8 mar. 2014

El urbanismo ilustrado en la Baixa (la innovadora reconstrucción de Lisboa en el siglo XVIII).

El día 1 de noviembre de 1755, un terremoto de intensidad nueve, junto a varios tsunamis e incendios posteriores, devastaron Lisboa, especialmente la Baixa, que quedó arrasada. La capital portuguesa se enfrentó a un terrible dilema: reconstruirse en ese lugar o cambiar su ubicación hacia un sitio más seguro. La decisión fue levantarse en los mismos terrenos, pero haciéndolo de forma diferente.
Se trabajó para conseguir un triple objetivo: una ciudad más segura, una ciudad más funcional y una ciudad con mayor identidad. Y se hizo con un procedimiento novedoso que conjugaba el racionalismo y la funcionalidad con el pragmatismo, inaugurando una forma de actuar que abría las puertas a la ciudad moderna. La sistematización de procesos, el planteamiento de tipologías, la producción estandarizada, la organización comercial o los mecanismos de redistribución de la propiedad son alguno de sus rasgos característicos.
Con el decidido impulso desde el gobierno del Marqués de Pombal, y con el apoyo de un grupo de técnicos bien capacitados, la nueva Lisboa que emergió del cataclismo deslumbró al mundo mostrando los valores del urbanismo ilustrado y convirtiéndose en una referencia para otras ciudades.

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A mediados del siglo XVIII, Lisboa y Portugal no pasaban por su mejor momento, pero la capital todavía era una ciudad importante, con una población en torno a los 200.000 habitantes y con una actividad mercantil apreciable. Pero la decadencia del imperio portugués había paralizado la evolución de Lisboa, que permanecía anclada en su estado medieval.
En ese contexto, el día 1 de noviembre de 1755, Lisboa sufrió un terrible cataclismo. Un terremoto extraordinario que alcanzó una intensidad de nueve grados en la Escala Richter provocó daños gravísimos. Pero todavía fueron más devastadores y mortíferos los tsunamis que le siguieron y dejaron la ciudad inundada. Solamente las zonas altas de las colinas se libraron del agua, quedando sin afectar unos pocos edificios. Y por si todo lo anterior no fuera suficiente, en las zonas que se habían librado del agua, se declararon una serie de incendios demoledores. Se estima que el 85% de los edificios de la ciudad quedaron destruidos y que en la catástrofe murieron unas 10.000 personas, aunque algunas fuentes incrementan notablemente esta cifra.
La reacción a esta terrible desgracia fue muy rápida. De forma expeditiva,  y superando el estado de shock inicial, se acometió la renovación de la ciudad con el optimismo de quienes creyeron que también se abría una oportunidad para que Lisboa se transformara y recuperara su categoría perdida.

Apuntes sobre la estructura básica de Lisboa (antes del terremoto).
Lisboa se levanta en la ribera derecha del rio Tajo, junto a su desembocadura, frente a la extensa ría que forma una especie de mar interior, conocido como el Mar da Palha (Mar de la Paja). Esta gran cuenca conecta directamente con el Océano Atlántico a través de un estrecho canal natural.
La desembocadura del rio Tajo, con el Mar da Palha y Lisboa en su ribera norte (imagen invertida de satélite) 
En esa ribera norte, sobresalía una colina sobre la que se asentaron los primitivos “lisboetas”. Ese monte sería conocido después como Colina do Castelo, Colina del Castillo, por el Castillo de San Jorge que se construiría en su cima. Las laderas de la Colina do Castelo, fueron adquiriendo fisonomía urbana desde los tiempos romanos, pero se consolidaron como parte de la ciudad con la creación de la medina musulmana medieval  (Barrio de la Alfama). Allí se levantó la mezquita que sería transformada en su momento a la catedral lisboeta (la Sé de Lisboa o Igreja de Santa Maria Maior).
Enfrentada a la Colina do Castelo por el oeste había otro cerro de menor altura, y entre ambas alturas surgía un pequeño valle llano por el que desaguaba un arroyo y que se inundaba con mucha frecuencia por las crecidas del rio Tajo. Cuando a mediados del siglo XIII, Lisboa fue designada como capital del Reino de Portugal, la ciudad creció y se vio obligada a ocupar aquel valle inferior, que tuvo que ser drenado previamente para poder urbanizarse. Esta zona recibía el nombre de Vale da Baixa. La Baixa, iría adquiriendo importancia como centro comercial y residencial. Impulsada por la construcción del puerto y los astilleros, la Baixa se convertiría en el “corazón” de la ciudad.
Topografía de Lisboa (curvas de nivel superpuestas sobre la ortofoto de Google). Las dos colinas que encajonan el espacio llano central (la Baixa)
La otra ladera del valle, que lo cerraba por el oeste, daba paso a la colina enfrentada a la del Castelo, y sería “colonizada” a partir del siglo XVI, cuando Lisboa capitaneaba el Imperio Portugués y fue necesitando nuevas ampliaciones. En este monte se levantaría el actual barrio del Chiado y, en sus zonas más elevadas, el Barrio Alto (Bairro Alto).
La Baixa, en su encuentro con el rio, tuvo un desarrollo singular. Primero por la ubicación en ella de la nueva residencia de los reyes y su Corte, que abandonaron el Castillo de San Jorge desplazando el centro de poder portugués hacia la ciudad baja, junto al Tajo. Allí se construyó en 1511, por iniciativa del rey Manuel I, el nuevo Palacio Real (Paço da Ribeira, Palacio de la Ribera) que pasaría a ser la residencia del monarca y de sus sucesores. Este palacio era un edificio longitudinal que se ubicaba perpendicularmente a la orilla del rio, dejando dos grandes espacios libres en sus laterales: los astilleros al oeste y el extenso Terreiro do Paço al este.
En el interior de la ciudad, al final de la Baixa, se conformó el Rossio como lugar de mercado y actividades ciudadanas que hicieron de esa plaza el centro neurálgico de Lisboa. Allí se ubicaron el gran Hospital de Todos los Santos o el Palacio de la Inquisición.
Así pues, la Lisboa tradicional se asentó sobre un relieve muy particular: dos colinas que encajonaban un pequeño valle que se abría al Tajo. El centro de la ciudad se situó en la parte baja (la Baixa), flanqueado por las laderas urbanizadas de las colinas contiguas tanto por el este (Barrio de la Alfama) como por el oeste (el Chiado y el Barrio Alto).
Esquema de Lisboa antes del terremoto de 1755.Las líneas negras indican la muralla islámica (que engloba el recinto con un gris más oscuro) y la muralla fernandina.
Esta era, esquemáticamente, la estructura de la Lisboa triunfal, la capital del floreciente Imperio portugués de los siglos XVI y XVII, que se había forjado durante la era de los Descubrimientos. Este protagonismo internacional y su condición de ciudad marítima la encumbraron hasta ser uno de los principales centros de comercio europeo. Pero a mediados del siglo XVIII, las dificultades del imperio y el terrible terremoto llevaron a la ciudad al límite.
Maqueta de la Lisboa anterior al terremoto de 1755.En primer término el Palacio real con los astilleros a su izquierda y el Terreiro do Paço a la derecha.

Un concepto urbano novedoso (funcionalidad, estandarización y arquitectura urbana)
La catástrofe sufrida en 1755 arruinó la ciudad, pero en contrapartida supuso una oportunidad para superar su estancamiento y reorientar su rumbo. Sobre la devastada Lisboa se aplicaría una innovadora concepción para la construcción de la ciudad moderna, haciendo emerger una nueva capital deslumbrante que, además, se convertiría en referencia urbanística para el futuro. Para ello, se fijaron tres objetivos fundamentales que guiarían la renovación de Lisboa:
  • Creación de una ciudad más segura, tomando una serie de medidas para acotar el riesgo ante la eventualidad de futuros desastres naturales.
  • Creación de una ciudad más funcional, que resultara más saludable e higiénica y también más adecuada para las actividades económicas.
  • Creación de una nueva identidad, que dejará atrás aquella ciudad medieval, dando paso a una nueva Lisboa moderna. 

Se trabajó siguiendo un modelo novedoso para la época, con una planificación sistemática que conjugaba la racionalidad ilustrada y el pragmatismo empírico portugués, por medio de la regularidad, la uniformidad, la jerarquización y la producción estandarizada.
Una ciudad más segura
Las medidas de seguridad se tomaron en dos direcciones. Por una parte, mejorando la respuesta constructiva ante los seísmos e incendios y por otra facilitando vías urbanas de evacuación.
En este sentido, además de incrementar la cota de la Baixa para salvar un primer nivel de inundaciones, se urbanizó el Passeio Público, que podía actuar como vía de escape hacia el interior. Hay que tener en cuenta que cuando se produjo el terremoto de 1755, la población atemorizada se dirigió hacia los espacios abiertos ribereños, y fueron abatidos por los tres tsunamis que siguieron al seísmo. Hubo más muertos por ahogamiento que por los movimientos de tierras. El paseo sería una vía de evacuación rápida hacia las zonas altas del entorno lisboeta.
También la arquitectura fue revisada para mejorar su estabilidad ante movimientos sísmicos y su resistencia al fuego. Las nuevas edificaciones fueron cimentadas con pilotes y se dispusieron bases sólidas en planta baja para continuar la estructura del edificio con madera, mucho más flexible en caso de sacudidas violentas. También se ideó un sistema de muros cortafuegos medianeros que se elevaban sobre la cumbrera y separaban las viviendas unas de otras. Entre los detalles constructivos más destacados estuvieron las conocidas “gayolas pombalinas”, una estructura que combinaba la madera con la albañilería para otorgar más flexibilidad a la construcción, mejorando así su comportamiento ante seísmos. 
Detalles de las edificaciones de la Baixa. Arriba a la izquierda, esquema estructural. Arriba a la derecha, la gayola pombalina. Debajo sección con la red de saneamiento.
Una ciudad más funcional (y saludable)
Crear una ciudad más funcional implicaba mejorar su operativa para favorecer la actividad económica y también propiciar una mayor calidad de vida para los ciudadanos.
En primer lugar se actuó sobre la propia estructura de la ciudad, de forma que el transporte y la visibilidad comercial, que encontraban grandes dificultades en la ciudad antigua, fueran más eficaces. La cuadrícula de calles jerarquizadas con diferentes anchuras permitía la organización racional del tráfico y facilitaba su fluidez. También la propuesta de utilización de las plantas bajas como locales comerciales y su distribución por actividades en las diferentes zonas del barrio, clarificó y potenció la actividad mercantil de Lisboa.
La mejora en la calidad de vida de sus ciudadanos fue otro de los objetivos. La mayor anchura de las calles procuraba una mejor ventilación, lo cual suponía un avance en cuestiones de salubridad e higiene. Es destacable el esfuerzo por crear una red de infraestructuras de servicio, como el alcantarillado y saneamiento (que gracias al ligero aumento de cota del suelo mejoró su rendimiento) o el abastecimiento de agua a los edificios. En las zonas de peor accesibilidad se construyeron fuentes para paliar las dificultades técnicas.
Una ciudad con más identidad
Una de las preocupaciones del Marqués de Pombal era lograr una imagen moderna para Lisboa y que ésta se proyectara nítidamente hacia el exterior. Lisboa debía dejar atrás su etapa medieval, densa, congestionada e insalubre para presentarse como  una ciudad nueva, abierta y de calidad.
La percepción de esa imagen se logró a partir del establecimiento de tipos edificatorios, cuya repetición proporcionaría un ambiente unitario. La coherencia del paisaje urbano generado lograría proyectar esa identidad reconocible para Lisboa.
Rua Augusta y plano con la tipología de fachadas.
Los edificios contarían con una planta baja ocupada por usos comerciales mientras que los pisos superiores se destinarían a viviendas. Los edificios aparecen “normalizados” siguiendo varios modelos tipológicos que se implantaron con rigor. En ellos se establecieron la forma de muchos elementos arquitectónicos como marcos de puertas y ventanas, las balaustradas de los balcones o la formación de cubiertas.
Aportaciones del método.
La originalidad y modernidad de la nueva Lisboa residía no solamente en los trazados concretos o en las innovadoras soluciones constructivas, sino también en la aplicación de un modelo conceptual que revolucionaría la forma de proceder hasta el momento.
Con la racionalidad y la funcionalidad como fundamentos, se concibió un modelo de ciudad que se expresó a través de la regularidad, la uniformidad y la producción estandarizada.
Sobre esa base se establecieron tipologías para los diferentes edificios en general y para sus fachadas en particular. Los edificios compartían las soluciones constructivas, repetían cuestiones dimensionales como la anchura de crujías o las alturas y recibían un acabado de fachadas predeterminado. Esta sistematización racional del proceso sería uno de los aspectos que más influiría en el futuro.
La segunda aportación era una consecuencia de la uniformidad de soluciones y sentó las bases de una construcción estandarizada gracias a la repetición de elementos. Los beneficios de la “prefabricación” se hicieron evidentes tanto en la producción (al no haber singularidades se reducían los errores y se abarataron considerablemente los costes de producción), como en el mantenimiento, ya que se podía tener el repuesto preparado. Adicionalmente, esta fabricación seriada proporcionó otras ventajas, como la rapidez de ejecución o la participación de trabajadores menos cualificados, ya que solamente tenían que aprender un determinado sistema.
En otro orden de cosas, la remodelación de Lisboa obligó a una redistribución de la propiedad del suelo que llevó a la creación de mecanismos compensatorios que avanzaron lo que, casi un siglo después, sería uno de los principales temas de la Urbanística.
La Baixa se convertirá en una referencia principal del pensamiento iluminista, tanto por su forma como por el procedimiento seguido para su reconstrucción. Fue una operación planteada de arriba-abajo, es decir surgió fruto de la voluntad de los gobernantes y no de las necesidades del pueblo lisboeta. Es más, Pombal propuso una ciudad nueva para una clase de ciudadanos que no existía, y que algunos historiadores han destacado como un hito social ya que lo que hizo el Marqués fue “inventar” la burguesía lisboeta, más que recoger sus aspiraciones.
Al margen de las innovaciones conceptuales y técnicas ya comentadas, el plan para la Baixa de Lisboa significó  una visión integral de la ciudad que conjugó arquitectura y espacio urbano (sin olvidar a las infraestructuras) en una de las primeras muestras de “Arquitectura Urbana”, en la que la Arquitectura se supeditaba a los planteamientos urbanos generales.

La Lisboa pombalina.
La figura clave de la reconstrucción de Lisboa fue Sebastião José de Carvalho e Melo, Marqués de Pombal (1699-1782). Nombrado Ministro de Asuntos Exteriores cuando el rey José I ascendió al trono, el Marqués de Pombal supo aprovechar el desinterés del monarca por las cuestiones de gobierno y fue ganándose su confianza hasta conseguir el cargo de Primer Ministro en 1755, permaneciendo en él hasta 1777, fecha en la que murió el rey. Pombal era un ilustrado de tendencias francófilas, dotado de un gran carisma, que se hizo con el control del poder y lo ejerció de forma autoritaria como un buen representante del despotismo ilustrado característico del siglo XVIII. Era un “idealista pragmático” que se fijó como meta modernizar Portugal. Se enfrentó al clero y a la nobleza e impulsó reformas importantes que lograron la racionalización de la administración y mejoras en los ámbitos social, económico, educativo e incluso religioso.
La decidida actuación del Marqués de Pombal ante el cataclismo de 1755 logró, junto a un grupo de altos funcionarios y técnicos, volver a levantar Lisboa. La respuesta al desastre fue muy rápida. En poco más de un mes se presentaba un informe redactado por Manuel da Maia. Manuel da Maia (1677-1768) fue un reputado ingeniero militar que había intervenido en la construcción del impresionante Aqueduto das Águas Livres para abastecer Lisboa, y que había asumido el papel de ingeniero-jefe del reino en 1754, cuando contaba con setenta y siete años.
En esa memoria planteaba las disyuntivas a las que se enfrentaba Lisboa: la reconstrucción mimética, la reconstrucción similar (prácticamente como la anterior pero con las calles un poco más anchas), la reconstrucción novedosa (proponiendo un nuevo plan que partiera de cero) o la construcción de una capital nueva en otro lugar.
La primera solución, la más cómoda ya que respetaba las propiedades preexistentes fue desechada por considerar que no aportaba soluciones ante una eventual repetición del desastre. Por una razón parecida y porque además complicaba el reparto de aprovechamientos edificatorios, fue rechazada la segunda. El traslado de la capital fue desestimado porque, aunque garantizaba la seguridad, sus costes y las transferencias inmobiliarias eran inasumibles. La decisión final fue construir una nueva Baixa que ofreciera garantías de seguridad y que pudiera transformar a Lisboa en una capital moderna.
Las seis propuestas presentadas para la reconstrucción de Lisboa. La seleccionada fue la que aparece en la imagen en blanco y negro (propuesta por Eugenio dos Santos y Carlos Mardel)
En 1756 se presentaron varias soluciones alternativas para la reconstrucción de las zonas más afectadas (la Baixa y el Chiado) elaboradas por diferentes equipos coordinados por Manuel da Maia. La propuesta escogida fue la redactada por Eugénio dos Santos e Carvalho (1711-1760) y Carlos Mardel (1696-1763).
Propuesta para la nueva Lisboa de Eugenio dos Santos y Carlos Mardel aprobada en 1758. El proyecto para la ciudad pombalina se cumplió en la Baixa y experimentó cambios en la zona del Chiado.
Este plan proponía  una Baixa radicalmente nueva, formalizando una retícula regular a partir de la cual se reconfigurarían también los dos grandes espacios libres preexistentes en sus extremos. Cerrando por el sur, sobre el Terreiro do Paço, estaría la Plaza del Comercio abierta al estuario y por el norte la nueva Plaza del Rossio. Entre ambas se trazaba una cuadrícula regular. El Plan para la Baixa, y para el remate de la zona del Arsenal, fue respetado escrupulosamente, al contrario de lo que sucedió con las propuestas para las laderas de Chiado sobre las que se proponía también una trama ortogonal que finalmente no sería implantada.
La planificación fue aprobada en 1758 y en ese mismo año comenzaron las obras. Se  derribaron todas las ruinas y preexistencias para preparar un solar que fuera como una hoja en blanco sobre la que redibujar Lisboa.
Detalle del plano anterior en el que se aprecia el trazado de la Baixa superpuesto a la planta de la ciudad destruida.
La Plaza del Comercio (Praça do Comércio) que antes del desastre sísmico era una inmenso cuadrilátero irregular denominado “Terreiro do Paço” (terreno-plaza del Palacio) se trasformaba en un espacio cuadrado de 180 metros de lado, flanqueado por arquitecturas institucionales en tres de sus lados y dejando el lado sur abierto al Tajo. Los edificios, cuya planta baja estaba porticada, se convertirían en el nuevo centro de negocios lisboeta, ya que el palacio del rey fue trasladado a otra ubicación interior más segura. Las nuevas edificaciones eran reflejo de la arquitectura dieciochesca, con claras referencias a los modelos de plazas reales francesas. El diseño correspondió al arquitecto Eugénio dos Santos e Carvalho. El nuevo nombre, Plaza del Comercio, era un indicativo de la nueva misión de ese lugar y allí se ubicaron la Cámara de Comercio de Lisboa, la Bolsa y la Aduana (hoy acoge el complejo ministerial, con varios ministerios del gobierno portugués y el Tribunal Supremo)
Lisboa. Plaza del Comercio
La residencia real hasta el terremoto había sido el Paço de Ribeira (Palacio Real de Ribera), que había quedado destruido.  Los reyes se habían salvado del terremoto porque, afortunadamente, no se encontraban en ese momento en el Palacio (estaban en Belem) y el deseo de evitar riesgos recomendó trasladar la residencia real a otro lugar más seguro. Se levantó rápidamente un edificio de madera en el barrio de Ajuda, la Real Barraca o Paço de Madeira, que con el tiempo se convertiría en el Palacio Nacional de Ajuda. Complementariamente se reformó el Palacio de Queluz, un modesto edificio situado en las proximidades de Lisboa, que fue transformado espectacularmente a partir de 1758. Este último, a causa del cierto alejamiento del núcleo urbano y sobre todo por la magnífica arquitectura que desarrollaron diferentes arquitectos, inspirados en los modelos franceses, fue conocido como el “Versalles portugués”.
Lisboa. Plaza del Rossio
El otro polo fundamental de la Baixa fue la plaza del Rossio (Praça do Rossio, posteriormente conocida también como Praça de D. Pedro IV), que contó con el diseño de Carlos Mardel. También allí había un espacio urbano previo, bastante irregular presidido por el Paço dos Estaus (Palacio de las Estancias, destinado inicialmente a albergar a dignatarios extranjeros hasta que se convirtió en el Palacio de la Inquisición) y el Hospital de Todos los Santos. El nuevo diseño, mucho menos monumental que la Plaza del Comercio, regularizó su forma para convertirla en un rectángulo de 166 x 52 metros. El Palacio de la Inquisición fue reconstruido según diseño de Mardel (pero al ser suprimida esta institución, este palacio tuvo varios usos hasta que sufrió un incendio y en su solar se levantó en 1842 el actual Teatro Nacional Doña María II). La desaparición del gran Hospital de Todos los Santos permitió la utilización de su espacio como un mercado abierto, que en 1885 se transformó en cubierto. Su demolición en 1949 posibilitó la apertura de una plaza paralela al Rossio, la Praça da Figueira (la Plaza de la Higuera).
En su nueva versión, el Rossio se convirtió en el verdadero centro ciudadano y vital frente al carácter institucional de la Plaza del Comercio, el espacio simbólico del poder.
Entre las dos plazas, la Baixa se conformaría como una cuadrícula regular con dos grupos de manzanas que se orientaban de forma contrapuesta. En la parte norte los bloques rectangulares seguirían la dirección norte-sur, mientras que las manzanas meridionales eran giradas para orientarse de este a oeste. Este cambio tenía un sentido compositivo, ya que ofrecía una variación que evitaba la excesiva monotonía de la retícula y lograba resolver la unión entre las dos plazas.
Las tres vías principales de la Baixa, que la recorren completamente partiendo de la Plaza del Comercio son la Rua Aurea, la Rua Augusta (el gran eje principal) y la Rua da Prata. Las dos primeras conectan la Plaza del Comercio con el Rossio y la tercera lo hace con la Praça da Figueira. Entre estas, discurren con la misma orientación norte sur, otras calles de menor anchura (Rua dos sapateiros, Rua dos correeiros, y la Rua dos douradores). Todas ellas “cosidas” por una serie de vías transversales que siguen la orientación este-oeste.
Sobre esta base morfológica se implantaron los tipos fundamentales de edificios, con fachadas preconcebidas en función de que dieran a una calle principal, secundaria o terciaria. Las plantas bajas de los edificios se destinaron a locales para comerciantes y artesanos, llegando a caracterizar cada calle según la agrupación productiva representada. Por ejemplo,  los comerciantes de cerámica china y té se ubicaron en la Rua Nova de El Rei (actual Rúa do comercio); los mercaderes de seda en la Rua Augusta y en la Rúa Santa Justa; los orfebres de oro y los relojeros, en la Rúa Aurea; orfebres de plata y libreros en la Rúa Bela da Ribeira (actual Rúa da Prata); los metalistas en la Rúa Sao Nicolau, etc.
El plan urbano de Pombal para la Baixa se completaría con la construcción de un parque lineal más allá del Rossio, el Passeio Público. Fue diseñado por el arquitecto Reinaldo Manuel dos Santos (1731-1791), quien se inspiró en los Campos Elíseos de París. Este paseo (que hoy ocupa en parte la Plaza de los Restauradores) marcó el arranque del gran eje de la actual Avenida da Liberdade (la Avenida de la Libertad que llega hasta la plaza del Marqués de Pombal para abrirse al gran Parque Urbano dedicado a Eduardo VII ). No obstante el Passeio Público comenzó siendo un espacio vallado con un acceso restringido solamente a los miembros de la alta sociedad lisboeta (fue abierto a todo el mundo en 1821, derribándose los muros que lo delimitaban).

En la Baixa se respetó lo planificado, pero no sucedió lo mismo en las laderas del Chiado que fueron modificadas.

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