15 dic. 2019

Cómo se forjó el Londres industrial y victoriano: de los squares a los estates.


Esquema y ortofoto de un barrio periférico del Londres del siglo XIX con las características viviendas en hilera victorianas mostrando la irregularidad provocada por las fincas agrícolas preexistentes (Fulham)
El siglo XIX cambió la fisonomía de Londres, pasando de la ciudad georgiana, de aires aristocráticos y neoclásicos, al Londres victoriano, definitivamente burgués y proletario, convertido en el centro económico del mundo y en la mayor urbe del planeta.
Aquellos dos Londres decimonónicos serían muy distintos porque el georgiano fue una ciudad principalmente de arquitectura, que legó edificios y espacios impresionantes gracias a una fórmula urbanizadora que haría época: las squares; mientras que el Londres victoriano estuvo protagonizado por el urbanismo, particularmente, aunque no solo, por la aplicación de una novedosa técnica de desarrollo: los estates, un precedente de las actuales concesiones de suelo. Los estates forjaron aceleradamente la imagen de la primera periferia londinense, abandonando el clasicismo anterior y mostrando una bipolaridad que iba de un espíritu romántico a otro absolutamente pragmático y que se debatía, además, entre la calidad y la cantidad. Paradójicamente, la repetición de interminables hileras de viviendas obreras de ladrillo, construidas mediante ese sistema, logró generar un ambiente urbano tan característico que identificaría al contradictorio Londres industrial y victoriano.  

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Los dos Londres del siglo XIX.
El siglo XIX cambió la fisonomía de Londres, pasando de la ciudad georgiana, de aires aristocráticos y neoclásicos, al Londres victoriano, definitivamente burgués y proletario, convertido en el centro económico del mundo y en la mayor urbe del planeta.
Fueron dos etapas bien diferenciadas históricamente. El primer tercio correspondió al final de la denominada época georgiana mientras que el resto es reconocido como periodo victoriano. En ambos casos, los calificativos están vinculados a sus monarcas. El término georgiano se aplica al periodo de la historia británica que transcurre entre 1714 y 1830 (o 1837), coincidente con el gobierno de los reyes de la casa de Hannover que se llamaron Jorge (George). Esto comprende desde Jorge I hasta Jorge IV, aunque también suelen sumarse los años de Guillermo IV (entre 1830 y 1837), que era miembro de la misma casa, aunque tuviera otro nombre. Por su parte, el apelativo victoriano corresponde con el largo reinado de Victoria I (1837-1901). La reina también era una Hannover pero su un tiempo tuvo una personalidad propia.
Aquellos dos Londres decimonónicos serían muy distintos porque, mientras que el georgiano fue una ciudad principalmente de arquitectura, el Londres victoriano estuvo protagonizado por el urbanismo.

El final del periodo georgiano.
La primera parte de la afirmación anterior se sustenta en que, cuando el incendio de 1666 arrasó buena parte de la City, los intereses privados se negaron a modificar las propiedades preexistentes frustrando los intentos de modernización del trazado antiguo (el Plan Wren). La capital mantendría pues su trama medieval, irregular y poco adecuada para los tiempos que llegaban. En consecuencia, tuvo que ser la arquitectura la que tomara la responsabilidad de proporcionar orden e imagen a la ciudad, ofreciendo unas sofisticadas y monumentales construcciones que compensaron como pudieron los inconvenientes viarios. Para ello se partió de los criterios clásicos italianizantes (el Palladianismo) que Inigo Jones (1573-1652) había establecido a principios del siglo XVII. El mismo Jones y otros arquitectos tan destacados como Christopher Wren (1632-1723), Nicholas Hawksmoor (1661-1736), John Vanbrugh (1664-1726​), James Gibbs (1682-1754), William Kent (1685-1748), Richard Boyle, conde de Burlington (1694-1753), John Nash (1752-1835) o John Soane (1753-1837) irían determinando la nueva imagen de la ciudad.
Arquitectura georgiana. Arriba, National Gallery (fotografía de Diego Delso). Debajo, British Museum
En el final del periodo, ya entrado el siglo XIX, dos ejemplos (dos museos) supondrían el “canto del cisne” del estilo: el Museo Británico (British Museum) proyectado por Robert Smirke y construido entre 1823 y 1847 y la National Gallery que, siguiendo el diseño de William Wilkins, se iniciaría en 1832 para concluirse en 1838. El nuevo siglo también vería decaer aquella feliz alianza entre lo arquitectónico y lo urbano que brilló en la centuria anterior gracias a una fórmula urbanizadora que haría época: las squares (a las que ya dedicamos un artículo en este blog). Quizá la excepción al protagonismo generalizado de la edificación durante el periodo georgiano se produjo también a principios del siglo XIX, con la operación de Regent Street que transformaría la estructura viaria del centro urbano.

La llegada del periodo victoriano.
La llegada al trono de la reina Victoria I supuso el advenimiento de una época en la que se consolidaron la industrialización y el papel hegemónico del Imperio británico. Se abría un mundo nuevo y la arquitectura perdió sus referencias anteriores pasando del clasicismo georgiano al romanticismo victoriano. Los edificios institucionales cambiarían sus afinidades olvidando los templos de la antigua Grecia en favor de las catedrales góticas de la Europa medieval. 
Arquitectura victoriana. Arriba, Parlamento de Westminster. Debajo, estación ferroviaria de Saint Pancras
Pero la mayor mutación fue la sufrida por la arquitectura residencial, yendo de las refinadas y elegantes mansiones georgianas hacia las masivas y mundanas viviendas en hilera victorianas (aunque también hubo alguna afortunada excepción). Los cambios se pudieron constatar en cuestiones tan elementales como el color o las texturas compositivas: el blanco de las casas georgianas fue reemplazado por el rojo del ladrillo omnipresente en los bloques victorianos; y la sobriedad georgiana sería sustituida por la decoración, a veces obsesiva, de lo que se ha denominado “neo-Tudor” o “medievalismo inglés". Hubo, desde luego importantes edificios institucionales (como el Parlamento o las diversas estaciones ferroviarias) pero la arquitectura se vio apremiada para solucionar las urgencias que provocaba la inmigración incesante. 
Las viviendas en hilera de ladrillo fueron las más características de los estates victorianos. Hubo diferencias entre las actuaciones según la clase social a las que estaban destinadas.
El urbanismo se convirtió en el protagonista de la actividad, particularmente, aunque no solo, por la aplicación de una novedosa técnica de desarrollo: los estates, un precedente de las actuales concesiones de suelo. Los estates forjaron aceleradamente la imagen de la primera periferia londinense, abandonando el clasicismo anterior y mostrando una bipolaridad que iba de un espíritu romántico a otro absolutamente pragmático y que se debatía, además, entre la calidad y la cantidad. Hubo poca planificación y mucha espontaneidad, aunque, paradójicamente, la repetición de las interminables hileras de viviendas obreras de ladrillo, construidas mediante ese sistema, logró generar un ambiente urbano tan característico que identificaría al contradictorio Londres industrial y victoriano.
Actuaciones urbanas en la City londinense durante la segunda mitad del siglo XIX. 1. Farrington Road; 2. Holborn Viaduct; 3. Charterhouse Street y mercados; 4. Victoria Embankment; 5. Queen Victoria Street; 6. Moorgate Street; 7. King William Street; y 8. London Bridge (Fuente: “Historia del Urbanismo. El siglo XIX” de Paolo Sica)

Las circunstancias especiales del Londres decimonónico.
Ni el Londres georgiano ni el victoriano tuvieron un plan urbanístico de conjunto. Pero mientras el siglo XVIII tuvo un crecimiento moderado siguiendo un modelo de intervención urbana de gran calidad ambiental (las squares), la capital decimonónica se fue extendiendo aceleradamente a través de la yuxtaposición de intervenciones (los estates) que, en la mayoría de los casos, carecieron de una organización interna desatacable. Entre las circunstancias que forzaron esa ausencia de planificación general destacan las siguientes:
Una presión demográfica sin precedentes. La industrialización y la pujanza económica que acompañó el desarrollo del imperio británico llevó a su capital a convertirse en lugar de promisión para mucha gente (ejercería de centro económico del mundo, con la City actuando como el corazón de capitalismo internacional). Las oportunidades de prosperar o la mera posibilidad de supervivencia que ofrecían las numerosas fábricas que estaban surgiendo (frente a la ruina en la que se encontraba el campo) propiciaron que masas ingentes de población se desplazaran desde las áreas rurales a la ciudad, además de no pocas personas procedentes de las colonias. Las cifras de la inmigración son espectaculares y provocaron un incremento extraordinario y sostenido de la población que forzó una ampliación urbana impresionante. La ciudad pasó de los 900.000 habitantes de 1801 a los 2,4 millones en 1851 (el año de la primera Exposición Universal) llegando a los 6,5 millones en el año 1901. En el siglo XIX, Londres sería la ciudad más poblada del planeta (y mantendría este título hasta que Nueva York se lo arrebató en 1925).
Londres. Evolución del área al norte de Regent’s Park en 1814 y 1914.  

El territorio que envolvía la ciudad estaba salpicado de pequeños pueblecitos rurales dentro de grandes extensiones de terrenos agrícolas que, con tamaños diversos, estaban en manos privadas en su práctica totalidad. Así, el espacio que debía ser el soporte para la necesaria ampliación de Londres estaba en posesión de las principales familias aristocráticas que lo administraban según su conveniencia, habitualmente arrendándolo a campesinos que abonaban las rentas que les permitían disfrutar de su lujosa vida. Estos ricos hacendados no estuvieron interesados en vender aquellos suelos, al menos inicialmente. Los motivos eran variados. Primero porque eran familias acaudaladas que no necesitaban el dinero (más allá de las rentas garantizadas). Y segundo, y no menos importante, porque estaba mal visto entre la nobleza el hecho de desprenderse del patrimonio familiar. Hacerlo significaba un desprestigio que solía acabar con el vendedor excluido de los círculos de distinción. No obstante, hacia finales de siglo, nuevas generaciones de herederos, más pródigos y menos orgullosos, no pensarían lo mismo.
Plano de Londres de 1834 en el entorno de Regent’s Park y Camden Town en el que se aprecia las fincas agrícolas que rodeaban la ciudad.
Ese mismo territorio era administrado por un conjunto numeroso de pequeños gobiernos municipales y de parroquias que, a pesar de no tener demasiado poder, complicaban enormemente la aspiración de planificar cualquier acción de manera conjunta. Además, salvo la City, cuya fuerza económica le permitía enfrentarse al mismo rey, las modestas administraciones no tenían capacidad de oposición efectiva ante los deseos de los poderosos que, desde luego tampoco se ponían de acuerdo entre sí. Esta atomización del poder de decisión tenía además otra consecuencia que era la ausencia de una normativa compartida (más allá de ciertas leyes bastante genéricas) que permitiera regular de una manera concreta los usos y distribuciones del suelo. Habría que esperar hasta 1855 para que se constituyera una administración metropolitana, la Metropolitan Board of Works (MBW), aunque con una misión limitada exclusivamente a garantizar el funcionamiento de las infraestructuras esenciales (agua, saneamiento, limpieza, etc.). En 1888 nacería la primera organización integrada y con objetivos específicos que abordaría importantes operaciones de transformación urbana: el London County Council (LCC)
Grabado de Gustave Doré para la publicación “London: A Pilgrimage” de 1872 en la que expresaba la situación de las infraviviendas de los inmigrantes proletarios.
• La demanda imparable de viviendas, la negativa a vender suelo de los propietarios y la práctica ausencia de normas regulatorias permitió que avispados empresarios idearan un nuevo modelo de negocio: la construcción de viviendas en alquiler sobre terrenos en concesión (operaciones que serían conocidas como estates). Desde luego los aristócratas landlords no tenían el menor interés en involucrarse en ese tipo de negocios “terrenales” ni en mezclarse con esos burgueses mercaderes, pioneros del mercado inmobiliario.

La estrategia urbanística de los “estates”.
La solución para disponer del suelo imprescindible para ofertar las viviendas demandadas llegó como una continuación de la tradición de las familias aristocráticas para obtener rentas. Solamente se sustituyeron los arrendatarios campesinos por aquellos empresarios inmobiliarios, que serían quienes pasarían a pagar los réditos esperados a cambio de obtener el derecho de urbanización y construcción de viviendas para alquilar, así como la gestión de las mismas. Ciertamente no había cesión de propiedad, aunque sí de uso por un tiempo limitado. Con el vencimiento del acuerdo, el uso del suelo y todo lo que en él se hubiera construido retornaría al patrimonio de la familia. Esta estrategia urbanizadora recibiría el nombre de “estates y fue precursora de las actuales concesiones de suelo. Esta “continuidad” de las costumbres hizo que el sistema fuera aceptable para la orgullosa nobleza.
La denominación procede de la propia referenciación jurídica del terreno ya que estate es la palabra inglesa que designa el “patrimonio de bienes inmuebles” (fincas, edificios, etc.). El hecho de que se utilice este término para identificar la técnica urbanizadora y edilicia es bastante indicativo del carácter que tuvo (desarrollos vinculados exclusivamente a los terrenos de una determinada familia, que se ajustaban a los límites de propiedad sin considerar lo que pudiera realizarse en las fincas contiguas) y del desinterés morfológico por el resultado, que si tuvo en cambio el sistema georgiano de las squares (plazas)
Por lo general, los caminos de acceso eran reconvertidos directamente en calles y los linderos con otras fincas, dado que el modelo edilicio habitual era el de viviendas en hilera con jardín trasero, consistían en el encuentro entre esos patios posteriores, aunque fuera de forma irregular. El resultado fue un puzle de piezas desiguales que, a pesar de todo, encajaban, dejando un peculiar testimonio de como era la parcelación original de las fincas agrícolas.
Como hemos adelantado, la técnica era similar a lo que actualmente se denomina concesión (un procedimiento bastante utilizado hoy en el sector público, aunque los estates pertenecían al sector privado). Se cedía únicamente el uso del suelo durante un tiempo determinado, en ningún caso la propiedad efectiva. Muchos de los acuerdos firmados en aquel tiempo lo hicieron por periodos de noventa y nueve años. El arrendatario era el promotor inmobiliario, quien construía a su cargo las viviendas que, lógicamente, estaban destinadas al alquiler. El promotor cobraba a los inquilinos y pagaba el canon periódico estipulado con el propietario del suelo, de manera que la diferencia debía permitirle amortizar la inversión realizada y obtener su beneficio (que solía ser importante). Los procesos de negociación entre las tres partes implicadas quedaban sujetos únicamente a las reglas de la oferta y la demanda.
Ejemplo de estate en la intervención de Worlingham Road Estate antes (1880) y después (1895) de la operación. Debajo, ortofoto del estado actual (la líniea amarilla indica la delimitación original)
El diseño de la urbanización y de las viviendas era decidido por el promotor, pero el propietario, el landlord, exigía determinados requisitos de obligado cumplimiento dado que el resultado acabaría volviendo al patrimonio familiar (aunque al expirar las concesiones, la situación socioeconómica había cambiado tanto que comenzaron a negociarse compraventas)
No obstante, no todos los estates se desarrollaron con los mismos criterios. Los más próximos a la ciudad central solían destinarse a las clases altas y por lo general disfrutaron de un diseño interior con espacios públicos amplios y representativos. Esta generosidad en los espacios compartidos por el vecindario era compensada por un incremento sustancial de las rentas de cada vivienda. Uno de los primeros casos de estate estuvo, precisamente, destinado a familias acomodadas: Bloomsbury, que nació en los últimos años de la etapa georgiana y dado que fue planificado con exquisitez y calidad, suele aparecer como ejemplo de transición del modelo square al sistema estate.
Esquema de Bloomsbury con las diferentes fases de su construcción.
Los estates destinados a la clase proletaria (que podían pagar poco por el alquiler de sus viviendas) buscaban maximizar el rendimiento aumentando la densidad (y reduciendo la calidad de las casas). En consecuencia, el espacio público quedaba reducido a la mínima expresión de calles, disminuyendo igualmente la superficie de los espacios libres traseros. El resultado fue una ciudad densa, sin lugares de encuentro entre sus residentes y con déficits dotacionales. Entre ambos extremos, se diseñarían los estates destinados a la burguesía media.
Slums proletarios en el Londres victoriano.
El sistema de los estates acabaría cayendo en desuso empujado por sus tres actores. Los promotores, al no poder vender viviendas, veían limitados sus beneficios a corto plazo y tenían dificultades para disponer del retorno de capital necesario para iniciar nuevas operaciones. También los landlords indujeron su decadencia porque, hacia el final de siglo, la subida de impuestos sobre el patrimonio y sobre las herencias llevaría a muchos de ellos a proponer la enajenación total del suelo otorgando su pleno dominio al promotor, quien entonces ya estaría en condiciones de vender por unidades. Finalmente, el paulatino aumento del nivel de vida de las familias permitió que muchas de ellas pasaran del alquiler a la propiedad de su vivienda (y no fueron pocos los proletarios que se convirtieron voluntariamente en propietarios).
Plano de Londres con las líneas ferroviarias entre 1855 y 1875
Cabe decir, finalmente, que el éxito del sistema, que urbanizaba terrenos apartados del centro no hubiera sido posible sin el desarrollo de los transportes, fundamentalmente públicos (esto era igualmente aplicable a cualquier otro proceso que se aposentara en aquella corona periférica que extendía interminablemente la ciudad). El ferrocarril fue, en aquellos años, el principal responsable de acercar las alejadas zonas nuevas al casco antiguo de la ciudad y a las fábricas, que podían encontrarse a mucha distancia del lugar de residencia. Con ello, áreas que antes hubieran sido impensables para la urbanización pasaban a integrarse en el cuerpo de la ciudad (dinamizando de paso el floreciente negocio inmobiliario para promotores y propietarios del suelo)

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