7 mar. 2020

Laberintos: ¿la geometría de las ciudades? (y sus hilos de Ariadna)


Las ciudades desconocidas pueden aparecer como un dédalo de calles pudiendo experimentar en ellas la sensación de recorrer un laberinto sin encontrar el destino. Particularmente, esto sucede con el modelo de ciudad islámica antigua que ha sido caracterizado tradicionalmente como laberíntico. En la imagen Ghardaia en Argelia.
El laberinto es un espacio que sobrepasa su realidad física para aparecer como escenario simbólico. A partir del mito griego que le dio origen (la reclusión del Minotauro), esa fantástica construcción ha tenido formalizaciones muy diversas a lo largo de la historia, pero con una esencia común de metáforas trascendentes acerca de la vida humana. En la actualidad, siguen levantándose laberintos, aunque muy banalizados y vinculados principalmente al ocio.
Junto al sustantivo laberinto también surgió el adjetivo laberíntico para significar confusión, desorden o desorientación. Este último matiz es aplicable a muchas ciudades que cuentan con intrincadas estructuras urbanas, casi imposibles para los no residentes. Incluso las ciudades ordenadas plantean problemas para quienes no las transitan habitualmente. Por eso, en una analogía sobre esta dificultad de aprehensión, se habla del laberinto como la “geometría” conceptualmente característica de las ciudades.
Afortunadamente, al igual que el héroe Teseo, los ciudadanos también disponemos de ayuda para enfrentarnos al desconcertante “laberinto” urbano. Primero porque la arquitectura y los espacios urbanos nos proporcionan ciertos recursos de imagen (como lúcidamente advirtió Kevin Lynch), pero también porque contamos con diferentes “hilos de Ariadna” para facilitar nuestros desplazamientos: desde sistemas de señalización e información hasta sofisticadas herramientas cartográficas y de navegación.

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El mito griego en el que aparece el laberinto se origina como consecuencia de los actos de Minos, un personaje legendario que se convertiría en rey de Creta. Su filiación es controvertida, pero la versión más frecuente lo presenta como hijo del todopoderoso Zeus y Europa, mujer que después de tener esa extraordinaria relación se casaría con Asterión, rey de Creta, quien acabaría adoptando al niño semidivino. Cuando falleció su padre putativo, Minos solicitó ayuda a Poseidón para convertirse en el nuevo monarca cretense, comprometiéndose a ofrecerle en sacrificio lo que el dios de los mares le enviara desde sus dominios. De las aguas surgió un fabuloso toro blanco que fascinó a Minos, quien ya era soberano cretense, hasta el punto de llevarle a incumplir su pacto: conservó al toro albino y sacrificó otro animal, confiando en que no se apreciara la artimaña. Pero no fue así y la furia de Poseidón fue enorme. Su terrible venganza comprometería a la esposa de Minos, la reina Pasífae, que fue inducida a enamorarse perdidamente del excepcional toro, conocido como el Toro de Creta, y, así, juntos procrearon un vástago: el Minotauro. Este fabuloso ser tenía cuerpo humano y cabeza de bóvido, además de la relevante particularidad de alimentarse con carne humana.
Al conocer la infidelidad de su esposa, Minos, encolerizado, encargó a Dédalo la construcción de un lugar para encerrar al engendro. Dédalo era un imaginativo arquitecto que tras ser expulsado de su Atenas natal (por motivos que no vienen al caso en este mito), había recalado en Creta. Dédalo concibió el Laberinto como un complejo conjunto de intrincados recorridos en los que era prácticamente imposible encontrar la salida. Allí quedaría recluido el Minotauro. Para su alimentación se le suministrarían hermosos jóvenes de ambos sexos (enviados también desde Atenas, como tributo tras haber perdido una guerra con Creta), que eran abandonados en el interior del laberinto.
Detalle de mosaico romano del siglo IV descubierto en el pavimento de una villa cerca de Salzburgo (Austria), representando el laberinto y la lucha de Teseo con el Minotauro. Se conserva en el Museo de Historia del Arte de Viena (Kunsthistorisches Museum, KHM, Wien)
El mito continúa con el encierro del propio Dédalo y su hijo Ícaro en el laberinto para que no pudieran informar a nadie sobre el secreto de la salida (no obstante, los dos lograrían escapar volando con unas alas fabricadas por el padre, aunque esa historia tendría final trágico para Ícaro, tal como se explica en otra leyenda). El mito concluye con la llegada del príncipe ateniense Teseo como integrante de la ofrenda de jóvenes para el Minotauro. Teseo se había prestado voluntario para acabar con el Minotauro y lograr el fin de los sacrificios. Sucedió que Ariadna, hija del rey Minos, se enamoró de Teseo y le entregó un ovillo de hilo para que atara un cabo en la entrada y fuera desplegándolo en su recorrido por el interior del laberinto, de manera que, si lograba acabar con el Minotauro, pudiera salir del encierro. Teseo resultó victorioso y logró escapar, siendo acompañado en su huida de Creta por Ariadna (pero aquel, la abandonaría en la isla de Naxos, aunque eso ya es otra “historia”).

A partir del mito griego que le dio origen, esa fantástica construcción ha tenido formalizaciones muy diversas a lo largo de la historia. La construcción más clásica, la del denominado laberinto cretense, parte una cruz (que son los ejes de un cuadrado), cuatro puntos (los vértices de ese mismo cuadrado) y cuatro diedros rectos que se sitúan entre ellos, tal como se puede apreciar en el esquema que se adjunta. El proceso se inicia con el trazado de un arco desde la parte superior de la cruz hasta el final del diedro contiguo por la derecha, para proseguir uniendo puntos y esquinas de lados opuestos como indican las figuras sucesivas.
La construcción más clásica, la del denominado “laberinto cretense” parte una cruz (que son los ejes de un cuadrado), cuatro puntos (vértices del cuadrado) y cuatro diedros rectos situados entre ellos, tal como se puede apreciar en el esquema que se adjunta. El proceso se inicia con el trazado de un arco desde la parte superior de la cruz hasta el final del diedro contiguo por la derecha, para proseguir uniendo puntos y esquinas de lados opuestos como indican las figuras sucesivas.
Este tipo de laberinto, que discurre hacia el centro, es el que la tradición identifica con el creado por Dédalo para encerrar al Minotauro. No obstante, obviando el hecho de tratarse de un mito, los historiadores se preguntan si alguna vez hubo un laberinto en Creta, dado que no ha sido descubierto. Por eso, los investigadores tienen dudas: algunos piensan que el laberinto pudo ser el complejo palacio de Cnosos, otros creen que fue una elucubración gráfica sin precedente físico y todavía hay quienes siguen buscando. En cualquier caso, el laberinto clásico es solamente uno de los numerosos diseños posibles, que se incorporarían como iconografía intencionada en pinturas, edificios o espacios urbanos, y que también se construirían realmente con materiales muy diversos (desde piedras hasta plantas), como puede apreciarse en las numerosas muestras ofrecidas por los libros recomendados en el apéndice final de este artículo.
El laberinto es un espacio que sobrepasa su realidad física para aparecer como escenario simbólico. Aunque sus trazados sean variados, los laberintos muestran una esencia común de metáforas trascendentes acerca de la vida humana, aunque los mensajes sean muy diversos.
Inicialmente, la generación del laberinto clásico intenta “unir” el cuadrado (manifestado en el esquema base), que representaría a la Tierra, con el círculo (expuesto por las curvas que dan forma a las calles), que simbolizaría al Cielo (y también para algunas culturas el sol). Esta misma fusión geométrica sería la alegoría que reuniría cuerpo y espíritu, una intersección que caracteriza a los seres humanos.
Además, el laberinto encierra misterios, como el de la muerte, dado que quien entra en él no consigue salir. Por eso, el camino hacia el interior simbolizaría el discurrir hacia la final de la vida mientras que la senda inversa, que busca la salida, significaría el renacer.
Otro de los temas atribuidos al laberinto en esa representación de la vida humana sería el de proporcionar sentido a la misma, como una especie de “peregrinación” hacia su destino (que no sería la muerte en este caso sino una culminación espiritual). Así, el laberinto albergaría una búsqueda más o menos iniciática para la que no todo el mundo estaría preparado o sería admitido, dado que requeriría un complejo recorrido desde la periferia hacia el punto focal del ser. Sería por lo tanto una metáfora de la reflexión y de la búsqueda de la razón última, de la perfección.
También se han asociado los laberintos con otros temas menos místicos como es el caso de la danza. En otros órdenes, también funcionarían como metáfora paisajística, compartiendo con el desierto la alegoría sobre lo inhóspito y la esperanza, encarnada esta en la existencia de una meta que anima el movimiento (la salida del laberinto o el oasis del desierto, o el final de este). Incluso puede ser un juego. De hecho, en la actualidad, se siguen levantando laberintos, aunque muy banalizados y vinculados principalmente al ocio y a la diversión (con especial atractivo para los niños).

El “lado oscuro” de la geometría.
Entre los significados más poderosos que caracterizan a muchos laberintos está el que los sitúa entre el Bien y el Mal. El Bien y el Mal son temas fundamentales en todos los mitos y religiones y solían personificarse para facilitar su comprensión. En el credo cristiano, el Mal se identifica con Lucifer, el ángel caído que se convirtió en el antagonista de Dios. Su soberbia le llevó a cambiar su beatífico destino cayendo del cielo (que estaba sobre la Tierra) al infierno (que ocupaba el inframundo). En su descenso al averno arrastró con él a otros espíritus celestiales y fijó su objetivo en hacer lo mismo con los mortales, a los que tentaría permanentemente para que le siguieran. Para conseguir su misión utilizaría los mismos recursos que estaban a disposición de los ángeles (por algo había sido uno de ellos). Así, ángeles y demonios aparecen en el cristianismo como seres contrapuestos: los primeros representan el Bien y la pureza, mientras que los otros, el Mal y la corrupción (como los dos lados inseparables de una moneda, aunque ese maniqueísmo, defendido por los antiguos gnósticos, fuera condenado por la Iglesia).
Frente a la pureza que simbolizan los poliedros regulares, los laberintos siempre han representado el “lado oscuro” de la geometría. En la imagen, dibujo del laberinto que se encuentra en la catedral de Saint-Omer en Francia.
A la geometría le sucede algo parecido. Tiene una cara y una cruz. Por una parte, aspira a encontrarse con la exactitud, la armonía y la serenidad absoluta de los polígonos y poliedros regulares, pero, por otra, puede generar los laberintos que aparecen como manifestación de la complejidad, la inquietud y el desequilibrio. Los primeros, en su expresión de una virtuosa perfección, serían la manifestación del orden, de la luz divina; mientras que los segundos, surgidos como una extraña anomalía, serían la oscuridad, lo confuso, equiparándose con lo demoníaco. No obstante, ambos extremos se nutren de las mismas operaciones geométricas porque, en esencia, son lo mismo: juegos de números y proporciones, de relaciones y dimensiones, de simetrías, de traslaciones, replicaciones, etc. Pero, aunque sus herramientas matemáticas sean similares, el simbolismo muestra un carácter radicalmente opuesto. Todas esas construcciones están dotadas de una irresistible belleza, pero siguiendo esta alegoría representativa, Dios solamente podría aparecer en el centro perfecto de un tetraedro, o de un cubo, mientras que el diablo se movería por las indescifrables líneas de un laberinto. Por eso, los laberintos serían considerados como el “lado oscuro” de la geometría.
Con todo, paradójicamente, los laberintos se convertirían en un símbolo ancestral de protección para los humanos, dado que los malos espíritus quedarían encerrados en ellos sin ser capaces de encontrar la salida. Sus enrevesados trazados servirían no para el Mal, sino para el Bien, ya que impedirían el acceso de los demonios a los humanos. El Mal quedaría así atrapado dentro de la extraordinaria invención de Dédalo, como le ocurrió al Minotauro. En este sentido, la supersticiosa antigüedad ofrece muchos ejemplos de laberintos grafiados en puertas de viviendas e incluso en los pies de naves de iglesias (como en la catedral de Chartres) para que el diablo no pudiera contactar con los fieles dentro del templo.
El laberinto dibujado en el pavimento de la catedral de Chartres se ubicó junto a la entrada, a los pies de la nave, para que los malos espíritus quedaran atrapados en él y no pudieran acceder al lugar de los fieles.

Pero junto al sustantivo, laberinto, también surgió el adjetivo, laberíntico, para significar confusión, desorden o desorientación. El adjetivo se aplica a toda circunstancia que resulte poco nítida, enmarañada o enredada en recuerdo de las inaprensibles calles de un laberinto. Su aplicación es general, y así puede hablarse de “laberinto político” para indicar un contexto político complicado; de “laberinto de la modernidad” para reflejar las incertidumbres y la falta de salida de un determinado estilo artístico o cultural; o de “laberinto sentimental” para expresar el estado de desarreglo emocional de una persona. Incluso puede describirse la estructura de un libro como “laberíntica” cuando presente una composición alejada de la claridad lineal, con discontinuidades, idas y venidas, e incluso cuando adolezca de coherencia debido a la utilización (premeditada casi siempre) de estilos diversos y contrastantes. Y desde luego, es aplicable también al espacio, como a algunos paisajes surcados por pistas y caminos “laberínticos” en relación a la profusión de los mismos y a las dificultades de orientación; o también a ciertos lugares de la ciudad, como algunos zocos islámicos, “laberínticos” porque agrupan infinidad de bazares en una serpenteante disposición de calles, o a la ciudad misma cuando resulta un lugar desconocido y se es incapaz de encontrar el destino deseado.
Los residentes de un barrio o de una ciudad han ido adquiriendo de los códigos para recorrer sus espacios, pero los visitantes no familiarizados requieren “hilos de Ariadna” para poder llegar a sus destinos (sobre todo si se trata de trazados islámicos)
Este sentido, que lleva a hablar de “ciudades laberínticas”, expresa la dificultad para realizar los desplazamientos por la falta de referencias para orientarse o por el exceso de calles tortuosas y cruces informales entre ellas que acaban despistando al viandante sin poder fijar su rumbo adecuadamente.
Desde luego, son muchas las ciudades que cuentan con intrincadas estructuras urbanas, casi imposibles para los no residentes. Es muy típica la comparación del modelo de medina islámica antigua con un laberinto. La relación es pertinente porque el visitante que llega a esa medina desconocida para él, tiene la sensación de enfrentarse a un dédalo de calles que se le aparece como un lugar incomprensible. No sucede lo mismo, lógicamente, con la percepción de los residentes, dado que, al ser el escenario habitual de su existencia, han podido grabar en su memoria las referencias necesarias. No obstante, incluso las ciudades ordenadas ofrecen problemas para quienes no las transitan habitualmente. Por eso, en una analogía sobre esta dificultad de aprehensión, se habla del laberinto como la “geometría” conceptualmente característica de las ciudades (que, a veces, más que conceptual es efectivamente real). De hecho, se dice que una manera de experimentar con intensidad un laberinto, es perderse en una ciudad inexplorada (algo que es sencillo de conseguir en muchas ciudades antiguas y orientales o en las gigantescas urbes contemporáneas)

Teseo logró escapar del laberinto gracias a Ariadna y al ovillo de hilo que la princesa le entregó con el fin de que le sirviera de guía para encontrar la salida. Desde entonces, el “hilo de Ariadna” quedaría como una locución asociada simbólicamente a la idea de salvación, de solución. Como consecuencia de ello, la utilizamos para referirnos a hechos, argumentos o instrumentos que nos permiten encontrar la solución de algún problema o inconveniente que parecía no tenerla o cuanto menos era difícil de obtener.
El problema al que alude la consideración urbana de las palabras laberinto y laberíntico es de legibilidad. Leer la ciudad es una noción que cuenta con significados diversos en función de la aproximación realizada. Aquí nos referimos a la lectura más pragmática y funcional, la del mero usuario que necesita desplazarse por ella para llegar a su destino (hay otras lecturas que consideran aspectos de significado o emocionales, entre otros factores que aquí no consideramos)
Afortunadamente, al igual que el héroe Teseo, los ciudadanos también disponemos de ayuda para enfrentarnos al desconcertante “laberinto” urbano y permitir nuestros desplazamientos (al menos antes de lograr, por insistencia y repetición, aprehender sus códigos, como les sucede a los residentes).
En primer lugar, es la propia arquitectura y los espacios urbanos quienes se esfuerzan en proporcionarnos ciertos recursos de imagen (como lúcidamente advirtió Kevin Lynch). En este caso, la solución se asienta en el diseño urbano propiamente dicho. La disposición de su estructura y la relación con ella de la arquitectura propone un sistema de comprensión que fue inicialmente descrito por Lynch en su libro La imagen de la ciudad (publicado en 1960). Allí concurrían sendas, hitos, nodos, bordes y barrios para apoyar el conocimiento y el manejo de la ciudad.
Estructura de la imagen de Los Angeles según la metodología propuesta por Kevin Lynch (incluida en su libro “La Imagen de la ciudad”)
También los sistemas de señalización e información se convierten en imprescindibles “hilos de Ariadna”, dispuestos para la transmisión adecuada de los mensajes que permiten la utilización eficaz del espacio urbano. La señalética se ocupa de una muy variada colección de elementos: carteles indicadores de destino y dirección, señales de tráfico y líneas dibujadas en los pavimentos, rótulos identificadores de calles, plazas o edificios en una variedad infinita de formas, colores y signos, y otros muchos elementos que conforman un sistema fundamental para el wayfinding (o sea el encuentro de las rutas que nos llevan a nuestro destino)
Sistemas de señalización e información como parte de una estrategia de diseño de Wayfinding en la ciudad. A la izquierda, propuestas para Cracovia y a la derecha elementos ubicados en Sídney.
Uno de los hilos de Ariadna más característicos es la representación a escala de la estructura de la ciudad y de sus destinos principales, destacando los planos callejeros y los planos turísticos. La cartografía urbana, en sus múltiples expresiones, desde la más estricta y rigurosa (motivada, por ejemplo, por cuestiones tributarias organizadas desde el catastro) hasta la más intuitiva y lúdica (desde planos de recorridos turísticos, hasta los trazados de líneas de metro y sus estaciones o de implantaciones comerciales, por citar algunos casos), ha sido y todavía es la herramienta más frecuente, aunque su versión en papel está en declive forzada por las apps de los dispositivos móviles.
Los planos callejeros han sido la herramienta fundamental para poder desplazarse por ciudades desconocidas, aunque las apps de los dispositivos móviles los están arrinconando. En la imagen, plano callejero de Amsterdam.
Precisamente, esas aplicaciones de “navegación” imprescindibles en los teléfonos móviles (y en los coches) ofrecen una travesía urbana tutelada y apta para todo el mundo, incluso con indicaciones habladas en tiempo real. Google Maps, Citymapper, Waze o Moovit son algunas de las más utilizadas dentro de una gran variedad de oferta. En algunos casos también cuentan con realidad aumentada para no tener dudas en la interpretación de un plano.
Los teléfonos móviles y sus apps de navegación se han convertido en una herramienta básica para la orientación en la ciudad. En la imagen, Google Maps.

La bibliografía existente sobre laberintos es ingente. Por eso, para profundizar en su conocimiento proponemos una selección de cuatro libros con enfoques muy distintos. Sus contenidos facilitarán, sin duda, la entrada en los laberintos (y no sabemos si también la salida)
El primero está escrito por el poeta y ensayista italiano Paolo Santarcangeli (1909-1995): El libro de los Laberintos. Es un libro erudito, una verdadera enciclopedia del laberinto, como dice Umberto Eco en el prólogo de la edición de 1984. El texto ahonda en la génesis y en la evolución formal de ese arquetipo universal a lo largo de todas las épocas en las que ha encontrado expresión. También se sumerge en el mito y su simbología que, paradójicamente es a la vez esotérico (oculto y solo asequible para las personas iniciadas) y exotérico (común o accesible para todos), porque bascula entre la tragedia y el juego.
El segundo libro, sale de la mano de Karl Kerényi (1897-1973) una de las figuras más destacadas en el estudio de la historia y la fenomenología de las religiones, así como del pensamiento mitológico y filosófico de la antigüedad. El libro, En el laberinto, reúne diferentes ensayos en los que Kerényi aborda múltiples aspectos (simbólicos, iconográficos, literarios, míticos, rituales) a través de los cuales toma cuerpo el enigmático laberinto.
El tercero, con una escritura mucho más accesible, fue publicado por el polifacético arquitecto y director teatral Jaime Buhigas Tallón (1973) con el título Laberintos. Historia, mito y geometría. El libro recorre, como si de un laberinto se tratara, líneas que se dirigen tanto hacia la historia como hacia el misterio y el mito, en una peregrinación que aparece como metáfora de la propia vida. Como apéndice ofrece una sugestiva interpretación del laberinto “oculto” de los jardines de la Granja en Segovia (esos jardines cuentan con otro laberinto explícito que resulta más convencional)
Por último, anotamos un delicioso libro escrito por el divulgador austriaco Gernot Candolini (1959), ideal como introducción ligera al mundo de los laberintos (incluso para niños y jóvenes) tal como indica el propio título y el autor advierte en el prefacio: Laberintos. Guía práctica para meditar, jugar, construir y pintar. Es particularmente sugerente la exposición de cuarenta modelos diferentes, muchos de ellos históricos.

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