10 nov. 2012

Barcelona y Madrid, arenisca frente a granito. Los materiales de las ciudades (Paralelismos y Divergencias entre Madrid y Barcelona, 4)

A la izquierda, las tonalidades cálidas de la piedra arenisca de Montjuïc en la Iglesia de Santa María del Pi; a la derecha el granito madrileño, en la Basílica de San Francisco El Grande.

Muchas ciudades antiguas expresan, a través de los materiales, una identidad que las define e identifica. A través de colores, texturas, formas o estilos, estas ciudades atesoran en sus centros históricos una personalidad que habitualmente se ha perdido en los crecimientos modernos. Salamanca, la ciudad dorada o Toulouse, la ciudad roja, dan testimonio de ello; como Djenné, la ciudad de barro, o Roma, la ciudad de mármol.
También Barcelona y Madrid cuentan con una idiosincrasia material peculiar.
La Barcelona antigua construyó sus edificios principales con la piedra arenisca de Montjuïc, cuyo tono pardo-beige invade el centro de la ciudad. Barcelona encontró en la arenisca, por su facilidad para ser labrada, el medio de expresión detallista que el Gótico requería o que permitió dar forma a los alambicados sueños del Modernismo.
Madrid hizo lo propio con el granito de la Sierra de Guadarrama, presentando ese gris blanquecino como una seña de identidad. El granito es una roca muy resistente pero con mayor dificultad de labra, por eso, suele trabajarse en planos y volúmenes menos matizados. Ciertamente, el Barroco madrileño, también encontró en el granito, el soporte coherente para expresar las ideas de ese estilo.
La Barcelona gótica y el Madrid barroco serán otra historia analizada en un próximo artículo. Hoy profundizaremos en las bases materiales que caracterizan los centros históricos de ambas ciudades expresadas en sus edificios principales.


Cuando siglos atrás el transporte de mercancías era problemático y su solución siempre era muy costosa, las ciudades miraban a su alrededor para extraer, del entorno próximo, los materiales para su construcción. Esta actitud originó esa sintonía tan característica que muchos pueblos y ciudades antiguas presentan con su medio.
Izquierda: Piedra arenisca de Montjuïc. Derecha: Granito de la Sierra de Guadarrarma.

Por otra parte, hay ciudades que tienen momentos de esplendor, que suponen un cambio radical en su evolución. En algunas ocasiones, las causas de estos periodos de auge son políticas, destacando entre éstas el hecho de ser nombradas capitales de un estado.
Esta decisión obliga a las ciudades a dotarse de un amplio y complejo programa de edificaciones públicas para responder a los requerimientos que conlleva ser la principal ciudad de un estado (equipamientos de gobierno, dotaciones administrativas, etc.). A estas dotaciones públicas les seguían otras que buscaban dar servicio a una población en aumento vertiginoso (iglesias, mercados, etc.). También surgían muchas edificaciones privadas (palacios por ejemplo) que buscan situarse cerca del poder.
Esos periodos son especiales y definitorios (resultan parecidos a la forja de un carácter personal). La forma urbana y arquitectónica que adopten esos nuevos espacios va a marcar la imagen de la ciudad para el futuro. Los grandes edificios se convierten en los elementos primarios de una identidad que, dada su voluntad de permanencia, traspasa el tiempo (incluso aunque cambien de uso). Por ello se levantan con materiales nobles y duraderos, en particular la piedra.
Barcelona, que se convirtió en el año 476 en la ciudad capital del primer territorio godo peninsular, fue consolidando su primacía y durante la Edad Media se convertiría en la capital de la Corona de Aragón, edificando paulatinamente los equipamientos y edificaciones necesarias. Los grandes edificios de Barcelona gótica se construyeron con la piedra arenisca de tonos pardos que procedía de la montaña de Montjuïc.
Madrid se convirtió en capital de España por la decisión tomada en 1561 por Felipe II, aunque tuvo que esperar hasta 1606 hasta ver consolidado ese estatus. Entonces se embarcó en un ambicioso programa de edificaciones para convertirse en la primera ciudad del país. El barroco comenzaba su esplendor y el granito sería el material base para ello.
En un próximo artículo se profundizará en los rasgos de la Barcelona gótica y del Madrid barroco.

Cantera de Montjuïc a principios del siglo XX
Montjuïc, la cantera de roca arenisca para Barcelona.
La arenisca es una roca sedimentaria, de tipo detrítico (formada por compactación y cementación de partículas sólidas procedentes de otras rocas que han sido erosionadas y transportadas hacia la cuenca de sedimentación). Sus clastos (granos) son del tamaño de la arena y ofrecen colores variados. Su facilidad para ser trabajada ha hecho de estas rocas un material muy empleado en la construcción.
Montjuïc es una montaña formada por roca arenisca y pronto se convirtió en fuente material para la construcción de Barcelona. Montjuïc fue horadada por múltiples canteras a lo largo de la historia. Todavía en el siglo XX se encontraban en explotación 25, hasta que en 1955 el Capitán General de Cataluña ordenó su cierre por considerar que el uso de la dinamita suponía demasiado peligro. El riesgo surgía de la técnica utilizada para extraer la piedra, que consistía en abrir galerías en la base del estrato de la arenisca, dejando grandes “pilares” de roca que soportaban el peso de la masa superior. Finalmente se dinamitaban esas “columnas” colapsando el bloque compacto que, al trocearse, permitía extraer la piedra.
Algunas de estas canteras se están recuperando actualmente como parques para la ciudad.

Santa María del Mar. Barcelona
Barcelona arenisca
La montaña de Montjuïc, tan importante en la conformación geológica del territorio barcelonés, fue además durante muchos siglos la cantera de piedra que nutrió a los grandes edificios de la ciudad.
El color pardo-beige de la piedra de Montjuïc inunda la ciudad antigua con su presencia en los principales edificios públicos. Con la transformación de Barcelona en capital del Reino de Aragón y Cataluña, un estado poderoso que dominó durante la Edad Media el Mediterráneo occidental y que requería una capital con la representatividad exigida, la ciudad vio levantar todo un conjunto de edificios públicos que se convertirían en sus “elementos primarios” aportando identidad y referencia. El estilo imperante en la época era el  gótico, con una arquitectura constructivista en la que se valoraban mucho los detalles. La piedra arenisca era el soporte ideal para los requerimientos del estilo. Su facilidad de trabajo permitió elaborar piezas con un nivel de detalle impensable en otros materiales pétreos.
El Palau del Lloctinent, antes y después de la restauración de 2006. Puede apreciarse la transformación de las tonalidades de la piedra arenisca con el paso del tiempo.
En ese tiempo, se levantaron con arenisca de Montjuïc muchas de las construcciones emblemáticas de la ciudad antigua. Empezando por el monasterio de Sant Pau del Camp (siglo IX), siguiendo por las murallas de 1350, la Catedral (1298-1420), la iglesia de Santa María del Mar (1329-1383), la iglesia de Santa María del Pi (siglo XIV) o el Palau Reial Major en sus diferentes partes: Salón del Tinell (1359-1362), la capilla palatina de Santa Ágata (1302) y el Palacio del Lloctinent (1549); todos son ejemplos que muestran en su esplendor el maravilloso mundo expresado por los artesanos y constructores que levantaron la Barcelona Medieval.
Casa Batllò. Barcelona
Aunque suele asociarse la piedra arenisca de Montjuïc con el periodo gótico, este material traspasó el tiempo y fue utilizado también en siglos posteriores. Basta observar ejemplos como el Palau de la Generalitat (1410-1619) o la Llotja (lonja) del mar (la actual de 1774-1802), o hitos del modernismo como el templo de la Sagrada Familia (iniciada en 1882, de Antoni Gaudí), el edificio de la Universidad (1859-1900, de Elias Rogent), el Palau de Justicia (1887-1898, de Josep Domènech Estapà y Enric Sagnier) o la Casa Batllò (1904-1906, de Gaudí). Como anécdota, comentar que la fachada de la Casa Milá, la popular “pedrera” (cantera) está realizada con piedra caliza.


La Sierra de Guadarrama, cuna del granito madrileño.
A diferencia de la arenisca, que es generada por sedimentación, el granito es una roca ígnea intrusiva (plutónica) formada en el interior de la tierra por fusión de materiales que crean un magma. Este magma asciende por diferencias de densidad y va solidificándose. Los diferentes procesos tectónicos o la meteorización lo sacan a la superficie.
La Sierra de Guadarrama, que se extiende al noroeste de Madrid, se incluye en el Sistema Central, la alineación montañosa que divide la meseta peninsular en dos. De hecho, su origen se encuentra en el choque de las placas tectónicas de la submeseta sur y de la submeseta norte. La roca por excelencia de esta sierra es el granito, aunque también se encuentra en abundancia en otras cordilleras del Sistema Central, como la Sierra de Gredos o la de Ayllón.
El granito es un material utilizado en la construcción desde tiempos remotos por su resistencia y su impermeabilidad (lo que produce un excelente comportamiento ante las heladas por ejemplo). Actualmente su misión estructural y portante ha desaparecido, pero sigue contando con un uso muy intenso y variado, tanto en espacios urbanos como arquitectónicos, ya que suele encontrarse en pavimentaciones, en aplacados de fachadas e incluso en encimeras de cocinas.

Colegiata de San Isidro. Madrid 
Madrid de granito.
El granito de la sierra madrileña, llamado piedra berroqueña por los canteros, se encumbró como material noble con la construcción del Monasterio del Escorial. Y cuando Madrid fue designada como capital de España, en 1561, se constituyó en la referencia constructiva para los grandes edificios públicos que allí iban a levantarse.
El estilo imperante en la época era el  barroco, un estilo teatral y efectista que no requería un trabajo preciosista y que encontró en el granito un vehículo expresivo adecuado, ya que es una piedra que no admite un trabajo detallado, siendo más propia para masas y labrados más generales. Esta piedra, con su color gris blanquecino, aportó su imagen a la capital.
Monasterio de la Encarnación. Madrid
De granito son, por ejemplo,  zonas del monasterio de las Descalzas Reales (construido entre 1557 y 1564) y del Real Monasterio de la Encarnación (1611-1616), la Colegiata de San Isidro (1623-1664), buena parte del Palacio Real (1738-1764), la Real Basílica de San Francisco el Grande (1761-1784), o el Convento de las Salesas Reales (monasterio de Nuestra Señora de la Visitación, construido entre 1750 y 1758)
No obstante, también el granito traspasó el periodo barroco y ha sido utilizado en épocas posteriores. Como muestra cabe reseñar el impresionante edificio de los Nuevos Ministerios (1933-1942, de Secundino Zuazo).
Nuevos Ministerios. Madrid
No obstante, Madrid no es tan monolítico como otras ciudades. Quizá por encontrarse a medio camino entre las sierras y las planicies de la meseta sur, encontró otro material que define en parte su carácter: el ladrillo, procedente de las vegas del rio Tajo, ricas en arcillas. Con su carácter modesto, el ladrillo fue un material frecuente en la edificación residencial, pero también fue utilizado en los edificios públicos, muchas veces en un interesante juego de contrastes con el granito.
Madrid también presenta otras rocas “autóctonas” en su construcción. Destaca entre ellas la piedra caliza conocida como “Piedra de Colmenar”, una piedra blanca que ha sido base para muchos monumentos. Por ejemplo, el Palacio Real o el Museo del Prado donde se encuentra combinada con el granito. Con la construcción del Palacio Real, esta piedra entró en la escena arquitectónica y ha sido utilizada en muchas ocasiones para ornamentos, ya que ofrece posibilidades de labrado imposibles para el granito.


La serie sobre los Paralelismos y Divergencias entre Madrid y Barcelona cuenta con las siguientes entradas:



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