24 mar. 2020

El Mediterráneo, un mar “arquitectónico” con estancias, pasillos o puertas.


El Mediterráneo es un mar con sentido “arquitectónico”. La analogía permite caracterizar un entorno con rasgos similares a los de un lugar terrestre, descubriendo, entre otras cuestiones, “estancias”, “pasillos” o “puertas”. En la imagen, Santorini, una de las islas Cícladas en el mar Egeo, que destaca entre las más apreciadas “estancias” mediterráneas.
No es lo mismo un mar que un océano. A pesar de sus muchas similitudes, las diferencias son notables y están basadas en criterios que atienden a la extensión y a la relación de las masas de agua con el litoral terrestre; pero, sobre todo, en cuestiones emotivas e irracionales que tuvieron su origen en el pensamiento mítico ancestral. Entonces, frente al océano, recóndito e incomprensible, el mar aparecía como algo asequible, entrañable, incluso relativamente amable y familiar.
En este artículo vamos a aproximarnos al Mar Mediterráneo, un mar que se convirtió en la referencia absoluta durante la antigüedad de la civilización occidental. Lo haremos a partir de una serie de consideraciones geográficas y culturales que le proporcionan un cierto sentido “arquitectónico”. La analogía permite caracterizarlo como si se tratara de un lugar terrestre, descubriendo, entre otros elementos, “estancias”, “pasillos” o “muros” y “puertas”. Así, la transfiguración de litorales e islas, rutas y estrechos, o pequeños mares locales con un nombre propio, irá describiendo un entorno singular, construido física y mentalmente por las diversas civilizaciones que lo han habitado y cuyo legado determina nuestras percepciones.

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No es lo mismo un mar que un océano.
Los antiguos griegos creían que el mundo estaba formado por tres grandes continentes (Europa, Asia y África, entonces llamada Libia) que confluían en el Mar Mediterráneo. Ese mar era el centro del mundo, con un especial protagonismo inicial de su sector oriental, el Mar Egeo y sus aledaños, que fue el escenario principal de helenos y fenicios. Para estos pueblos, esa masa terrestre tripartita era una inmensa isla que acogía en su interior al mar Mediterráneo y quedaba rodeada por un gran río circular que recibía el nombre de Océano. Esta corriente de agua circunvaladora era un tanto particular porque presentaba una única orilla, la de los continentes, que era el límite del mundo y donde comenzaba esa extensión acuática inacabable. La otra orilla era un enigma. Desde luego, no se pensaba que pudiera existir, pero suponiéndola, era inimaginable que hubiera en ella vida humana. En todo caso sería un reino de monstruos. Esa concepción geográfica fue la que reflejó el desaparecido mapa de Anaximandro (625-547 a.C.), la primera representación cartográfica conocida de la Tierra.
Reconstrucción del desaparecido mapa de Anaximandro a partir de las descripciones que nos han llegado del mismo. Los antiguos griegos creían que el mundo estaba formado por una isla inmensa que reunía los tres continentes conocidos (Europa, Asia y África, entonces llamada Libia), con el Mar Mediterráneo en su interior y rodeada por un gran río circular que recibía el nombre de Océano.
El océano que envolvía al mundo sólido era muy misterioso para los antiguos griegos. Lo era por su infinitud aparente, pero, además, porque en él se hundía el sol al anochecer y el astro rey lo atravesaba durante la noche de una manera imprecisa desde el oeste, por donde se había escondido, hasta el oriente, por donde emergía de nuevo. También en el océano se “bañaban” las estrellas y, como apuntó Homero en la Ilíada, sus aguas nutrían “todos los ríos y todo el mar, todas las fuentes y todos los hondos pozos”.
Por el contrario, el Mediterráneo era agua conocida, aunque se extendiera mucho más allá del familiar Egeo y sus confines occidentales quedaran muy lejos de la Hélade. A pesar de esta objeción, frente al océano recóndito e incomprensible, el mar, atravesable, con sus dos orillas habitadas que se convertían en origen y destino ciertos de los viajes sobre sus aguas, aparecía como algo asequible, entrañable, incluso relativamente amable, lo cual no descartaba que las travesías entrañaran peligros y riesgos. Hasta tal punto se sentía la diferencia entre ambos que los dioses que regían los dos ámbitos eran diferentes: Océano era la divinidad encargada de las aguas exteriores mientras que Poseidón era el dios de mar (Neptuno para los romanos).
Por eso, desde tiempos ancestrales no es lo mismo un océano que un mar. En nuestro tiempo, con un gran conocimiento de la geografía del planeta, somos conscientes de sus muchas similitudes, pero también de las notables diferencias que los separan. Pero antes de que las técnicas cartográficas revelaran la verdadera estructura de las masas de agua terrestres, las distinciones entre el océano y el mar eran cuestiones emotivas e irracionales que tuvieron su origen en el pensamiento mítico ancestral.
Mares y océanos son diferentes desde un criterios técnicos y geográficos que atienden a la extensión y a la relación con el litoral terrestre, pero también hay cuestiones emotivas e irracionales que parten del pensamiento mítico ancestral. En la imagen, el Estrecho de Gibraltar que separa el océano Atlántico (debajo) y el mar Mediterráneo (arriba)
En la actualidad, la palabra mar (usada en masculino habitualmente, pero también en ocasiones en femenino, sobre todo entre navegantes) se utiliza muy habitualmente como un término genérico para designar cualquiera de las extensas y profundas masas de agua salada exteriores a los continentes. No obstante, superando esta generalidad, la geografía distingue entre mar y océano técnicamente, basándose fundamentalmente en criterios que atienden a su extensión y a la relación de las masas de agua con la superficie terrestre. Los océanos son mucho mayores y separan continentes, tal como habían intuido los antiguos griegos. Son cinco: Atlántico, Índico, Pacífico, Ártico y Antártico. En cambio, los mares (mucho más numerosos) designan ámbitos menores, vinculados con los litorales contiguos y, en general, bastante bien acotados, cuestión que les permite disfrutar de cierta “personalidad” propia (aunque la delimitación presenta bastantes excepciones, habiendo muchos mares que en realidad son aguas oceánicas, como sucede con el mar Cantábrico, un sector del Atlántico asociado a la cornisa septentrional de la Península Ibérica).
Mapamundi con identificación de los cinco océanos.
En ese artículo profundizaremos en el Mar Mediterráneo, un mar que se convirtió en la referencia absoluta durante la antigüedad de la civilización occidental, y que también influyó decisivamente en otras más lejanas que se relacionaban con ese epicentro cultural y económico.

El Mediterráneo, el mar “arquitectónico”.
El mar Mediterráneo es especial. Vamos a aproximarnos a él a partir de una serie de consideraciones geográficas y culturales que le proporcionan un cierto sentido “arquitectónico”. Hemos anticipado que la delimitación y la vinculación son las dos claves principales para definir un mar (y que esta última tiene mayor importancia). Serán, precisamente, estas dos nociones las que nos guíen en esta particular analogía que permite caracterizarlo como si se tratara de un lugar terrestre, descubriendo, entre otros elementos, “estancias”, “pasillos” o “muros” y “puertas”. Así, la transfiguración de litorales e islas, rutas y estrechos, o pequeños mares locales con nombre propio, irá describiendo un entorno singular, construido física y mentalmente por las diversas civilizaciones que lo han habitado y cuyo legado determina nuestras percepciones.
La delimitación es una cuestión esencial en la arquitectura porque afecta a temas primordiales como son la protección o la apropiación del espacio, que están estrechamente relacionados con la acotación espacial. La forma constructiva más típica para la demarcación de un sitio es el muro, que manifiesta la continuidad de una barrera de separación entre un exterior y un interior. Pero para que el muro tenga operatividad necesita poder ser traspasado puntualmente. Ese es el cometido de las puertas, unos elementos que, más allá de su funcionalidad y formalización concreta, se convierten, al igual que el muro, en símbolos arquitectónicos trascendentales.
Sabemos que la delimitación de un mar puede ser más o menos sutil. En el caso del Mediterráneo es rotunda. Los litorales continentales (europeo, africano y asiático) ejercen esa labor de “muro” definitorio de un recinto que cuenta, además, con dos “puertas” históricas que facilitan la conexión con el exterior (con el océano Atlántico y con el Mar Negro).
Esquema remarcando el “muro” (línea roja), es decir, los litorales continentales que confinan el Mediterráneo, con identificación de las “puertas” que abren el mar al exterior (los puntos verdes). A la izquierda la puerta occidental que conecta con el Océano Atlántico. A la derecha, arriba, la conexión nororiental Mediterráneo-Mar Negro. Debajo, a la derecha, el círculo sin relleno indica la ubicación de la moderna “tercera puerta”, el Canal de Suez.
Pero no acaba ahí la analogía, porque la arquitectura no solo define espacios, sino que también los caracteriza. Sucede eso con las estancias, espacios arquitectónicos diseñados para la actividad humana más específica, y también con sus complementarios corredores, espacios que ejercen el papel de conectores entre ellas (“salas o habitaciones” y “pasillos”, si nos atenemos a la más elemental conceptualización tipológica).
Y eso mismo encontramos en nuestra metáfora mediterránea. El mar, que se presenta como una superficie indiferenciada de agua, se transforma en una red de rutas, líneas que surcan el plano acuático. Estos “caminos” o “canales” resultan imperceptibles para el profano, pero son precisos para el especialista y los barcos los siguen fielmente en los recorridos marítimos hacia su meta. Son verdaderos “pasillos” marítimos. Y están además los puntos de origen y destino que se encuentran, desde luego, en los litorales, pero que alcanzan su plenitud en las islas, las auténticas “habitaciones” del mar.
El Mediterráneo ofrece litorales espectaculares que potencian la consideración amable del mar.
Pero hay más, porque la vinculación entre agua y tierra aporta nuevos rasgos arquitectónicos al Mediterráneo. Estos lazos son geográficos, pero, sobre todo, culturales y afectivos, manifestados al convertir el mar en un lugar, es decir, en un espacio dotado de identidad y significativo para el ser humano. Esta transformación simbólica se consigue al dotar a los mares de un nombre, pero no con una denominación genérica, como sucede en el caso de los océanos, sino con una muy precisa, muy local, procedente de los litorales que lo acompañan, proporcionando al mar una identidad cultural y geográfica estrechamente relacionada con las civilizaciones que se han desarrollado en sus orillas a lo largo de la historia. En el caso del Mediterráneo, esto se manifiesta en sí mismo, pero en mayor medida en sus peculiares subdivisiones, pequeños mares que disponen de su propio nombre.

El Mediterráneo como lugar.
El rastreo etimológico proporciona unas bases interesantes. Su nombre, Mediterráneo, procede del latín Medi Terraneum, cuyo significado es “en medio de las tierras”. Esta consideración de mar interior rodeado de suelo firme era ya su denominación habitual en tiempos de los antiguos griegos, que lo conocían como Μεσόγειος Θάλασσα, Mesogeios Thalassa (meso, medio; geios, de la tierra; thalassa, mar). También en árabe recibiría una identificación similar: al-Bahr al-Mutawasit (mar intermedio); aunque también se le conociera en ese idioma como al-Bahr al-Abyad o el similar turco Ak Deniz, que significan “mar blanco” en ambos casos (Abyad y Ak, blanco, mientras que al-Bahr y Deniz, mar). Esta referencia no pretendía ser una indicación de color sino de orientación, ya que los turcos señalan al sur como blanco y al norte como negro (de ahí el nombre del Mar Negro, mar del norte). También los romanos lo llamaron coloquialmente Mare Nostrum (nuestro mar), en referencia a que las tierras del Imperio lo rodeaban completamente.
No obstante, el apelativo Mediterráneo, aun siendo expresivo de su situación, no sugiere localización alguna. Pero este mar tiene la peculiaridad de verse subdividido en sectores que son llamados también mares (aunque no es el único caso en el planeta). Son estos pequeños mares locales los que han sido bautizados con un nombre propio relacionado con el litoral contiguo, convirtiéndose en “lugares” para los habitantes de la zona. Cuando algo adquiere un nombre propio, pierde su anonimato (sin-nombre) y pasa a formar parte de la vida de las personas. Lo primero que reciben las mascotas, cuando se integran una familia, es un nombre. Esto también puede aplicarse a las personas, privilegiando a los conocidos al ser identificados por un nombre propio. También actuamos así con los paisajes que nos acogen. Esta pasión por otorgar nombres, personalizando nuestro entorno, logra destacar a lo nominado de la indiferencia de un fondo informe, siendo algo que el ser humano realiza de una forma automática. Esas identificaciones responden el deseo humano de apropiación de su entorno (aunque sea simbólicamente), de afirmación de su territorialidad.
Esquema con alguno de los mares secundarios más conocidos que forman parte del Mediterráneo. 1. Mar Egeo; 2. Mar Jónico; 3. Mar Tirreno; 4. Mar Adriático. No son los únicos.
Así pues, el mar Mediterráneo acoge otros “mares” en su interior, asociados a costas contiguas y a los pueblos que las habitaron algún día. Esos mares locales están claramente definidos en su borde terrestre, pero van difuminándose al acercarse a sus límites acuáticos. Su existencia se debe, en parte, a que el Mediterráneo fue descubierto paulatinamente hasta llegar a sus confines partiendo de esos pequeños mares que acabarían integrándose en la gran masa reunificadora. De esta manera, el Mediterráneo incluye el Mar Egeo, el Mar Tirreno, el Mar Adriático, el Mar Jónico, el Mar de Liguria o el mar de Alborán, entre otros, que incluso pueden llegar a ser subdivisiones de las divisiones, como ocurre con el mar de Tracia o el mar de Creta respecto del Egeo.

Los “pasillos” del Mediterráneo.
En una primera instancia, para los antiguos griegos, el mar era el Egeo. Aquella extensión de agua de dimensiones controladas por la cercanía de las costas continentales y la numerosa presencia de islas se convirtió en el escenario de la vida helena. De hecho, puede decirse que el centro y verdadero protagonista de la cultura de aquella Grecia ancestral fue el mar.
La costa oriental de la península griega y la occidental de la anatolia limitaban ese mar familiar por el oeste y el este respectivamente. El cierre por el norte formaba parte también del mundo griego, pero los habitantes de aquellas territorios, Macedonia y Tracia, no eran considerados de “primera clase” como los que residían en las principales polis de la Hélade. Por el sur, la gran isla de Creta marcaba el límite formando un “arco” virtual con Rodas, otra de las islas destacables.
Desde luego, tenían muy presente que más allá de los límites del Egeo, el mar se extendía hacia otros territorios. Ellos tenían contacto fluido con Chipre y el Oriente Próximo fenicio, así como con el Egipto faraónico del delta del Nilo. Con el tiempo irían colonizando el lejano occidente de aquel mar e irían surgiendo desde la Magna Grecia hasta otros asentamientos más remotos como los de la costa sur de la actual Francia (por ejemplo, Massalia-Marsella) o los del litoral levantino de la Península Ibérica. Lo mismo harían sus competidores fenicios en las costas meridionales, donde levantaron colonias, como Cartago, que estarían llamadas a protagonizar la historia de los siglos venideros.
El Egeo, la patria helena, era una superficie acuática bien conocida, cuya navegación era relativamente sencilla, teniendo en cuenta que en la mayoría de los viajes se avistaba el puerto de destino desde el origen. Por eso, los recorridos se fueron estableciendo como “pasillos” en el mar, como canales virtuales que salvo circunstancias meteorológicas adversas eran seguidos escrupulosamente por los navegantes de la época.
La web marinetraffic.com es una página especializada que muestra en tiempo real el tráfico marítimo en todo el mundo, con diferentes opciones de visualización. En la imagen detalle de las “líneas” (“pasillos”) que surcan el mar Mediterráneo expresando con color su intensidad de uso.
A partir del cabo Malea, el extremo sur del Peloponeso, y de la línea indicada por las islas meridionales, se abría el resto del Mediterráneo, un mar que con el tiempo acabaría siendo conocido por los navegantes y sería surcado por nuevas rutas, nuevos “pasillos” que dirigían a lugares alejados de la casa familiar egea y que también serían seguidos eficazmente por los experimentados marinos griegos. De hecho, el mundo griego (algo que también puede decirse del coetáneo fenicio) fue un conjunto de ciudades unidas por rutas marítimas. De hecho, las penetraciones hacia el territorio interior de las costas fueron escasas y muy cortas. El mar era para ellos la verdadera vía de comunicación, minimizando los caminos terrestres que eran mucho más dificultosos y arriesgados. Esto convirtió a aquellos pueblos en auténticas talasocracias, término que señala a los estados cuyos dominios son principalmente náuticos y que disponen de una flota muy considerable.

Las “estancias” del Mediterráneo.
Desde luego, los litorales continentales, europeo, asiático o africano, proporcionan buena parte de las metas estanciales para los recorridos por el mar. En esas costas, al abrigo de bahías y puertos naturales fueron fundándose ciudades. En el Egeo surgirían polis como Atenas, Esparta o Corinto en la parte “europea” y Mileto o Éfeso en la “asiática” por citar algunas de las más relevantes. Lo mismo sucedería en las diferentes oleadas colonizadoras que extendieron el mundo griego hacia occidente.
Pero las auténticas “estancias” marítimas son las islas, que pueden ejercer de escala en los largos viajes hacia destinos lejanos, pero que también son fin en sí mismas en muchos de ellos. El número de islas en el Egeo es muy elevado de manera que las distancias entre ellas no son excesivas, hecho que propició ese carácter de mar cercano que estamos comentando. Pero junto con esos archipiélagos helenos, otras islas exteriores al Egeo acabarían consolidando el Mediterráneo como un lugar especial y son, precisamente, esas tierras insulares, visitadas recurrentemente por unos y por otros a lo largo de tantos siglos las que atesoran principalmente la esencia cultural del mar. En esas islas fueron dejando su huella todas las civilizaciones que han habitado el mar, manifestadas en idiomas, arquitecturas, arte, costumbres e incluso en la configuración de un paisaje determinado a partir de las bases naturales. Con todo, el tiempo ha ido forjando el espíritu mediterráneo, una manera particular de comprender la vida que es compartida por todas las regiones que acompañan al mar, pero que se expresa con todo su despliegue en las islas. Las islas son como estancias familiares repletas de recuerdos con los que evocar un pasado que bascula entre esplendores y declives, entre honras y vilezas, entre la sensibilidad y la rudeza, entre la hospitalidad y la crueldad.
Esquema remarcando las principales islas del Mediterráneo. De izquierda a derecha: Mallorca, Córcega y Cerdeña, Sicilia, Eubea y Creta, con Chipre en el extremo oriental. El punto rojo debajo de Sicilia indica la situación de Malta, un pequeño archipiélago que es un país insular miembro de la Unión Europea.
Esas “estancias” insulares son numerosas y muy diversas. La mayoría están pobladas (en algún caso con muchos residentes, como Sicilia con cinco millones o Cerdeña y Chipre que superan el millón de habitantes) y otras, las menos, están deshabitadas. Algunas son muy extensas (como Sicilia, la más grande, o Cerdeña que superan los 20.000 km2), otras son de tamaño medio (como Chipre, Córcega, Creta, Eubea, Mallorca, Lesbos o Rodas con superficies que van desde los 10.000 hasta los 1.000 km2), habiendo otras muchas de menor superficie. Casi todas forman parte de los países limítrofes (como España, Francia, Italia, Grecia o Turquía principalmente) pero hay dos casos de países insulares independientes (Malta y Chipre, ambos pertenecientes a la Unión Europea). En ciertos casos aparecen formando archipiélagos, conjuntos relacionados físicamente por la proximidad de sus elementos, pero unidos sentimental y culturalmente, como sucede, por citar algunos ejemplos, con las Baleares en occidente, o el Dodecaneso, las Cícladas, las Jónicas o las Espóradas en su sector oriental.

Las “puertas” del Mediterráneo.
Los mares están (generalmente) acotados. En algunos casos con exactitud (hasta tal punto de que son, en realidad, inmensos lagos salados, como el mar Caspio, el mar Muerto o el mar de Aral); mientras que, en otros, la delimitación es menos estricta, especialmente en los que, aunque reciban ese nombre, sus aguas son, en verdad, oceánicas.
El mar Mediterráneo es un mar acotado con precisión por los litorales continentales que lo cercan casi por compelto. Este hecho que lo aproxima al carácter de un lago, pero no lo es gracias a que dispone de dos puertas de acceso. Una de ellas está situada en su extremo occidental y lo conecta con el océano Atlántico. La otra se ubica el extremo nororiental, dando paso al mar Negro (el Ponto Euxino, mar “hospitalario” de los antiguos griegos, otro mar con buena demarcación, hasta el punto de que la existencia de esta puerta impide que sea propiamente un lago).
Las dos puertas son efectivas, cumpliendo su misión biológica, y están muy bien definidas geográficamente, pero, sobre todo, cuentan (o mejor, contaron) con un gran valor simbólico obtenido en tiempos ancestrales (hoy su valor es fundamentalmente comercial y estratégico). Fueron los antiguos griegos quienes crearon esa caracterización mítica de lo que eran, desde luego, dos accidentes geográficos excepcionales.
Dos imágenes del Estrecho de Gibraltar (arriba, virtual, y debajo, real). Los círculos indican la localización de las “columnas” de Hércules: en la parte europea, el Peñón de Gibraltar, y en la africana, el monte Musa marroquí y el español monte Hacho de Ceuta, las dos opciones en discusión.
En el extremo occidental, se ubican las “columnas” de Hércules, que indicaban el final del mar, los límites del mundo conocido y, por lo tanto, la apertura hacia lo ignoto y el misterio (entonces representado por el actual Océano Atlántico). Nos estamos refiriendo al actual Estrecho de Gibraltar, una “portada” marítima que se encuentra enmarcada por dos promontorios singulares que separan dos continentes: Europa y África. La “jamba” situada en el norte no ofrece dudas, es el Peñón de Gibraltar con sus 426 metros de altura (que fue llamado Kalpe por los antiguos griegos y fenicios). Más discusión hay acerca de cuál podría ser la “columna” meridional (que fue conocida en la antigüedad como Abyla), disputándose esa distinción dos montes: el monte Hacho, de 204 metros situado en la española Ceuta y el marroquí monte Musa de 851 metros de altura.
Allí se encontraba el Jardín de las Hespérides (Ἑσπερίδες), custodiado por las tres ninfas que respondían a ese apelativo y donde se encontraba el maravilloso árbol que proporcionaba manzanas doradas que otorgaban la inmortalidad a quien las comiera. La vigilancia estaba reforzada por un dragón de cien cabezas junto a su entrada. Era Ladón, el monstruo que fue muerto por Hércules (Heracles para los griegos) en uno de sus doce trabajos míticos, en el que también separó los promontorios Kalpe y Abyla, que antes se encontrarían unidos, lo que permitió conectar mar y océano.
Arriba la “columna” septentrional de la “puerta” que comunica el Mediterráneo con el océano Atlántico, es decir, el Peñón de Gibraltar. Debajo, las dos opciones que se disputan ser la columna meridional. A la izquierda, Jebel Musa, el monte marroquí (visto desde Gibraltar). A la derecha, el monte Hacho que emerge en el extremo de la española península ceutí de La Almina.
Las Hespérides eran las ninfas del atardecer, del ocaso, ya que por ahí se “hundía” el sol en las remotas aguas del incógnito océano, alimentando todo tipo de elucubraciones sobre la ubicación en esa zona del Hades (el inframundo poblado por los muertos). El término del griego antiguo Ἑσπερος, hesperos, significaba “tierra occidental” y daría nombre a la Península Ibérica (conocida como Hesperia antes de ser Iberia o Hispania). La ubicación del jardín estuvo muy indefinida, pero parecía situarse a los pies occidentales de la cordillera del Atlas (en Marruecos), que, según el mito, era Atlas (o Atlante), el titán que sujetaba la bóveda celeste, y que fue petrificado por una mirada de Medusa sujetada por Perseo (aunque este es otro mito).
En la parte nororiental, se localiza la segunda puerta: el Helesponto de la antigua Grecia, que también separa dos continentes (Europa y Asia). Es el actual Estrecho de los Dardanelos que se abre entre la península de Galípoli y Asia Menor, comenzando la conexión entre el Mediterráneo y el Mar Negro, que se configura una “puerta” compleja porque este desfiladero, da paso a un pequeño mar interior (mar de Mármara) que conecta a través de un nuevo estrecho (el Bósforo) con el Mar Negro.
La conexión entre el mar Mediterráneo y el Mar Negro es una “puerta” compleja con dos estrechos y un mar interior. 1. Mar Mediterráneo/Mar Egeo; 2. Estrecho de los Dardanelos (el antiguo Helesponto); 3. Mar de Mármara; 4. Estrecho del Bósforo, donde se encuentra Estambul (antigua Bizancio y Constantinopla) cuya extensión actual se marca en color rosa; 5. Mar Negro.
Su denominación Ἑλλήσποντος (Hellespontos) significa "Mar de Helle" (ponto significaba mar y Helle, o Hele, es el nombre de la princesa mítica que se ahogó en ese lugar). El mito narra como Helle y su hermano Frixo, hijos del rey Atamante y nietos del dios Eolo, iban a ser sacrificados (como consecuencia de disputas familiares que no vienen al caso), pero lograron escapar gracias a la intervención de Zeus, quien envío en su ayuda un carnero alado cuya lana era de oro. Se fugaron volando sobre el animal, pero en la huida, Helle cayó en ese estrecho ahogándose, mientras que su hermano logró salvarse llegando a la Cólquide (en el extremo oriental del mar Negro), donde fue acogido. Para agradecer a Zeus su salvación, Frixo sacrificó en su honor el carnero. La piel sería conservada como algo sagrado, convirtiéndose en el “vellocino de oro” que irían a buscar Jasón y sus argonautas (pero esa es otra leyenda).
Esta puerta nororiental se abría al Mar Negro y a sus fértiles riberas y llanuras septentrionales, que eran uno de los lugares de abastecimiento principales de los pueblos griegos. Por esta razón, el control de ese paso marítimo fue fundamental, aunque también tuvo importancia para retener, posibles invasiones de los persas, enemigos ancestrales de los griegos. Esas trascendentales misiones animaron la fundación en el Bósforo de la nueva ciudad de Bizancio (futura Constantinopla y actual Estambul). Lo mismo sucedió con Troya, que estaba ubicada en la parte asiática del Helesponto. De hecho, parece que las guerras que acabaron con esta ciudad pudieron estar motivadas por el control del acceso al canal natural.
En cualquier caso, y más allá de los acontecimientos relatados por los mitos, el hecho de que se escecnificaran en esas localizaciones indica la importancia simbólica de los dos lugares. Para finalizar debemos recordar que el Mediterráneo tiene una tercera puerta, pero esta es reciente. Es el Canal de Suez, “fisura realizada por mano del hombre” en palabras de Marguerite Yourcenar. En consecuencia, esta “puerta de servicio”, cuya construcción fue impulsada por cuestiones económicas, carece del contenido mítico de las dos históricas (al Canal de Suez ya le dedicamos un artículo en este blog: “El Canal de Suez y sus ciudades)


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