24 jun. 2011

LA CIUDAD COMO SISTEMA EMERGENTE


“La asociación de muchos pueblos forma un Estado, que llega, si puede decirse así, a bastarse absolutamente a sí mismo, teniendo por origen las necesidades de la vida, y debiendo su subsistencia al hecho de ser éstas satisfechas.
Así, el Estado procede siempre de la naturaleza, lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél; porque la naturaleza de una cosa es precisamente su fin, y lo que es cada uno de los seres cuando ha alcanzado su completo desenvolvimiento se dice que es su naturaleza propia, ya se trate de un hombre, de un caballo o de una familia. Puede añadirse que este destino y este fin de los seres es para los mismos el primero de los bienes, y bastarse a sí mismos es, a la vez, un fin y una felicidad. De donde se concluye evidentemente que el Estado es un hecho natural, que el hombre es un ser naturalmente sociable, y que el que vive fuera de la sociedad por organización y no por efecto del azar es, ciertamente, o un ser degradado, o un ser superior a la especie humana; y a él pueden aplicarse aquellas palabras de Homero 5 [Sin familia, sin leyes, sin hogar...]
El hombre que fuese por naturaleza tal como lo pinta el poeta, sólo respiraría guerra, porque sería incapaz de unirse con nadie, como sucede a las aves de rapiña”.
Aristóteles, La Política

Existen formas de vida natural, distintas de las comunidades humanas, que han desarrollado fenómenos cercanos a la vida civilizada. Como indica Lewis Mumford puede encontrarse el fenómeno más próximo tanto a la vida civilizada como a la ciudad, cuando se sigue una línea evolutiva completamente diferente, representada por los insectos sociales.[1]
Aunque no hay una sola clave para el éxito de los insectos sociales, la inteligencia colectiva del sistema de la colonia desempeña un papel esencial, ésta suerte de inteligencia es conocida como la lógica del enjambre. 10.000 hormigas  [cada una limitada a un magro vocabulario de feromonas y a habilidades cognitivas mínimas] se encargan de resolver colectivamente problemas que requieren sutileza e improvisación. Se puede comprobar empíricamente como una colonia de hormigas granívoras en el campo no sólo encontrará la ruta más corta hacia una fuente de comida, también establecerá prioridades en relación con las fuentes, basadas en la distancia y la accesibilidad. Estos comportamientos complejos encuentran su explicación apelando a las ciencias de la complejidad y la auto organización. Dichas ciencias, de muy reciente aparición se originan a partir de los trabajo de Alan Turing sobre morfogénesis, o sobre "el comienzo de la forma”.
Los sistemas autoorganizados o emergentes resuelven problemas recurriendo a masas de elementos relativamente no inteligentes en lugar de hacerlo recurriendo a un solo "brazo ejecutor" inteligente. Son sistemas ascendentes, no descendentes. Extraen su inteligencia de la base. En un lenguaje más técnico, los sistemas emergentes son sistemas complejos de adaptación que despliegan comportamientos emergentes. En estos sistemas, los agentes que residen en una escala comienzan a producir comportamientos que yacen en una escala superior a la suya: las hormigas crean colonias, los habitantes de una ciudad crean barrios.
La evolución de reglas simples a complejas es lo que llamamos "emergencia".
Así como la lógica del enjambre, hace que los mecanismos de perpetuación de la vida residan en el colectivo y que la pérdida de un individuo que tiene conocimiento, no influya sobre el bienestar del resto, puesto que dicho conocimiento es conservado de forma conjunta por el ente superior que representa el hormiguero; las ciudades pueden ser explicadas de una lógica análoga. Las ciudades son la solución para un problema similar, tanto en el plano colectivo como en el individual. Almacenan y transmiten nuevas ideas que son útiles para la población en general, evitando que las tecnologías desaparezcan una vez inventadas. Como afirma Lewis  Mumford en su clásico La ciudad en la historia, "Desde sus orígenes, la ciudad puede describirse como una estructura especialmente equipada para almacenar y transmitir los bienes de la civilización".
Cierto es que las comunidades humanas a lo largo de la historia, no sólo han devenido en estructuras sociales de carácter urbano, y algunas de ellas como las estructuras tribales nómadas de la culturas primitivas actuales [aquellas sociedades cuya cultura está poco contaminada por las culturas más desarrolladas de los pueblos vecinos] siguen siendo aún hoy muy exitosas. Sin embargo es claramente en la ciudad dónde se han producido mayores avances, y esto es debido a la exponencial multiplicación de los contactos entre individuos que se produce en la ciudad, que a su vez provocan el que emerjan patrones nuevos con una celeridad mucho mayor que en otras estructuras.
La visión tradicional del conocimiento reside en el individuo, muestra de ello es la fórmula de Hampaté Ba según la cual, en África, un viejo que muere es "una biblioteca que se quema". Esta visión, deposita principalmente el conocimiento acumulado a través de la experiencia y el contacto con los otros en el individuo, en la memoria propia, aunque también reconoce formas de almacenamiento externos a la mente. La tradición contempla la existencia de espacios tanto físicos como abstractos depositarios de conocimiento, distintos de la mente humana, prueba de ello son las bibliotecas en su derivada física y la cultura como construcción abstracta. La visión tradicional permite distintas formas de conocimiento, su almacenaje, y su accesibilidad, pero no hace lo mismo en lo tocante a la inteligencia, la capacidad para resolver problemas es un hecho que históricamente se ha considerado como individual. La inteligencia reside en el individuo y sólo en éste. No se contemplan formas de inteligencia colectiva, sin embargo la teoría de los sistemas emergentes observa el fenómeno de forma distinta.



Un vez aceptado que el hombre es un ser más evolucionado y mucho más complejo que los insectos sociales y que además cuenta con voluntad propia, los principios de la emergencia también se pueden verificar para las estructuras sociales humanas. El conocimiento, por supuesto, como se ha dicho, no sólo reside en el colectivo, es también una entidad individual, el rasgo máximo de la identidad personal que se convierte en colectivo cuando, una vez validado como cierto a través de la experiencia, pasa de unas mentes a otras. Los recuerdos y vivencias individuales se convierten en memoria y experiencia colectiva al ser intercambiados.  Esta capacidad colectiva para retener y transmitir conocimientos es uno de los motivos que ha hecho triunfar al superorganismo de la ciudad sobre otras formas sociales. El otro, es el demostrar capacidad de resolución de los problemas de la colectividad y de garantizar su supervivencia creando estructuras conceptuales y físicas que se repiten en lo esencial por todas las latitudes del planeta. Estructuras urbanas y ciudadanas muy similares incluso entre culturas que no han tenido ningún tipo de contacto entre ellas. Como en el caso de los insectos sociales, hay varios factores, pero el crucial es que las ciudades, como las colonias de hormigas poseen una inteligencia emergente: una habilidad para no sólo almacenar y recabar información, sino sobre todo para reconocer y responder a patrones de conducta humanos, es decir entender, comprender y resolver problemas. Como individuos, con nuestros actos contribuimos a esa inteligencia emergente, pero para nosotros es casi imposible percibir nuestra contribución, porque vivimos en la escala incorrecta.
Quienes caminan por las calles de las ciudades de hoy son tan ignorantes de la visión de largo plazo, la escala milenaria de la metrópoli, como lo son las hormigas de la vida de la colonia.  Percibido en esa escala, el surgimiento del superorganismo urbano podría ser el único acontecimiento global significativo de siglos pasados: hasta la edad moderna menos del 3% de la población mundial vivía en comunidades de más de 5.000 personas; hoy, la mitad del planeta vive en entornos urbanos.
Así como los insectos sociales merecen ser considerados entre los organismos más competentes del planeta, también debería serlo el superorganismo de la ciudad;  no porque las ciudades sean lugares más civilizados o más humanos, sino porque han hecho muy bien la tarea de copiarse a sí mismas, atraer poblaciones migratorias de todas las partes del mundo y alentar en la mayoría de los casos tasas de natalidad y de longevidad mayores dentro de sus confines. Pueden debatirse los méritos de su transformación, pero el hecho es que la vida humana en la tierra  prolifera más en las ciudades que fuera de ellas.
Hoy se podría aseverar que la ciudad es el desarrollo espacial del útero social más evolucionado y exitoso de la especie, porque al igual que los individuos que la componen está dotada de una suerte de inteligencia. La ciudad es el espacio que más exitosamente completa al hombre.


[1] MUMFORD, LEWIS; 1979, La ciudad en la Historia, Tomos I y II, Ediciones Infinito, Buenos Aries
JOHNSON, STEVEN; 2001, Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software, Turner Publicaciones, Madrid

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