya iniciadas, pero ahora impulsadas por la unidad entre los responsables políticos, por una mayoría ciudadana y sobre todo con una importante dotación de recursos que permitió acometer operaciones de mayor envergadura, especialmente respecto a las grandes infraestructuras.
El planteamiento urbanístico para la acogida de las Olimpiadas fue muy inteligente. Se programaron cuatro “esquinas” de la ciudad, cuatro vértices de un cuadrado simbólico cuyo perímetro requería importantes medidas de regeneración.  Su elección respondía a su situación estratégica que facilitaría la transmisión del ímpetu transformador hacia las áreas colindantes. Las cuatro, además, participaban de la desarticulación producida entre la ciudad ordenada del Eixample y los suburbios desordenados surgidos en la segunda mitad del siglo XX. Por el norte, se definió el sector del Vall d’Hebron; por el oeste, el área Diagonal; por el sur, la montaña de Montjuïc; y por el este, el Poble Nou. Además, contarían con el hilo conductor de un nuevo cinturón de circunvalación, las Rondas.
La Rondas
La única circunvalación posible al centro de la ciudad se encontraba tan asimilada dentro del sistema de vías y calles de la misma y como consecuencia tan congestionada que no funcionaba. Era urgente el planteamiento de un nuevo cinturón y aunque este objetivo llevaba siendo una aspiración desde hacía muchos años, varios intentos habían quedado interrumpidos, años atrás, bien por discrepancias técnicas o bien por disconformidad ciudadana.
Era el momento. Las rondas serían el hilo conductor de las cuatro zonas olímpicas y se lograría al fin, la deseada vía de circunvalación que descongestionara el centro de la ciudad. La operación olímpica permitió un nuevo enfoque que culminó en las rondas actuales: la Ronda de Dalt (B-20) que discurre por la montaña y la Ronda Litoral (B-10) que lo hace por el mar, ambas separadas por el nudo de la Trinidad y el Nudo del Llobregat. El anillo tiene una longitud aproximada de 35 kilómetros. Además las rondas culminaron definitivamente la tradicional geografía sentimental barcelonesa, ya que su perímetro la enmarcaba entre la montaña y el mar, entre el rio Llobregat y el Besós.
Desde el inicial Moll de la Fusta se continuó la Ronda Litoral bajo la dirección del ingeniero Joan Ramón de Clascà. Hacia el norte, acompañando al Mediterráneo y ascendiendo paralela al rio Besós hasta el Nudo de la Trinidad. Y hacia el sur, siguiendo el puerto y, dejando a un lado Montjuïc, por la Zona Franca hasta el Nudo del Llobregat.
El Nudo de la Trinidad que une la Ronda de Dalt y la del Litoral en las proximidades del río Besós.
La Ronda de Dalt, que unía la zona norte, supuso un esfuerzo técnico muy importante dada su ubicación en la falda de la montaña de la ciudad. Es una obra, compleja y espectacular que supone un feliz encuentro entre los requerimientos de la  ingeniería y los criterios arquitectónicos. La Ronda de Dalt no se proyectó únicamente como una vía de circulación rápida, sino que entre sus objetivos también estaba el contribuir a ordenar la ciudad integrando su trazado en el tejido de la misma. El proyecto fue dirigido por el arquitecto Bernardo de Sola y los ingenieros Jordi Torrella e Isidoro Muñoz. En algunos tramos, esta ronda se cubrió para proporcional espacio en el que plantear algún equipamiento ausente o simplemente zonas libres y verdes en barrios carentes de ellas.
Área Vall d’Hebron
En la zona septentrional de Barcelona, la Sierra de Collserola presenta una derivación que se introduce en la ciudad formando una cadena de colinas muy característica (Carmel, de la Rovira, Creueta del Coll, etc.) que cerraban amplia vaguada, el Valle de Horta.
Esta zona, en la transición entre la montaña y la ciudad, quedó al margen de los crecimientos ordenados de la misma y, en cambio tuvo un desgraciado protagonismo en la época del desarrollismo especulativo. Por eso no había logrado constituir un núcleo auténticamente urbano y presentaba grandes carencias, espacios baldíos y problemáticas sociales. Su correcta integración en la ciudad y la solución de sus déficits de equipamientos fueron dos objetivos fundamentales propiciados por el evento olímpico. La ordenación general del área fue realizada por Eduard Bru.
El área reunió el reciente velódromo de Horta (Esteve Bonell y Francesc Rius, 1984) con nuevos equipamientos como el Pabellón de la Vall d’ Hebron (Jordi Garcés y Enric Soria, 1992), el Centro Municipal de Tenis Vall d’Hebron (Tonet Sunyer, 1992) o las instalaciones del tiro con arco (Enric Miralles y Carme Pinos, 1992).
Área Montjuïc (el anillo olímpico)
La montaña que emerge en la costa barcelonesa y que domina la parte sur de la ciudad siempre estuvo en el punto de mira de los barceloneses. La fortaleza militar construida en el siglo XVII (de infaustos recuerdos y hoy reconvertida en museo) o el cementerio ubicado en las laderas que miran al mar (1883) marcaron el carácter de un lugar que también había sido utilizado como cantera de la piedra para la construcción de la Barcelona antigua.
La integración de la montaña en la trama urbana había comenzado en 1929, con la Exposición Universal celebrada ese año. El trazado realizado por  Josep Puig i Cadafalch pretendía convertir la montaña en un gran parque urbano que acogiera además importantes instituciones culturales para la ciudad. La repercusión para Barcelona fue muy importante ya que supuso  la estructuración de un nudo esencial de comunicaciones como es la Plaza de España y la construcción de varios equipamientos muy significativos, como el Palau Nacional (actual Museu Nacional d’Art de Catalunya), el Estadio Olímpico, el Pueblo Español o algunos de los palacios que, años después, serían utilizados por la Feria de Barcelona.
La excusa olímpica permitirá finalizar las tareas pendientes en Montjuïc. Allí se ubicó el Anillo Olímpico con los principales edificios deportivos que complementaron el Estadio Olímpico. La ordenación general del área fue realizada por Federico Correa, Alfons Mila, Carles Buxadé y Joan Margarit (este mismo equipo, junto a Vittorio Gregotti, se encargó de la remodelación del Estadio)
El Anillo Olímpico de Montjuïc
El Anillo fue la operación emblemática de la imagen hacia el exterior con nuevas incorporaciones tan señaladas como el Palau San Jordi (Arata Isozaki, 1992), las piscinas Picornell, que fueron remodeladas totalmente (Francesc Fernández y Moisés Gallego, 1992) o el Instituto Nacional de Educación Física (Ricardo Bofill, 1991)
Área Diagonal
El comienzo de la avenida Diagonal en el suroeste de la ciudad era ya un área con importantes instalaciones deportivas (el Camp Nou, el Palau Blaugrana o el Real Club de Polo y el cercano y desaparecido Estadio de Sarrià). La zona es uno de los accesos principales a la ciudad desde la Autovía Nacional II (que conecta la ciudad con Zaragoza y Madrid) y tampoco ofrecía una clara estructuración urbana. La ordenación general del área fue realizada por María Rubert de Ventós y Oriol Clos.
Además de la concentración de equipamientos deportivos existentes, otro de los objetivos que motivó su selección era influir en la transformación posterior del eje que se dirige hacia Montjuïc, en el entorno de la calle Tarragona con nuevos usos y espacios. El área Diagonal fue la zona que menos edificación nueva requirió. Se completaron equipamientos hoteleros y se facilitaron conexiones entre ambos lados de la avenida Diagonal.
Área Poble Nou (Villa Olímpica)
El área del Poble Nou, seleccionada para la ubicación de la Villa Olímpica, se situaba entre el parque de la Ciudadela y el cementerio. Era un sector industrial muy degradado pero contaba con un gran valor posicional ya que debía ser el primer eslabón de la gran estrategia que pretendía abrir la ciudad al mar.
Es, sin duda, el proyecto que más repercusión tuvo en la cultura urbanística general.  Frente al resto de las actuaciones, más centradas en la edificación singular de los equipamientos deportivos, la Villa Olímpica (Nova Icaria) fue una propuesta de creación de ciudad. Una propuesta metodológica y un auténtico manifiesto sobre la forma de intervenir en la ciudad que atrajo la atención de los arquitectos y urbanistas de todo el mundo.
La ordenación general del área fue realizada por Oriol Bohigas, Josep Martorell, David Mackay y Albert Puigdomènech. Incluía la construcción de los alojamientos de los deportistas que se convertirían en un nuevo barrio residencial tras los Juegos, así como el Puerto Olímpico y otras edificaciones entre las que destacaba la volumetría de  las dos torres (una destinada a hotel y la otra a oficinas).

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